Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 39

Capítulo 22 · II

~7 min · 1426 palabras

El sosiego del que ahora gozaba no duró mucho tiempo. La memoria traía consigo el delirio, y cuando pensaba en lo acaecido, una auténtica demencia se apoderaba de mí; a veces me enfurecía y ardía en cólera, otras me hundía en el más hondo abatimiento. Ni hablaba ni miraba a nadie, sino que permanecía inmóvil, aturdido por el cúmulo de miserias que me avasallaban.

Solo Elizabeth tenía el poder de arrancarme de semejantes trances; su voz dulce me apaciguaba cuando me arrebataba la pasión e infundía sentimientos humanos en mi pecho cuando yacía sumido en el letargo. Lloraba conmigo y por mí. Cuando la razón regresaba, me reconvenía con ternura y procuraba inspirarme resignación. ¡Ah, bueno es resignarse para los desdichados, pero para el culpable no existe la paz! Las agonías del remordimiento emponzoñan el consuelo que de ordinario se halla al entregarse al exceso del dolor.

Poco después de mi llegada, mi padre me habló de mi inmediato matrimonio con Elizabeth. Permanecí en silencio.

—¿Abrigáis acaso alguna otra inclinación?

—Ninguna en este mundo. Amo a Elizabeth y aguardo nuestra unión con deleite. Que se fije el día, pues; y en él me consagraré, en la vida o en la muerte, a la ventura de mi prima.

—Mi querido Victor, no habléis de ese modo. Graves desventuras se han abatido sobre nosotros, mas aferrémonos más estrechamente a lo que aún nos queda y traslademos nuestro amor por los que hemos perdido a quienes aún viven. Nuestro círculo será reducido, pero permanecerá estrechamente unido por los lazos del afecto y de la mutua desdicha. Y cuando el tiempo haya mitigado vuestra desesperación, nuevos y amados motivos de desvelo nacerán para reemplazar a aquellos de quienes tan cruelmente se nos ha despojado.

Tales eran las lecciones de mi padre. Mas a mi mente regresaba el recuerdo de la amenaza; ni puede extrañaros que, omnipotente como el engendro se había mostrado hasta entonces en sus hazañas sangrientas, yo casi lo considerase invencible, y que tras haber pronunciado las palabras «Estaré contigo en tu noche de bodas», juzgase inevitable el funesto destino vaticinado. Mas la muerte ningún mal representaba para mí si con ella se compensaba la pérdida de Elizabeth; y, por tanto, con semblante complacido y aun risueño, convine con mi padre en que, si mi prima consentía, la ceremonia se celebraría en el término de diez días, sellando así, según imaginaba, mi destino.

¡Gran Dios! Si por un solo instante hubiera sospechado cuál podía ser la infernal intención de mi diabólico adversario, antes me habría desterrado para siempre de mi patria natal y vagado solitario y proscrito por la tierra que consentir en semejante matrimonio funesto. Mas como poseído de poderes mágicos, el monstruo me había cegado respecto a sus verdaderas intenciones; y cuando creía preparar únicamente mi propia muerte, precipitaba la de una víctima incomparablemente más querida.

A medida que se aproximaba el plazo fijado para nuestras nupcias, ya fuese por cobardía o por una intuición profética, sentí que el corazón se me encogía en el pecho. Oculté, empero, mis sentimientos bajo una apariencia de regocijo que trajo sonrisas y dicha al semblante de mi padre, aunque apenas logró engañar a la mirada siempre atenta y perspicaz de Elizabeth. Ella aguardaba nuestra unión con apacible contento, no exento de cierto temor que las pasadas desdichas le habían infundido: el miedo a que lo que ahora se antojaba una dicha segura y palpable pudiera desvanecerse pronto como una vana quimera sin dejar tras de sí sino un pesar hondo y eterno.

Se hicieron los preparativos para el acontecimiento, se recibieron visitas de felicitación y todo cobró un aire festivo. Encerré, tan bien como pude, en mi propio corazón la zozobra que en él se cebaba y secundé con fingido fervor los proyectos de mi padre, aun cuando solo sirviesen de tramoya para mi propia tragedia. Gracias a las gestiones de mi padre, el gobierno austriaco había restituido a Elizabeth parte de su herencia: una pequeña posesión a orillas del lago de Como que le pertenecía. Se acordó que, inmediatamente después de la ceremonia, partiríamos hacia Villa Lavenza para disfrutar de nuestros primeros días de ventura junto al hermoso lago a cuyas orillas se alzaba.

