Jane Eyre·Episodio 19

Capítulo IX · II

~7 min · 1368 palabras

—¿Cómo está Helen Burns?

—Muy mal —fue la respuesta.

—¿Es a ella a quien ha venido a ver el señor Bates?

—Sí.

—¿Y qué dice de ella?

—Dice que no estará aquí por mucho tiempo.

Esta frase, pronunciada en mi presencia el día anterior, sólo me habría sugerido la idea de que iban a trasladarla a Northumberland, a su propio hogar. No habría sospechado que significaba que se estaba muriendo; ¡pero lo comprendí al instante ahora! Se abrió con meridiana claridad ante mi entendimiento que Helen Burns contaba sus últimos días en este mundo, y que iba a ser llevada a la región de los espíritus, si tal región existía. Experimenté una sacudida de espanto, luego una viva punzada de dolor, y después un deseo, una imperiosa necesidad de verla; y pregunté en qué habitación yacía.

—Está en la habitación de la señorita Temple —dijo la enfermera.

—¿Puedo subir a hablar con ella?

—¡Oh, no, niña! No es cosa de consentirlo; y ya es hora de que entres: cogerás la fiebre si te quedas fuera mientras cae el rocío.

La enfermera cerró la puerta principal; entré por la puerta lateral que conducía a la sala de clase: llegué justo a tiempo; eran las nueve y la señorita Miller llamaba a las alumnas para acostarse.

Serían unas dos horas más tarde, probablemente cerca de las once, cuando yo —no habiendo logrado conciliar el sueño y deduciendo, por el silencio absoluto del dormitorio, que mis compañeras se hallaban todas sumidas en profundo reposo— me levanté con sigilo, me puse el vestido sobre el camisón y, descalza, me deslicé fuera de la estancia y partí en busca del cuarto de la señorita Temple. Quedaba justo al otro extremo de la casa; pero conocía el camino; y la luz de la luna veraniega, despejada de nubes y entrando aquí y allá por las ventanas de los pasillos, me permitió encontrarlo sin dificultad. Un olor a alcanfor y vinagre quemado me advirtió de que me hallaba cerca de la sala de las enfermas de fiebre: y pasé de largo ante su puerta con presteza, temerosa de que la enfermera que velaba toda la noche me oyese. Me aterraba ser descubierta y enviada de vuelta; pues debía ver a Helen: tenía que abrazarla antes de que muriese, debía darle un último beso e intercambiar con ella una última palabra.

Habiendo bajado una escalera, cruzado un sector de la planta baja y logrado abrir y cerrar sin ruido dos puertas, alcancé otro tramo de escalones; los subí, y justo enfrente de mí se alzaba la habitación de la señorita Temple. Una luz brillaba por el ojo de la cerradura y por debajo de la puerta; una profunda quietud reinaba en las inmediaciones. Acercándome, hallé la puerta entornada; probablemente para dar paso a un poco de aire fresco en aquel cerrado aposento de dolor. Sin ánimo de vacilar y embargada de impulsos impacientes —con el alma y los sentidos temblando presa de vivas angustias—, la empujé y miré al interior. Mis ojos buscaron a Helen temiendo encontrar la muerte.

Junto a la cama de la señorita Temple, y cubierta a medias por sus cortinajes blancos, se alzaba una camita baja. Vi la silueta de un cuerpo bajo las ropas, pero el rostro quedaba oculto por los cortinajes: la enfermera con quien había hablado en el jardín dormitaba en un sillón; una vela sin despabilar ardía tenuemente sobre la mesa. La señorita Temple no estaba a la vista: supe más tarde que la habían llamado junto a una paciente delirante en la sala de las fiebres. Avancé; luego me detuve junto a la cuna: tenía la mano sobre la cortina, pero preferí hablar antes de descorrerla. Aún retrocedía ante el pavor de contemplar un cadáver.

—¡Helen! —susurré muy bajo—. ¿Estás despierta?

Se movió, descorrió la cortina y vi su rostro, pálido, consumido, pero enteramente sereno: parecía tan poco cambiada que mi temor se desvaneció al instante.

—¿Eres tú, Jane? —preguntó con su propia voz dulce.

«¡Oh! —pensé—, no va a morir; están equivocados: no podría hablar ni mirar con tanta calma si fuese a morir».

