Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 41

Capítulo 23 · II

~6 min · 1111 palabras

Llegué a Ginebra. Mi padre y Ernest vivían todavía, mas el primero sucumbió bajo el peso de las nuevas que yo traía. ¡Lo veo aún, anciano bondadoso y venerable! Sus ojos vagaban en el vacío, pues habían perdido su encanto y su delicia: su Elizabeth, más que una hija para él, a quien veneraba con todo el afecto que siente un hombre que, en el declive de la existencia, teniendo pocos afectos, se aferra con mayor fervor a los que aún le quedan. ¡Maldito, maldito sea el demonio que colmó de miseria sus canas y lo condenó a consumirse en la desolación! No pudo sobrevivir a los horrores que se acumulaban a su alrededor; los resortes de la vida cedieron de improviso; fue incapaz de levantarse del lecho y, a los pocos días, expiró en mis brazos.

¿Qué fue entonces de mí? Lo ignoro: perdí el sentido, y las cadenas y la oscuridad fueron los únicos objetos que pesaban sobre mí. A veces, en verdad, soñaba que vagaba por prados floridos y valles amenos en compañía de los amigos de mi juventud; pero despertaba y me hallaba en un calabozo. Siguió a esto una honda melancolía, mas paulatinamente fui cobrando clara noción de mis miserias y de mi condición, y fui puesto entonces en libertad de mi prisión. Pues me habían tachado de loco y, durante largos meses, según alcancé a saber, una celda solitaria había sido mi morada.

La libertad, empero, habríame resultado una dádiva estéril si, al despertar a la razón, no hubiera despertado al mismo tiempo a la venganza. Al abalanzarse sobre mí el recuerdo de las pasadas desventuras, comencé a recapacitar en su causa: el monstruo a quien yo había dado vida, el miserable demonio que había arrojado al mundo para mi propia perdición. Fui presa de una furia enloquecedora al pensar en él, y deseé y supliqué con ardor tenerlo a mi alcance para tomar una venganza grande y ejemplar sobre su maldita cabeza.

Ni se limitó mi odio por mucho tiempo a vanos anhelos; comencé a discurrir sobre los mejores medios para atraparlo; y con este designio, cerca de un mes después de mi liberación, acudí ante un juez penal de la ciudad y le manifesté que tenía una acusación que formular: que conocía al verdugo de mi familia y que requería de él que ejerciera toda su autoridad para el apresamiento del asesino.

El magistrado me escuchó con atención y benevolencia. —Tened la seguridad, señor —dijo—, de que por mi parte no se escatimarán desvelos ni diligencias para dar con ese malhechor.

—Se lo agradezco —respondí—; escuchad, por tanto, la deposición que tengo que haceros. Es, en verdad, una historia tan extraña que temería que no le dierais crédito si no hubiese en la verdad algo que, por prodigiosa que resulte, se impone a la convicción. El relato está demasiado trabado para ser confundido con un ensueño, y no me asiste motivo alguno para faltar a la verdad. —Mis modales al dirigirme a él eran elocuentes pero sosegados; había sellado en mi pecho la resolución de perseguir a mi destructor hasta la muerte, y este propósito aplacaba mi angustia y por un momento me reconciliaba con la vida. Relaté entonces mi historia de forma breve pero con firmeza y precisión, señalando las fechas con exactitud y sin desmandarme jamás en improperios ni aspavientos.

El magistrado se mostró al principio completamente incrédulo, pero a medida que proseguía fue prestándome mayor atención e interés; lo vi a veces estremecerse de horror, mientras en otras ocasiones un vivo asombro, desprovisto de incredulidad, se reflejaba en su semblante.

Cuando hube concluido mi narración, dije: —Este es el ser a quien acuso y para cuya captura y castigo os conmino a emplear todo vuestro poder. Es vuestro deber como magistrado, y creo y espero que vuestros sentimientos de hombre no se rebelarán contra la ejecución de tales cometidos en semejante coyuntura.

Estas palabras provocaron una mudanza considerable en la fisonomía de mi interlocutor. Había escuchado mi relato con esa suerte de fe a medias que suele prestarse a las historias de aparecidos y prodigios sobrenaturales; mas al ser requerido para actuar oficialmente en consecuencia, toda la ola de su incredulidad reapareció. Respondió, no obstante, con afabilidad: —De buen grado os prestaría toda mi ayuda en vuestra persecución; mas la criatura de quien habláis parece poseer facultades que desafiarían todos mis esfuerzos. ¿Quién puede seguir a un ser capaz de cruzar el mar de hielo y habitar en cavernas y guaridas donde ningún hombre osaría adentrarse? Además, han transcurrido algunos meses desde la comisión de sus crímenes, y nadie puede conjeturar adónde habrá ido a parar o qué región poblará en la actualidad.

—No dudo de que merodea cerca del paraje donde habito; y si en verdad se ha refugiado en los Alpes, puede ser cazado como el rebeco y abatido como una fiera de presa. Mas adivino vuestros pensamientos: no dais crédito a mi narración y no tenéis la intención de perseguir a mi enemigo con el castigo que bien merece.

Al hablar, la cólera destellaba en mis ojos; el magistrado se sintió intimidado. —Os equivocáis —dijo—. Me esforzaré, y si está en mi poder capturar al monstruo, estad seguro de que sufrirá un castigo proporcionado a sus crímenes. Mas temo, por las propiedades que vos mismo habéis descrito en él, que semejante empresa resulte irrealizable; y así, mientras se disponen cuantas medidas sean oportunas, debéis preparar vuestro ánimo para el desengaño.

—Eso no puede ser; mas cuanto pueda deciros de poco servirá. Mi venganza nada os importa; con todo, si bien admito que es un vicio, os confieso que constituye la devoradora y única pasión de mi alma. Mi rabia es indecible cuando pienso en que el asesino, a quien he soltado sobre la sociedad, aún existe. Rechazáis mi justa demanda; no me queda más que un recurso, y me consagro, ya sea en mi vida o en mi muerte, a su destrucción.

Temblaba con exceso de agitación al pronunciar estas palabras; había un frenesí en mis maneras y algo, no lo dudo, de aquella fiereza altiva que se dice poseían los mártires de la antigüedad. Mas para un magistrado ginebrino, cuya mente estaba ocupada por ideas harto distintas de las del heroísmo y la devoción, semejante exaltación del ánimo tenía mucho de demencia. Procuró calmarme como una nodriza a un infante y volvió a aludir a mi relato como efecto del delirio.

—¡Hombre! —exclamé—. ¡Cuán ignorante eres en tu orgullo de sabiduría! Cesa; no sabes lo que estás diciendo.

Salí de la casa airado y turbado, y me retiré a cavilar sobre algún otro modo de acción.

Fin del Episodio 41 · de 45

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