Capítulo 24 · I
~12 min · 2419 palabras
Mi situación por aquel entonces era tal que todo pensamiento voluntario quedaba absorbido y anulado. La furia me arrastraba; solo la sed de venganza me dotaba de entereza y serenidad: moldeaba mis sentimientos y me permitía ser calculador y paciente en momentos en que, de otro modo, el delirio o la muerte habrían sido mi sino.
Mi primera resolución fue abandonar Ginebra para siempre; mi patria, que cuando era dichoso y amado me era tan entrañable, se tornó ahora, en mi infortunio, aborrecible. Me procuré una suma de dinero, junto con algunas joyas que habían pertenecido a mi madre, y partí.
Y así dieron comienzo mis errabundos pasos, que no han de cesar sino con la vida. He recorrido una inmensa porción de la tierra y padecido cuantas privaciones suelen salir al paso de los viajeros en desiertos y comarcas bárbaras. Cómo he logrado sobrevivir, apenas lo sé; muchas veces tendí mis miembros desfallecientes sobre la llanura arenosa suplicando la muerte. Mas la venganza me mantenía con vida: no osaba morir y dejar a mi adversario sobre la faz del mundo.
Al abandonar Ginebra, mi primer desvelo fue dar con algún indicio que me permitiera rastrear los pasos de mi diabólico enemigo. Mas mi propósito era vacilante, y vagué durante largas horas por los confines de la ciudad, incierto respecto al rumbo que debía tomar. Al caer la noche me encontré ante la cancela del cementerio donde reposaban William, Elizabeth y mi padre. Me adentré en él y me acerqué al sepulcro que señalaba sus tumbas. Todo yacía en silencio, salvo las hojas de los árboles levemente mecidas por el viento; la noche era casi cerrada, y el cuadro habría resultado solemne y conmovedor incluso para un espectador desinteresado. Los espíritus de los difuntos parecían revolotear alrededor y proyectar una sombra, perceptible mas invisible, sobre la cabeza del afligido deudo.
El hondo dolor que aquel cuadro había suscitado en un principio no tardó en trocarse en furia y desesperación. Ellos estaban muertos, y yo vivía; su asesino también vivía, y para destruirlo debía arrastrar mi extenuada existencia. Me arrodillé sobre la hierba, besé la tierra y, con labios temblorosos, exclamé: «¡Por la sagrada tierra sobre la que me postro, por las sombras que vagan cerca de mí, por el hondo y eterno dolor que desgarra mi pecho, juro; y por ti, ¡oh, Noche!, y por los espíritus que presiden tus tinieblas, perseguir al demonio causante de tanta desdicha hasta que él o yo perezcamos en combate mortal! Para este fin conservaré la vida; para consumar esta cara venganza contemplaré de nuevo el sol y pisaré la verde hierba de la tierra, que de otro modo se desvanecería para siempre ante mis ojos. Y os invoco a vosotros, espíritus de los muertos, y a vosotros, ministros errantes de la venganza, para que me asistáis y guiéis en mi cometido. ¡Que el maldito e infernal monstruo apure el cáliz de la agonía; que sienta la desesperación que ahora me atormenta!».
Había comenzado mi juramento con una solemnidad y un sobrecogimiento que casi me persuadían de que las sombras de mis amigos asesinados escuchaban y aprobaban mi ofrenda, mas las furias se apoderaron de mí al concluir, y la rabia sofocó mi voz.
Me respondió a través de la quietud de la noche una carcajada estentórea y demoníaca. Resonó en mis oídos prolongada y pesada; las montañas le hicieron eco, y sentí como si todo el infierno me rodeara de mofas y risotadas. A buen seguro en aquel instante el frenesí se habría adueñado de mí y habría puesto fin a mi miserable existencia a no ser porque mi voto fue escuchado y porque estaba reservado para la venganza. La risa se apagó, y una voz harto conocida y abominable, al parecer pegada a mi oído, me susurró con nitidez: «¡Estoy satisfecho, miserable despojo! Has resuelto vivir, y estoy satisfecho».
Me precipité hacia el sitio de donde procedía el susurro, pero el engendro eludió mis manos. De pronto, el ancho disco de la luna asomó e iluminó de lleno su figura espectral y desmesurada mientras huía con una presteza sobrehumana.
Lo perseguí, y durante muchos meses esta ha sido mi sola ocupación. Guiado por una leve pista, seguí los meandros del Ródano, pero en vano. Asomó el azul del Mediterráneo y, por un azar imprevisto, vi al demonio embarcar de noche y ocultarse en un navío con rumbo al mar Negro. Tomé pasaje en el mismo barco, mas escapó, no sé cómo.
