Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 09

Capítulo 4 · I

~7 min · 1481 palabras

A partir de este día la filosofía natural, y en particular la química, en el sentido más amplio del término, se convirtió casi en mi única ocupación. Leí con avidez aquellas obras, henchidas de genialidad y discernimiento, que los investigadores modernos habían consagrado a estas disciplinas. Asistí a las disertaciones y trabé conocimiento con los sabios de la universidad, hallando incluso en el señor Krempe un cúmulo de sensatez cabal e informaciones veraces, aliadas, es cierto, a una fisonomía y modales repulsivos, mas no por ello de menguado valor. En el señor Waldman descubrí a un verdadero amigo. Su mansedumbre jamás se teñía de dogmatismo, y sus enseñanzas estaban impartidas con un aire de franqueza y bonhomía que desterraba cualquier asomo de pedantería. Por mil senderos allanó para mí el camino del saber y volvió las indagaciones más abstrusas claras y asequibles a mi entendimiento. Mi aplicación fue al principio titubeante e incierta; mas cobró bríos a medida que avanzaba y pronto se tornó tan vehemente y fogosa que a menudo las estrellas palidecían a la luz del alba mientras yo aún me hallaba faenando en mi laboratorio.

Consagrado con tanta constancia, bien puede concebirse que mis progresos fuesen veloces. Mi ardor causaba en verdad el asombro de los estudiantes, y mi destreza la admiración de los maestros. El catedrático Krempe me preguntaba a menudo, con socarrona sonrisa, cómo iban mis tratos con Cornelio Agripa, mientras el señor Waldman manifestaba el más sincero alborozo ante mis adelantos. Dos años transcurrieron de esta suerte, a lo largo de los cuales no visité Ginebra una sola vez, absorbido en cuerpo y alma en la persecución de ciertos hallazgos que ansiaba consumar. Solo quien los ha experimentado puede concebir los atractivos seductores de la ciencia. En otros estudios se llega tan lejos como otros han llegado antes y nada más resta por saber; mas en la indagación científica hay continuo pasto para el descubrimiento y el asombro. Un entendimiento de alcances medianos que persigue con tenacidad un solo objeto de estudio llega indefectiblemente a una pericia eminente; y yo, que buscaba sin cesar la consecución de una sola meta y me hallaba por entero absorto en ella, progresé con tal celeridad que al cabo de dos años consumé ciertos perfeccionamientos en diversos instrumentos químicos que me granjearon alta estima y admiración en la universidad. Llegado a este punto, y hallándome tan versado en la teoría y práctica de la filosofía natural como podía depender de las lecciones de cualquiera de los catedráticos de Ingolstadt, no redundando ya mi permanencia allí en provecho de mis adelantos, pensé en regresar junto a mis deudos y a mi patria natal, cuando sobrevino un suceso que demoró mi partida.

Uno de los fenómenos que de modo más singular había acaparado mi atención era la estructura de la fábrica humana y, en verdad, de cualquier animal dotado de aliento vital. ¿De dónde —me preguntaba a menudo— procedía el principio de la vida? Era una interrogante audaz, tenida de continuo por un misterio impenetrable; y sin embargo, ¡de cuántas cosas nos hallamos al borde del conocimiento si la pusilanimidad o la incuria no refrenaran nuestras pesquisas! Revolví estas circunstancias en mi magín y determiné consagrarme a partir de entonces más particularmente a aquellas ramas de la filosofía natural que guardan relación con la fisiología. A menos de hallarse animado por un entusiasmo casi sobrenatural, mi entrega a semejante estudio habría resultado enojosa y casi intolerable. Para examinar las causas de la vida es forzoso recurrir primero a la muerte. Me familiaricé con la ciencia de la anatomía, mas esto no bastaba: debía observar asimismo la descomposición natural y la putrefacción del cuerpo humano. En mi crianza, mi padre había adoptado las mayores precauciones para que mi mente no fuese impresionada por terrores sobrenaturales. No recuerdo haber temblado jamás ante un cuento de aparecidos ni haber recelado la visión de un espectro. Las tinieblas no ejercían influjo alguno sobre mi imaginación, y un camposanto no era para mí sino el receptáculo de despojos privados de vida, los cuales, habiendo sido asiento de hermosura y vigor, se habían convertido en pasto de gusanos. Ahora me veía impulsado a escrutar la causa y el curso de esta degradación, forzado a pasar días y noches en bóvedas sepulcrales y osarios. Clavé la mirada en cuanto objeto resulta más inaguantable a la delicadeza de los sentimientos humanos. Vi cómo la gallarda figura del hombre era envilecida y deshecha; contemplé la corrupción de la muerte suceder a la lozanía de la mejilla; vi cómo el gusano heredaba las maravillas del ojo y del cerebro. Me detuve a examinar y analizar todas las minucias de la causalidad, ejemplificadas en el tránsito de la vida a la muerte y de la muerte a la vida, hasta que de en medio de aquellas tinieblas brotó de pronto una luz deslumbrante: una luz tan fúlgida y portentosa, y sin embargo tan sencilla, que mientras me embargaba el vértigo ante la inmensidad del horizonte que iluminaba, me asombraba de que, entre tantos hombres de genio empeñados en la misma ciencia, hubiese quedado reservado para mí solo desvelar tan pasmoso secreto.

