Capítulo VII · II
~8 min · 1548 palabras
Examinó el reverso de aquellas medallas vivientes durante unos cinco minutos, y luego dictó sentencia. Estas palabras cayeron como un lúgubre doblar de campanas:
—Hay que cortar todos esos moños.
La señorita Temple pareció protestar.
—Señora —prosiguió él—, tengo que servir a un Señor cuyo reino no es de este mundo: mi misión consiste en mortificar en estas doncellas los apetitos de la carne; en enseñarles a ataviarse con pudor y sobriedad, no con cabellos trenzados ni ropas costosas; y cada una de las jóvenes que tenemos delante posee una cabellera entretejida en trenzas que la propia vanidad habría podido urdir; éstas, repito, deben cortarse; piense en el tiempo perdido, en...
El señor Brocklehurst fue interrumpido en este punto: tres nuevas visitantes, damas, entraron entonces en la sala. Habrían debido llegar un poco antes para escuchar su sermón sobre el vestido, pues venían espléndidamente ataviadas con terciopelo, seda y pieles. Las dos más jóvenes del trío (bellas muchachas de dieciséis y diecisiete años) lucían sombreros de castor gris, entonces en boga, adornados con plumas de avestruz, y de debajo del ala de tan elegante tocado caía una profusión de cabellos claros primorosamente rizados; la dama mayor se envolvía en un suntuoso mantón de terciopelo ribeteado de armiño y llevaba un postizo delantero de rizos a la francesa.
Estas damas fueron recibidas con deferencia por la señorita Temple como la señora y las señoritas Brocklehurst, y conducidas a asientos de honor en la cabecera de la sala. Al parecer habían llegado en el carruaje con su reverendo pariente y se habían dedicado a inspeccionar minuciosamente las estancias del piso superior mientras él despachaba negocios con la gobernanta, interrogaba a la lavandera y sermoneaba a la superintendente. Procedieron ahora a dirigir diversas observaciones y reproches a la señorita Smith, encargada de la lencería y de la inspección de los dormitorios; pero no tuve tiempo de escuchar lo que decían: otros asuntos reclamaron y cautivaron mi atención.
Hasta entonces, mientras procuraba enterarme de las pláticas del señor Brocklehurst y de la señorita Temple, no había descuidado al mismo tiempo las precauciones para asegurar mi propia persona, lo cual juzgaba que lograría con sólo eludir la observación ajena. Con este propósito, me había sentado bien atrás en el banco y, mientras fingía hallarme atareada con mi cuenta, sostenía la pizarra de modo que me cubriese el rostro: habría podido pasar inadvertida de no haber ocurrido que mi traicionera pizarra resbaló de mis manos y, cayendo con estrepitoso estruendo, atrajo al instante todas las miradas hacia mí; supe que todo estaba perdido y, al agacharme para recoger los dos fragmentos de pizarra, reuní mis fuerzas para lo peor. Y lo peor llegó.
—¡Una niña descuidada! —dijo el señor Brocklehurst, e inmediatamente después—: Es la alumna nueva, según veo. —Y antes de que pudiese recobrar el aliento—: No debo olvidar que tengo que decir una palabra respecto a ella. —Luego, en voz alta (¡qué atronadora me sonó!): «¡Que se adelante la niña que ha roto su pizarra!»
Por mi propia voluntad no habría podido moverme: me hallaba paralizada; pero las dos muchachas mayores que se sentaban a mis lados me pusieron en pie y me empujaron hacia el temido juez, y luego la señorita Temple me condujo con suavidad hasta sus mismos pies, captando yo el consejo que me susurró al oído:
—No tengas miedo, Jane; vi que fue un accidente; no se te castigará.
Aquel bondadoso susurro penetró en mi corazón como un puñal.
«Un minuto más y me despreciará por hipócrita», pensé; y un arrebato de furor contra la familia Reed, Brocklehurst y compañía sacudió mis sienes ante aquella certeza. Yo no era ninguna Helen Burns.
—Traigan ese taburete —dijo el señor Brocklehurst señalando uno muy alto del que acababa de levantarse una inspectora: fue traído.
—Suban a la niña encima.
Y allí me encaramaron, por obra de quién no lo sé: no me hallaba en estado de reparar en detalles; sólo fui consciente de que me habían alzado hasta la altura de la nariz del señor Brocklehurst, de que él se hallaba a una yarda de mí y de que un despliegue de abrigos de seda tornasolada color naranja y púrpura y una nube de plateados plumajes se extendían y ondulaban a mis pies.
El señor Brocklehurst carraspeó.
—Señoras —dijo volviéndose hacia su familia—, señorita Temple, maestras y alumnas: ¿ven todas a esta muchacha?
Por supuesto que la veían, pues sentí sus miradas dirigidas como lentes abrasadoras contra mi piel ardiente.
