Capítulo V · II
~11 min · 2171 palabras
¿Qué ocurría? No había oído dar orden alguna: me hallaba perpleja. Antes de que lograse recobrar la compostura, las clases volvieron a tomar asiento; pero como todos los ojos convergían ahora hacia un mismo punto, los míos siguieron la dirección general y toparon con la dama que me había recibido la noche anterior. Se hallaba al fondo de la larga sala, junto al hogar; pues había una chimenea en cada extremo; contemplaba en silencio y con gravedad las dos hileras de alumnas. Acercándose la señorita Miller, pareció formularle una pregunta, y tras recibir la contestación, regresó a su puesto y dijo en voz alta:
—¡Inspectora de la primera clase, traiga los globos terráqueos!
Mientras se ejecutaba la orden, la dama consultada avanzó despacio sala arriba. Supongo que poseo un notable órgano de veneración, pues aún conservo el sobrecogimiento y la admiración con que mis ojos siguieron sus pasos. Vista ahora, a plena luz del día, parecía alta, esbelta y bien formada; unos ojos castaños de bondadoso brillo en sus iris y finamente delineados por largas pestañas realzaban la blancura de su ancha frente; sobre cada una de sus sienes, su cabello, de un castaño muy oscuro, se agrupaba en bucles redondeados con arreglo a la moda de aquellos tiempos, cuando ni las bandas lisas ni los largos tirabuzones se llevaban aún; su vestido, también según el uso de la época, era de paño púrpura, guarnecido por una suerte de adorno español de terciopelo negro; un reloj de oro (los relojes no eran tan comunes entonces como ahora) relucía en su cintura. Añada el lector a esto, para completar el cuadro, unas facciones refinadas, una tez limpia aunque pálida, y un aire y un porte majestuosos, y tendrá, al menos con tanta fidelidad como las palabras alcanzan a expresar, una idea cabal del aspecto exterior de la señorita Temple: Maria Temple, según vi más tarde escrito su nombre en un libro de oraciones que me confiaron para llevar a la iglesia.
La superintendente de Lowood (pues tal era esta dama), tras tomar asiento ante un par de esferas dispuestas sobre una de las mesas, convocó en torno a sí a la primera clase y dio comienzo a una lección de geografía; las clases inferiores fueron llamadas por las maestras: los repasos de historia, gramática, etcétera, se prolongaron durante una hora; siguieron la caligrafía y la aritmética, y la señorita Temple impartió lecciones de música a algunas de las alumnas mayores. La duración de cada clase se medía por el reloj, que al cabo dio las doce. La superintendente se levantó:
—Tengo que decir unas palabras a las alumnas —dijo ella.
El bullicio propio de la conclusión de las clases comenzaba ya a estallar, pero se apaciguó ante su voz. Continuó:
—Esta mañana han tenido un desayuno que no han podido comer; deben de tener hambre: he dispuesto que se sirva a todas una merienda de pan y queso.
Las maestras la miraron con una suerte de asombro.
—Se hace bajo mi entera responsabilidad —añadió dirigiéndose a ellas en tono explicativo, y abandonó la sala de inmediato.
El pan y el queso fueron introducidos al punto y repartidos, para inmenso deleite y refrigerio de toda la escuela. Se dio entonces la orden: «¡Al jardín!». Cada cual se puso un tosco sombrero de paja con cintas de calicó de colores y una capa de bayeta gris. Ataviada de modo semejante y siguiendo la corriente de alumnas, salí al aire libre.
El jardín era un amplio recinto cerrado por muros tan altos que impedían la menor vista del paisaje; un cobertizo corría a lo largo de un costado, y anchos paseos bordeaban un espacio central dividido en veintenas de pequeños arriates: estas parcelas estaban asignadas como huertecillos para que las alumnas las cultivasen, y cada una tenía su dueña. Llenas de flores resultarían sin duda hermosas; pero ahora, a finales de enero, todo era marchitez invernal y desolación pardusca. Me estremecí de pie mientras miraba a mi alrededor: era un día desapacible para el ejercicio al aire libre; no propiamente lluvioso, pero entenebrecido por una amarillenta niebla pertinaz; el suelo bajo nuestros pies continuaba empapado por las lluvias de la víspera. Las más robustas entre las muchachas correteaban entregadas a juegos animados, pero varias pálidas y flacas se agolpaban en busca de cobijo y calor bajo el cobertizo; y entre éstas, a medida que la densa bruma calaba en sus cuerpos ateridos, escuché con frecuencia el sonido de una tos cavernosa.
