Capítulo VI · II
~6 min · 1286 palabras
—¿Es la señorita Temple tan severa contigo como la señorita Scatcherd?
Al pronunciar el nombre de la señorita Temple, una suave sonrisa revoloteó sobre su grave semblante.
—La señorita Temple rebosa bondad; le duele ser severa con nadie, incluso con la peor alumna de la escuela: ve mis faltas y me las señala con dulzura; y si hago algo digno de alabanza, me otorga mi recompensa con generosidad. Una prueba concluyente de mi naturaleza desastrosamente imperfecta es que ni siquiera sus reconvenciones, tan suaves y tan sensatas, tienen fuerza bastante para curarme de mis defectos; y ni siquiera sus elogios, por mucho que los aprecie en lo más alto, consiguen estimularme hacia un cuidado y una previsión constantes.
—Qué curioso —dije yo—; resulta tan sencillo ser cuidadosa.
—Para ti no dudo de que lo sea. Te he observado esta mañana en tu clase y he visto que prestabas una atención escrupulosa: tus pensamientos jamás parecían extraviarse mientras la señorita Miller explicaba la lección y te examinaba. En cambio, los míos vagan de continuo; cuando debería estar escuchando a la señorita Scatcherd y recogiendo con asiduidad cuanto dice, a menudo pierdo el sonido mismo de su voz; caigo en una suerte de ensueño. A veces imagino que me encuentro en Northumberland, y que los rumores que percibo a mi alrededor son el murmullo de un arroyuelo que cruza por Deepden, cerca de nuestra casa; luego, cuando llega mi turno de responder, tienen que despertarme; y al no haber oído nada de lo leído por escuchar el arroyo imaginario, no tengo preparada contestación alguna.
—Sin embargo, qué bien respondiste esta tarde.
—Fue mera casualidad; el asunto sobre el que leíamos me había interesado. Esta tarde, en vez de soñar con Deepden, me preguntaba cómo un hombre que deseaba obrar rectamente pudo actuar de un modo tan injusto e insensato como Carlos I hizo a veces; y pensaba qué lástima fue que, con su integridad y su escrupulosidad, no alcanzase a ver más allá de las prerrogativas de la corona. ¡Si al menos hubiese sido capaz de otear a lo lejos y advertir hacia dónde se inclinaba lo que llaman el espíritu de los tiempos! Con todo, aprecio a Carlos, le respeto, me compadezco de él: ¡pobre rey asesinado! Sí, sus enemigos fueron peores: derramaron una sangre que no tenían derecho a derramar. ¡Cómo se atrevieron a matarlo!
Helen hablaba ahora para sí misma: había olvidado que yo no podía comprenderla del todo, que era ignorante, o casi, de la materia que discurría. La atraje de nuevo a mi nivel.
—Y cuando la señorita Temple te enseña, ¿se extravían entonces tus pensamientos?
—No, desde luego que no a menudo; porque la señorita Temple suele tener algo que decir que resulta más novedoso que mis propias reflexiones; su lenguaje me resulta singularmente grato y las noticias que comunica son con frecuencia justo lo que yo anhelaba saber.
—Bien, entonces, con la señorita Temple, ¿eres buena?
—Sí, de un modo pasivo: no hago ningún esfuerzo; me dejo llevar según me guía la inclinación. No hay mérito en semejante bondad.
—Muchísimo: eres buena con quienes son buenos contigo. Es todo cuanto yo desearía ser en la vida. Si la gente fuese siempre complaciente y sumisa con los que son crueles e injustos, los malvados se saldrían siempre con la suya: jamás sentirían miedo y, por ende, nunca cambiarían, sino que se volverían peores y peores. Cuando nos golpean sin motivo alguno, deberíamos devolver el golpe con suma dureza; estoy segura de que debiéramos hacerlo, tan fuerte que enseñásemos a quien nos pegó a no volver a hacerlo jamás.
—Cambiarás de parecer, confío, cuando seas mayor: por ahora no eres más que una chiquilla ignorante.
