Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 08

Capítulo 3 · II

~5 min · 963 palabras

Tales fueron mis reflexiones durante los primeros dos o tres días de mi estancia en Ingolstadt, consagrados casi por entero a familiarizarme con los parajes y los vecinos principales de mi nuevo aposento. Mas al iniciarse la semana siguiente, acudieron a mi memoria los informes que el señor Krempe me había proporcionado acerca de las lecciones. Y aunque no podía avenirme a acudir a oír a aquel hombrecillo pagado de sí mismo dictar sentencias desde su cátedra, recordé lo que había dicho del señor Waldman, a quien jamás había visto por haberse hallado hasta entonces ausente de la ciudad.

En parte por curiosidad y en parte por ocio, entré en el aula, a la que poco después hizo su entrada el señor Waldman. Este catedrático distaba mucho de su colega. Parecía rondar los cincuenta años, mas ostentaba un semblante expresivo de la mayor benevolencia; unas pocas canas plateaban sus sienes, si bien los cabellos de la coronilla eran casi negros. Su porte era menudo mas notablemente erguido, y su voz la más dulce que jamás había escuchado. Comenzó su disertación con una recapitulación de la historia de la química y de los diversos progresos alcanzados por los hombres de ciencia, pronunciando con fervor los nombres de los más ilustres descubridores. Trazó luego un cuadro somero del estado actual de la disciplina y explicó muchos de sus vocablos elementales. Tras consumar unos pocos experimentos preliminares, concluyó con un panegírico de la química moderna, cuyos términos jamás olvidaré:

«Los antiguos maestros de esta ciencia —dijo— prometieron imposibles y nada realizaron. Los sabios modernos prometen muy poco; saben que los metales no pueden transmutarse y que el elixir de la vida es una quimera; mas estos filósofos, cuyas manos parecen hechas solo para hurgar en el fango y sus ojos para escrutar el microscopio o el crisol, han obrado en verdad prodigios. Penetran en los arcanos de la naturaleza y demuestran cómo opera en sus escondrijos. Se elevan hasta los cielos; han desvelado cómo circula la sangre y la naturaleza del aire que respiramos. Han conquistado poderes nuevos y casi ilimitados; pueden gobernar los truenos del firmamento, emular los seísmos e incluso mofarse del mundo invisible con sus propias sombras».

Tales fueron las palabras del catedrático; antes bien debería decir las palabras del hado, pronunciadas para mi perdición. A medida que proseguía, sentí como si mi alma lidiara con un enemigo palpable; una a una pulsó las diversas teclas que componían el mecanismo de mi ser; sonó cuerda tras cuerda, y pronto mi espíritu quedó colmado de un solo pensamiento, una sola idea, un solo propósito. «Tanto se ha consumado ya —exclamó el alma de Frankenstein—; más, ¡mucho más habré de alcanzar yo! Siguiendo las huellas ya trazadas, abriré una senda nueva, exploraré potestades desconocidas y desvelaré al orbe los arcanos más hondos de la creación».

No pegué ojo aquella noche. Mi ser interior se hallaba en un estado de insurrección y tumulto; sentía que de allí habría de brotar el orden, mas no tenía el poder de suscitarlo. Poco a poco, tras despuntar la claridad de la mañana, sobrevino el sueño. Desperté, y las reflexiones de la víspera me parecieron un ensueño. Solo sobrevivía una firme resolución de retornar a mis estudios pretéritos y consagrarme a una ciencia para la que creía poseer una vocación innata. Aquel mismo día visité al señor Waldman. Sus modales en privado eran aún más apacibles y cautivadores que en público, pues cierta gravedad en su porte durante la lección se trocaba en su casa en la mayor afabilidad y cortesía. Le di cuenta casi idéntica de mis aficiones pasadas a la que había ofrecido a su colega. Escuchó con atención la breve relación de mis estudios y sonrió ante los nombres de Cornelio Agripa y Paracelso, mas sin el desdén que había mostrado el señor Krempe. Dijo que «aquel celo infatigable de tales hombres era la deuda que los filósofos modernos debían reconocer en los cimientos mismos de su saber. Nos habían dejado la tarea más sencilla de asignar nombres nuevos y ordenar en clasificaciones metódicas los hechos que ellos, en gran medida, habían contribuido a sacar a la luz. Los desvelos de los hombres de genio, aun erróneamente encaminados, rara vez dejan de redundar en beneficio sólido de la humanidad». Escuché sus palabras, pronunciadas sin presunción ni afectación alguna, y añadí que su disertación había disipado mis prejuicios contra los químicos modernos; me expresé en términos mesurados, con la modestia y reverencia que un joven debe a su maestro, sin dejar traslucir (mi bisoñez me habría hecho sonrojar) nada del entusiasmo desbordante que animaba las tareas que me proponía acometer. Le rogué consejo sobre los libros que me convenía adquirir.

«Celebro —dijo el señor Waldman— haber ganado un discípulo; y si vuestra aplicación se iguala a vuestra capacidad, no abrigo duda alguna de vuestro éxito. La química es la rama de la filosofía natural en la que se han consumado y pueden consumarse los mayores progresos; por tal motivo he hecho de ella mi consagración particular; mas al mismo tiempo jamás he desatendido las restantes disciplinas del saber. Pobre químico sería quien solo atendiera a esa provincia del conocimiento humano. Si vuestro afán es convertiros en un auténtico sabio y no en un mero experimentador de poca monta, os aconsejo que os apliquéis a cada rama de la filosofía natural, incluidas las matemáticas».

Condujome entonces a su laboratorio y me explicó el manejo de sus diversas máquinas, instruyéndome acerca de cuáles debía procurarme y prometiéndome el uso de las suyas cuando hubiese progresado lo bastante en la ciencia para no desajustar sus mecanismos. Entregóme asimismo la lista de volúmenes que le había solicitado, y me despedí.

Así concluyó una jornada memorable para mí; ella decidió mi destino futuro.

Fin del Episodio 8 · de 45

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