Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 07

Capítulo 3 · I

~8 min · 1620 palabras

Al cumplir los diecisiete años, mis padres resolvieron que ingresara como estudiante en la Universidad de Ingolstadt. Hasta entonces había asistido a las escuelas de Ginebra, mas mi padre juzgaba menester para la culminación de mis estudios que me familiarizase con costumbres distintas de las de mi patria. Se fijó, pues, mi partida para una fecha temprana; pero antes de que amaneciera el día acordado sobrevino la primera desventura de mi vida: un presagio, por así decirlo, de mi futura desdicha.

Elizabeth contrajo la escarlatina; la enfermedad fue virulenta y su vida corrió el más grave peligro. Durante su dolencia se esgrimieron sobradas razones para persuadir a mi madre de que se abstuviese de velar a su cabecera. Al principio cedió a nuestras súplicas, mas al saber que la vida de su predilecta zozobraba, no pudo contener por más tiempo su desasosiego. Acudió al lecho de la enferma; su celoso desvelo triunfó sobre la malignidad del mal: Elizabeth se salvó, pero las consecuencias de semejante imprudencia resultaron fatales para su protectora. Al tercer día mi madre cayó enferma; la fiebre vino acompañada de los síntomas más alarmantes, y el semblante de los facultativos pronosticó el más funesto desenlace. En su lecho de muerte, la entereza y benignidad de esta excelentísima mujer no la abandonaron. Unió las manos de Elizabeth y las mías. «Hijos míos —dijo—, mis esperanzas más firmes de dicha futura descansaban en la ventura de vuestra unión. Tal anhelo será ahora el consuelo de vuestro padre. Elizabeth, amor mío, tú habrás de ocupar mi lugar junto a mis hijos menores. ¡Ay! Me duele en el alma ser arrancada de vuestro lado; dichosa y amada como he sido, ¿no es duro acaso despedirme de todos vosotros? Mas no son estos pensamientos dignos de mí; procuraré resignarme con serenidad a la muerte y abrigar la esperanza de reuniros en otro mundo».

Expiró en calma, y su semblante reflejaba ternura incluso en la muerte. No necesito pintar las congojas de aquellos cuyos afectos más entrañables son desgarrados por ese mal irreparable: el abismo que se abre ante el alma y la desesperanza que asoma en el semblante. Mucho tiempo ha de pasar antes de que la razón pueda persuadirse de que aquella a quien veíamos a diario, y cuya existencia misma parecía un jirón de la nuestra, ha partido para siempre; de que el fulgor de unos ojos amados se ha extinguido y el son de una voz tan familiar y querida al oído ha enmudecido para no volver a sonar jamás. Tales son las reflexiones de los primeros días; mas cuando el correr del tiempo atestigua la cruda realidad del golpe, comienza la auténtica amargura del duelo. Con todo, ¿a quién no ha arrebatado aquella mano despiadada algún lazo bienhechor? ¿Y por qué habría de demorarme en pintar un desconsuelo que todos han sentido y habrán de sentir? Llega al fin la hora en que el dolor es antes un desahogo que una obligación; y la sonrisa que asoma a los labios, aun cuando pueda antojarse un sacrilegio, no se proscribe ya. Mi madre había muerto, pero aún nos aguardaban deberes por cumplir; debíamos proseguir nuestro camino con los demás y aprender a juzgarnos afortunados mientras quede alguien a quien la muerte no haya arrebatado.

Mi partida hacia Ingolstadt, demorada por tales sucesos, quedó de nuevo concertada. Obtuve de mi padre una tregua de algunas semanas. Antojábaseme un sacrilegio abandonar tan presto el reposo, semejante a la muerte, de la casa enlutada para arrojarme al torbellino de la vida. Era nuevo en el dolor, mas no por ello me turbaba menos. Resistíame a apartarme de la vista de quienes me quedaban y, por encima de todo, deseaba ver a mi dulce Elizabeth en algún modo consolada.

Ella, en verdad, velaba su quebranto y se esforzaba por hacer de consoladora de todos nosotros. Miraba la vida con serenidad y asumía sus deberes con ánimo y denuedo. Consagróse a quienes le habían enseñado a llamar su tío y sus primos. Jamás estuvo más cautivadora que en aquel tiempo, cuando evocó el solaz de sus sonrisas para derramarlo sobre nosotros. Olvidaba incluso su propio pesar en su empeño por hacernos olvidar el nuestro.

Llegó al fin el día de mi marcha. Clerval pasó la última velada con nosotros. Había procurado convencer a su padre de que le consintiese acompañarme y convertirse en condiscípulo mío, mas en vano. Su padre era un comerciante de miras estrechas que no veía sino holgazanería y ruina en las aspiraciones de su hijo. Henry sentía con hondura el infortunio de verse privado de una educación liberal. Hablaba poco, pero al hacerlo yo leía en su mirada ardiente y en sus ojos vivaces una contenida pero inquebrantable resolución de no dejarse encadenar a las míseras menudencias del comercio.