Hasta el momento no había hablado con nadie, ni parecía que nadie reparase en mí; permanecía bastante sola; pero a aquel sentimiento de aislamiento me hallaba acostumbrada: no me oprimía en demasía. Me apoyé contra una columna del cobertizo, me ceñí la capa gris y, tratando de olvidar el frío que me atenazaba por fuera y el hambre insatisfecha que me roía por dentro, me entregué a la tarea de observar y meditar. Mis reflexiones eran harto vagas y fragmentarias para merecer constancia: apenas sabía aún dónde me encontraba; Gateshead y mi vida pretérita parecían haberse desvanecido a una distancia inconmensurable; el presente resultaba confuso y extraño, y del futuro no podía formarme conjetura alguna. Miré alrededor del jardín claustral, y luego alcé la vista hacia el edificio: una vasta construcción, cuya mitad semejaba gris y vetusta, y la otra mitad enteramente nueva. La parte nueva, que albergaba la sala de clase y los dormitorios, recibía luz a través de ventanas con parteluces y celosías que le conferían un aire eclesiástico; una lápida de piedra sobre la puerta ostentaba esta inscripción:
INSTITUCIÓN LOWOOD.
Esta parte fue reedificada el año del Señor... por Naomi Brocklehurst, de Brocklehurst Hall, en este condado.
«Alumbre así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (San Mateo, V, 16).
Leí estas palabras una y otra vez: sentía que les correspondía una explicación y me veía incapaz de penetrar del todo en su sentido. Aún meditaba sobre el significado de «Institución» y procuraba desentrañar una relación entre las primeras palabras y el versículo de la Escritura, cuando el ruido de una tos justo a mi espalda me hizo volver la cabeza. Vi a una muchacha sentada cerca en un banco de piedra; se hallaba inclinada sobre un libro cuya lectura parecía absorberla: desde donde yo estaba podía leer el título: era «Rasselas»; un nombre que me chocó por lo extraño, y en consecuencia me atrajo. Al pasar una hoja levantó casualmente la vista, y le dije sin vacilar:
—¿Es entretenido tu libro? —Había concebido ya el propósito de pedirle que me lo prestase algún día.
—A mí me gusta —contestó, tras una pausa de uno o dos segundos durante la cual me examinó.
—¿De qué trata? —proseguí. Apenas sé de dónde saqué la osadía de entablar así conversación con una desconocida; semejante paso era contrario a mi natural y a mis hábitos: mas creo que su ocupación tocó alguna fibra de simpatía en mi interior; pues a mí también me agradaba la lectura, si bien de índole pueril y frívola; no alcanzaba a digerir ni a comprender lo serio o sustancial.
—Puedes mirarlo —respondió la muchacha, ofreciéndome el libro.
Así lo hice; un somero examen me convenció de que el contenido era menos seductor que el título: «Rasselas» parecía árido para mi gusto trivial; no hallé nada sobre hadas ni sobre genios; ninguna vistosa variedad parecía prodigarse por aquellas páginas de apretada letra. Se lo devolví; ella lo tomó sosegadamente y, sin decir palabra, se disponía a sumirse de nuevo en su actitud estudiosa: me aventuré una vez más a turbar su calma:
—¿Podrías decirme qué significa la inscripción de esa piedra sobre la puerta? ¿Qué es la Institución Lowood?
—Esta casa donde has venido a vivir.
—¿Y por qué la llaman Institución? ¿Acaso se diferencia en algo de las demás escuelas?
—En parte es una escuela de beneficencia: tú y yo, y todas las demás, somos niñas de caridad. Supongo que serás huérfana: ¿no se te han muerto tu padre o tu madre?
—Ambos murieron antes de que pueda recordarlo.
—Pues bien, todas las niñas de aquí han perdido a uno o a ambos progenitores, y esto se llama una institución para educar huérfanas.
—¿No pagamos ningún dinero? ¿Nos mantienen de balde?
—Pagamos, o nuestros conocidos pagan, quince libras al año por cada una.
—Entonces, ¿por qué nos llaman niñas de caridad?
—Porque quince libras no bastan para el hospedaje y la instrucción, y la diferencia se cubre mediante suscripciones.
—¿Quién se suscribe?
—Distintas damas y caballeros benéficos de esta comarca y de Londres.
—¿Quién fue Naomi Brocklehurst?
—La dama que construyó la parte nueva de esta casa, según recuerda esa lápida, y cuyo hijo supervisa y dirige cuanto aquí se hace.