Entre las soledades de Tartaria y de Rusia, aun cuando continuaba esquivándome, he seguido siempre su rastro. A veces los campesinos, aterrados por aquella horrenda aparición, me daban cuenta de su rumbo; en ocasiones él mismo, temiendo que de perder su pista me entregara a la desesperación y muriese, dejaba alguna señal para guiarme. La nieve caía sobre mi cabeza y yo divisaba la huella de su zancada descomunal sobre la llanura inmaculada. Vosotros, que apenas os asomáis a la vida, para quienes las cuitas son nuevas y la agonía desconocida, ¿cómo podríais comprender lo que he sentido y aún siento? El frío, la indigencia y la fatiga fueron las menores penas que me tocó sobrellevar; cargaba con la maldición de algún demonio y llevaba conmigo mi propio infierno eterno; con todo, un espíritu bienhechor seguía y encauzaba mis pasos y, cuando más desfallecía, de improviso me libraba de dificultades en apariencia insuperables. A veces, cuando la naturaleza, rendida por el hambre, sucumbía a la extenuación, una colación hallábase dispuesta para mí en el desierto, la cual me reparaba y reanimaba. La comida era, en verdad, tosca, de la que comen los labriegos de la región, mas no abrigo duda alguna de que la disponían los espíritus a quienes había invocado en mi auxilio. A menudo, cuando todo estaba reseco, el cielo sin nubes y yo abrasado por la sed, una tenue nube enturbiaba el firmamento, derramaba unas pocas gotas que me revivían y se desvanecía.
Seguí, cuando me fue posible, el curso de los ríos; mas el demonio solía rehuirlos, pues era allí donde principalmente se congregaba la población de la comarca. En otros parajes rara vez se divisaban seres humanos, y por lo común subsistía merced a las fieras salvajes que salían a mi paso. Llevaba dinero conmigo y me ganaba la simpatía de los aldeanos repartiéndolo; o bien traía consigo alguna presa que había abatido, de la cual, tras reservarme una pequeña porción, ofrecía siempre el resto a quienes me facilitaban lumbre y cacharros para guisar.
Mi existencia, transcurrida de semejante guisa, era en verdad odiosa para mí, y solo durante el sueño lograba saborear la dicha. ¡Oh, bendito sueño! A menudo, cuando más miserable me sentía, me entregaba al reposo y mis ensueños me acunaban hasta el arrobamiento. Los espíritus tutelares me habían deparado aquellos instantes, o más bien horas, de ventura para que conservara fuerzas y llevase a término mi peregrinación. Privado de semejante tregua, habría sucumbido bajo mis penalidades. Durante el día me sostenía y alentaba la esperanza de la noche, pues en sueños contemplaba a mis amigos, a mi esposa y a mi patria adorada; de nuevo veía el semblante benevolente de mi padre, escuchaba los plateados tonos de la voz de mi Elizabeth y contemplaba a Clerval rebosante de juventud y salud. A menudo, rendido por una extenuante marcha, me persuadía de que estaba soñando hasta que llegara la noche, momento en que disfrutaría de la realidad entre los brazos de mis amados amigos. ¡Qué agonía de ternura sentía por ellos! ¡Cómo me aferraba a sus queridas figuras, que a veces frecuentaban incluso mis horas de vigilia, convenciéndome de que aún vivían! En tales momentos la venganza, que ardía en mis entrañas, se apagaba en mi pecho, y proseguía mi marcha hacia la destrucción del demonio más como un deber prescrito por el cielo, cual impulso maquinal de un poder del que era inconsciente, que como el ferviente deseo de mi espíritu.
Cuáles fuesen los sentimientos de aquel a quien perseguía, no puedo saberlo. A veces, en verdad, dejaba marcas escritas en la corteza de los árboles o grabadas en la roca que me guiaban e instigaban mi furor. «Mi reinado aún no ha terminado —decían las palabras legibles en una de aquellas inscripciones—: tú vives, y mi poder es absoluto. Sígueme; busco los hielos perpetuos del norte, donde sentirás el suplicio del frío y de la escarcha, ante los cuales permanezco impasible. Hallarás cerca de este sitio, si no me sigues con excesiva lentitud, una liebre muerta: come y reponte. ¡Adelante, enemigo mío!: aún nos resta luchar por nuestras vidas, mas muchas horas arduas y miserables habrás de soportar antes de que llegue ese instante».
¡Demonio burlón! Una vez más juro venganza; de nuevo te consagro, miserable monstruo, al tormento y a la muerte. Jamás cejaré en mi búsqueda hasta que él o yo perezcamos; ¡y entonces, con qué éxtasis me uniré a mi Elizabeth y a mis amigos idos, que ya disponen para mí la recompensa de mi tediosa fatiga y de mi horrenda peregrinación!
Al proseguir mi marcha hacia el norte, las nieves se espesaron y el frío arreció en un grado casi insoportable. Los campesinos permanecían encerrados en sus tugurios, y solo unos pocos de los más intrépidos se aventuraban a salir para abatir a los animales a quienes la inanición había forzado a abandonar sus madrigueras en busca de presas. Los ríos estaban cubiertos de hielo y no se conseguía pescado alguno; quedé así privado de mi principal sustento.
