Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 36

Capítulo 21 · I

~10 min · 2090 palabras

Pronto me condujeron a la presencia del magistrado, un anciano benévolo de modales calmos y apacibles. Me miró, sin embargo, con cierta severidad y luego, volviéndose hacia quienes me custodiaban, preguntó quiénes comparecían como testigos en aquella ocasión.

Se adelantó una media docena de hombres; tras elegir el magistrado a uno de ellos, este declaró que la noche anterior había salido a pescar con su hijo y su cuñado, Daniel Nugent, cuando, cerca de las diez, advirtieron que se levantaba un fuerte vendaval del norte, por lo que enfilaron hacia el puerto. Era una noche muy oscura, pues la luna aún no había salido; no desembarcaron en el muelle sino, como tenían por costumbre, en una caleta situada a unas dos millas más abajo. Él echó a andar primero, llevando parte de los aparejos de pesca, y sus compañeros lo seguían a cierta distancia. Mientras avanzaba por el arenal, tropezó con algo y cayó cuan largo era sobre el suelo. Sus compañeros se acercaron para socorrerlo y, a la luz de su linterna, descubrieron que había caído sobre el cuerpo de un hombre que, según todas las apariencias, estaba muerto. Su primera suposición fue que se trataba del cadáver de algún ahogado arrojado a la orilla por el oleaje; mas, al examinarlo, comprobaron que sus ropas no estaban mojadas y que el cuerpo ni siquiera estaba frío aún. De inmediato lo trasladaron a la choza de una anciana cercana al lugar e intentaron, aunque en vano, reanimarlo. Parecía ser un joven apuesto, de unos veinticinco años. Al parecer lo habían estrangulado, pues no había señal alguna de violencia salvo la marca negra de unos dedos en el cuello.

La primera parte de aquella declaración no me interesó en lo más mínimo, mas cuando se mencionó la marca de los dedos recordé el asesinato de mi hermano y me sentí presa de una agitación extrema; me temblaron las extremidades y una niebla se me posó sobre los ojos, lo cual me obligó a apoyarme en una silla para no caer. El magistrado me observó con ojo penetrante y, como era natural, extrajo un presagio desfavorable de mi turbación.

El hijo confirmó el relato de su padre, pero cuando llamaron a Daniel Nugent, este juró categóricamente que, justo antes de la caída de su compañero, había visto un bote con un solo hombre a corta distancia de la costa; y, por lo que pudo juzgar a la luz de unas pocas estrellas, era el mismo bote en el que yo acababa de desembarcar.

Una mujer declaró que vivía cerca de la playa y que estaba parada a la puerta de su choza, esperando el regreso de los pescadores cerca de una hora antes de enterarse del hallazgo del cuerpo, cuando vio un bote con un solo hombre zarpar desde aquella parte de la orilla donde más tarde encontraron el cadáver.

Otra mujer confirmó el relato de que los pescadores habían llevado el cuerpo a su casa; no estaba frío. Lo acostaron en una cama y lo frotaron, y Daniel fue al pueblo en busca de un boticario, pero la vida ya se había extinguido por completo.

Varios hombres más fueron interrogados acerca de mi desembarco, y coincidieron en que, con el recio viento del norte desatado durante la noche, era muy probable que yo hubiera dado bordadas a ciegas durante muchas horas y me hubiese visto obligado a regresar casi al mismo punto del que había partido. Además, señalaron que todo indicaba que yo había traído el cadáver de otro sitio, y era plausible que, al no conocer la costa, hubiera recalado en el puerto ignorando la distancia existente entre el pueblo de —— y el paraje donde había depositado el cuerpo.

El señor Kirwin, al oír tales testimonios, ordenó que me condujeran a la estancia donde yacía el cuerpo a la espera de sepultura, a fin de observar el efecto que su vista produciría en mí. Dicha idea se la inspiró, probablemente, la extrema agitación que yo había mostrado cuando se describió la forma del crimen. Fui conducido, por consiguiente, por el magistrado y varias personas más hasta la posada. No pude evitar que me sobrecogieran las extrañas coincidencias acaecidas a lo largo de aquella noche memorable; mas, sabiendo que había conversado con varias personas en la isla que habitaba cerca de la hora en que se halló el cuerpo, me sentía perfectamente tranquilo en cuanto a las consecuencias del asunto.

