Capítulo VI · I
~8 min · 1638 palabras
El día siguiente comenzó como el anterior: levantándonos y vistiéndonos a la luz de las velas de junco; pero esta mañana nos vimos obligadas a prescindir de la ceremonia del aseo: el agua de las jarras estaba helada. Se había producido un cambio en el tiempo la tarde anterior, y un penetrante viento del nordeste, silbando por las rendijas de las ventanas de nuestro dormitorio durante toda la noche, nos había hecho tiritar en las camas y convertido en hielo el contenido de las jofainas.
Antes de que concluyese la larga hora y media de rezos y lecturas bíblicas, me sentía a punto de perecer de frío. Llegó al fin la hora del desayuno y esta mañana las gachas no estaban quemadas: la calidad resultaba comestible, la cantidad escasa. ¡Qué menguada me pareció mi ración! Ojalá hubiese sido el doble.
En el transcurso del día fui incorporada como miembro de la cuarta clase y se me asignaron tareas y ocupaciones regulares: hasta entonces sólo había sido mera espectadora de los quehaceres de Lowood; ahora debía convertirme en actora de ellos. Al principio, poco acostumbrada a aprender de memoria, las lecciones me parecieron largas y difíciles; el frecuente paso de una materia a otra, además, me desconcertaba; y me alegré cuando, hacia las tres de la tarde, la señorita Smith puso en mis manos una tira de muselina de dos yardas de largo, junto con aguja, dedal, etcétera, y me mandó a sentarme en un rincón tranquilo de la sala de clase con instrucciones de hacerle el dobladillo. A esa hora la mayoría de las demás cosían asimismo; pero una clase permanecía aún en torno a la silla de la señorita Scatcherd leyendo, y como todo guardaba silencio, alcanzaba a oírse el tema de sus lecciones, así como la desenvoltura con que cada alumna salía airosa de la prueba y las censuras o elogios que la señorita Scatcherd dispensaba al ejercicio. Se trataba de historia de Inglaterra: entre las lectoras distinguí a mi conocida del cobertizo: al comienzo de la clase su puesto había estado a la cabeza, pero por algún error de pronunciación o por cierta desatención a las pausas fue enviada de súbito al final de la fila. Incluso en tan oscura posición, la señorita Scatcherd continuó tomándola por blanco de incesantes reconvenciones; le dirigía de continuo frases como las siguientes:
«Burns —tal parecía ser su apellido: aquí a todas las niñas las llamaban por el apellido, como a los muchachos en otros colegios—, Burns, está usted apoyándose en el borde del zapato; ponga los pies derechos de inmediato». «Burns, estira usted la barbilla de un modo sumamente desagradable; recójala». «Burns, insisto en que mantenga la cabeza alta; no tolero que esté delante de mí en esa postura», etcétera, etcétera.
Habiéndose leído dos veces un capítulo, se cerraron los libros y se examinó a las muchachas. La lección había comprendido parte del reinado de Carlos I, y surgieron diversas preguntas sobre derechos arancelarios y tributos navales que la mayoría de ellas se mostraron incapaces de responder; con todo, cada pequeña dificultad quedaba resuelta al instante cuando llegaba el turno a Burns: su memoria parecía haber retenido la sustancia de la lección entera, y se hallaba presta con contestaciones precisas sobre cada punto. Aguardaba yo de continuo que la señorita Scatcherd encomiara su atención; pero en lugar de ello, exclamó de pronto:
—¡Niña sucia y desagradable! ¡No se ha limpiado las uñas esta mañana!
Burns no respondió: me asombré de su silencio.
«¿Por qué —pensé— no explica que no pudo limpiarse las uñas ni lavarse la cara porque el agua estaba helada?»
Mi atención fue desviada entonces por la señorita Smith, quien me pidió que le sostuviese una madeja de hilo: mientras la devanaba, me habló de vez en cuando, preguntándome si había estado antes en alguna escuela, si sabía marcar, coser, tejer, etcétera; hasta que me despidió, no pude proseguir mis observaciones sobre los movimientos de la señorita Scatcherd. Cuando regresé a mi asiento, aquella dama acababa de impartir una orden cuyo alcance no capté; pero Burns abandonó al punto la clase y, entrando en el cuartito interior donde se custodiaban los libros, regresó al cabo de medio minuto llevando en la mano un haz de varas atadas por un extremo. Semejante y ominoso instrumento presentó a la señorita Scatcherd con una respetuosa reverencia; luego, con serenidad y sin que se lo mandaran, se desabrochó el delantal, y la maestra le descargó al punto y con saña una docena de azotes en el cuello con aquel manojo de varas. Ni una sola lágrima asomó a los ojos de Burns; y mientras yo suspendía mi costura porque mis dedos temblaban ante aquel espectáculo presa de una ira impotente y vana, ni un solo rasgo de su pensativo semblante alteró su habitual expresión.
—¡Muchacha empedernida! —exclamó la señorita Scatcherd—. Nada puede corregirle sus hábitos descuidados: llévese la vara.
Burns obedeció: la miré de cerca cuando salía del armario de los libros; se guardaba precisamente el pañuelo en el bolsillo, y la huella de una lágrima brillaba en su mejilla enflaquecida.