Reparad en que no consigno aquí el delirio de un demente. No luce el sol con mayor certeza en los cielos que cuanto afirmo ahora es verdad rigurosa. Algún milagro pudo haberlo obrado, mas los estadios del hallazgo fueron claros y verosímiles. Tras jornadas y noches de ímproba fatiga e indecibles desvelos, logré descubrir la causa de la generación y de la vida; es más: ¡llegué a ser capaz de infundir animación a la materia inerte!

El estupor que experimenté al principio ante semejante descubrimiento cedió pronto el paso al júbilo y al éxtasis. Tras tanto tiempo consagrado a una labor dolorosa, alcanzar de súbito la cumbre de mis deseos constituía el galardón más colmado para mis fatigas. Mas el portento era tan descomunal y abrumador que todos los pasos que me habían conducido gradualmente a él quedaron borrados, y solo alcancé a contemplar el resultado. Lo que había sido desvelo y anhelo de los sabios más insignes desde la creación del mundo hallábase ahora al alcance de mi mano. No es que, cual tramoya mágica, todo se me abriera de golpe: las revelaciones conquistadas eran de una naturaleza más propia para guiar mis esfuerzos tan pronto como los dirigiera hacia el objeto de mi afán que para ofrecerlo ya consumado. Hallábame en la condición del árabe sepultado vivo entre los muertos, que descubre un resquicio hacia la vida guiado únicamente por un fulgor trémulo y en apariencia inútil.

Veo por vuestra avidez y por el asombro y la esperanza que revelan vuestros ojos, amigo mío, que aguardáis ser informado del secreto que poseo; mas ello no puede ser: escuchad con paciencia hasta el desenlace de mi relato, y comprenderéis sin esfuerzo por qué guardo reserva en este punto. No os arrastraré, incauto y fogoso como yo entonces era, hacia vuestra perdición e indefectible desdicha. Aprended de mí, si no por mis lecciones, al menos por mi escarmiento, cuán peligroso resulta conquistar el conocimiento y cuán más dichoso es el hombre que juzga su aldea natal como el orbe entero que aquel que aspira a elevarse por encima de los límites que su naturaleza le consiente.

Cuando descubrí en mis manos potestad tan prodigiosa, vacilé largo tiempo acerca del modo en que debía emplearla. Aunque poseía la facultad de infundir animación, preparar una fábrica idónea para recibirla, con todo su intrincado laberinto de fibras, músculos y venas, seguía siendo una faena de dificultad y fatiga inconcebibles. Dudé al principio si acometer la creación de un ser semejante a mí mismo o de organización más sencilla; mas mi imaginación hallábase en demasía enardecida por mi primer triunfo para consentirme dudar de mi destreza para dar vida a un animal tan complejo y admirable como el hombre. Los materiales a la sazón a mi alcance apenas antojábanse adecuados para tan ardua empresa; mas no dudaba de que al cabo habría de triunfar. Me dispuse a arrostrar una multitud de tropiezos; mis operaciones bien podían verse frustradas a cada instante y resultar mi obra al fin imperfecta; mas al considerar los adelantos que la ciencia y la mecánica conquistan de día en día, me alentaba la esperanza de que mis ensayos presentes pusieran al menos los cimientos del éxito futuro. Ni podía juzgar la magnitud y complejidad de mi plan como objeción a su viabilidad. Con tales sentimientos di principio a la creación de un ser humano. Como la pequeñez de las partes constituía un grave entorpecimiento para mi presteza, resolví, contra mi primer propósito, dar a la criatura una corpulencia gigantesca: esto es, unos ocho pies de estatura y de anchura proporcionada. Tras adoptar esta determinación y consagrar varios meses a allegar y ordenar con provecho mis materiales, di comienzo a la faena.

Fin del Episodio 9 · de 45

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