Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 40

Capítulo 23 · I

~7 min · 1475 palabras

Eran las ocho cuando desembarcamos; paseamos un corto espacio de tiempo por la orilla, deleitándonos con la luz declinante, y luego nos retiramos a la posada para contemplar el hermoso cuadro de aguas, bosques y montañas, envuelto en las sombras, pero destacando aún sus perfiles oscuros.

El viento, que había amainado en el sur, se levantó entonces con gran violencia en el oeste. La luna había alcanzado el cenit en el firmamento y comenzaba a declinar; las nubes cruzaban ante ella más raudas que el vuelo del buitre y velaban sus rayos, mientras el lago reflejaba la agitación de las alturas, tornada aún más convulsa por las olas inquietas que empezaban a encresparse. De pronto, descargó una recia tempestad de lluvia.

Había permanecido sereno durante el día; mas tan pronto como la noche desdibujó las formas de los objetos, mil temores asaltaron mi entendimiento. Me hallaba ansioso y alerta, mientras mi mano derecha empuñaba una pistola oculta en mi pecho; cualquier rumor me aterrorizaba, pero estaba resuelto a vender cara mi vida y a no rehuir el combate hasta que la mía propia o la de mi adversario quedara extinguida.

Elizabeth observó mi agitación durante un tiempo en tímido y medroso silencio, mas había algo en mi mirada que le infundió terror, y temblando, me preguntó: —¿Qué es lo que os turba, mi querido Victor? ¿Qué es lo que teméis?

—¡Oh, paz, paz, amor mío! —respondí—. ¡Pasada esta noche, todo estará a salvo!; pero esta noche es espantosa, sumamente espantosa.

Pasé una hora en semejante zozobra cuando de improviso recapacité en cuán aterrador resultaría para mi esposa el combate que aguardaba por instantes, y le supliqué encarecidamente que se retirase a sus aposentos, resuelto a no unirme a ella hasta haber averiguado algo sobre la posición de mi enemigo.

Ella me dejó, y continué durante algún tiempo recorriendo arriba y abajo los pasillos de la casa e inspeccionando cada rincón que pudiera ofrecer refugio a mi adversario. Mas no descubrí rastro alguno de él y empezaba ya a conjeturar que algún lance afortunado se había interpuesto para impedir la ejecución de sus amenazas cuando, de repente, escuché un grito agudo y espeluznante. Procedía de la estancia a la que Elizabeth se había retirado. Al oírlo, la verdad entera cruzó como un rayo por mi mente: se me cayeron los brazos y el movimiento de cada músculo y fibra quedó en suspenso; sentí la sangre helarse en mis venas y hormiguear en las extremidades. Este estupor duró apenas un instante: el alarido se repitió y me precipité hacia la estancia.

¡Gran Dios! ¿Por qué no expiré en aquel mismo punto? ¿Por qué estoy aquí para relatar la destrucción de la más pura criatura y la más alta esperanza de la tierra? Allí yacía, inerte y desprovista de vida, atravesada sobre el lecho, con la cabeza colgando y sus facciones pálidas y desencajadas cubiertas a medias por sus cabellos. Adondequiera que vuelva la vista veo la misma estampa: sus brazos exangües y su forma desmadejada, arrojada por el asesino sobre su féretro nupcial. ¿Podía contemplar semejante cuadro y seguir con vida? ¡Ay, la vida es obstinada y se aferra con más fuerza allí donde es más abominada! Solo por un momento perdí el sentido; caí desvanecido sobre el suelo.

Al volver en mí me encontré rodeado por las gentes de la posada; sus semblantes reflejaban un terror sin aliento, mas el espanto de los demás se me antojaba una burla, una sombra de los sentimientos que oprimían mi corazón. Escapé de entre ellos hacia la habitación donde yacía el cuerpo de Elizabeth: mi amor, mi esposa, tan viva hacía poco, tan amada, tan digna. La habían movido de la postura en que la había hallado al principio, y ahora, al verla tendida con la cabeza apoyada en el brazo y un pañuelo echado sobre su rostro y su cuello, habría podido figurarme que dormía. Me arrojé hacia ella y la abracé con vehemencia, pero el letargo mortal y la frialdad de sus miembros me advirtieron de que lo que ahora sostenía en mis brazos había dejado de ser la Elizabeth a quien tanto había querido y venerado. La marca homicida del apretón del engendro estaba impresa en su cuello, y el aliento había cesado de brotar de sus labios.

