Capítulo X · II
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Señora Fairfax, Thornfield, cerca de Millcote, Condado de...».
Examiné detenidamente el pliego: la letra era anticuada y un tanto vacilante, propia de una dama de edad avanzada. Esta circunstancia resultaba tranquilizadora: me había perseguido el temor secreto de que al obrar por mi cuenta y bajo mi propio criterio me expusiera al riesgo de caer en algún trance comprometido; y, por encima de todo, deseaba que el fruto de mis desvelos fuese respetable, decoroso, reglamentario. Sentía ahora que una señora de edad constituía un elemento inmejorable en el lance que traía entre manos. ¡Señora Fairfax! La imaginaba con vestido negro y cofia de viuda; glacial acaso, pero no descortés: un modelo de anciana respetabilidad inglesa. ¡Thornfield! Ése era sin duda el nombre de su mansión: un lugar ordenado y pulcro, según estaba segura, si bien fracasaban mis conjeturas al intentar trazar una planta cabal de la finca. Millcote, condado de...: desempolvé mis recuerdos del mapa de Inglaterra; sí, allí lo veía, tanto el condado como la ciudad. Aquel condado se hallaba setenta millas más cerca de Londres que la apartada región donde ahora residía: aquello constituía para mí una firme recomendación. Ardía en deseos de acudir adonde hubiese vida y movimiento: Millcote era una populosa ciudad fabril a orillas del A...: un sitio bastante bullicioso, sin duda; tanto mejor: al menos supondría un cambio absoluto. No es que mi fantasía se sintiese cautivada por la perspectiva de altas chimeneas y densas humaredas: «pero —me decía— Thornfield quedará probablemente a buen trecho de la ciudad».
En este punto el cabo de la vela cayó en el candelero y la mecha se extinguió.
Al día siguiente debían emprenderse nuevos trámites; mis planes no podían quedar por más tiempo guardados en mi pecho: era menester revelarlos para lograr su buen éxito. Habiendo solicitado y obtenido audiencia con la superintendente durante el recreo del mediodía, le manifesté que tenía la perspectiva de un nuevo empleo donde el salario duplicaría el que percibía en la actualidad (pues en Lowood sólo recibía quince libras al año); y le rogué que tantease el asunto ante el señor Brocklehurst o algunos de los miembros del comité, cerciorándose de si me consentían mencionarlos como avales. Acedió amablemente a actuar de mediadora en el trámite. Al día siguiente expuso el caso al señor Brocklehurst, quien manifestó que debía escribirse a la señora Reed por ser mi tutora legal. En consecuencia se dirigió una carta a dicha dama, quien contestó diciendo que «podía hacer lo que me viniese en gana: hacía mucho tiempo que ella se había desentendido de todos mis asuntos». Esta misiva circuló entre los miembros del comité y al fin, tras una demora que se me antojó tediosísima, se me otorgó licencia formal para mejorar de condición si podía; con la seguridad añadida de que, habiéndome comportado siempre de modo irreprochable tanto de alumna como de maestra en Lowood, se me extendería de inmediato un certificado de conducta y competencia suscrito por los inspectores de la institución.
Recibí dicho certificado aproximadamente un mes después, remití una copia a la señora Fairfax y obtuve la contestación de la dama, manifestando que se daba por satisfecha y fijando el plazo de quince días para que asumiera el cargo de institutriz en su casa.
Me entregué entonces a los preparativos: la quincena transcurrió con rapidez. No poseía un guardarropa muy extenso, aunque resultaba adecuado para mis necesidades; y el último día bastó para hacer mi baúl, el mismo que había traído conmigo hacía ocho años desde Gateshead.
