Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 44

Capítulo 24 · III

~12 min · 2389 palabras

Estas palabras me turbaron. No había desesperado, ni había concebido aún la idea de regresar en caso de vernos libres. Con todo, ¿podía, en justicia, o siquiera en posibilidad, rehusar semejante demanda? Vacilé antes de responder, cuando Frankenstein, que al principio había guardado silencio y en verdad parecía apenas poseer aliento para prestar atención, se incorporó de pronto; sus ojos chispearon y sus mejillas se encendieron con momentáneo vigor. Volviéndose hacia los marineros, les dijo:

—¿Qué pretendéis? ¿Qué le exigís a vuestro capitán? ¿Tan fácilmente os apartáis de vuestro designio? ¿Acaso no llamasteis a esta una gloriosa expedición? ¿Y por qué motivo era gloriosa? No porque la derrota fuese apacible y serena como un mar del sur, sino porque estaba colmada de peligros y terrores; porque ante cada nuevo trance vuestra entereza debía ponerse a prueba y exhibirse vuestro coraje; porque el peligro y la muerte la rodeaban, y a estos habíais de desafiar y doblegar. Por esto era una empresa gloriosa; por esto era una empresa honorable. El día de mañana habríais de ser aclamados como bienhechores de vuestra especie, vuestros nombres venerados como los de hombres bravos que arrostraron la muerte por el honor y por el bien de la humanidad. Y ahora, mirad: a la primera sospecha de riesgo, o si queréis, a la primera prueba ingente y formidable de vuestro arrojo, reculáis y os conformáis con pasar a la historia como hombres que no tuvieron arrestos para soportar el frío y el peligro; y así, pobres almas, sintieron frío y regresaron al calor de sus hogares. ¡Vamos, para eso no hacía falta semejante preparativo! No precisabais haber llegado tan lejos arrastrando a vuestro capitán a la ignominia de una derrota tan solo para demostrar que erais unos cobardes. ¡Oh, sed hombres, o sed más que hombres! Manteneos fieles a vuestros propósitos y firmes como una roca. Este hielo no está forjado con el temple de vuestros corazones: es mudable y no resistirá si afirmáis que no ha de hacerlo. No regreséis ante vuestras familias con el estigma del oprobio grabado en la frente. Regresad como héroes que lucharon y vencieron, y que no saben lo que es volver la espalda al adversario.

Habló con una voz tan modulada según los diferentes afectos expresados en su arenga, con unos ojos tan henchidos de altivo propósito y heroísmo, que ¿puede extrañaros que aquellos hombres quedaran conmovidos? Se miraron unos a otros, incapaces de responder. Hablé yo: les dije que se retirasen a recapacitar en lo que se les había dicho; que no los conduciría más al norte si tenazmente deseaban lo contrario, mas que confiaba en que, con la reflexión, su coraje renacería.

Se retiraron y me volví hacia mi amigo, mas yacía sumido en el letargo y casi privado de vida.

Cómo concluirá todo esto, lo ignoro; mas antes preferiría morir que regresar vergonzosamente, con mi empresa frustrada. Temo, empero, que tal sea mi suerte: los hombres, desprovistos de ideas de gloria y honor, jamás aceptarán continuar soportando de buen grado sus actuales penalidades.

7 de septiembre.

La suerte está echada: he consentido en regresar si no perecemos antes. De esta suerte quedan mis ilusiones truncadas por la cobardía y la indecisión; retorno ignorante y desengañado. Es menester más filosofía de la que poseo para sobrellevar esta injusticia con resignación.

12 de septiembre.

Todo ha concluido: regreso a Inglaterra. He perdido mis esperanzas de utilidad y de gloria; he perdido a mi amigo. Mas procuraré detallaros estas amargas circunstancias, mi querida hermana; y mientras navego de regreso hacia Inglaterra y hacia vos, no me entregaré al abatimiento.

El 9 de septiembre el hielo comenzó a crujir, y fragores semejantes a truenos se escucharon a la distancia al hendirse y fracturarse las islas heladas en todas direcciones. Nos hallábamos en el más inminente peligro, mas como no podíamos sino permanecer pasivos, mi atención principal estuvo ocupada por mi desdichado huésped, cuya dolencia aumentó hasta el punto de quedar postrado por entero en el lecho. El hielo se quebró a nuestra popa y fue arrastrado con violencia hacia el norte; una brisa se levantó del oeste, y el día 11 el paso hacia el sur quedó expedito. Cuando los marineros vieron esto y comprobaron que el regreso a su patria natal estaba al parecer asegurado, un clamor de júbilo estrepitoso brotó de sus gargantas, prolongado y atronador. Frankenstein, que dormitaba, despertó y preguntó la causa de semejante alboroto. —Gritan —le dije— porque pronto regresarán a Inglaterra.

—¿Regresáis entonces en verdad?

—¡Ay, sí! No puedo resistirme a sus demandas. No puedo conducirlos contra su voluntad hacia el peligro, y debo retornar.

