Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 06

Capítulo 2

~11 min · 2196 palabras

Nos criamos juntos; apenas mediaba un año de diferencia entre nuestras edades. No hace falta decir que fuimos ajenos a cualquier género de desunión o disputa. La concordia era el alma de nuestra convivencia, y la diversidad y contraste patentes en nuestros caracteres no hacían sino estrechar más nuestros lazos. Elizabeth poseía una índole más serena y recogida; mas yo, con todo mi ardor, era capaz de una consagración más vehemente y ardía en una sed más insaciable de saber. Ella se complacía en seguir las etéreas creaciones de los poetas; y en los majestuosos y asombrosos paisajes que circundaban nuestra morada suiza —las formas sublimes de las montañas, la mudanza de las estaciones, la tempestad y la calma, el mutismo del invierno y la vivacidad turbulenta de nuestros veranos alpinos— hallaba anchuroso campo para la admiración y el deleite. Mientras mi compañera contemplaba con ánimo grave y satisfecho las magníficas apariencias de las cosas, yo me deleitaba en investigar sus causas. El mundo era para mí un arcano que ansiaba desentrañar. La curiosidad, la búsqueda empeñada de las leyes recónditas de la naturaleza y un júbilo rayano en el éxtasis a medida que se me desvelaban, se cuentan entre las primeras impresiones que acierto a recordar.

Al nacer un segundo hijo, siete años menor que yo, mis padres renunciaron por entero a su vida andariega y se afincaron en su patria. Poseíamos una casa en Ginebra y una campagne en Belrive, en la ribera oriental del lago, a poco más de una legua de la ciudad. Residíamos principalmente en esta última, y la existencia de mis padres discurría en un recogimiento notable. Mi temperamento me inclinaba a rehuir las multitudes y a cobrar ferviente apego a unos pocos escogidos. Me mostraba indiferente, por ende, hacia mis condiscípulos en general; mas me uní en lazos de la más entrañable amistad a uno de ellos. Henry Clerval era hijo de un comerciante ginebrino. Se trataba de un muchacho de singular talento y fantasía. Amaba la aventura, la fatiga e incluso el peligro por sí mismos. Había leído copiosamente libros de caballerías y romances. Componía canciones heroicas y comenzó a escribir no pocos relatos de encantamientos y lances caballerescos. Intentaba hacernos representar comedias y participar en mascaradas cuyos personajes procedían de los héroes de Roncesvalles, de la Tabla Redonda del rey Arturo y de la hueste generosa que derramó su sangre para rescatar el Santo Sepulcro de manos de los infieles.

Ningún ser humano pudo haber gozado de una niñez más dichosa que la mía. Mis padres estaban animados por el espíritu mismo de la bondad y la indulgencia. Sentíamos que no eran déspotas prestos a gobernar nuestra suerte según su capricho, sino los agentes y artífices de cuantos innumerables deleites disfrutábamos. Cuando trataba con otras familias, discernía con nitidez cuán singularmente afortunado era mi destino, y la gratitud coadyuvaba al desarrollo del amor filial.

Mi genio era a veces violento y mis pasiones vehementes; mas por alguna ley de mi naturaleza no se encauzaban hacia pasatiempos pueriles, sino hacia un insaciable afán de aprender, y no de aprenderlo todo indistintamente. Confieso que ni la estructura de las lenguas, ni los códigos de gobierno, ni la política de los Estados tenían atractivo alguno para mí. Eran los misterios del cielo y de la tierra lo que ansiaba conocer; y ya fuese la materia exterior de las cosas, el espíritu íntimo de la naturaleza o el alma arcana del hombre lo que absorbiese mi atención, mis pesquisas se orientaban siempre hacia los secretos metafísicos o, en su más noble acepción, físicos del orbe.

Entretanto Clerval se ocupaba, por así decirlo, de las relaciones morales de las cosas. El bullicioso teatro de la vida, las virtudes de los héroes y las hazañas de los hombres constituían su tema predilecto; y su anhelo y quimera era figurar entre aquellos cuyos nombres consigna la historia como próceres bizarros y bienhechores de nuestra estirpe. La santa alma de Elizabeth resplandecía como una lámpara votiva en nuestro apacible hogar. Su consuelo era el nuestro; su sonrisa, su voz suave, el dulce fulgor de sus ojos celestiales estaban siempre prestos a bendecirnos y confortarnos. Era ella el espíritu vivo del amor para ablandar y cautivar; yo bien habría podido volverme taciturno en mi estudio, áspero por la violencia de mi temple, de no hallarse ella presente para amansarme a semejanza de su propia mansedumbre. Y Clerval... ¿acaso mancilla alguna podía rozar el hondo temple de Clerval? Y con todo, tal vez no habría sido tan acrisoladamente humano, tan mirado en su generosidad, tan colmado de benevolencia y ternura en medio de su ardor por lances quijotescos, de no haberle revelado ella la hermosura soberana del bien y hecho de la beneficencia la meta suprema de su encumbrada ambición.