El baúl quedó atado y con la tarjeta claveteada. Al cabo de media hora el carretero debía pasar a recogerlo para llevarlo a Lowton, adonde yo misma había de trasladarme a primera hora de la mañana siguiente para tomar la diligencia. Había cepillado mi vestido de viaje de paño negro, preparado el sombrero, los guantes y el manguito; revisado todos mis cajones para comprobar que no quedaba prenda alguna olvidada; y no teniendo ya nada más que hacer, me senté y procuré descansar. No pude: aunque había permanecido en pie todo el día, no alcanzaba ahora a reposar un solo instante; me sentía sobremanera exaltada. Una etapa de mi vida se cerraba esta noche, una nueva se abría al amanecer: imposible conciliar el sueño en ese intervalo; debía velar afiebrada mientras se consumaba la mudanza.
—Señorita —dijo una criada con quien topé en el vestíbulo, donde deambulaba yo como un alma en pena—: abajo hay una persona que desea verla.
«El carretero, sin duda», pensé, y bajé a la carrera las escaleras sin pedir más explicaciones. Cruzaba ante el saloncillo trasero o cuarto de estar de las maestras, cuya puerta se hallaba entornada, para encaminarme a la cocina, cuando alguien salió apresuradamente:
—¡Es ella, estoy segura! ¡La habría reconocido en cualquier parte! —exclamó la persona que atajó mi paso tomándome la mano.
Miré: divisé a una mujer vestida como una sirvienta de confianza, de aspecto hacendoso y aún joven, muy bien parecida, de pelo y ojos negros y vivo color en las mejillas.
—Y bien, ¿quién es? —preguntó con una voz y una sonrisa que reconocí a medias—; no me habrá olvidado del todo, según creo, ¿señorita Jane?
Al segundo siguiente la abrazaba y la besaba con arrebato: «¡Bessie! ¡Bessie! ¡Bessie!», era todo cuanto acertaba a decir; ante lo cual ella medio rió, medio lloró, y entramos ambas en el saloncillo. Junto a la lumbre aguardaba un chiquillo de tres años, con chaquetilla y pantalones de tartán.
—Ése es mi chiquillo —dijo Bessie al punto.
—¿De modo que te has casado, Bessie?
—Sí, hace casi cinco años, con Robert Leaven, el cochero; y además de Bobby tengo una niña a la que he bautizado como Jane.
—¿Y no vives en Gateshead?
—Vivo en la cancela de entrada: el viejo portero se marchó.
—Bien, ¿y cómo les va a todos? Cuéntamelo todo acerca de ellos, Bessie; pero siéntate primero; y tú, Bobby, ven a sentarte en mis rodillas, ¿quieres? —Mas Bobby prefirió cobijarse junto a las faldas de su madre.
—No ha crecido usted muy alta, señorita Jane, ni tampoco muy gruesa —continuó la señora Leaven—. Me atrevo a decir que no la han tratado con excesivo mimo en la escuela: la señorita Reed le saca la cabeza y los hombros en estatura, y la señorita Georgiana haría dos de usted en anchura.
—Georgiana es muy bella, supongo, ¿verdad, Bessie?
—Muchísimo. El invierno pasado marchó a Londres con su mamá, y allí todo el mundo la admiraba y un joven lord se enamoró de ella; pero los parientes de él se opusieron al enlace; y, ¿qué cree que pasó? Ella y el joven lord acordaron fugarse juntos; pero las descubrieron y lo impidieron a tiempo. Fue la señorita Reed quien los descubrió: creo que tenía celos; y ahora ella y su hermana se llevan como el perro y el gato; no hacen más que reñir...
—Bien, ¿y qué hay de John Reed?
—¡Oh!, no marcha tan bien como a su mamá le gustaría. Fue a la universidad y lo suspendieron, según creo que dicen; y luego sus tíos querían que fuese abogado y estudiase leyes: pero es un joven tan disoluto que jamás sacarán gran provecho de él, a mi juicio.
—¿Qué aspecto tiene?
—Es muy alto: algunos lo tienen por un joven de buena presencia; pero tiene unos labios tan gruesos...
—¿Y la señora Reed?
—La señora se conserva gruesa y de aspecto lozano, pero creo que no tiene el ánimo del todo tranquilo: la conducta del señorito John no le complace; gasta muchísimo dinero.
—¿Te ha mandado ella aquí, Bessie?