—Ven que es tierna de edad todavía; observan que posee la traza habitual de la infancia; Dios le ha concedido graciosamente la figura que nos otorgó a todos nosotros; ninguna deformidad manifiesta la señala como un ser maldito. ¿Quién pensaría que el Maligno ha hallado ya en ella a una sierva y un instrumento? Y sin embargo tal es el caso, me duelo en decirlo.
Siguió una pausa, a lo largo de la cual comencé a serenar el temblor de mis nervios y a sentir que el Rubicón estaba cruzado; y que la prueba, ineludible ya, debía sobrellevarse con firmeza.
—Mis queridas niñas —prosiguió el clérigo de mármol negro con patetismo—: ésta es una ocasión triste, melancólica; pues se convierte en mi deber advertiros de que esta muchacha, que podría ser uno de los corderos de Dios, es una pequeña réproba: no un miembro del verdadero rebaño, sino a todas luces una intrusa y una extraña. Debéis estar prevenidas contra ella; debéis rehuir su ejemplo; si es preciso, evitar su compañía, excluirla de vuestros juegos y apartarla de vuestro trato. Maestras, debéis vigilarla: no le quitéis ojo a sus movimientos, pesad bien sus palabras, escudriñad sus actos, castigad su cuerpo para salvar su alma; si en verdad semejante salvación es posible, pues (mi lengua vacila al declararlo) esta niña, esta criatura, nacida en tierra cristiana, es peor que muchos pequeños paganos que elevan sus plegarias a Brahma y se postran ante Juggernaut... ¡Esta niña es una embustera!
Vino ahora una pausa de diez minutos a lo largo de la cual yo, ya a estas alturas en perfecta posesión de mis facultades, observé a todas las damas Brocklehurst sacar sus pañuelos de bolsillo y aplicárselos a los ojos, mientras la dama mayor se mecía de un lado a otro y las dos más jóvenes susurraban: «¡Qué horror!»
El señor Brocklehurst reanudó su arenga:
—Esto lo supe por su bienhechora; por la piadosa y caritativa dama que la adoptó en su estado de orfandad, la crió como a una hija propia y a cuya bondad y generosidad correspondió la desdichada muchacha con una ingratitud tan ruin, tan espantosa, que al fin su excelente protectora se vio obligada a separarla de sus propios vástagos, temerosa de que su pernicioso ejemplo contaminase su pureza: la ha enviado aquí para que sea sanada, tal como los antiguos hebreos enviaban a sus enfermos a las aguas agitadas del estanque de Betesda; y, maestras, superintendente, os ruego que no consintáis que las aguas se estanquen en torno a ella.
Con tan sublime desenlace, el señor Brocklehurst se abrochó el botón superior de su levitón, murmuró unas palabras a su familia, que se levantó e hizo una reverencia a la señorita Temple, y luego todas aquellas magnates salieron con solemne pompa de la sala. Volviéndose en la puerta, mi juez sentenció:
—Que permanezca media hora más de pie sobre ese taburete, y que nadie le dirija la palabra durante el resto del día.
Allí me hallaba yo, pues, encaramada en lo alto; yo, que había dicho que no podría soportar la vergüenza de estar plantada sobre mis propios pies en mitad de la sala, me encontraba ahora expuesta a la vista general sobre un pedestal de infamia. Lo que sentí entonces no hay lenguaje capaz de describirlo; pero justo cuando todas aquellas sensaciones se agolpaban sofocándome el aliento y cerrándome la garganta, una alumna se acercó y pasó a mi lado: al pasar, alzó los ojos. ¡Qué extraña luz los iluminaba! ¡Qué sensación tan extraordinaria me transmitió aquel destello! ¡Cómo me sostuvo aquel sentimiento nuevo! Fue como si una mártir, una heroína, hubiese pasado junto a una esclava o víctima y le hubiese transmitido fuerzas en su tránsito. Dominé la histeria naciente, alcé la cabeza y me afirmé con entereza sobre el taburete. Helen Burns formuló a la señorita Smith una ligera pregunta sobre su labor, fue reprendida por la trivialidad de la consulta, regresó a su sitio y me sonrió al pasar de nuevo a mi lado. ¡Qué sonrisa aquélla! La recuerdo ahora y sé que fue la emanación de un talento selecto, de un valor auténtico; iluminó sus marcadas facciones, su rostro enflaquecido y sus hundidos ojos grises como un reflejo del semblante de un ángel. Y no obstante, en aquel momento Helen Burns lucía en el brazo «la insignia del desaliño»; apenas una hora antes la había oído condenada por la señorita Scatcherd a un almuerzo de pan y agua al día siguiente porque había borroneado un ejercicio al pasarlo a limpio. ¡Tal es la imperfecta naturaleza del hombre! Tales son las manchas que empañan el disco del planeta más claro; y unos ojos como los de la señorita Scatcherd sólo alcanzan a percibir esos diminutos defectos, permaneciendo ciegos ante el esplendor total del astro.
Fin del Episodio 15 · de 91
Capítulo VII · II
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.