—Hacedlo si queréis; pero yo no lo haré. Podéis renunciar a vuestro designio, mas el mío me ha sido asignado por el Cielo, y no oso abandonarlo. Me hallo débil, pero a buen seguro los espíritus que asisten a mi venganza me dotarán de fuerzas bastantes. —Al decir esto procuró saltar del lecho, mas el esfuerzo fue excesivo para sus fuerzas: cayó hacia atrás y se desvaneció.

Tardó mucho tiempo en volver en sí, y a menudo temí que la vida se hubiese extinguido por completo. Al cabo abrió los ojos; respiraba con dificultad y era incapaz de hablar. El cirujano le administró una pócima calmante y nos ordenó que lo dejásemos en reposo. Entre tanto me confió que a mi amigo con certeza no le restaban muchas horas de vida.

Su sentencia estaba pronunciada, y solo me cabía afligirme y aguardar con paciencia. Me senté junto a su lecho, velando su sueño; tenía los ojos cerrados y creí que dormía; mas al poco me llamó con voz desfallecida y, pidiéndome que me acercara, me dijo: —¡Ay! Las fuerzas en las que confiaba se han extinguido; siento que pronto moriré, y él, mi enemigo y verdugo, bien pudiera seguir con vida. No penséis, Walton, que en los últimos momentos de mi existencia aliento aquel odio ardiente y aquel ferviente deseo de venganza que en otro tiempo expresé; mas me creo justificado al desear la muerte de mi adversario. Durante estos últimos días me he consagrado a examinar mi pasada conducta, y no la juzgo culpable. En un arrebato de locura entusiasta creé a una criatura racional y me hallaba obligado para con ella a asegurar, en cuanto estuviese a mi alcance, su felicidad y bienestar. Este era mi deber, mas había otro aún superior a aquel: mis deberes para con los seres de mi propia especie tenían mayores títulos sobre mi cuidado, pues abarcaban una proporción mucho mayor de felicidad o desdicha. Impulsado por este dictado me negué, y obré rectamente al negarme, a crear una compañera para la primera criatura. Mostró una malevolencia y un egoísmo inauditos en el mal: destruyó a mis amigos; consagró a la ruina a seres dotados de exquisitas sensibilidades, ventura y sabiduría; ni sé dónde podrá detenerse semejante sed de venganza. Siendo él mismo desdichado para no volver miserable a ningún otro, debe morir. La misión de destruirlo me correspondía a mí, mas he fracasado. Cuando me hallaba movido por impulsos egoístas e indignos os pedí que asumierais mi obra inacabada; y renuevo ahora esta súplica, cuando solo me inspiran la razón y la virtud.

»Con todo, no puedo pediros que renunciéis a vuestra patria y a vuestros amigos para consumar esta tarea; y ahora que regresáis a Inglaterra, tendréis escasas probabilidades de encontraros con él. Mas la ponderación de tales puntos, y el justo discernimiento de lo que juzguéis vuestros deberes, lo dejo a vuestro albedrío; mi entendimiento y mis ideas se hallan ya turbados por la cercanía inminente de la muerte. No oso pediros que hagáis lo que juzgo recto, pues todavía pudiera hallarme extraviado por la pasión.

»Que viva para ser instrumento del daño me atribula; en otros respectos, esta hora, en que aguardo por momentos mi liberación, es la única venturosa de la que he disfrutado en varios años. Las sombras de los amados difuntos revolotean ante mí, y me apresuro hacia sus brazos. ¡Adiós, Walton! Buscad la felicidad en el sosiego y rehuid la ambición, aun si no es más que la ambición en apariencia inocente de distinguiros en las ciencias y en los descubrimientos. Pero ¿por qué digo esto? Yo mismo me he visto destrozado en tales esperanzas, mas otro bien pudiera triunfar».

Su voz se fue apagando a medida que hablaba y, al cabo, extenuado por el esfuerzo, quedó sumido en el silencio. Cerca de media hora más tarde intentó hablar de nuevo, pero no pudo; me apretó la mano con debilidad y sus ojos se cerraron para siempre, mientras el resplandor de una suave sonrisa se desvanecía de sus labios.

Margaret, ¿qué juicio puedo formular sobre la extinción prematura de este espíritu glorioso? ¿Qué podría deciros que os permita comprender la hondura de mi dolor? Todo cuanto pudiese expresar resultaría mezquino e insuficiente. Mis lágrimas fluyen; mi alma se halla ensombrecida por una nube de desconsuelo. Mas navego rumbo a Inglaterra, y allí acaso halle consuelo.

Me interrumpen. ¿Qué presagian estos rumores? Es medianoche; la brisa sopla favorable y la guardia apenas se mueve en la cubierta. De nuevo resuena un rumor cual de voz humana, pero más ronca: procede del camarote donde aún yacen los restos de Frankenstein. Debo levantarme a inspeccionar. Buenas noches, hermana mía.

¡Gran Dios! ¡Qué escena acaba de tener lugar! Aún me hallo aturdido por su recuerdo. Apenas sé si tendré fuerzas para referirla con detalle; y sin embargo, el relato que he consignado quedaría incompleto sin esta catástrofe final y prodigiosa.