Nos demoramos hasta tarde. No lográbamos desprendernos unos de otros ni determinarnos a pronunciar la palabra «¡adiós!». Quedó dicha al fin, y nos retiramos con el pretexto de buscar descanso, creyendo cada cual haber engañado al otro; mas al despuntar el alba, cuando descendí hacia el carruaje que debía conducirme, allí estaban todos: mi padre de nuevo para bendecirme, Clerval para estrechar otra vez mi mano, mi Elizabeth para renovar sus ruegos de que le escribiese a menudo y prodigar las postreras atenciones femeninas a su compañero de juegos y amigo.

Me arrojé en la calesa que debía transportarme y me entregué a las meditaciones más melancólicas. Yo, que siempre me había visto rodeado de afectuosos compañeros, consagrado sin cesar a procurarnos mutuo deleite, me hallaba ahora solo. En la universidad hacia la que me encaminaba debía labrarme mis propias amistades y ser mi propio valedor. Mi vida hasta entonces había transcurrido en un retiro hogareño singular, lo que me había infundido una aversión invencible hacia los rostros desconocidos. Amaba a mis hermanos, a Elizabeth y a Clerval; eran ellos mis semblantes familiares, mas me juzgaba del todo inepto para el trato con extraños. Tales eran mis reflexiones al iniciar la travesía; mas a medida que avanzaba, mi ánimo y mis esperanzas cobraron bríos. Deseaba ardientemente conquistar el saber. A menudo, en el hogar, habíame parecido duro permanecer durante la juventud enclaustrado en un solo rincón, y anhelaba salir al mundo y ocupar mi puesto entre los demás hombres. Ahora mis anhelos se veían cumplidos, y habría sido en verdad una insensatez dolerme de ello.

Harto sosiego tuve para estas y otras muchas reflexiones a lo largo de mi viaje a Ingolstadt, que fue largo y fatigoso. Al cabo divisé la blanca y encumbrada aguja de la torre de la ciudad. Descendí y fui conducido a mis solitarias habitaciones para pasar la velada a mi antojo.

A la mañana siguiente entregué mis cartas de presentación y visité a algunos de los principales catedráticos. El azar —o más bien aquel influjo siniestro, el Ángel de la Destrucción, que afirmó su despótico imperio sobre mí desde el instante en que aparté mis renuentes pasos del umbral paterno— me condujo en primer lugar ante el señor Krempe, catedrático de filosofía natural. Era un hombre tosco, mas profundamente versado en los arcanos de su disciplina. Me formuló varias preguntas relativas a mis progresos en las diversas ramas del saber científico. Respondí con desgana y, en parte con desdén, cité los nombres de mis alquimistas como los autores principales que había estudiado. El catedrático clavó en mí los ojos. «¿De verdad —dijo— habéis perdido el tiempo en estudiar semejantes disparates?».

Respondí afirmativamente. «Cada minuto —prosiguió el señor Krempe con aspereza—, cada instante que habéis malgastado en tales libros está total y enteramente perdido. Habéis cargado vuestra memoria con doctrinas perimidas y nombres inútiles. ¡Santo Dios! ¿En qué yermo habéis vivido, donde nadie tuvo la caridad de advertiros de que esos desvaríos que con tanta avidez habéis bebido tienen mil años de antigüedad y están tan rancios como viejos son? Poco aguardaba yo, en este siglo ilustrado y científico, tropezar con un secuaz de Alberto Magno y Paracelso. Mi querido señor, debéis rehacer vuestros estudios enteramente de nuevo».

Dicho esto, apartóse a un lado, consignó en un papel una lista de diversos libros de filosofía natural que me instó a procurarme, y me despidió tras advertirme de que a comienzos de la semana entrante pensaba inaugurar un curso de lecciones sobre filosofía natural en sus fundamentos generales, y que el señor Waldman, un colega suyo, disertaría sobre química en los días alternos que él dejara libres.

Regresé a casa no desengañado, pues ya he dicho que hacía tiempo consideraba inútiles a los autores reprobados por el catedrático; mas volví sin la menor disposición a retomar tales estudios bajo forma alguna. El señor Krempe era un hombre menudo y retaco, de voz bronca y fisonomía repulsiva; el maestro, por ende, no me predisponía en favor de su disciplina. Con un tono acaso harto filosófico y conexo he dado cuenta de las conclusiones a que arribé en mis años mozos. De muchacho no me habían bastado los resultados prometidos por los modernos profesores de ciencias naturales. Con una confusión mental solo achacable a mi extremada juventud y a mi carencia de guía, había desandado los pasos del conocimiento por las sendas del tiempo, canjeando los hallazgos de los investigadores recientes por los ensueños de alquimistas olvidados. Además, sentía desprecio por las aplicaciones de la filosofía natural moderna. Muy distinto era cuando los maestros de la ciencia perseguían la inmortalidad y el poder; tales miras, aun fútiles, eran grandiosas; mas ahora el cuadro había mudado. La ambición del sabio parecía limitarse a aniquilar aquellas visiones sobre las que primordialmente se fundaba mi apego a la ciencia. Se me exigía canjear quimeras de grandeza sin límites por realidades de menguado valor.

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