Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 43

Capítulo 24 · II

~12 min · 2337 palabras

Mas no era momento de demoras: desprendí a los perros de su compañero muerto, les di una generosa ración de comida y, tras una hora de descanso que era de todo punto indispensable aunque amargamente enojosa para mí, proseguí mi marcha. El trineo aún se divisaba, y no volví a perderlo de vista salvo en los momentos en que algún promontorio de hielo lo ocultaba brevemente tras sus riscos interpuestos. En verdad le ganaba terreno a ojos vistas, y cuando, al cabo de cerca de dos días de camino, contemplé a mi enemigo a no más de una milla de distancia, el corazón me dio un vuelco en el pecho.

Pero entonces, cuando casi me hallaba al alcance de mi adversario, mis esperanzas quedaron súbitamente extinguidas y perdí su rastro de modo más absoluto de lo que jamás lo había hecho. Se escuchó el rugido del mar de fondo; el fragor de su embate, a medida que las aguas se revolvían y se encrespaban bajo mis pies, se volvía por instantes más siniestro y aterrador. Apreté el paso, mas fue en vano. El viento se levantó, el mar bramó y, como bajo la sacudida colosal de un terremoto, el hielo se partió y quebró con un estruendo formidable y pavoroso. La obra quedó concluida en breve: en pocos minutos un mar embravecido rugía entre mi enemigo y yo, y quedé a la deriva sobre un témpano suelto que menguaba sin cesar, disponiendo así para mí una muerte atroz.

De esta suerte transcurrieron muchas horas espeluznantes; varios de mis perros murieron y yo mismo estaba a punto de sucumbir bajo el peso acumulado de la angustia cuando divisé vuestro navío fondeado, ofreciéndome esperanzas de auxilio y de vida. No tenía idea de que los barcos llegaran jamás tan al norte y quedé pasmado ante semejante visión. Destruí con presteza parte de mi trineo para fabricar unos remos y, por estos medios, logré con indecible fatiga gobernar mi balsa de hielo en dirección a vuestro buque. Estaba decidido, de hacer rumbo al sur, a confiarme de nuevo a la merced de las aguas antes que renunciar a mi propósito. Confiaba en convenceros de que me facilitaseis un bote con el que dar caza a mi enemigo. Mas vuestro rumbo era hacia el norte. Me subisteis a bordo cuando mis fuerzas estaban agotadas, y pronto me habría hundido bajo mis multiplicadas tribulaciones en una muerte que todavía temo, pues mi labor ha quedado inconclusa.

¡Oh! ¿Cuándo me concederá mi espíritu bienhechor, al conducirme hacia el demonio, el reposo que con tanta vehemencia anhelo, o habré de morir y él seguir con vida? Si muero, juradme, Walton, que no escapará: que lo buscaréis y satisfaréis mi venganza con su muerte. ¿Y me atrevo a pediros que asumáis mi peregrinación, que soportéis las penalidades que yo he padecido? No: no soy tan egoísta. Con todo, cuando haya muerto, si él apareciese, si los ministros de la venganza lo condujeran ante vos, jurad que no ha de vivir; jurad que no triunfará sobre mis desventuras acumuladas ni sobrevivirá para engrosar la cuenta de sus negros crímenes. Es elocuente y persuasivo, y en otro tiempo sus palabras tuvieron poder sobre mi corazón; mas no confiéis en él. Su alma es tan infernal como su estampa, colmada de traición y malicia satánica. No le prestéis oídos; invocad los nombres de William, de Justine, de Clerval, de Elizabeth, de mi padre y del desventurado Victor, y hundid vuestro acero en su corazón. Yo revolotearé cerca y guiaré vuestra hoja certeramente.

Walton, en continuación.

26 de agosto de 17...

Habéis leído esta historia extraña y aterradora, Margaret; ¿y no sentís acaso que la sangre se os hiela de espanto, cual la que ahora mismo cuaja en mis venas? A veces, presa de una agonía súbita, no lograba continuar su relato; en otras ocasiones su voz, quebrada aunque penetrante, articulaba con dificultad aquellas palabras tan colmadas de angustia. Sus hermosos y nobles ojos ora resplandecían de indignación, ora se velaban en un abatimiento sombrío y se apagaban en una miseria infinita. A veces dominaba sus facciones y sus tonos y refería los sucesos más horrendos con voz sosegada, sofocando todo rastro de agitación; luego, cual volcán que estalla, su rostro mudaba repentinamente a una expresión de furia salvaje mientras profería imprecaciones contra su persecutor.

Su narración es coherente y está referida con una apariencia de la más límpida verdad; con todo, os confieso que las cartas de Félix y Safie que me enseñó, y la aparición del monstruo avistado desde nuestro navío, me infundieron una mayor convicción de la veracidad de su relato que sus propias aseveraciones, por fervientes y trabadas que fuesen. ¡Semejante engendro tiene, pues, existencia real! No puedo dudarlo, y sin embargo me hallo sumido en el asombro y la perplejidad. A veces procuraba recabar de Frankenstein pormenores sobre la formación de su criatura, mas en este punto se mostraba impenetrable.

