Capítulo 21 · II
~8 min · 1602 palabras
Esta incertidumbre es mil veces peor que el más horrendo acontecimiento; dígame qué nueva escena de muerte se ha consumado y el asesinato de quién he de llorar ahora.
—Su familia goza de perfecta salud —dijo el señor Kirwin con dulzura—; y alguien, un amigo, ha venido a visitarle.
No sé por qué ilación de pensamientos se me presentó semejante idea, mas al instante cruzó por mi mente que el asesino venía a mofarse de mi desdicha y a enrostrarme la muerte de Clerval, a guisa de nueva incitación para que cediera a sus deseos infernales. Me cubrí los ojos con las manos y exclamé con agonía:
—¡Oh, lleváoslo! ¡No puedo verlo; por amor de Dios, no le permitáis entrar!
El señor Kirwin me contempló con semblante atribulado. No pudo evitar tomar mi exclamación como presunción de mi culpabilidad y dijo con tono más bien severo:
—Habría creído, joven, que la presencia de su padre le resultaría grata en lugar de inspirarle tan vehemente repugnancia.
—¡Mi padre! —grité, mientras cada facción y cada músculo se distendían de la angustia al júbilo—. ¿Ha venido en verdad mi padre? ¡Qué bondad, qué inmensa bondad! Pero ¿dónde está?, ¿por qué no acude a mi lado?
Mi cambio de actitud sorprendió y complació al magistrado; tal vez pensó que mi anterior exclamación había sido un delirio pasajero, y al punto recobró su benevolencia de antes. Se levantó y salió de la habitación junto con mi enfermera, y al cabo de un instante entró mi padre.
Nada en aquel momento habría podido brindarme mayor dicha que la llegada de mi padre. Le tendí la mano y clamé:
—¿Te encuentras a salvo entonces... y Elizabeth... y Ernest?
Mi padre me apaciguó asegurándome su bienestar y procuró, deteniéndose en aquellos asuntos tan entrañables para mi corazón, levantar mi ánimo abatido; mas pronto comprendió que una cárcel no puede ser mansión de alegría. —¡Qué lugar es este en el que habitas, hijo mío! —dijo, mirando con pesadumbre las ventanas enrejadas y el aspecto lastimero del aposento—. Viajaste en busca de ventura, pero una fatalidad parece perseguirte. Y el pobre Clerval...
El nombre de mi infortunado y asesinado amigo provocó una conmoción excesiva para ser soportada en mi débil estado; vertí amargas lágrimas.
—¡Ay! Sí, padre mío —respondí—; un destino de la índole más espantosa se cierne sobre mí, y debo vivir para cumplirlo, pues de lo contrario de seguro habría muerto sobre el ataúd de Henry.
No se nos permitió conversar por mucho tiempo, pues el precario estado de mi salud hacía indispensable cuanta precaución pudiera asegurar el sosiego. El señor Kirwin entró e insistió en que mis fuerzas no debían agotarse con un esfuerzo desmedido. Mas la aparición de mi padre fue para mí como la de mi buen ángel, y poco a poco fui recobrando la salud.
A medida que la enfermedad me abandonaba, quedé sumido en una melancolía lóbrega y sombría que nada lograba disipar. La imagen de Clerval se alzaba siempre ante mí, cadavérica y masacrada. Más de una vez, la agitación en que me sumían aquellas cavilaciones hizo temer a mis allegados una peligrosa recaída. ¡Ay! ¿Por qué preservaron una vida tan desdichada y aborrecida? Fue con certeza para que cumpliera mi destino, que ahora toca a su fin. Pronto, ¡oh, muy pronto!, extinguirá la muerte estos latidos y me librará del inmenso peso de angustia que me doblega hasta el polvo; y, al ejecutar la sentencia de la justicia, me hundiré también en el reposo. Por entonces la presencia de la muerte se antojaba lejana, aunque el anhelo estuviese siempre vivo en mis pensamientos; y a menudo permanecía sentado durante horas, inmóvil y sin hablar, deseando un cataclismo colosal que nos sepultara a mí y a mi destructor bajo sus ruinas.
Se acercaba el período de las sesiones judiciales. Llevaba ya tres meses en prisión y, aunque continuaba débil y en constante peligro de recaer, me vi obligado a viajar cerca de cien millas hasta la capital del condado donde se celebraba el tribunal. El señor Kirwin se tomó la molestia de reunir a los testigos y preparar mi defensa. Se me ahorró la deshonra de comparecer públicamente como criminal, pues el caso no llegó ante el tribunal que juzga sobre la vida o la muerte. El gran jurado desestimó la acusación al probarse que me encontraba en las islas Orcadas a la hora precisa en que se halló el cadáver de mi amigo; y dos semanas después de mi traslado fui puesto en libertad.