Entré en el camarote donde yacían los restos de mi infortunado y admirable amigo. Sobre él inclinábase una figura para la cual no hallo palabras de descripción: gigantesca de estatura, mas disforme y grotesca en sus proporciones. Mientras permanecía inclinado sobre el ataúd, su rostro hallábase oculto tras largas guedejas de pelo áspero; mas una mano descomunal estaba extendida, semejante en color y textura aparente a la de una momia. Al percibir el rumor de mis pasos cesó de proferir exclamaciones de dolor y espanto y saltó hacia la ventana. Jamás contemplé visión más horrenda que su rostro, de una fealdad tan repugnante como pavorosa. Cerré los ojos involuntariamente y procuré recordar cuáles eran mis deberes con respecto a este destructor. Le conminé a detenerse.

Hizo una pausa, mirándome con asombro; y volviéndose de nuevo hacia la forma inerte de su creador, pareció olvidar mi presencia, y cada rasgo y ademán parecían instigados por la más salvaje furia de una pasión indómita.

—¡Esa es también mi víctima! —exclamó—. En su asesinato quedan consumados mis crímenes; ¡el mísero hilo de mi existencia toca a su fin! ¡Oh, Frankenstein! ¡Ser generoso y abnegado! ¿De qué vale que te pida perdón ahora? Yo, que te destruí irremediablemente al destruir a cuanto amabas. ¡Ay! Yace frío; no puede responderme.

Su voz sonaba ahogada, y mis primeros impulsos, que me habían dictado el deber de obedecer la última súplica de mi amigo destruyendo a su enemigo, quedaron entonces en suspenso ante una mezcla de curiosidad y compasión. Me aproximé a aquel ser colosal; no osé alzar de nuevo los ojos hacia su semblante: había algo tan aterrador y sobrenatural en su fealdad. Intenté hablar, mas las palabras expiraron en mis labios. El monstruo continuó profiriendo salvajes e inconexos reproches contra sí mismo. Al fin cobré arrestos para dirigirle la palabra en una tregua de la tempestad de sus pasiones:

—Vuestro arrepentimiento —dije— es ahora superfluo. Si hubieseis escuchado la voz de la conciencia y atendido a los aguijones del remordimiento antes de llevar vuestra diabólica venganza hasta este extremo, Frankenstein aún viviría.

—¿Y soñáis acaso? —dijo el demonio—. ¿Creéis que por entonces estaba insensible a la agonía y al remordimiento? Él —prosiguió, señalando al cadáver—, él no padeció en la consumación de la obra. ¡Oh! Ni la diezmilésima parte de la angustia que desgarró mi pecho durante el moroso detalle de su ejecución. Un espantoso egoísmo me empujaba hacia adelante, mientras mi corazón hallábase emponzoñado de remordimiento. ¿Creéis que los gemidos de Clerval eran música para mis oídos? Mi corazón fue creado para ser sensible al amor y a la simpatía, y cuando fue arrancado por la miseria hacia el vicio y el odio, no toleró la violencia de la mudanza sin una tortura tal como ni siquiera podéis imaginar.

»Tras el asesinato de Clerval regresé a Suiza con el corazón quebrantado y abrumado. Sentí piedad por Frankenstein; mi compasión rayaba en el espanto; me aborrecí a mí mismo. Mas cuando descubrí que él, autor al mismo tiempo de mi existencia y de sus indecibles tormentos, osaba acariciar esperanzas de dicha; que mientras acumulaba desolación y desesperación sobre mí buscaba su propio solaz en afectos y pasiones de cuyo deleite me hallaba proscrito para siempre, entonces una envidia impotente y una amarga indignación me colmaron de una insaciable sed de venganza. Recordé mi amenaza y me resolví a cumplirla. Sabía que disponía para mí un suplicio mortal, mas era el esclavo, no el amo, de un impulso que detestaba y que sin embargo no podía desobedecer. ¡Mas cuando ella murió! No: entonces no fui desdichado. Había arrojado de mí todo sentimiento, sofocado toda angustia para regodearme en el exceso de mi desesperación. El mal se convirtió a partir de entonces en mi bien. Empujado hasta ese extremo, no tuve más elección que acomodar mi naturaleza a un elemento que había elegido libremente. La consumación de mi satánico designio se transformó en una pasión insaciable. ¡Y ahora todo ha concluido: ahí yace mi última víctima!».

En un primer momento me conmovieron las expresiones de su miseria; mas cuando evoqué lo que Frankenstein me había advertido acerca de sus dotes de elocuencia y persuasión, y cuando volví la vista hacia la forma sin vida de mi amigo, la indignación se reavivó en mi pecho. —¡Miserable! —exclamé—. Bueno es que vengáis aquí a lamentaros sobre la desolación que vos mismo habéis sembrado. Arrojáis una tea encendida contra una hilera de edificios y, cuando han quedado consumidos, os sentáis entre las ruinas a plañir su caída. ¡Engendro hipócrita! Si aquel a quien lloráis aún viviera, aún sería blanco, de nuevo caería presa de vuestra maldita venganza. No es piedad lo que sentís: os lamentáis únicamente porque la víctima de vuestra malevolencia ha escapado a vuestro poder.

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