—¿Habéis perdido el juicio, amigo mío? —decía—. ¿O adónde os arrastra vuestra insensata curiosidad? ¿Querríais acaso crear también para vos y para el mundo a un enemigo demoníaco? ¡Paz, paz! Aprended de mis desventuras y no busquéis multiplicar las vuestras.

Frankenstein descubrió que yo tomaba notas acerca de su historia; me pidió verlas y él mismo las corrigió y enriqueció en muchos pasajes, pero principalmente infundiendo vida y espíritu a los diálogos que había mantenido con su enemigo. —Puesto que habéis conservado mi narración —dijo—, no desearía que una versión trunca pasara a la posteridad.

Así ha transcurrido una semana mientras escuchaba el relato más asombroso que jamás concibiera la fantasía. Mis pensamientos y cada fibra de mi alma han quedado cautivados por el interés que mi huésped, merced a esta historia y a sus modales elevados y gentiles, ha sabido despertar en mí. Desearía calmarlo, y sin embargo, ¿puedo aconsejar a quien es infinitamente desdichado, desprovisto de toda esperanza de consuelo, que siga viviendo? ¡Oh, no! La única ventura que ahora puede conocer sobrevendrá cuando su espíritu quebrantado halle reposo en la paz y en la muerte. Goza, empero, de un consuelo hijo de la soledad y del delirio: cree que cuando en sueños conversa con sus amigos y extrae de aquella comunión consuelo para sus dolores o estímulos para su venganza, no se trata de creaciones de su imaginación, sino de los seres mismos que lo visitan desde las regiones de un mundo remoto. Esta fe confiere una solemnidad a sus ensueños que me los hace casi tan imponentes e interesantes como la verdad misma.

Nuestras pláticas no se circunscriben siempre a su propia historia y a sus desdichas. En cualquier punto de literatura general hace gala de un saber ilimitado y de un entendimiento ágil y penetrante. Su elocuencia es vigorosa y conmovedora; ni puedo escucharlo, cuando refiere algún pasaje patético o procura despertar sentimientos de piedad o amor, sin que se me salten las lágrimas. ¡Qué criatura tan excelsa debió de haber sido en los días de su prosperidad, cuando se muestra tan noble y divino en su ruina! Parece consciente de su propia valía y de la magnitud de su caída.

—En mi juventud —decía— me creía destinado a alguna magna empresa. Mis sentimientos son profundos, mas poseía una serenidad de juicio que me hacía apto para empresas ilustres. Este sentimiento de la dignidad de mi naturaleza me sostuvo cuando otros habrían sucumbido, pues juzgaba criminal malgastar en vanos lamentos aquellos talentos que podían ser de provecho para mis semejantes. Cuando meditaba en la obra que había consumado, nada menos que la creación de un animal sensible y racional, no podía equipararme a la ralea de los proyectistas vulgares. Mas este pensamiento, que me sostuvo en los albores de mi carrera, ahora solo sirve para hundirme más hondo en el polvo. Todas mis especulaciones y esperanzas se han tornado humo y, cual el arcángel que aspiró a la omnipotencia, yazgo encadenado en un infierno eterno. Mi imaginación era viva, mas mis facultades de análisis y aplicación eran intensas: merced a la conjunción de tales dones concebí la idea y ejecuté la creación de un hombre. Incluso ahora no puedo evocar sin pasión mis quimeras mientras la obra hallábase incompleta. Pisaba el cielo en mis pensamientos, ora ufanándome de mis poderes, ora inflamado con la idea de sus efectos. Desde mi infancia me hallaba imbuido de altas esperanzas y de una ambición excelsa; ¡mas cuán bajo he caído! ¡Oh, amigo mío! Si me hubieseis conocido tal como fui en otro tiempo, no me reconoceríais en este estado de degradación. Rara vez la zozobra visitaba mi pecho; un alto destino parecía guiar mis pasos, hasta que caí para nunca, nunca más levantarme.

¿Habré de perder entonces a este ser admirable? He anhelado un amigo; he buscado a alguien capaz de comprenderme y amarme. Helo aquí: en estos mares desiertos he hallado a uno, mas temo no haberlo conocido sino para aquilatar su valor y perderlo. Quisiera reconciliarlo con la vida, mas él rechaza semejante idea.