El triunfo de mi enemigo aumentaba al compás de la dificultad de mis afanes. Una de las inscripciones que dejó rezaba de este modo: «¡Prepárate! Tus fatigas apenas comienzan: cúbrete de pieles y provéete de víveres, pues pronto nos adentraremos en una senda donde tus padecimientos saciarán mi odio eterno».
Mi coraje y mi perseverancia se vieron reanimados por aquellas palabras escarnecedoras; me resolví a no flaquear en mi empeño e, invocando al Cielo en mi auxilio, proseguí con fervor incansable atravesando páramos inmensos, hasta que el océano despuntó a lo lejos formando el límite postrero del horizonte. ¡Oh, cuán distinto era de las azules latitudes del sur! Cubierto de hielo, solo se distinguía de la tierra firme por su mayor aspereza y desolación. Los griegos lloraron de júbilo al divisar el Mediterráneo desde las colinas de Asia y saludaron con arrobamiento el término de sus fatigas. Yo no lloré, pero caí de rodillas y, con el corazón colmado, di gracias a mi espíritu protector por haberme conducido sano y salvo al paraje donde confiaba, pese a las pullas de mi adversario, encontrarlo y luchar cuerpo a cuerpo con él.
Algunas semanas antes de esta época me había procurado un trineo y perros, cruzando así las nieves con una rapidez inconcebible. Ignoro si el engendro gozaba de las mismas ventajas, pero comprobé que si antes perdía terreno a diario en la persecución, ahora le ganaba ventaja, hasta el punto de que cuando divisé el océano por primera vez no me llevaba más que una jornada de delantera, y acaricié la esperanza de interceptarlo antes de que alcanzara la orilla. Con renovado coraje, por consiguiente, apreté el paso y en dos días llegué a una mísera aldea al borde del mar. Pregunté a los lugareños por el demonio y obtuve noticias precisas. Un monstruo gigantesco, dijeron, había llegado la noche anterior armado de un fusil y varias pistolas, poniendo en fuga a los moradores de una choza aislada por el pavor que infundía su espantoso aspecto. Habíase apoderado de sus provisiones invernales y, cargándolas en un trineo para cuyo arrastre se había incautado de una numerosa recua de perros adiestrados, los había uncido y aquella misma noche, ante el alivio de los aterrados aldeanos, había emprendido la travesía a través del mar helado en un rumbo que no conducía a tierra alguna; y conjeturaban que no tardaría en perecer por la fractura de los témpanos o quedar congelado por las escarchas eternas.
Al escuchar tales noticias sufrí un acceso pasajero de desesperación. Había escapado de mis manos, y me veía forzado a emprender una travesía destructora y casi interminable a través de los hielos montañosos del océano, en medio de un frío que muy pocos lugareños podían soportar por mucho tiempo y al que yo, nacido en un clima templado y soleado, no podía albergar esperanzas de sobrevivir. Mas ante la sola idea de que el engendro siguiera con vida y triunfante, mi furia y mis ansias de venganza renacieron y, como una marea arrolladora, sepultaron cualquier otro sentimiento. Tras un breve reposo, durante el cual los espíritus de los muertos revolotearon a mi alrededor incitándome a la fatiga y a la represalia, me dispuse para la travesía.
Cambié mi trineo terrestre por uno adaptado a las desigualdades del Océano Glacial y, adquiriendo una abundante provisión de víveres, me alejé de la costa.
No sabría calcular cuántos días han transcurrido desde entonces, mas he soportado una penuria que solo el sentimiento eterno de una justa retribución ardiendo en mi corazón me habría permitido tolerar. Inmensas y escarpadas montañas de hielo me cerraban el paso a menudo, y con frecuencia escuchaba el fragor sordo del oleaje profundo, que amenazaba con destruirme. Pero la helada volvía a presentarse y aseguraba los senderos del mar.
Por la cantidad de provisiones que había consumido calculo que habré empleado unas tres semanas en esta travesía; y la constante postergación de la esperanza, refluyendo sobre el corazón, a menudo me arrancaba de los ojos amargas lágrimas de abatimiento y dolor. La desesperación casi había cobrado su presa, y pronto me habría hundido bajo semejante miseria. En cierta ocasión, después de que los pobres animales que tiraban de mí hubieron alcanzado con fatiga indecible la cumbre de una montaña de hielo en pendiente, y cuando uno de ellos, sucumbiendo al cansancio, cayó muerto, contemplé la planicie ante mí con angustia, cuando de súbito mi vista divisó un punto oscuro sobre la llanura sombría. Agucé la mirada para descubrir de qué se trataba y proferí un grito salvaje de éxtasis al distinguir un trineo y las desmesuradas proporciones de una figura bien conocida en su interior. ¡Oh, con qué ardiente torrente reapareció la esperanza en mi pecho! Lágrimas ardientes anegaron mis ojos, las cuales enjugué apresuradamente para que no me impidieran la vista del demonio; mas mi visión continuaba velada por las ardientes gotas hasta que, cediendo a las emociones que me oprimían, rompí a llorar desconsoladamente.
Fin del Episodio 42 · de 45
Capítulo 24 · I
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.