Jane Eyre·Episodio 18

Capítulo IX · I

~10 min · 2001 palabras

Pero las privaciones, o más bien las penurias de Lowood, disminuyeron. La primavera se aproximaba: en verdad había llegado ya; las heladas del invierno habían cesado; sus nieves se habían fundido y sus vientos cortantes amainado. Mis desdichados pies, desollados e hinchados hasta la cojera por el aire glacial de enero, comenzaron a curar y a desinflamarse bajo el hálito más dulce de abril; las noches y las mañanas ya no nos helaban la propia sangre en las venas con su rigor ártico; podíamos soportar ya la hora de recreo en el jardín: a veces, en días soleados, resultaba incluso grata y apacible, y un verdor naciente cubrió aquellos arriates pardos que, reverdeciendo día a día, sugerían la idea de que la Esperanza los cruzaba por la noche dejando cada mañana huellas más luminosas de su paso. Las flores asomaban entre las hojas: campanillas de invierno, azafranes, aurículas purpúreas y pensamientos de ojos dorados. Los jueves por la tarde (días de medio festivo) dábamos ahora paseos y hallábamos flores más dulces todavía abriéndose a los lados del camino, bajo los setos.

Descubrí asimismo que un gran placer, un deleite que sólo el horizonte limitaba, se extendía más allá de los altos muros guarnecidos de puntas de nuestro jardín: este placer consistía en la perspectiva de nobles cumbres que ceñían una vasta hondonada rica en verdor y en umbrías; y en un arroyo claro, cuajado de piedras oscuras y destellantes remolinos. ¡Cuán diferente había parecido este paisaje cuando lo contemplé extendido bajo el cielo de hierro del invierno, petrificado por la escarcha, amortajado de nieve! Cuando nieblas tan gélidas como la muerte vagaban al impulso de los vientos del este a lo largo de aquellos picos purpúreos y descendían por praderías e islotes hasta fundirse con la helada bruma del arroyo. Aquel mismo torrente era entonces un caudal impetuoso, turbio y desbordado: desgajaba el bosque y lanzaba un rugido salvaje a través del aire, espesado con frecuencia por lluvias torrenciales o ventiscas arremolinadas; y en cuanto al bosque en sus riberas, sólo exhibía hileras de esqueletos.

Abril dio paso a mayo: un mayo sereno y luminoso fue aquél; días de cielo azul, plácido sol y suaves brisas del oeste o del sur colmaron su transcurso. Y ahora la vegetación maduraba con vigor; Lowood desató sus trenzas: se tornó todo verde, todo florido; sus grandes esqueletos de olmos, fresnos y robles recobraron una vida majestuosa; las plantas silvestres brotaron profusamente en sus repliegues; incontables variedades de musgo cubrieron sus hondonadas, e hicieron brotar una singular claridad del suelo merced a la opulencia de las prímulas silvestres: he visto su oro pálido brillar en los rincones umbríos como esparcimientos del más dulce resplandor. De todo esto disfruté a menudo y con plenitud, libre, sin vigilancia y casi sola: para semejante libertad y deleite desacostumbrados mediaba una causa a la cual me corresponde ahora hacer mención.

¿No he descrito acaso un sitio apacible para una morada al hablar de él como resguardado entre colinas y bosques y alzado al borde de un arroyo? Desde luego, bastante apacible: pero si resultaba saludable o no es otra cuestión.

Aquel valle boscoso donde se asentaba Lowood era la cuna de la niebla y de la pestilencia engendrada por ella; la cual, cobrando fuerza con la fuerza primaveral, se deslizó en el asilo de huérfanas, insufló el tifus a través de su abarrotada sala de clase y de su dormitorio y, antes de la llegada de mayo, transformó el seminario en un hospital.