Mientras aún permanecía inclinado sobre ella en la agonía del desamparo, alcé los ojos por casualidad. Las ventanas de la estancia habían permanecido a oscuras, y experimenté una suerte de pánico al ver que la pálida y amarillenta luz de la luna iluminaba la estancia. Los postigos habían sido abiertos de par en par, y con una sensación de horror indescriptible, divisé en la ventana abierta a la figura más monstruosa y aborrecida. Una mueca sardónica se dibujaba en el rostro del monstruo: parecía mofarse mientras, con su dedo diabólico, señalaba hacia el cadáver de mi esposa. Me precipité hacia la ventana y, sacando una pistola de mi pecho, disparé; mas me esquivó, saltó de su puesto y, corriendo con la velocidad del relámpago, se zambulló en el lago.

El estampido de la pistola atrajo a una multitud a la habitación. Señalé el punto donde había desaparecido y seguimos el rastro en botes; se echaron redes, mas todo fue en vano. Al cabo de varias horas regresamos desalentados, creyendo la mayoría de mis compañeros que se trataba de una visión forjada por mi fantasía. Tras desembarcar, procedieron a batir la campiña, desplegándose partidas en distintas direcciones a través de los bosques y viñedos.

Intenté acompañarlos y me alejé una corta distancia de la casa, pero la cabeza me daba vueltas, mis pasos eran como los de un ebrio y caí por fin en un estado de agotamiento absoluto; un velo cubrió mis ojos y la piel se me abrasaba por el calor de la fiebre. En semejante estado me llevaron de vuelta y me tendieron en una cama, apenas consciente de lo acaecido; mis ojos erraban por la estancia cual si buscasen algo que hubiese perdido.

Al cabo de un intervalo me levanté y, como por instinto, me arrastré hacia la estancia donde yacía el cadáver de mi amada. Había mujeres llorando alrededor; me incliné sobre ella y sumé mis lágrimas amargas a las suyas; durante todo este tiempo ninguna idea clara se dibujó en mi mente, sino que mis pensamientos vagaban de un asunto a otro, cavilando confusamente sobre mis desventuras y su causa. Me hallaba perplejo, sumido en una nube de estupor y horror. La muerte de William, la ejecución de Justine, el asesinato de Clerval y, por último, el de mi esposa; ni siquiera en aquel momento sabía si los únicos deudos que aún me quedaban estaban a salvo de la malevolencia del demonio: mi padre bien pudiera estar debatiéndose en aquel instante bajo sus garras, y Ernest yacer muerto a sus pies. Esta idea me hizo estremecer y me devolvió a la acción. Me levanté de un salto, resuelto a regresar a Ginebra con la mayor presteza posible.

No había caballos disponibles y me fue preciso regresar por el lago; mas el viento era contrario y la lluvia caía a torrentes. Con todo, apenas amanecía y podía abrigar la esperanza razonable de llegar antes de la noche. Contraté a hombres para que remaran y empuñé yo mismo un remo, pues siempre había hallado alivio a los tormentos morales en el ejercicio del cuerpo. Mas la desbordante aflicción que ahora experimentaba y el exceso de agitación que padecía me incapacitaron para todo esfuerzo. Solté el remo y, apoyando la cabeza entre las manos, di rienda suelta a cuanta lúgubre idea acudía a mi mente. Si alzaba la vista, contemplaba parajes que me eran familiares de mis tiempos más dichosos y que había observado la víspera en compañía de aquella que ahora no era sino una sombra y un recuerdo. Las lágrimas brotaban a raudales de mis ojos. La lluvia había cesado un instante y vi a los peces retozar en las aguas como lo habían hecho pocas horas antes; entonces Elizabeth los había contemplado. Nada resulta tan doloroso para la mente humana como una mudanza súbita y colosal. El sol podía brillar o las nubes encapotarse, pero nada podía antojárseme ya como el día anterior. Un demonio me había arrebatado toda esperanza de felicidad futura; ninguna criatura había sido jamás tan desdichada como yo; suceso tan espantoso resulta único en la historia del hombre.

Pero ¿por qué demorarme en los sucesos que siguieron a este último y demoledor infortunio? El mío ha sido un relato de horrores; he alcanzado su culmen, y cuanto me resta por narrar solo puede resultaros tedioso. Sabed que, uno tras otro, mis allegados me fueron arrebatados: quedé sumido en la desolación. Mis propias fuerzas se hallan exhaustas, y debo relatar en pocas palabras lo que resta de mi atroz narración.

Fin del Episodio 40 · de 45

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