Siento un deleite exquisito al demorarme en los recuerdos de la infancia, antes de que el infortunio marchitase mi ánimo y mudase sus luminosas visiones de utilidad fecunda en meditaciones sombrías y mezquinas sobre mi propio ser. Además, al trazar el cuadro de mis primeros años, registro asimismo aquellos acontecimientos que condujeron, por pasos imperceptibles, a mi posterior relato de desventuras, pues cuando intento explicarme el nacimiento de aquella pasión que gobernó después mi destino, la veo brotar, cual torrente montano, de fuentes humildes y casi olvidadas; mas, creciendo a medida que avanzaba, se tornó en el aluvión que en su curso arrebató todas mis esperanzas y alegrías.

La filosofía natural es el genio que ha presidido mi destino; deseo, por tanto, consignar en esta relación aquellos hechos que engendraron mi predilección por semejante ciencia. Cuando contaba trece años de edad acudimos todos en partida de recreo a los baños termales cerca de Thonon; la inclemencia del tiempo nos forzó a permanecer un día recluidos en la posada. En aquella casa topé por azar con un volumen de las obras de Cornelio Agripa. Lo abrí con apatía; la teoría que pretende demostrar y los asombrosos portentos que refiere trocaron pronto aquel desapego en entusiasmo. Una luz nueva pareció alborear en mi mente y, saltando de júbilo, comuniqué mi hallazgo a mi padre. Mi padre miró con indiferencia la portada de mi libro y dijo: «¡Ah, Cornelio Agripa! Mi querido Víctor, no pierdas el tiempo en esto; es una solemne patraña».

Si en vez de semejante observación mi padre se hubiese tomado la molestia de explicarme que los principios de Agripa habían quedado del todo desacreditados, y que se había introducido un moderno sistema científico dotado de poderes harto más formidables que el antiguo —porque las potestades de este último eran quiméricas, mientras que las del primero eran reales y prácticas—, en tales circunstancias yo habría arrojado sin duda a Agripa a un lado y satisfecho mi imaginación, encendida como estaba, volviendo con mayor fervor a mis estudios precedentes. Es incluso posible que el curso de mis ideas jamás hubiese recibido el impulso fatal que condujo a mi ruina. Mas la mirada somera que mi padre echó a mi volumen de ningún modo me dio la seguridad de que conociera su contenido, y continué leyendo con la más viva avidez.

Al regresar a casa, mi primer desvelo fue procurarme las obras completas de aquel autor, y posteriormente las de Paracelso y Alberto Magno. Leí y estudié los desvaríos extravagantes de tales escritores con deleite; me parecían tesoros conocidos por muy pocos aparte de mí mismo. Me he descrito como alguien imbuido de antiguo de un fervoroso afán por penetrar los arcanos de la naturaleza. A despecho de la ímproba fatiga y los portentosos descubrimientos de los filósofos modernos, siempre regresaba de mis estudios descontento e insatisfecho. Cuéntase que sir Isaac Newton confesó sentirse como un muchacho que recoge conchitas junto al inmenso e inexplorado océano de la verdad. Aquellos de sus continuadores en cada rama de la filosofía natural que llegué a conocer se me antojaban, incluso a mis ojos bisoños, como aprendices empeñados en la misma porfía.

El rústico labriego contemplaba los elementos a su alrededor y conocía sus usos prácticos. El filósofo más instruido sabía apenas algo más. Había descorrido en parte el velo del rostro de la Naturaleza, mas sus rasgos inmortales seguían siendo un portento y un enigma. Podía disecar, anatomizar y poner nombres; mas, por no mentar una causa final, las causas en sus grados secundario y terciario le eran por entero desconocidas. Había contemplado las murallas e impedimentos que parecían vedar a los seres humanos la entrada a la ciudadela de la naturaleza, y con temeridad e ignorancia me había dolido de ello.