El hambre crónica y los resfriados descuidados habían predispuesto a la mayoría de las alumnas a contraer la infección: cuarenta y cinco de las ochenta niñas cayeron enfermas a un mismo tiempo. Se interrumpieron las clases y se relajaron los reglamentos. A las pocas que continuaban sanas se les concedió una libertad casi ilimitada; pues el médico insistió en la necesidad del ejercicio frecuente para mantenerlas con salud: y de haber sido de otro modo, nadie disponía de tiempo para vigilarlas o contenerlas. La atención entera de la señorita Temple se hallaba absorbida por las pacientes: vivía en la enfermería, no abandonándola jamás salvo para procurarse unas pocas horas de descanso por la noche. Las maestras estaban ocupadas por completo en hacer baúles y disponer los preparativos necesarios para la partida de aquellas muchachas que tenían la fortuna de contar con allegados y parientes con medios y disposición para alejarlas del foco de contagio. Muchas, ya infectadas, marcharon a sus casas sólo para morir; algunas perecieron en la escuela y fueron sepultadas con premura y discreción, pues la naturaleza del mal no consentía demoras.

Mientras la enfermedad se convertía así en moradora de Lowood y la muerte en su visitante asidua; mientras reinaban el pavor y la desolación dentro de sus muros; mientras sus salas y pasillos apestaban a vahos de hospital, forcejeando en vano la droga y las pastillas aromatizadas contra los efluvios de la mortalidad, aquel radiante mayo brillaba despejado sobre las empinadas colinas y los hermosos bosques del exterior. Su jardín, asimismo, resplandecía colmado de flores: las malvarrosas habían crecido altas como árboles, los lirios se habían abierto y los tulipanes y las rosas se hallaban en flor; las orlas de los arriates lucían alegres con clavelinas rosadas y margaritas dobles carmesíes; los escaramujos exhalaban por la mañana y por la tarde su fragancia de especias y manzanas; y todos estos perfumados tesoros resultaban inútiles para la mayoría de las moradoras de Lowood, salvo para suministrar de vez en cuando un puñado de hierbas y brotes para depositarlos en un ataúd.

Pero yo y las demás que continuábamos con salud disfrutábamos con plenitud de las bellezas del paisaje y de la estación; nos dejaban vagar por el bosque como gitanas, desde la mañana hasta la noche; hacíamos lo que nos placía y marchábamos adonde queríamos: comíamos mejor además. El señor Brocklehurst y su familia jamás se acercaban ahora a Lowood: los asuntos domésticos no eran escudriñados; la agria gobernanta se había marchado, ahuyentada por el miedo a la infección; su sucesora, que había sido matrona en el dispensario de Lowton, desacostumbrada a los usos de su nueva morada, abastecía la despensa con relativa generosidad. Además, había menos bocas que alimentar; las enfermas apenas comían; nuestros cuencos del desayuno se llenaban mejor; cuando no había tiempo de preparar una comida regular, lo cual acontecía con frecuencia, nos daba un buen trozo de pastel de carne frío o una rebanada gruesa de pan y queso, y nos lo llevábamos con nosotras al bosque, donde cada cual escogía el rincón que más le agradaba y comía con opulencia.

Mi asiento predilecto era una piedra lisa y ancha que emergía blanca y seca en mitad del arroyo, y a la que sólo se llegaba cruzando el agua a vado; proeza que yo realizaba descalza. La piedra era justo lo bastante ancha para acoger cómodamente a otra muchacha y a mí, por entonces mi camarada predilecta: una tal Mary Ann Wilson; personaje sagaz y observador en cuya compañía me deleitaba, en parte porque resultaba ingeniosa y original, y en parte porque poseía un trato que me hacía sentir a mis anchas. Varios años mayor que yo, conocía mejor el mundo y sabía contarme muchas cosas que a mí me gustaba escuchar: con ella hallaba satisfacción mi curiosidad; para mis faltas mostraba asimismo una indulgencia generosa, sin imponer freno ni rienda a cuanto yo decía. Ella tenía dotes para la narración y yo para el análisis; a ella le complacía informar y a mí preguntar; de suerte que congeniábamos a las mil maravillas, extrayendo gran recreo, si bien no mucho provecho, de nuestro mutuo trato.

¿Y dónde se hallaba entre tanto Helen Burns? ¿Por qué no pasaba yo aquellos dulces días de libertad a su lado? ¿Acaso la había olvidado, o era yo tan indigna como para haberme hastiado de su pura compañía? Sin duda la Mary Ann Wilson que he mencionado era inferior a mi primera amiga: sólo sabía contarme relatos divertidos y corresponder a cualquier chismorreo mordaz y salaz que a mí me diese por propalar; mientras que, si he dicho la verdad sobre Helen, ella se hallaba capacitada para brindar a quienes gozaban del privilegio de su conversación el sabor de cosas infinitamente más elevadas.