—No, en verdad; pero hacía mucho tiempo que deseaba verla, y cuando me enteré de que había llegado una carta suya y de que marchaba a otro rincón del país, pensé en ponerme en camino y echarle un vistazo antes de que quedara del todo fuera de mi alcance.
—Temo que te sientas decepcionada conmigo, Bessie —dije riendo: percibí que la mirada de Bessie, si bien manifestaba afecto, no denotaba en modo alguno admiración.
—No, señorita Jane, no del todo: es usted bastante distinguida; parece una dama, y es cuanto cabía esperar de usted: de niña no era ninguna belleza.
Sonreí ante la franca respuesta de Bessie: sentía que era acertada, mas confieso que no me resultaba del todo indiferente su alcance: a los dieciocho años la mayoría de las jóvenes desean agradar, y la certidumbre de carecer de un físico capaz de secundar ese deseo dista mucho de resultar grata.
—Me atrevo a decir que es usted muy instruida, sin embargo —continuó Bessie a modo de consuelo—. ¿Qué sabe hacer? ¿Sabe tocar el piano?
—Un poco.
Había un piano en la estancia; Bessie fue y lo abrió, pidiéndome luego que me sentara a tocarle una pieza: toqué un vals o dos y quedó encantada.
—¡Las señoritas Reed no sabrían tocar tan bien! —dijo alborozada—. Siempre dije que las superaría en estudios. ¿Y sabe dibujar?
—Aquélla es una de mis pinturas sobre la repisa de la chimenea. —Era una acuarela de un paisaje que yo había regalado a la superintendente en testimonio de gratitud por su amable mediación ante el comité en mi favor, y que ella había mandado enmarcar y acristalar.
—¡Vaya, qué hermosura, señorita Jane! Es un cuadro tan fino como cualquiera que pudiese pintar el maestro de dibujo de la señorita Reed, por no hablar de las señoritas mismas, que ni de lejos se le acercan. ¿Y ha aprendido francés?
—Sí, Bessie; sé tanto leerlo como hablarlo.
—¿Y sabe bordar en muselina y cañamazo?
—Sé hacerlo.
—¡Oh, es toda una dama, señorita Jane! Sabía que lo sería: saldrá adelante tanto si sus parientes le hacen caso como si no. Había una cosa que deseaba preguntarle: ¿ha sabido alguna vez algo de los parientes de su padre, los Eyre?
—Jamás en mi vida.
—Pues bien, ya sabe que la señora siempre decía que eran pobres y del todo despreciables; y acaso sean pobres, pero creo que son tan caballeros como los Reed; pues un día, hace cerca de siete años, un señor Eyre se presentó en Gateshead y quiso verla: la señora dijo que usted estaba en un colegio a cincuenta millas de distancia; él pareció muy disgustado, pues no podía quedarse: partía de viaje a un país extranjero y el barco salía de Londres en uno o dos días. Tenía aspecto de todo un caballero y creo que era hermano de su padre.
—¿A qué país extranjero marchaba, Bessie?
—A una isla a miles de millas de distancia donde hacen vino... el mayordomo me lo dijo...
—¿Madeira? —insinué.
—Sí, ésa es; ésa es la palabra exacta.
—¿De modo que se marchó?
—Sí; no estuvo muchos minutos en la casa: la señora se mostró muy altiva con él; luego lo llamó «mercachifle rastrero». Mi Robert cree que era tratante de vinos.
—Es muy probable —contesté—; o tal vez empleado o apoderado de un comerciante de vinos.
Bessie y yo conversamos sobre los tiempos antiguos una hora más y luego hubo de marcharse: volví a verla unos minutos a la mañana siguiente en Lowton mientras aguardaba la diligencia. Nos despedimos definitivamente en la puerta de la posada de las Armas de Brocklehurst: cada una tomó su camino; ella partió hacia la cuesta de Lowood Fell para enlazar con el carruaje que había de devolverla a Gateshead; yo subí al vehículo que me conduciría a nuevas obligaciones y a una nueva vida en los desconocidos contornos de Millcote.
Fin del Episodio 21 · de 91
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