Mi padre se hallaba embargado de júbilo al verme libre de las vejaciones de una acusación criminal, al saber que de nuevo se me permitía respirar la atmósfera pura y regresar a mi patria natal. Yo no compartía tales sentimientos, pues para mí los muros de una mazmorra o los de un palacio eran por igual aborrecibles. La copa de la vida estaba emponzoñada para siempre, y aunque el sol brillara sobre mí como sobre los hombres de corazón alegre y dichoso, a mi alrededor no divisaba sino una tiniebla densa y espantosa, rasgada únicamente por el destello de dos ojos que me miraban con fijeza. A veces eran los ojos elocuentes de Henry, lánguidos en la muerte, con las cuencas oscuras casi cubiertas por los párpados y las largas pestañas negras que los orlaban; a veces eran los ojos acuosos y turbios del monstruo, tal como los vi por vez primera en mi aposento de Ingolstadt.
Mi padre intentaba despertar en mí sentimientos de afecto. Me hablaba de Ginebra, a la que pronto volvería, de Elizabeth y de Ernest; pero aquellas palabras solo me arrancaban hondos gemidos. A veces, en verdad, sentía un conato de dicha y pensaba con melancólica ternura en mi amada prima, o anhelaba, con una devoradora maladie du pays, contemplar de nuevo el lago azul y el raudo Ródano, tan caros a mi temprana infancia; pero mi estado de ánimo habitual era un letargo en el que una prisión me resultaba una morada tan grata como el paisaje más sublime de la naturaleza; y aquellos trances rara vez se veían interrumpidos salvo por paroxismos de angustia y desesperación. En tales instantes a menudo intentaba poner fin a la existencia que abominaba, y fue precisa una vigilancia incesante y atenta para contenerme e impedir que cometiera algún acto funesto de violencia.
Mas me restaba un deber, cuyo recuerdo triunfó al cabo sobre mi desesperación egoísta. Era imperioso que regresara sin demora a Ginebra para velar por las vidas de aquellos a quienes amaba con tanta ternura y aguardar al acecho al asesino, de suerte que si el azar me conducía a su guarida, o si osaba ultrajarme de nuevo con su presencia, pudiera, con puntería certera, poner fin a la existencia de aquella monstruosa figura a la que había dotado del simulacro de un alma todavía más monstruosa. Mi padre deseaba aún postergar nuestra partida, temeroso de que yo no resistiera las fatigas del viaje, pues era yo un despojo quebrantado: la sombra de un ser humano. Mis fuerzas se habían desvanecido. No era más que un esqueleto, y la fiebre consumía noche y día mi cuerpo consumido.
Con todo, como yo urgía nuestra partida de Irlanda con tal inquietud e impaciencia, mi padre juzgó prudente ceder. Tomamos pasaje a bordo de una nave con rumbo a Havre-de-Grâce y zarpamos con viento favorable de las costas irlandesas. Era medianoche. Yacía en la cubierta contemplando las estrellas y escuchando el embate de las olas. Saludé la oscuridad que velaba a Irlanda de mi vista, y mi pulso latió con febril alegría al pensar que pronto vería Ginebra. El pasado se me antojaba a la luz de una pesadilla horrenda; mas el navío en el que navegaba, el viento que me alejaba de la aborrecida costa irlandesa y el mar que me rodeaba me proclamaban con demasiada elocuencia que ninguna ilusión me engañaba y que Clerval, mi amigo y fidelísimo camarada, había caído víctima de mí y del monstruo fruto de mi creación. Repasé en la memoria toda mi vida: mi sosegada ventura mientras residía con mi familia en Ginebra, la muerte de mi madre y mi marcha hacia Ingolstadt. Recordé, estremeciéndome, el loco entusiasmo que me precipitó a la creación de mi odioso enemigo, y evoqué la noche en que cobró vida por primera vez. Fui incapaz de proseguir con aquel hilo de pensamientos; mil sensaciones se agolparon en mi pecho, y lloré amargamente.
Desde mi restablecimiento de la fiebre, había contraído la costumbre de tomar cada noche una pequeña dosis de láudano, pues era solo merced a esta pócima que lograba procurarme el reposo indispensable para conservar la vida. Abrumado por el recuerdo de mis múltiples desventuras, ingerí entonces el doble de mi cantidad habitual y no tardé en sumirme en un sueño profundo. Mas el sueño no me concedió tregua alguna de los pensamientos ni de la desdicha; mis visiones me ofrecían mil espantos que me aterraban. Hacia el amanecer fui presa de una suerte de pesadilla: sentí el atenazamiento del engendro en torno a mi cuello y fui incapaz de zafarme de él; gemidos y alaridos resonaban en mis oídos. Mi padre, que velaba a mi lado, al notar mi desasosiego, me despertó; las olas embravecidas rugían alrededor, el cielo encapotado se cernía en lo alto, el engendro no estaba allí: una sensación de seguridad, el sentimiento de que se había sellado una tregua entre la hora presente y el futuro irresistible y funesto, me infundió una suerte de sereno olvido, del cual la mente humana, por su propia naturaleza, es singularmente susceptible.
Fin del Episodio 37 · de 45
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