Jane Eyre·Episodio 14

Capítulo VII · I

~11 min · 2136 palabras

Mi primer trimestre en Lowood se me antojó un siglo; y no precisamente de oro: consistió en una penosa brega contra las dificultades para habituarme a reglamentos nuevos y a tareas desacostumbradas. El temor a fracasar en estos puntos me atormentaba más aún que las penalidades físicas de mi suerte; si bien éstas no eran ninguna nimiedad.

Durante enero, febrero y parte de marzo, las espesas nieves y, tras su deshielo, los caminos casi intransitables nos impidieron salir más allá de los muros del jardín, salvo para acudir a la iglesia; pero dentro de esos límites debíamos pasar una hora cada día al aire libre. Nuestras ropas resultaban insuficientes para protegernos del frío riguroso: no teníamos botas; la nieve se colaba en nuestros zapatos y se derretía en ellos; nuestras manos desnudas se entumecían y se cubrían de sabañones, al igual que nuestros pies: recuerdo con viveza la desesperante irritación que soportaba por este motivo cada anochecer cuando se me inflamaban los pies, y el suplicio de encajar a la mañana siguiente los dedos hinchados, en carne viva y ateridos dentro del calzado. Además, la escasa provisión de alimentos resultaba penosa: con el apetito voraz propio de criaturas en crecimiento, apenas disponíamos de lo bastante para mantener con vida a una convaleciente delicada. De semejante penuria de sustento derivaba un abuso que gravaba con dureza a las alumnas menores: siempre que las hambrientas muchachas mayores hallaban coyuntura, despojaban con lisonjas o amenazas a las pequeñas de su ración. Muchas veces hube de compartir entre dos pretendientes el preciado bocado de pan moreno repartido a la hora de la merienda; y tras ceder a una tercera la mitad del contenido de mi taza de café, me tragué el resto acompañado de secretas lágrimas arrancadas por el apremio del hambre.

Los domingos eran días desolados en aquella estación invernal. Teníamos que caminar dos millas hasta la iglesia de Brocklebridge, donde oficiaba nuestro protector. Partíamos ateridas, llegábamos a la iglesia más frías aún: durante el oficio matutino quedábamos casi paralizadas. Quedaba demasiado lejos para regresar a comer, y entre un servicio y otro se repartía una asignación de carne fría y pan con la misma mezquina proporción observada en nuestras comidas habituales.

Al concluir el servicio vespertino regresábamos por un camino empinado y descubierto donde el gélido viento invernal, soplando sobre una cordillera de cumbres nevadas hacia el norte, casi nos desollaba la piel de las mejillas.

Recuerdo a la señorita Temple caminando con ligereza y rapidez a lo largo de nuestra desmadejada fila, con su capa de tartán ceñida al cuerpo mientras el viento gélido la agitaba, y animándonos con el precepto y con el ejemplo a mantener el ánimo y marchar hacia delante, según decía ella, «como aguerridas soldados». Las demás maestras, pobrecillas, se hallaban por lo común demasiado abatidas para intentar confortar a nadie.

¡Cómo anhelábamos la luz y el calor de un fuego chisporroteante al regresar! Pero, para las más pequeñas al menos, esto se hallaba vedado: cada hogar de la sala de clase quedaba de inmediato rodeado por una doble hilera de muchachas mayores, y tras ellas las niñas menores nos agazapábamos en grupos, envolviendo nuestros ateridos brazos bajo los delantales.

Un pequeño consuelo sobrevenía a la hora de la merienda en forma de una doble ración de pan —una rebanada entera en vez de media— con el delicioso aditamento de una fina untura de mantequilla: era el festín semanal que todas aguardábamos con anhelo de domingo a domingo. Por lo común me las ingeniaba para reservar la mitad de aquel opíparo refrigerio para mí; pero de la otra mitad me veía invariablemente forzada a desprenderme.

La velada del domingo se consagraba a repetir de memoria el catecismo eclesiástico y los capítulos quinto, sexto y séptimo de San Mateo; y a escuchar un largo sermón leído por la señorita Miller, cuyos incontenibles bostezos daban fe de su fatiga. Un frecuente intermedio de estos actos era la representación del papel de Eutico a cargo de una media docena de niñas pequeñas que, vencidas por el sueño, caían rodando, si no desde un tercer piso, sí desde el cuarto banco, para ser recogidas medio muertas. El remedio consistía en empujarlas al centro de la sala y obligarlas a permanecer allí de pie hasta que concluyese el sermón. A veces las piernas les flaqueaban y se desplomaban en montón; entonces se las sostenía apuntalándolas con los altos taburetes de las inspectoras.