Mas he aquí que había libros, y he aquí hombres que habían calado más hondo y sabían más. Tomé al pie de la letra cuanto aseveraban y me convertí en su discípulo. Acaso parezca insólito que tal cosa aconteciera en pleno siglo XVIII; mas mientras seguía la rutina escolar en las aulas de Ginebra, era en gran medida un autodidacta en lo tocante a mis estudios dilectos. Mi padre no poseía afición científica alguna, y me vi abandonado a lidiar con la ceguera de un niño, unida a la sed de saber de un estudiante. Bajo el magisterio de mis nuevos preceptores me entregué con la mayor diligencia a la búsqueda de la piedra filosofal y el elixir de la vida; mas este último cautivó pronto mi atención exclusiva. La riqueza era un fin secundario; mas ¡qué gloria no acompañaría al descubrimiento si pudiera desterrar la enfermedad del cuerpo humano y volver al hombre invulnerable a cualquier muerte que no fuese violenta!

Ni eran estas mis únicas quimeras. La evocación de espectros o demonios constituía una promesa generosamente otorgada por mis autores dilectos, cuyo cumplimiento perseguía yo con el más vivo afán; y si mis conjuros resultaban siempre infructuosos, atribuía el fracaso antes a mi bisoñez y a mis propios errores que a falta de destreza o fidelidad en mis maestros. Y así durante algún tiempo me vi ocupado en sistemas perimidos, barajando, cual profano, mil teorías contradictorias y debatiéndome desesperadamente en una auténtica ciénaga de conocimientos variopintos, guiado por una imaginación fogosa y un razonamiento pueril, hasta que un azar mudó de nuevo el curso de mis ideas.

Cuando contaba unos quince años nos habíamos retirado a nuestra quinta cerca de Belrive, y allí presenciamos una tempestad atroz y pavorosa. Avanzó por detrás de las montañas del Jura, y el trueno estalló de pronto con fragor espantoso desde diversos cuadrantes del firmamento. Permanecí, mientras duró la tormenta, contemplando su curso con curiosidad y deleite. Apostado a la puerta, vi de improviso brotar una lengua de fuego de un añoso y corpulento roble que se alzaba a unas veinte yardas de nuestra casa; y tan pronto como la luz cegadora se desvaneció, el roble había desaparecido, sin quedar de él más que un tocón calcinado. Cuando fuimos a examinarlo a la mañana siguiente, hallamos el árbol destrozado de una manera singular. No había sido desgajado por el impacto, sino reducido por completo a finísimas cintas de madera. Jamás había contemplado algo destruido con semejante aniquilación.

Antes de este suceso no me eran del todo ajenas las leyes más notorias de la electricidad. En aquella ocasión hallábase con nosotros un hombre docto en investigaciones de filosofía natural, quien, excitado por semejante catástrofe, pasó a exponernos una teoría que había formulado sobre la electricidad y el galvanismo, que me resultó a un tiempo novedosa y pasmosa. Cuanto dijo dejó en una sombra profunda a Cornelio Agripa, Alberto Magno y Paracelso, los señores de mi imaginación; mas por alguna fatalidad, el derrumbe de estos sabios me quitó el apego a proseguir mis estudios acostumbrados. Parecíame como si nada pudiese llegar a conocerse jamás. Cuanto tanto tiempo había acaparado mi atención se tornó de pronto despreciable. Por uno de esos caprichos del ánimo a los que quizás estamos más expuestos en la primera juventud, abandoné de golpe mis ocupaciones precedentes, di de lado a la historia natural y a toda su progenie considerándola una creación deforme y abortada, y cobré el mayor desdén hacia una pretendida ciencia que ni siquiera lograba asomarse al umbral del verdadero saber. Con este estado de ánimo me consagré a las matemáticas y a las ramas afines a dicha ciencia, por hallarse cimentadas sobre fundamentos firmes y ser, por ende, dignas de mi aprecio.

Así de extrañamente están forjadas nuestras almas, y por tan leves ligaduras nos hallamos atados a la prosperidad o a la ruina. Al volver la vista atrás, paréceme como si esta mudanza casi milagrosa de inclinación y voluntad hubiese sido la sugestión inmediata del ángel custodio de mi vida: el supremo esfuerzo obrado por el espíritu de conservación para conjurar la tormenta que ya pendía de los astros, presta a envolverme. Su victoria quedó sellada por un sosiego y un júbilo insólitos en el alma tras el abandono de mis antiguos y a la postre atormentadores estudios. Fue así como hube de aprender a asociar el mal a su prosecución, y la dicha a su desdén.

Fue aquel un denodado esfuerzo del espíritu del bien, mas resultó ineficaz. El hado era demasiado poderoso y sus leyes inmutables habían decretado mi ruina total y pavorosa.

Fin del Episodio 6 · de 45

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