La hora de recreo al anochecer me pareció la fracción más grata del día en Lowood: el pedazo de pan y el trago de café ingeridos a las cinco habían devuelto la vitalidad, aun cuando no hubiesen saciado el hambre; la prolongada contención de la jornada se relajaba; la sala de clase se sentía más cálida que por la mañana, pues se permitía que las chimeneas ardiesen con un poco más de brío para suplir en cierta medida la falta de velas, que aún no se habían traído; la rojiza penumbra, el alboroto autorizado y la algarabía de tantas voces infundían una grata sensación de libertad.
La tarde del día en que había visto a la señorita Scatcherd azotar a su alumna Burns, deambulaba como de costumbre entre los bancos, las mesas y los grupos alegres sin compañía alguna, aunque sin sentirme sola; cuando pasaba junto a las ventanas, levantaba de vez en cuando una cortinilla y miraba hacia fuera: nevaba copiosamente y un montículo de nieve comenzaba ya a acumularse contra los cristales inferiores; arrimando la oreja al vidrio, alcanzaba a distinguir, por encima del regocijado bullicio del interior, el gemido desconsolado del viento exterior.
Probablemente, si hubiese dejado no hacía mucho un hogar apacible y unos padres afectuosos, aquélla habría sido la hora en que más amargamente habría lamentado la separación; aquel viento habría entristecido entonces mi corazón; ¡aquel confuso caos habría turbado mi paz! Pero en la situación en que me hallaba, ambos me producían una extraña exaltación y, temeraria y afiebrada, deseaba que el viento aullase con mayor fiereza, que la penumbra se espesase en tinieblas y que la confusión se alzara en clamor.
Saltando bancos y deslizándome bajo las mesas, me abrí paso hasta una de las chimeneas; allí, arrodillada junto a la alta rejilla metálica, encontré a Burns, absorta, silenciosa, abstraída de cuanto la rodeaba por la compañía de un libro que leía al tenue resplandor de las brasas.
—¿Sigue siendo «Rasselas»? —pregunté, acercándome a su espalda.
—Sí —contestó ella—, y acabo de terminarlo.
Y al cabo de otros cinco minutos lo cerró. Me alegré de ello.
«Ahora —pensé— tal vez consiga que hable». Me senté junto a ella en el suelo.
—¿Cómo te llamas además de Burns?
—Helen.
—¿Vienes de muy lejos de aquí?
—Vengo de un lugar más al norte, justo en los confines de Escocia.
—¿Volverás alguna vez?
—Así lo espero; pero nadie puede estar seguro del porvenir.
—¡Cómo desearás marcharte de Lowood!
—¡No! ¿Por qué habría de desearlo? Me enviaron a Lowood para recibir instrucción; y de nada serviría marcharme antes de haber alcanzado ese propósito.
—Pero esa maestra, la señorita Scatcherd, ¿no es acaso tan cruel contigo?
—¿Cruel? ¡En absoluto! Es severa: no tolera mis faltas.
—Pues si yo estuviese en tu lugar la detestaría; me rebelaría contra ella. Si me pegase con esa vara, se la arrebataría de las manos y se la rompería en las narices.
—Probablemente no harías nada semejante; pero si lo hicieses, el señor Brocklehurst te expulsaría de la escuela; lo cual supondría un gran disgusto para tus parientes. Es mucho mejor sobrellevar con paciencia un dolor que nadie siente sino tú misma, que cometer un acto impulsivo cuyas funestas consecuencias alcanzarán a cuantos están vinculados a ti; y además, la Biblia nos manda devolver bien por mal.
—Pero es que parece infame ser azotada y mandada a permanecer de pie en mitad de una sala llena de gente; y tú eres una muchacha tan mayor: yo soy mucho más joven que tú y no podría soportarlo.
—Sin embargo, sería tu deber soportarlo si no pudieses evitarlo: es flaco e insensato decir que no puedes sobrellevar lo que tu destino te exige soportar.
La escuché maravillada: no alcanzaba a comprender semejante doctrina de resignación; y menos aún podía entender o compartir la indulgencia que manifestaba hacia su verdugo. Con todo, sentía que Helen Burns contemplaba las cosas bajo una luz invisible para mis ojos. Sospeché que tal vez ella tuviese razón y yo estuviese equivocada; pero no quise profundizar en el asunto; como Félix, lo pospuse para una ocasión más propicia.
—Dices que tienes defectos, Helen: ¿cuáles son? A mí me pareces muy buena.
—Aprende entonces de mí a no juzgar por las apariencias: soy, como dijo la señorita Scatcherd, desordenada; rara vez pongo las cosas en orden y jamás las mantengo así; soy descuidada; olvido los reglamentos; leo cuando debería aprender mis lecciones; carezco de método; y a veces digo, como tú, que no tolero someterme a disposiciones sistemáticas. Todo esto resulta sumamente enojoso para la señorita Scatcherd, que por naturaleza es pulcra, puntual y meticulosa.
—Y avinagrada y cruel —añadí; pero Helen Burns no consintió en admitir mi adición: guardó silencio.
Fin del Episodio 12 · de 91
Capítulo VI · I
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.