Aún no he hecho alusión a las visitas del señor Brocklehurst; y en verdad aquel caballero permaneció fuera de su hogar durante la mayor parte del primer mes posterior a mi llegada, acaso prolongando su estancia con su amigo el arcediano: su ausencia me supuso un alivio. No necesito decir que tenía mis propios motivos para temer su venida; pero al fin vino.

Una tarde (llevaba ya tres semanas en Lowood), mientras me hallaba sentada con una pizarra en la mano devanándome los sesos con una cuenta de dividir por varias cifras, mis ojos, alzados con distracción hacia la ventana, descubrieron una figura que pasaba: reconocí casi por instinto aquel perfil macilento; y cuando, dos minutos después, toda la escuela, maestras incluidas, se puso en pie en masa, no me hizo falta levantar la vista para cerciorarme de a quién saludaban con semejante acogida. Una zancada prolongada midió la sala de clase, y al punto, al lado de la señorita Temple, quien se había puesto en pie ella misma, se alzó la misma columna negra que tan aciagamente me había mirado desde la alfombra de Gateshead. Miré entonces de reojo aquella mole arquitectónica. Sí, no me equivocaba: era el señor Brocklehurst, abotonado en su levitón y luciendo más largo, más enjuto y más rígido que nunca.

Tenía mis buenas razones para sentirme consternada ante semejante aparición; con harta claridad recordaba las pérfidas insinuaciones proferidas por la señora Reed acerca de mi índole, etcétera; y la promesa empeñada por el señor Brocklehurst de poner sobre aviso a la señorita Temple y a las maestras sobre mi naturaleza perversa. A lo largo de todo aquel tiempo había temido el cumplimiento de dicha promesa; había aguardado a diario la llegada del «hombre anunciado» cuyas noticias sobre mi conducta y conversación pasadas habían de estigmatizarme como a una niña perversa para siempre: y ahora allí estaba.

Se hallaba junto a la señorita Temple; le hablaba en voz baja al oído: no dudé de que estuviese haciendo revelaciones de mi maldad; y contemplé la mirada de la dama con penosa zozobra, esperando en cualquier instante ver cómo sus oscuras pupilas se volvían hacia mí con repugnancia y desprecio. Agucé el oído además; y como daba la casualidad de hallarme sentada en el extremo superior de la sala, capté la mayor parte de lo que decía: su contenido me libró de temores inmediatos.

—Supongo, señorita Temple, que el hilo que compré en Lowton servirá; me pareció que tendría justo la calidad apropiada para las camisas de calicó, y escogí las agujas a juego. Puede decirle a la señorita Smith que olvidé anotar las agujas de zurcir, pero le enviaré algunos paquetes la semana próxima; y no ha de entregar bajo ningún concepto más de una aguja a la vez a cada alumna: si tienen más, tienden a ser descuidadas y a perderlas. ¡Y oh, señora!, desearía que se vigilasen mejor las medias de lana: cuando estuve aquí la última vez, pasé al huerto y examiné la ropa que se secaba en el tendedero; había una partida de medias negras en muy mal estado de conservación: por el tamaño de los agujeros que tenían, estuve seguro de que no se habían remendado debidamente con la debida frecuencia.

Hizo una pausa.

—Se atenderá a sus instrucciones, señor —dijo la señorita Temple.

—Y además, señora —prosiguió él—, la lavandera me informa de que algunas alumnas usan dos pecheras limpias a la semana: es demasiado; el reglamento las limita a una.

—Creo que puedo explicar esa circunstancia, señor. Agnes y Catherine Johnstone fueron invitadas a merendar con unos amigos en Lowton el jueves pasado, y les concedí permiso para ponerse pecheras limpias para la ocasión.

El señor Brocklehurst asintió.

—Bien, por una vez puede pasar; pero le ruego que no permita que el hecho se repita con demasiada frecuencia. Y hay otra cosa que me ha sorprendido: compruebo, al ajustar las cuentas con la gobernanta, que se ha servido dos veces a las alumnas una merienda de pan y queso en el curso de la última quincena. ¿A qué se debe esto? He examinado las ordenanzas y no hallo mención de comida alguna semejante a una merienda. ¿Quién introdujo esta innovación y con qué autoridad?

