Jane Eyre·Episodio 17

Capítulo VIII · II

~7 min · 1348 palabras

Y no tardó en llegar la bandeja. ¡Qué hermosas me parecían las tazas de porcelana y la reluciente tetera, dispuestas sobre la mesita redonda cerca del fuego! ¡Cuán fragante era el vapor de la bebida y el aroma de las tostadas! De las cuales, no obstante, para mi consternación (pues comenzaba a sentir hambre), sólo divisé una porción muy exigua: la señorita Temple la advirtió también.

—Bárbara —dijo ella—, ¿no podría traer un poco más de pan y mantequilla? No hay bastante para tres.

Bárbara salió: no tardó en regresar:

—Señora, dice la señora Harden que ha enviado la cantidad acostumbrada.

La señora Harden, conviene advertirlo, era la gobernanta: una mujer según el corazón del señor Brocklehurst, forjada a partes iguales de ballena y de hierro.

—¡Ah, muy bien! —repuso la señorita Temple—. Tendremos que conformarnos con esto, Bárbara, según supongo. —Y mientras la muchacha se retiraba, añadió sonriendo—: Por fortuna, está en mi mano subsanar la escasez por esta vez.

Tras invitarnos a Helen y a mí a acercarnos a la mesa y servirnos a cada una una taza de té con una apetitosa aunque delgada porción de tostada, se levantó, abrió un cajón con una llave y, extrayendo un paquete envuelto en papel, descubrió ante nuestros ojos un pastel de semillas de muy buen tamaño.

—Pensaba daros a cada una un poco de esto para que os lo llevaseis —dijo ella—; pero puesto que hay tan pocas tostadas, lo tomaréis ahora. —Y procedió a cortar rebanadas con mano generosa.

Nos dimos un festín aquella noche cual si de néctar y ambrosía se tratara; y no fue el menor encanto del agasajo la sonrisa de complacencia con que nuestra anfitriona nos contemplaba mientras satisfacíamos nuestro hambriento apetito con el delicado manjar que nos suministraba con liberalidad.

Concluido el té y retirada la bandeja, nos llamó de nuevo junto a la chimenea; nos sentamos una a cada lado de ella, y se entabló entonces una conversación entre ella y Helen a la que fue en verdad un privilegio asistir.

La señorita Temple tenía siempre algo de serenidad en su porte, de majestad en su aspecto y de refinada compostura en su lenguaje que vedaba toda caída en lo arrebatado, lo exaltado o lo impetuoso; algo que templaba el agrado de cuantos la contemplaban y escuchaban con un sentimiento reverente de respetuoso asombro; y tal fue mi impresión entonces: pero en cuanto a Helen Burns, quedé anonadada de admiración.

La reconfortante merienda, el fuego brillante, la presencia y la ternura de su amada preceptora o, tal vez más que todo esto, algo propio de su entendimiento singular, habían espoleado las facultades de su espíritu. Despertaron, se encendieron: primero brillaron en el vivo arrebol de sus mejillas, que hasta esa hora jamás había visto sino pálidas y exangües; luego resplandecieron en el límpido lustre de sus ojos, que repentinamente habían cobrado una belleza más singular aún que la de la señorita Temple: una belleza no hecha de fino color ni de largas pestañas ni de arqueadas cejas, sino de significado, de movimiento y de radiante luz. Su alma se posó entonces en sus labios y el lenguaje brotó fluido, de qué manantial no sabría decirlo. ¿Tiene acaso una muchacha de catorce años un corazón bastante vasto y vigoroso para albergar el caudal hinchado de una elocuencia tan pura, plena y fervorosa? Tal fue el carácter del discurso de Helen en aquella velada para mí inolvidable; su espíritu parecía apresurarse a vivir en un lapso brevísimo tanto como muchos viven a lo largo de una dilatada existencia.

Conversaron de cosas de las que jamás había oído hablar; de naciones y épocas pretéritas; de comarcas lejanas; de secretos de la naturaleza descubiertos o vislumbrados: hablaron de libros: ¡cuántos habían leído! ¡Qué caudal de conocimientos atesoraban! Parecían además tan familiarizadas con nombres franceses y autores galos... Mas mi asombro alcanzó el colmo cuando la señorita Temple preguntó a Helen si a veces encontraba un instante para recordar el latín que su padre le había enseñado y, tomando un libro del estante, le pidió que leyese e interpretase una página de Virgilio; y Helen obedeció, dilatándose mi órgano de veneración a cada verso resonante. ¡Apenas había concluido cuando la campana anunció la hora de acostarse! Ninguna demora podía tolerarse; la señorita Temple nos abrazó a ambas, diciendo mientras nos estrechaba contra su pecho:

—¡Dios os bendiga, hijas mías!