Cierto, lector; y yo lo sabía y lo sentía; y aun cuando soy un ser imperfecto, con muchos defectos y pocas virtudes redentoras, jamás me cansé de Helen Burns; ni cesé de profesar hacia ella un sentimiento de afecto tan hondo, tierno y respetuoso como ninguno que jamás hubiese palpitado en mi corazón. ¿Cómo habría de ser de otro modo, cuando Helen, en todo momento y bajo cualquier circunstancia, me brindó una amistad serena y leal que el mal humor jamás agrió ni la irritación turbó jamás? Pero Helen se encontraba enferma en aquel tiempo: desde hacía varias semanas la habían retirado de mi vista a no sabía qué aposento del piso superior. No se hallaba, según me dijeron, en el sector hospitalario de la casa junto a las pacientes febriles; pues su dolencia era la consunción, no el tifus: y por consunción entendía yo, en mi ignorancia, un mal benigno que el tiempo y los cuidados aliviarían sin duda.

Me confirmó en semejante creencia el hecho de verla bajar las escaleras una o dos veces en tardes muy cálidas y soleadas para ser conducida por la señorita Temple al jardín; mas en aquellas ocasiones no se me consintió acercarme a hablarle; sólo la divisé desde la ventana de la sala de estudio, y no con claridad, pues iba muy abrigada y se sentaba a cierta distancia bajo el cobertizo.

Una tarde, a principios de junio, me había quedado hasta muy tarde con Mary Ann en el bosque; como de costumbre, nos habíamos apartado de las demás y vagado lejos, tan lejos que perdimos el camino y hubimos de pedir señas en una cabaña solitaria donde vivían un hombre y una mujer que cuidaban de una piara de cerdos montaraces que se cebaban de bellotas en la arboleda. Cuando regresamos, la luna se había alzado ya: un jaco que reconocimos como el del cirujano aguardaba ante la puerta del jardín. Mary Ann observó que sin duda alguien debía de hallarse gravemente enfermo, pues habían mandado llamar al señor Bates a semejante hora del anochecer. Ella entró en la casa; yo me quedé atrás unos minutos para plantar en mi huertecillo un manojo de raíces que había desenterrado en el bosque y que temía que se marchitasen si las dejaba hasta la mañana siguiente. Hecho esto, me demoré aún un poco más: las flores olían con tanta dulzura al caer el rocío; era una tarde tan grata, tan serena y templada; el poniente, todavía encendido, prometía tan fielmente otro hermoso día al amanecer; la luna se elevaba con tanta majestad en el grave oriente... Reparaba en estas cosas y disfrutaba de ellas como una niña puede hacerlo, cuando cruzó por mi mente un pensamiento que jamás se me había ocurrido con tal fuerza:

«¡Qué triste debe de ser hallarse postrada ahora en un lecho de dolor y en peligro de muerte! Este mundo es tan hermoso... ¡Qué desolador sería ser llamada a abandonarlo y tener que marchar quién sabe adónde!»

Y entonces mi mente hizo su primer esfuerzo formal por comprender lo que le habían inculcado acerca del cielo y del infierno; y por primera vez retrocedió, desconcertada; y por primera vez, mirando atrás, a ambos lados y hacia delante, divisó a su alrededor un abismo sin fondo: sólo sentía el punto firme donde se apoyaba, el presente; todo lo demás era nube informe y vacía profundidad; y se estremeció ante la idea de vacilar y precipitarse en medio de aquel caos. Mientras cavilaba sobre este pensamiento nuevo, oí abrirse la puerta principal; el señor Bates salió y con él iba una enfermera. Tras verlo montar a caballo y partir, la mujer se disponía a cerrar la puerta, pero corrí hacia ella.

Fin del Episodio 18 · de 91

Capítulo IX · I

Siguiente Episodio 19~7 minCapítulo IX · II“Junto a la cama de la señorita Temple, y cubierta a medias por sus cortinajes blancos, se alzaba una camita baja.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.