—Os agradezco, Walton —me dijo—, vuestras bondadosas intenciones hacia un desdichado tan miserable; mas cuando habláis de nuevos lazos y nuevos afectos, ¿creéis acaso que alguno pueda reemplazar a quienes ya no están? ¿Puede hombre alguno ser para mí lo que fue Clerval, o mujer alguna otra Elizabeth? Aun allí donde el corazón no se conmueve hondamente por alguna excelencia superior, los camaradas de nuestra infancia conservan siempre cierto ascendiente sobre nuestras mentes que difícilmente puede conquistar amigo alguno posterior. Conocen nuestras inclinaciones infantiles, las cuales, por más que luego se modifiquen, jamás se extirpan por completo; y pueden juzgar nuestros actos con deducciones más certeras sobre la pureza de nuestros motivos. Un hermano o una hermana jamás pueden, a menos que tales síntomas hayan asomado temprano, recelar del otro dolo o falsía, mientras que a otro amigo, por muy entrañable que sea el apego, se lo contempla, a su pesar, con desconfianza. Mas yo disfruté de amigos caros no solo por el hábito y el trato, sino por sus propios méritos; y dondequiera que me encuentre, la voz balsámica de mi Elizabeth y la conversación de Clerval me serán susurradas siempre al oído. Han muerto, y un solo sentimiento en semejante soledad puede persuadirme de conservar la vida. Si estuviese empeñado en alguna alta empresa o designio preñado de vasta utilidad para mis semejantes, entonces podría vivir para llevarlo a cabo. Mas no es ese mi destino: debo perseguir y destruir al ser a quien di la existencia; luego mi sino en la tierra estará colmado y podré morir.

Mi amada hermana:

2 de septiembre.

Os escribo rodeado de peligros e ignorando si estoy condenado a no volver a ver jamás a mi querida Inglaterra ni a los dilectos amigos que la pueblan. Me hallo cercado por montañas de hielo que no conceden escapatoria y amenazan a cada instante con aplastar mi navío. Los bravos hombres a quienes persuadí para que fuesen mis compañeros vuelven los ojos hacia mí en busca de auxilio, mas no tengo ninguno que brindarles. Hay algo terriblemente espantoso en nuestra situación, y con todo mi valor y mis esperanzas no me abandonan. Mas resulta aterrador recapacitar en que las vidas de todos estos hombres corren peligro por mi causa. Si perecemos, mis insensatos designios habrán sido la culpa.

¿Y cuál será, Margaret, vuestro estado de ánimo? No tendréis noticia de mi fin y aguardaréis con angustia mi regreso. Pasarán los años, y sufriréis asaltos de desesperación aun sintiéndoos atormentada por la esperanza. ¡Oh, querida hermana mía! El quebranto desgarrador de vuestras más caras ilusiones es, en perspectiva, más terrible para mí que mi propia muerte. Mas tenéis un esposo e hijos adorables: podéis ser feliz. ¡Que el Cielo os bendiga y os haga dichosa!

Mi infortunado huésped me contempla con la más tierna compasión. Procura infundirme esperanzas y habla cual si la vida fuese un bien que él valorase. Me recuerda cuán a menudo idénticos contratiempos les han acaecido a otros navegantes que desafiaron estos mares, y muy a mi pesar me colma de alegres presagios. Incluso los marineros sienten el poder de su elocuencia: cuando habla, dejan de desesperar; aviva sus energías y, mientras escuchan su voz, creen que estas inmensas montañas de hielo son toperas que se desvanecerán ante la resolución del hombre. Tales ánimos son pasajeros: cada jornada de vana espera los colma de pavor, y casi temo un motín provocado por semejante desesperación.

5 de septiembre.

Acaba de tener lugar una escena de tan singular interés que, aun siendo altamente probable que estos papeles jamás lleguen a vuestras manos, no puedo resistirme a consignarla.

Continuamos cercados por montañas de hielo, aún en inminente peligro de ser aplastados en su colisión. El frío es riguroso, y muchos de mis infortunados camaradas han hallado ya sepultura en medio de este paraje de desolación. La salud de Frankenstein decae día a día; un fuego febril destella aún en sus ojos, mas se halla exhausto, y cuando se le incita de pronto a cualquier esfuerzo, vuelve a caer con presteza en una languidez que parece la misma muerte.

Mencioné en mi última carta los temores que abrigaba respecto a un motín. Esta mañana, mientras permanecía sentado observando el semblante demacrado de mi amigo —con los ojos entreabiertos y las extremidades caídas sin vigor—, me sobresaltaron media docena de marineros que exigían entrar en el camarote. Entraron y su cabecilla se dirigió a mí. Me expuso que él y sus compañeros habían sido designados por los demás marineros para acudir ante mí en delegación y hacerme una petición que, en justicia, no podía rechazar. Nos hallábamos sepultados entre los hielos y probablemente jamás escaparíamos; mas temían que si, como era factible, el hielo se resquebrajaba y se abría paso libre, yo fuese lo bastante temerario para proseguir la travesía y conducirlos a nuevos peligros tras haber superado felizmente este. Exigían, por tanto, que me comprometiera bajo solemne promesa a que, si el barco quedaba liberado, pondría de inmediato rumbo al sur.

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