A Helen la retuvo un poco más que a mí: la soltó con mayor renuencia; fue a Helen a quien sus ojos siguieron hasta la puerta; fue por ella por quien exhaló por segunda vez un triste suspiro; por ella se enjugó una lágrima de la mejilla.

Al llegar al dormitorio oímos la voz de la señorita Scatcherd: estaba revisando los cajones; acababa de sacar el de Helen Burns y, al entrar nosotras, Helen fue recibida con una áspera reprimenda y la advertencia de que al día siguiente llevaría media docena de prendas mal dobladas prendidas del hombro.

—Mis cosas estaban ciertamente en un desorden bochornoso —me susurró Helen por lo bajo—: tenía intención de ordenarlas, pero lo olvidé.

A la mañana siguiente la señorita Scatcherd escribió con caracteres bien visibles sobre un cartón la palabra «Desaliñada», y se la ató como una filacteria alrededor de la frente ancha, dulce, inteligente y benévola de Helen. La llevó puesta hasta el anochecer, paciente y sin rencor, teniéndola por un castigo merecido. En cuanto la señorita Scatcherd se retiró concluida la clase de la tarde, corrí hacia Helen, se la arranqué de cuajo y la arrojé al fuego: la cólera de la que ella era incapaz había ardido en mi alma durante todo el día, y lágrimas gruesas y ardientes me habían abrasado las mejillas sin cesar; pues el espectáculo de su triste resignación me causaba un dolor intolerable en el corazón.

Aproximadamente una semana después de los hechos referidos, la señorita Temple, que había escrito al señor Lloyd, recibió su contestación: según parecía, cuanto él declaraba venía a corroborar mi relato. La señorita Temple, tras reunir a la escuela entera, anunció que se habían practicado averiguaciones sobre los cargos imputados a Jane Eyre y que se hallaba sumamente complacida de poder declararla enteramente libre de toda inculpación. Las maestras me estrecharon entonces la mano y me besaron, y un murmullo de júbilo recorrió las filas de mis compañeras.

Aliviada así de tan pesada carga, me puse desde aquella hora a trabajar de nuevo, resuelta a abrirme camino a través de cualquier dificultad: me esforcé con tesón y el éxito guardó proporción con mis esfuerzos; mi memoria, no especialmente tenaz por naturaleza, mejoró con el ejercicio; la práctica aguzó mi entendimiento; en pocas semanas fui ascendida a una clase superior; en menos de dos meses se me permitió iniciarme en el francés y en el dibujo. Aprendí los dos primeros tiempos del verbo «Être» y aboceté mi primera casita de campo (cuyos muros, dicho sea de paso, rivalizaban en inclinación con los de la torre inclinada de Pisa) ese mismo día. Aquella noche, al acostarme, olvidé preparar en mi imaginación la cena fabulosa de patatas asadas bien calientes o de pan blanco y leche recién ordeñada con que solía engañar mis ansias interiores: me deleité en cambio con la contemplación de dibujos ideales que divisaba en la oscuridad, todos obra de mis propias manos: casitas y árboles libremente trazados con lápiz, roquedos y ruinas pintorescas, rebaños de ganado al estilo de Cuyp, hermosas pinturas de mariposas revoloteando sobre rosas en capullo, pájaros picoteando cerezas maduras y nidos de reyezuelo cobijando huevos semejantes a perlas, entretejidos con tiernos brotes de hiedra. Examiné también con el pensamiento la posibilidad de llegar a traducir de corrido algún día cierto relato breve en francés que madame Pierrot me había mostrado aquella jornada; mas tal problema no quedó resuelto a mi satisfacción antes de que me quedase dulcemente dormida.

Bien dijo Salomón: «Mejor es una comida de legumbres donde hay amor, que de buey engordado donde hay odio».

No habría cambiado ya Lowood con todas sus privaciones por Gateshead y sus lujos diarios.

Fin del Episodio 17 · de 91

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