Entre tanto tomé cuanta precaución estuvo en mi mano para defender mi persona en caso de que el engendro me atacase abiertamente. Llevaba pistolas y una daga constantemente encima y permanecía siempre alerta para prevenir cualquier añagaza, adquiriendo por estos medios una mayor serenidad. En verdad, a medida que la fecha se avecinaba, la amenaza se antojaba más bien una ilusión indigna de perturbar mi sosiego, al tiempo que la dicha que aguardaba en mi matrimonio revestía una mayor apariencia de certeza a medida que se acercaba el día señalado para su consagración y oía hablar de él continuamente como de un suceso que ningún contratiempo podría impedir.

Elizabeth parecía dichosa; mi porte sosegado contribuyó sobremanera a tranquilizar su ánimo. Mas el día llamado a colmar mis deseos y mi destino, hallábase melancólica y un presentimiento funesto la embargaba; acaso pensase también en el espantoso secreto que le había prometido desvelar al día siguiente. Mi padre, entre tanto, rebosaba de júbilo y, en medio del bullicio de los preparativos, solo vio en la melancolía de su sobrina la natural timidez de una desposada.

Tras consumarse la ceremonia, una numerosa comitiva se congregó en casa de mi padre; mas se había convenido que Elizabeth y yo emprenderíamos el viaje por agua, pernoctando aquella noche en Évian y prosiguiendo nuestra travesía al día siguiente. El día era espléndido, el viento favorable; todo sonreía a nuestro embarque nupcial.

Fueron aquellos los últimos momentos de mi vida en que gocé del sentimiento de la felicidad. Avanzábamos con rapidez; el sol era ardiente, mas nos guarecíamos de sus rayos bajo una suerte de toldo mientras nos deleitábamos con la belleza del paisaje: ya a un lado del lago, donde divisábamos el monte Salêve, las riberas amenas de Montalègre y, a lo lejos, coronándolo todo, el soberbio Mont Blanc y la cordillera de picos nevados que en vano procuran emularlo; ya costeando las orillas opuestas, donde contemplábamos el imponente Jura oponiendo su flanco oscuro a la ambición que quisiera abandonar la patria y alzando una barrera casi insuperable ante el invasor que pretendiese sojuzgarla.

Tomé la mano de Elizabeth: —Estáis triste, amor mío. ¡Ah! Si supierais lo que he sufrido y lo que acaso me quede por padecer, procuraríais dejarme saborear la paz y la liberación del desaliento que al menos este día me concede disfrutar.

—Sed dichoso, mi querido Victor —respondió Elizabeth—; nada hay, confío, que deba atribularos; y estad seguro de que, si una alegría desbordante no se pinta en mi semblante, mi corazón se halla colmado de contento. Algo me susurra que no confíe con exceso en el porvenir que ante nosotros se abre, mas no prestaré oídos a tan siniestra voz. Reparad en cuán deprisa bogamos y en cómo las nubes, que ora oscurecen, ora se alzan sobre la cima del Mont Blanc, vuelven este cuadro de belleza aún más fascinante. Mirad asimismo los incontables peces que nadan en las aguas transparentes, donde podemos distinguir cada guijarro tendido en el fondo. ¡Qué día tan divino! ¡Qué dichosa y serena se muestra toda la naturaleza!

De esta suerte procuraba Elizabeth desviar sus pensamientos y los míos de toda reflexión melancólica. Mas su ánimo era vacilante: la alegría brillaba unos instantes en sus ojos, pero cedía el paso sin cesar a la distracción y a la ensoñación.

El sol descendía en el firmamento; dejamos atrás el río Dranse y contemplamos su curso a través de los desfiladeros de las colinas altas y las cañadas de las más bajas. Los Alpes se aproximan aquí al lago, y nos acercamos al anfiteatro de montañas que forma su linde oriental. La aguja de Évian destellaba bajo los bosques que la circundaban y la cadena de cumbres encumbradas unas sobre otras que la coronaban.

El viento, que hasta entonces nos había impulsado con prodigiosa celeridad, amainó al ponerse el sol hasta convertirse en una suave brisa; el aire apacible rizaba apenas la superficie del agua y producía un agradable vaivén entre las copas de los árboles a medida que nos arrimábamos a la orilla, de la cual nos llegaba el aroma más delicioso de flores y heno cortado. El sol se hundió bajo el horizonte al tiempo que desembarcábamos; y al pisar la ribera sentí revivir aquellas zozobras y temores que muy pronto habrían de atenazarme y encadenarse a mí para siempre.

Fin del Episodio 39 · de 45

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