Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 10

Capítulo 4 · II

~5 min · 1036 palabras

Nadie puede concebir la variedad de sentimientos que me impelían hacia adelante, semejantes a un huracán, en aquel primer entusiasmo del triunfo. La vida y la muerte antojábanseme linderos ideales que yo sería el primero en quebrar, para derramar un torrente de luz sobre nuestro sombrío mundo. Una especie nueva me bendeciría como a su creador y manantial; muchas criaturas dichosas y excelsas me deberían su propio ser. Ningún padre podría reclamar la gratitud de su hijo con tanta justicia como yo merecería la de ellos. Prosiguiendo tales reflexiones, pensé que si podía infundir animación a la materia inerte, tal vez con el transcurso del tiempo (aun cuando ahora me parecía imposible) renovase la vida allí donde la muerte aparentemente hubiese consagrado el cuerpo a la podredumbre.

Tales pensamientos sostenían mi espíritu mientras proseguía mi empresa con ardor indeclinable. Mis mejillas habían palidecido por el estudio y mi persona se había extenuado por el encierro. A veces, al borde mismo de la certidumbre, fracasaba; y sin embargo me aferraba a la esperanza que el día siguiente o la hora venidera bien podían consumar. Un secreto que solo yo poseía constituía la esperanza a la que me había consagrado; y la luna contemplaba mis nocturnos desvelos mientras, con un afán infatigable y anhelante, perseguía a la naturaleza hasta sus más recónditos escondrijos. ¿Quién concebirá los horrores de mi secreta faena mientras hurgaba entre las humedades profanas de la tumba o torturaba al animal vivo para animar el barro inerte? Mis miembros tiemblan ahora y mis ojos se nublan ante el recuerdo; mas entonces un impulso irresistible y casi frenético me arrastraba hacia adelante: parecía haber perdido toda alma o sensibilidad salvo para aquella solitaria porfía. Fue en verdad un trance pasajero, que solo me hizo sentir con renovada agudeza tan pronto como, cesando de obrar aquel estímulo antinatural, retorné a mis antiguos hábitos. Acumulé osamentas de los osarios y turbé, con dedos profanos, los tremendos arcanos de la fábrica humana. En una cámara solitaria, o más bien celda, en lo más alto de la casa, y aislada de todas las restantes estancias por una galería y una escalera, instalé mi taller de asquerosa creación; mis ojos se salían de las órbitas al atender a las minucias de mi ocupación. La sala de disección y el matadero me suministraban gran parte de mis materiales; y a menudo mi naturaleza humana se revolvía con asco ante mi quehacer, mientras, espoleado aún por un afán que crecía sin cesar, conducía mi obra a su término.

Los meses de estío transcurrieron mientras me hallaba así empeñado, en cuerpo y alma, en una sola búsqueda. Fue una estación en extremo hermosa; jamás los campos brindaron más colmada mies ni las viñas depararon una vendimia más lozana, pero mis ojos permanecían insensibles a los encantos de la naturaleza. Y los mismos sentimientos que me hacían desatender los paisajes a mi alrededor me indujeron asimismo a olvidar a aquellos amigos ausentes a tantas millas de distancia, a quienes no había visto en tan largo tiempo. Sabía que mi silencio los turbaba y recordaba a la perfección las palabras de mi padre: «Sé que mientras estés satisfecho de ti mismo pensarás en nosotros con cariño y tendremos noticias tuyas con regularidad. Habrás de perdonarme si juzgo cualquier interrupción en tu correspondencia como prueba de que tus restantes deberes sufren idéntico descuido».

Bien sabía yo, por tanto, cuáles serían los sentimientos de mi padre; mas no lograba desasir mis pensamientos de mi ocupación, repugnante en sí misma, pero que se había adueñado irresistiblemente de mi imaginación. Deseaba, por así decirlo, postergar cuanto atañía a mis afectos hasta que aquel magno cometido, que devoraba cada hábito de mi naturaleza, quedase consumado.

Pensé entonces que mi padre sería injusto si atribuía mi abandono a vicio o defecto de mi parte; mas hoy estoy convencido de que le asistía sobrada razón al considerar que yo no estaba del todo libre de culpa. Un ser humano perfecto debería preservar siempre un espíritu calmo y sosegado, y no permitir jamás que una pasión o un deseo transitorio turben su tranquilidad. No juzgo que la persecución del saber sea una excepción a esta regla. Si el estudio al que os consagráis tiende a debilitar vuestros afectos y a destruir vuestro apego por aquellos sencillos deleites en los que no cabe mezcla de mezquindad alguna, entonces semejante estudio es ciertamente ilegítimo: esto es, indigno del espíritu humano. Si esta norma se hubiese observado siempre; si ningún hombre hubiese consentido que afán alguno interfiriera en la paz de sus afectos domésticos, Grecia no habría sido sojuzgada, César habría perdonado a su patria, América se habría descubierto más pausadamente y los imperios de México y del Perú no habrían sido destruidos.

Mas olvido que estoy moralizando en la parte más apasionante de mi relato, y vuestros ojos me reclaman proseguir.

Mi padre no formuló reproche alguno en sus cartas, y solo dio fe de mi silencio interesándose por mis ocupaciones con mayor detenimiento que de costumbre. El invierno, la primavera y el estío transcurrieron entre mis fatigas; mas no contemplé la floración ni el despliegue de las hojas —espectáculos que antes me colmaban de supremo deleite—, de tan profundamente absorto como me hallaba en mi labor. El follaje de aquel año se había marchitado antes de que mi tarea tocase a su fin, y ahora cada jornada me demostraba con mayor nitidez cuán cabal había sido mi triunfo. Mas mi entusiasmo se hallaba sofocado por mi desasosiego, y asemejábame antes a quien está condenado por la esclavitud a faenar en las minas o en cualquier otro oficio insalubre que a un artista entregado a su labor dilecta. Cada noche me abrumaba una fiebre lenta y caí en un estado de nerviosismo penosísimo; la caída de una hoja me sobresaltaba y rehuía a mis semejantes como si fuese reo de un crimen. A veces me alarmaba ante la ruina en que advertía haberme convertido; únicamente la vehemencia de mi propósito me sostenía: mis fatigas tocarían pronto a su fin, y abrigaba la creencia de que el ejercicio y el solaz desterrarían entonces la incipiente dolencia; y a entrambos me prometía entregarme una vez consumada mi creación.

Fin del Episodio 10 · de 45

Capítulo 4 · II

Siguiente Episodio 11~11 minCapítulo 5“Al cabo el cansancio sucedió al tumulto que antes había soportado, y me arrojé vestido sobre la cama, buscando algunos instantes de olvido.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.