—¿Por qué?
—Porque es el tesorero y administrador del establecimiento.
—Entonces, ¿esta casa no pertenece a esa dama alta que lleva un reloj y que dispuso que nos diesen pan y queso?
—¿A la señorita Temple? ¡Oh, no! Ojalá así fuera: ella tiene que rendir cuentas al señor Brocklehurst de todo cuanto hace. El señor Brocklehurst compra toda nuestra comida y toda nuestra ropa.
—¿Vive él aquí?
—No, a dos millas de aquí, en una gran mansión.
—¿Es un hombre bueno?
—Es clérigo y se dice que hace mucho bien.
—¿Dijiste que esa dama alta se llama la señorita Temple?
—Sí.
—¿Y cómo se llaman las demás maestras?
—La de mejillas coloradas se llama señorita Smith; atiende a las labores y corta las prendas, pues nosotras mismas confeccionamos nuestra propia ropa, nuestros vestidos, capas y todo lo demás; la menuda de pelo negro es la señorita Scatcherd: enseña historia y gramática y toma las lecciones a la segunda clase; y la que lleva un mantón y tiene un pañuelo atado a la cintura con una cinta amarilla es madame Pierrot: viene de Lille, en Francia, y enseña francés.
—¿Te gustan las maestras?
—Bastante.
—¿Te gustan la morena y pequeña, y madame... no sé cómo? No sé pronunciar su nombre como tú.
—La señorita Scatcherd es irascible: debes cuidar de no disgustarla; madame Pierrot no es mala persona.
—Pero la señorita Temple es la mejor, ¿verdad?
—La señorita Temple es muy buena y muy instruida; está por encima de las demás porque sabe muchísimo más que ellas.
—¿Llevas mucho tiempo aquí?
—Dos años.
—¿Eres huérfana?
—Mi madre ha muerto.
—¿Eres feliz aquí?
—Haces demasiadas preguntas. Te he contestado bastante por el momento: ahora deseo leer.
Pero en ese momento sonó la llamada para la comida; todas regresamos al edificio. El olor que inundaba ahora el refectorio apenas resultaba más apetecible que el que había regalado nuestras narices en el desayuno: la comida se sirvió en dos enormes recipientes de hojalata de los que ascendía un denso vaho que apestaba a grasa rancia. Descubrí que el rancho consistía en unas patatas mediocres y unas extrañas hebras de carne reseca, mezcladas y cocidas juntas. De semejante preparado se sirvió un plato medianamente abundante a cada alumna. Comí lo que pude y me pregunté para mis adentros si la comida de todos los días sería como aquélla.
Concluida la comida, nos trasladamos de inmediato a la sala de estudio: las lecciones recomenzaron y continuaron hasta las cinco.
El único acontecimiento relevante de la tarde fue que vi a la muchacha con quien había conversado bajo el cobertizo expulsada en desgracia de la clase de historia por la señorita Scatcherd, y enviada a permanecer de pie en mitad de la gran sala de estudio. El castigo me pareció sumamente ignominioso, en especial para una alumna tan mayor: aparentaba trece años o más. Esperaba que mostrase signos de viva aflicción y vergüenza; mas, para mi sorpresa, ni lloró ni enrojeció: serena, aunque grave, permaneció allí en pie, convertida en blanco de todas las miradas. «¿Cómo puede soportarlo con tanta calma, con tanta entereza?», me preguntaba a mí misma. «Si yo estuviese en su lugar, me parece que desearía que la tierra se abriese y me tragara. Parece como si estuviese pensando en algo muy ajeno a su castigo, ajeno a su situación: en algo que no está a su alrededor ni ante sus ojos. He oído hablar de soñar despierto: ¿estará soñando despierta ahora? Sus ojos están fijos en el suelo, pero estoy segura de que no lo ven: su mirada parece vuelta hacia dentro, sumergida en el fondo de su corazón; contempla lo que recuerda, según creo, no lo que tiene realmente delante. Me pregunto qué clase de muchacha será: si buena o díscola».
Poco después de las cinco de la tarde tuvimos otra comida, consistente en un vasito de café y media rebanada de pan moreno. Devoré mi pan y bebí mi café con apetito; pero me habría alegrado de recibir el doble: aún tenía hambre. Siguió media hora de recreo, luego estudio; después el vaso de agua y el pedazo de torta de avena, las oraciones y la cama. Tal fue mi primera jornada en Lowood.
Fin del Episodio 11 · de 91
Capítulo V · II
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.