Capítulo 24 · IV
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—¡Oh, no es así... no es así! —interrumpió el ser—. Con todo, tal debe de ser la impresión que os causa lo que parece constituir el designio de mis actos. Mas no busco consuelo para mi dolor en un alma semejante: ninguna simpatía he de encontrar jamás. Cuando al principio la busqué, era el amor por la virtud, los sentimientos de ventura y ternura con que desbordaba mi ser entero lo que deseaba compartir. Pero ahora que la virtud se ha tornado sombra para mí, y que la ventura y el cariño se han trocado en una desesperación amarga y abominable, ¿en qué habría de buscar consuelo? Me conformo con sufrir a solas mientras duren mis padecimientos; cuando muera, bien satisfecho estoy de que el aborrecimiento y el oprobio pesen sobre mi memoria. En otro tiempo mi fantasía hallábase acunada por ensueños de virtud, de gloria y de gozo. En otro tiempo acaricié la vana ilusión de toparme con seres que, perdonando mi exterior, me amarían por las excelentes prendas que era capaz de desplegar. Me alimentaban altos pensamientos de honor y abnegación. Mas ahora el crimen me ha degradado por debajo de la bestia más vil. Ninguna culpa, ninguna maldad, ninguna malevolencia ni miseria puede hallarse comparable a la mía. Cuando paso revista al espantoso catálogo de mis pecados, no puedo creer que sea la misma criatura cuyos pensamientos rebosaban otrora de visiones sublimes y trascendentes de la belleza y la majestad del bien. Mas así es: el ángel caído se transforma en un demonio maligno. Y sin embargo, incluso aquel enemigo de Dios y del hombre contaba con amigos y partidarios en su desolación: yo estoy solo.
»Vos, que llamáis a Frankenstein vuestro amigo, parecéis tener noticia de mis crímenes y de sus desventuras. Mas en la relación que él os dio no pudo enumerar las horas y los meses de tormento que soporté consumiéndome en pasiones estériles. Pues mientras destruía sus esperanzas, no satisfacía mis propios anhelos: eran eternamente ardientes y voraces; todavía ansiaba amor y compañía, y todavía era repudiado. ¿Acaso no hubo injusticia en ello? ¿Habré de ser considerado el único criminal cuando toda la humanidad pecó contra mí? ¿Por qué no odiáis a Félix, que expulsó a su amigo de su umbral con afrentas? ¿Por qué no execráis al labriego que intentó destruir al salvador de su hija? ¡No, esos son seres virtuosos e inmaculados! Yo, el desdichado y el proscrito, soy un engendro al que hay que escupir, patear y pisotear. Incluso ahora me hierve la sangre al recordar semejante iniquidad.
»Mas es verdad que soy un monstruo. He asesinado a los hermosos y a los indefensos; he estrangulado a los inocentes mientras dormían y he atenazado hasta la muerte la garganta de quien jamás me ofendió a mí ni a ninguna criatura viviente. He consagrado a la desolación a mi creador, selecto dechado de cuanto es digno de amor y veneración entre los hombres; lo he perseguido hasta consumar su ruina irreparable. Ahí yace: blanco y frío en la muerte. Me odiáis, mas vuestro aborrecimiento jamás igualará al que siento por mí mismo. Miro las manos que consumaron la obra; pienso en el corazón donde se forjó su designio y anhelo el instante en que estas manos se cierren ante mis ojos, en que semejante imagen no vuelva a atormentar mis pensamientos jamás.
»No temáis que vuelva a ser instrumento de daño alguno. Mi obra está casi concluida. Ni vuestra muerte ni la de hombre alguno es menester para coronar el curso de mi existencia y consumar lo que debe hacerse: se requiere únicamente la mía propia. No creáis que tardaré en ofrecer este sacrificio. Abandonaré vuestro barco sobre la balsa de hielo que hasta aquí me trajo y buscaré el confín más septentrional del globo; apilaré mi pira funeraria y reduciré a cenizas este cuerpo miserable para que sus despojos no ofrezcan luz alguna a ningún desdichado curioso e impío que pretendiera forjar a otro ser como yo he sido. Moriré. Ya no sentiré las agonías que ahora me devoran ni seré presa de pasiones insaciadas aunque inextinguibles. Ha muerto quien me llamó a la vida; y cuando yo deje de existir, el recuerdo mismo de ambos se desvanecerá con presteza. Ya no veré el sol ni las estrellas ni sentiré el viento acariciar mis mejillas. La luz, el sentimiento y los sentidos se extinguirán; y en semejante condición habré de hallar mi descanso. Hace algunos años, cuando las imágenes que ofrece este mundo se abrieron ante mí por primera vez, cuando sentía la grata calidez del estío y escuchaba el susurro de las hojas y el trino de las aves, y todo aquello lo era todo para mí, habría llorado de morir; ahora es mi único consuelo. Manchado por los crímenes y desgarrado por el más amargo remordimiento, ¿dónde podría hallar reposo sino en la muerte?
»¡Adiós! Os dejo, y en vos al último vástago del linaje humano que estos ojos contemplarán jamás. ¡Adiós, Frankenstein! Si aún vivieras y abrigaras aún un anhelo de venganza contra mí, mejor se saciaría en mi vida que en mi destrucción. Mas no era así: buscabas mi muerte para que no causase mayor miseria; y si todavía, por algún modo que desconozco, no hubieses cesado de pensar y sentir, no desearías contra mí una venganza mayor que la que yo mismo padezco. Arrasado como fuiste, mi agonía fue siempre superior a la tuya, pues el amargo aguijón del remordimiento no cesará de corroer mis llagas hasta que la muerte las cierre para siempre.
»Mas pronto —exclamó con triste y solemne fervor— moriré, y lo que ahora siento dejará de sentirse. Pronto estas ardientes miserias quedarán extinguidas. Subiré triunfalmente a mi pira funeraria y me regocijaré en la agonía de las llamas torturadoras. La luz de aquella conflagración se extinguirá; mis cenizas serán esparcidas en el mar por los vientos. Mi espíritu reposará en paz; o si piensa, con certeza no pensará de este modo. ¡Adiós!».
Saltó por la ventana del camarote al pronunciar estas palabras, cayendo sobre la balsa de hielo tendida junto al buque. Pronto fue arrastrado por las olas y se perdió en la oscuridad y en la lejanía.
Fin del Episodio 45 · de 45
Capítulo 24 · IV
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