—Yo he de responder de esa circunstancia, señor —repuso la señorita Temple—: el desayuno estaba tan mal preparado que a las alumnas les fue del todo imposible tomarlo; y no me atreví a consentir que permaneciesen en ayunas hasta la hora de comer.

—Señora, permítame un momento. Bien sabe que mi plan al educar a estas muchachas no consiste en acostumbrarlas a hábitos de molicie e indulgencia, sino en tornarlas austeras, pacientes y abnegadas. Si sobreviene cualquier contratiempo accidental en el apetito, tal como el malogro de una comida, la falta o el exceso de cocción de un guiso, semejante lance no debe contrarrestarse sustituyendo el sustento malogrado por algo más delicado, mimando así el cuerpo y desvirtuando el fin de esta institución; debe aprovecharse para la edificación espiritual de las alumnas, alentándolas a manifestar entereza ante la privación transitoria. Una breve exhortación en tales ocasiones no resultaría inoportuna, en la cual un preceptor juicioso aprovecharía la ocasión para recordar los padecimientos de los primitivos cristianos, los tormentos de los mártires, las amonestaciones de nuestro bendito Señor en persona invitando a Sus discípulos a tomar su cruz y seguirle; Sus advertencias de que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios; y Sus divinos consuelos: «Dichosos vosotros si padecéis hambre o sed por Mi causa». ¡Oh, señora! Al meter pan y queso en las bocas de estas criaturas en lugar de gachas quemadas, podrá alimentar ciertamente sus viles cuerpos, ¡pero poco piensa en cómo deja morir de inanición sus almas inmortales!

El señor Brocklehurst volvió a guardar silencio, tal vez embargado por la emoción. La señorita Temple había bajado la mirada al comenzar él a hablarle; pero ahora miraba de frente, y su rostro, de natural pálido como el mármol, parecía adoptar asimismo la frialdad y fijeza de aquel material; en particular su boca, cerrada cual si hubiese hecho falta el cincel de un escultor para abrirla, y su frente, fijada poco a poco en petrificada severidad.

Entre tanto, el señor Brocklehurst, plantado junto al hogar con las manos a la espalda, recorría majestuosamente con la vista la escuela entera. De súbito sus ojos parpadearon, cual si hubiesen topado con algo que deslumbraba o escandalizaba su pupila; volviéndose, dijo en tono más acelerado que el que hasta entonces había empleado:

—¡Señorita Temple, señorita Temple! ¿Qué... qué hace ahí esa muchacha de pelo rizado? ¡Pelo pelirrojo, señora, rizado, ensortijado por todas partes! —Y alargando su bastón señaló el espantoso objeto, temblándole la mano al hacerlo.

—Es Julia Severn —repuso la señorita Temple con suma serenidad.

—¡Julia Severn, señora! ¿Y por qué luce ella, o cualquier otra, el pelo rizado? ¿Por qué, en desafío de cada precepto y principio de esta casa, se conforma al mundo tan abiertamente —aquí, en un establecimiento evangélico y benéfico— como para llevar la cabellera convertida en un nido de rizos?

—El cabello de Julia se riza de forma natural —repuso la señorita Temple, más sosegadamente aún.

—¡Naturalmente! Sí, ¡pero no debemos amoldarnos a la naturaleza! Deseo que estas muchachas sean hijas de la Gracia. ¿Y por qué esa abundancia? Una y otra vez he advertido que exijo que el cabello se lleve recogido con estrechez, modestia y sencillez. Señorita Temple, el pelo de esa muchacha debe cortarse por completo: mañana mismo enviaré un barbero; y veo a otras que tienen en exceso esa excrecencia... Esa chica alta, dígale que se dé la vuelta. Ordene a toda la primera clase que se levante y mire hacia la pared.

La señorita Temple se pasó el pañuelo por los labios como para borrar la sonrisa involuntaria que los curvaba; dio la orden, no obstante, y cuando la primera clase alcanzó a comprender lo que de ella se requería, obedeció. Reclinándome un poco hacia atrás sobre mi banco, pude contemplar las miradas y visajes con que comentaban semejante maniobra: era una lástima que el señor Brocklehurst no pudiese verlas también; tal vez habría comprendido que, por mucho que pudiese limpiar la parte exterior del vaso y del plato, el interior quedaba mucho más allá de su alcance de lo que imaginaba.

Fin del Episodio 14 · de 91

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