Entré en la estancia donde yacía el cadáver y me llevaron hasta el ataúd. ¿Cómo describir lo que sentí al contemplarlo? Siento aún la garganta reseca de espanto, ni puedo rememorar aquel terrible momento sin estremecimiento y agonía. El interrogatorio, la presencia del magistrado y de los testigos, se borraron como un sueño de mi memoria cuando vi la forma inerte de Henry Clerval tendida ante mí. Me faltó el aliento y, arrojándome sobre el cuerpo, exclamé: —¡Han arrebatado mis maquinaciones asesinas la vida también a ti, mi querido Henry! A dos he destruido ya; otras víctimas aguardan su destino; mas tú, Clerval, amigo mío, mi bienhechor...—.

La complexión humana no pudo soportar por más tiempo las agonías que padecía, y me sacaron de la habitación preso de violentas convulsiones.

A esto siguió una fiebre. Durante dos meses me debatí al borde de la muerte; mis desvaríos, según supe después, eran espantosos; me acusaba a mí mismo de ser el asesino de William, de Justine y de Clerval. A veces suplicaba a mis cuidadores que me ayudaran a destruir al engendro por quien me veía atormentado; en otras ocasiones sentía los dedos del monstruo atenazándome ya el cuello, y chillaba con fuerza entre la agonía y el terror. Por fortuna, como hablaba en mi lengua natal, solo el señor Kirwin me comprendía; pero mis gestos y mis amargos alaridos bastaban para atemorizar a los demás testigos.

¿Por qué no morí? Más desventurado que hombre alguno antes de mí, ¿por qué no me hundí en el olvido y en el descanso? La muerte arrebata a tantos niños en flor, únicas esperanzas de sus devotos padres; ¡cuántas prometidas y jóvenes amantes han estado un día en la flor de la salud y la esperanza, y al siguiente han sido pasto de los gusanos y de la putrefacción de la tumba! ¿De qué materia estaba yo forjado para resistir tantos golpes que, como el suplicio de la rueda, renovaban sin cesar la tortura?

Mas estaba condenado a vivir, y al cabo de dos meses me encontré como quien despierta de un sueño, en una prisión, tendido en un camastro miserable, rodeado de carceleros, llaveros, cerrojos y todo el lúgubre aparato de un calabozo. Era de mañana, lo recuerdo, cuando recobré así el entendimiento; había olvidado los pormenores de lo ocurrido y solo sentía como si alguna gran desgracia me hubiese sepultado de repente; pero cuando miré a mi alrededor y vi las ventanas enrejadas y la sordidez de la estancia en la que me hallaba, todo cruzó como un relámpago por mi memoria y gemí con amargura.

Aquel quejido turbó a una anciana que dormitaba en una silla a mi lado. Era una enfermera contratada, esposa de uno de los carceleros, y en su semblante se leían todas aquellas malas inclinaciones que suelen caracterizar a su clase. Las facciones de su rostro eran duras y toscas, propias de quienes se han habituado a presenciar cuadros de miseria sin conmoverse. Su tono denotaba una indiferencia absoluta; se dirigió a mí en inglés, y la voz me sonó a una que había escuchado durante mis padecimientos.

—¿Se encuentra mejor ya, señor? —preguntó.

Respondí en el mismo idioma, con voz desfallecida: —Creo que sí; pero si todo es verdad, si en verdad no lo he soñado, lamento seguir con vida para experimentar semejante miseria y horror.

—Por lo que a eso respecta —replicó la anciana—, si os referís al caballero a quien asesinasteis, ¡creo que más os valdría estar muerto, pues me temo que las cosas se os pondrán muy feas! Con todo, no es asunto mío; me han enviado a cuidaros y lograr que sanéis; cumplo con mi deber con la conciencia tranquila; bueno sería que todos hicieran lo propio.