Me subí a su camita y la besé: su frente estaba fría, y sus mejillas frías y enflaquecidas, al igual que su mano y su muñeca; pero sonrió como en otro tiempo.

—¿Por qué has venido aquí, Jane? Pasan de las once: oí dar la hora hace unos minutos.

—He venido a verte, Helen: me enteré de que estabas muy enferma y no podía dormir sin haber hablado contigo.

—Has venido a despedirte de mí entonces: probablemente llegas justo a tiempo.

—¿Vas a alguna parte, Helen? ¿Te marchas a casa?

—Sí; a mi morada eterna... a mi última morada.

—¡No, no, Helen! —Me detuve, desolada. Mientras procuraba tragarme las lágrimas, un acceso de tos sacudió a Helen; no llegó, con todo, a despertar a la enfermera; cuando hubo pasado, permaneció unos minutos exhausta; luego susurró:

—Jane, tienes los piececitos descalzos; acuéstate y tápate con mi colcha.

Así lo hice: me rodeó con el brazo y me acurruqué junto a ella. Tras un largo silencio, reanudó la plática, susurrando todavía:

—Soy muy feliz, Jane; y cuando oigas decir que he muerto, no debes afligirte en modo alguno: no hay por qué sentir pesar. Todos habremos de morir un día, y la enfermedad que me lleva no es dolorosa; es suave y paulatina: mi espíritu está en paz. No dejo a nadie que vaya a llorarme mucho: sólo tengo un padre, y se ha casado hace poco y no me echará de menos. Muriendo joven me libraré de grandes sufrimientos. No poseía virtudes ni talentos para abrirme camino en el mundo: habría estado en falta de continuo.

—Pero ¿adónde vas, Helen? ¿Alcanzas a verlo? ¿Lo sabes?

—Creo; tengo fe: voy a Dios.

—¿Dónde está Dios? ¿Qué es Dios?

—Mi Creador y el tuyo, que jamás destruirá lo que Él mismo creó. Confío ciegamente en Su poder y me entrego por entero a Su bondad: cuento las horas hasta que llegue aquella decisiva que me devuelva a Él y me lo revele.

—¿Estás segura entonces, Helen, de que existe un lugar llamado cielo y de que nuestras almas van a él cuando morimos?

—Estoy segura de que existe una vida futura; creo que Dios es bueno; puedo encomendarle mi parte inmortal sin la menor vacilación. Dios es mi padre; Dios es mi amigo: le amo y creo que Él me ama.

—¿Y volveré a verte, Helen, cuando yo muera?

—Vendrás a la misma región de ventura: serás acogida por el mismo Padre todopoderoso y universal, no cabe duda, querida Jane.

De nuevo me pregunté, mas esta vez sólo con el pensamiento: «¿Dónde está esa región? ¿Existe de verdad?». Y estreché mis brazos más fuerte alrededor de Helen; me parecía más querida que nunca; sentía como si no pudiese dejarla marchar; yacía con el rostro oculto en su cuello. Al punto dijo ella, con el tono más dulce:

—¡Qué a gusto me encuentro! Ese último acceso de tos me ha fatigado un poco; siento como si pudiese dormir: pero no me dejes, Jane; me gusta tenerte cerca de mí.

—Me quedaré contigo, querida Helen: nadie me apartará de ti.

—¿Estás calentita, cariño?

—Sí.

—Buenas noches, Jane.

—Buenas noches, Helen.

Me besó, yo la besé y ambas no tardamos en quedarnos dormidas.

Cuando desperté era de día: un movimiento insólito me despabiló; alcé los ojos; estaba en brazos de alguien; la enfermera me sostenía: me llevaba por el pasillo de regreso al dormitorio. No se me reprendió por haber dejado la cama; todos tenían otros asuntos en qué pensar; no se dio respuesta alguna entonces a mis muchas preguntas; pero uno o dos días después supe que la señorita Temple, al volver a su cuarto al alba, me había hallado acostada en la cuna, con el rostro apoyado contra el hombro de Helen Burns y mis brazos rodeándole el cuello. Yo dormía, y Helen estaba... muerta.

Su tumba se encuentra en el camposanto de Brocklebridge: durante quince años tras su muerte sólo estuvo cubierta por un montículo de hierba; pero hoy una lápida de mármol gris señala el lugar, grabada con su nombre y la palabra «Resurgam».

Fin del Episodio 19 · de 91

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