—Pero es lo que siento, Helen; debo aborrecer a quienes, haga lo que haga para complacerles, persisten en detestarme; debo rebelarme contra quienes me castigan injustamente. Es tan natural como que ame a los que me muestran cariño, o me someta al castigo cuando siento que es merecido.
—Los paganos y las tribus salvajes profesan esa doctrina, pero los cristianos y las naciones civilizadas la rechazan.
—¿Cómo? No lo comprendo.
—No es la violencia lo que mejor vence al odio, ni la venganza lo que sana con más certeza la ofensa.
—¿Qué entonces?
—Lee el Nuevo Testamento y repara en lo que Cristo dice y en cómo obra; haz de Su palabra tu norma y de Su conducta tu ejemplo.
—¿Qué dice Él?
—Amad a vuestros enemigos; bendecid a los que os maldicen; haced bien a los que os aborrecen y ultrajan.
—Entonces debería amar a la señora Reed, lo cual no puedo hacer; debería bendecir a su hijo John, lo cual resulta imposible.
A su vez, Helen Burns me pidió explicaciones, y procedí al punto a desgranar, a mi manera, el relato de mis padecimientos y resentimientos. Amarga y truculenta cuando me hallaba exaltada, hablé según sentía, sin reservas ni atenuantes.
Helen me escuchó con paciencia hasta el final: esperaba que hiciese entonces algún comentario, pero no dijo nada.
—Y bien —pregunté impaciente—, ¿no es la señora Reed una mujer despiadada y perversa?
—Ha sido dura contigo, no cabe duda; porque, como ves, no le agrada tu índole de carácter, del mismo modo que a la señorita Scatcherd no le agrada el mío; ¡pero qué minuciosamente recuerdas todo cuanto te ha dicho y hecho! ¡Qué huella tan singularmente honda parece haber dejado su injusticia en tu corazón! Ningún mal trato graba semejante recuerdo en mis sentimientos. ¿No serías más feliz si intentases olvidar su severidad junto con las pasionales emociones que suscitó? La vida me parece demasiado breve para malgastarla alimentando rencores o llevando la cuenta de agravios. Todos, unos y otros, estamos y debemos estar abrumados de faltas en este mundo; pero pronto llegará la hora en que, confío, nos despojaremos de ellas al despojarnos de nuestros cuerpos corruptibles; en que la degradación y el pecado se desprenderán de nosotros junto con esta pesada envoltura de carne, y sólo permanecerá la chispa del espíritu: el impalpable principio de luz y de pensamiento, puro como cuando salió del Creador para insuflar a la criatura: de donde provino volverá; tal vez para ser comunicado de nuevo a algún ser superior al hombre, ¡acaso para ascender por gradaciones de gloria, desde la pálida alma humana hasta resplandecer convertida en serafín! ¿Acaso, por el contrario, habrá de tolerarse que degenere de hombre a demonio? No, no puedo creerlo: profeso otro credo que nadie me enseñó jamás y del que rara vez hablo, pero en el que me complazco y al que me aferro: pues extiende la esperanza a todos; convierte la eternidad en un reposo, en una inmensa morada, no en un espanto ni en un abismo. Además, con este credo distingo con tanta claridad entre el pecador y el pecado; puedo perdonar con tanta sinceridad al primero al tiempo que aborrezco el segundo: con este credo la venganza jamás desazona mi corazón, el envilecimiento nunca llega a repugnarme con exceso, la injusticia jamás me aplasta demasiado bajo: vivo en calma, aguardando el fin.
La cabeza de Helen, siempre inclinada, se dobló un poco más al concluir esta frase. Vi por su mirada que no deseaba seguir conversando conmigo, sino más bien dialogar con sus propios pensamientos. No se le concedió mucho tiempo para la meditación: una inspectora, una muchacha grande y tosca, se acercó al punto exclamando con marcado acento de Cumberland:
—¡Helen Burns, si no vas a ordenar tu cajón y a doblar tu labor en este mismo instante, le diré a la señorita Scatcherd que venga a verlo!
Helen suspiró al disiparse su ensueño y, poniéndose en pie, obedeció a la inspectora sin replicar y sin demora.
Fin del Episodio 13 · de 91
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