Me aparté con repugnancia de aquella mujer capaz de soltar palabras tan desalmadas a una persona recién salvada de las fauces de la muerte; mas me sentía lánguido e incapaz de meditar sobre cuanto había acontecido. Toda la serie de mi existencia me parecía un sueño; a veces dudaba de que todo fuera real, pues jamás se presentaba ante mi entendimiento con la fuerza de la realidad.

A medida que las imágenes que flotaban ante mis ojos se hacían más nítidas, la fiebre aumentaba; una tiniebla me oprimía; nadie había a mi lado que me aliviara con la voz dulce del afecto; ninguna mano querida me sostenía. El médico acudía y recetaba pócimas, y la anciana me las preparaba; pero en el primero se traslucía un absoluto desdén, y en el rostro de la segunda estaba vivamente marcada la estampa de la rudeza. ¿A quién podía interesarle la suerte de un asesino sino al verdugo que cobraría su paga?

Tales fueron mis primeras reflexiones, mas pronto supe que el señor Kirwin me había prodigado una bondad extrema. Había hecho preparar para mí la mejor estancia de la cárcel (bien mísera era la mejor, en verdad), y era él quien había costeado médico y enfermera. Cierto es que rara vez venía a verme, pues aunque deseaba con ardor aliviar los sufrimientos de toda criatura humana, no deseaba presenciar las agonías y los desvaríos lastimeros de un homicida. Venía, por tanto, a veces para cerciorarse de que no se me desatendía, pero sus visitas eran breves y mediaban largos intervalos entre ellas.

Un día, mientras me restablecía poco a poco, me hallaba sentado en un sillón, con los ojos entreabiertos y las mejillas lívidas como las de un cadáver. Me vencían el abatimiento y la desdicha, y a menudo pensaba que más me valdría buscar la muerte que anhelar permanecer en un mundo que para mí rebosaba de desolación. En ciertos momentos sopesé si no debía declararme culpable y sufrir la pena que imponía la ley, siendo yo menos inocente de lo que había sido la pobre Justine. En tales pensamientos andaba cuando se abrió la puerta de mi estancia y entró el señor Kirwin. Su semblante denotaba simpatía y compasión; acercó una silla a la mía y se dirigió a mí en francés:

—Temo que este lugar le resulte muy penoso; ¿puedo hacer algo para procurar que se encuentre más cómodo?

—Se lo agradezco, pero todo cuanto menciona nada significa para mí; en la tierra entera no existe consuelo alguno que yo sea capaz de recibir.

—Sé que el consuelo de un extraño poco alivio puede prestar a quien se halla abatido por tan singular infortunio. Pero confío en que pronto abandonará esta melancólica morada, pues sin duda podrán reunirse pruebas con facilidad para eximirlo de la acusación criminal.

—Esa es la menor de mis cuitas; por una sucesión de extraños sucesos, he venido a ser el más desventurado de los mortales. Perseguido y martirizado como me veo y como me he visto, ¿acaso puede la muerte ser un mal para mí?

—Nada, en verdad, podría ser más desdichado ni desgarrador que los extraños azares acaecidos recientemente. Arrojado por un lance imprevisto a esta costa célebre por su hospitalidad, se le detuvo de inmediato y se le acusó de asesinato. La primera visión que se ofreció ante sus ojos fue el cadáver de su amigo, asesinado de un modo tan inexplicable y puesto, cual si un demonio lo hubiese colocado, en mitad de su camino.

Al decir esto el señor Kirwin, a pesar de la agitación que padecía ante semejante evocación de mis sufrimientos, experimenté asimismo un asombro considerable por las noticias que parecía poseer acerca de mi persona. Supongo que cierta perplejidad debió de traslucirse en mis facciones, pues el señor Kirwin se apresuró a añadir:

—Tan pronto como cayó usted enfermo, se me trajeron todos los papeles que llevaba consigo, y los examiné con el fin de hallar algún rastro que me permitiera enviar a sus allegados una relación de su desgracia y su enfermedad. Encontré varias cartas y, entre otras, una que descubrí desde el encabezado ser de su padre. Al punto escribí a Ginebra; han transcurrido ya casi dos meses desde la partida de mi misiva. Mas está usted enfermo; incluso ahora tiembla; no se encuentra en estado de soportar agitación alguna.

Fin del Episodio 36 · de 45

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