Capítulo 20 · II
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Nada podía ser más absoluta que la mudanza operada en mis sentimientos desde la noche de la aparición del demonio. Antes había contemplado mi promesa con sombría desesperación, como un empeño que, fuesen cuales fuesen sus consecuencias, debía ser cumplido; mas ahora sentía como si una venda hubiese caído de mis ojos y por vez primera viese con claridad. La idea de reanudar mis afanes no cruzó por mi mente ni un solo instante; la amenaza escuchada pesaba sobre mis pensamientos, mas no recapacitaba en que un acto voluntario mío pudiese conjurarla. Había resuelto en mi fuero interno que crear a otro ser semejante al demonio primeramente forjado sería un acto de la más vil y atroz de las cobardías, y desterré de mi espíritu cualquier idea que pudiese conducirme a una conclusión contraria.
Entre las dos y las tres de la madrugada asomó la luna; coloqué entonces mi cesta a bordo de un pequeño esquife y me hice a la mar, alejándome unas cuatro millas de la costa. El paraje estaba enteramente solitario: unas pocas barcas regresaban a tierra firme, mas me aparté de ellas. Sentíame como si me dispusiese a consumar un crimen espantoso y rehuía con angustioso estremecimiento cualquier encuentro con mis semejantes. En cierto momento la luna, hasta entonces limpia, quedó cubierta por una densa nube, y aprovechando la oscuridad arrojé mi cesto al mar; escuché el gorgoteo sordo del agua al hundirse y me alejé bogando del lugar. El firmamento encapotóse, pero el aire era puro, si bien refrescado por la brisa del nordeste que comenzaba a levantarse. Me reconfortó y despertó en mí sensaciones tan placenteras que resolví prolongar mi estancia en el agua; y fijando el timón en rumbo directo, me tendí en el fondo de la barca. Las nubes ocultaban la luna, todo era oscuridad y solo escuchaba el rumor de la barca al hendir las olas con su quilla; aquel murmullo me adormeció y al poco caí en un sueño profundo.
Ignoro cuánto tiempo permanecí en tal estado, pero al despertar comprobé que el sol se había alzado ya considerablemente. El viento era recio y las olas amenazaban de continuo la seguridad de mi frágil esquife. Descubrí que el viento soplaba del nordeste y me había arrastrado lejos de la costa en que me había embarcado. Procuré mudar de rumbo, mas advertí al punto que, de insistir en la tentativa, la embarcación se anegaría de inmediato. En semejante situación mi único recurso era dejarme llevar por el viento. Confieso que experimenté accesos de vivo terror: carecía de brújula y hallábame tan escasamente familiarizado con la geografía de aquella comarca que el sol me era de escaso provecho. Bien podía verme arrastrado a la inmensidad del Atlántico y sufrir los tormentos del hambre, o ser tragado por las olas inconmensurables que bramaban y se estrellaban en torno a mí. Llevaba ya muchas horas en el agua y sentía el suplicio de una sed abrasadora, preludio de mis restantes penalidades. Clavé los ojos en el firmamento, cubierto de nubes que volaban veloces ante el viento para ser reemplazadas por otras; miré al mar: debía ser mi tumba. «¡Demonio! —exclamé—. ¡Tu tarea ha quedado ya cumplida!». Pensé en Elizabeth, en mi padre y en Clerval, todos abandonados a su suerte y sobre quienes el monstruo saciaría sus sanguinarias e implacables pasiones. Esta idea me sumió en un desvarío tan desesperado y atroz que aun ahora, cuando la escena hállase a punto de cerrarse para siempre ante mis ojos, me estremezco al recordarlo.
Transcurrieron así varias horas; mas poco a poco, a medida que el sol descendía hacia el horizonte, el viento amainó en una suave brisa y el mar quedó libre de rompientes. Sucedióles, empero, una marejada pesada; sentíame desfallecido y apenas capaz de empuñar el timón, cuando de pronto divisé una franja de tierra alta hacia el sur.
Extenuado como me hallaba por la fatiga y la angustiosa incertidumbre soportada durante tantas horas, esta repentina certidumbre de vida irrumpió como un torrente de cálido júbilo en mi corazón, y las lágrimas brotaron de mis ojos.
¡Cuán mudables son nuestros sentimientos y qué extraño es este apego entrañable que guardamos a la vida aun en el colmo de la desventura! Improvisé otra vela con parte de mi ropa y goberné presuroso mi rumbo hacia tierra. Mostrábase salvaje y pedregosa, mas al acercarme advertí con facilidad vestigios de cultivo. Vi embarcaciones cerca de la costa y me hallé de improviso transportado de nuevo a las cercanías del hombre civilizado. Seguí con cuidado los senos de la costa y saludé con gozo un campanario que al fin divisé asomando tras un pequeño promontorio. Hallándome en un estado de extrema postración, resolví enfilar directamente hacia la población, por ser el paraje donde con mayor facilidad obtendría sustento. Para ventura mía llevaba dinero conmigo. Al doblar el promontorio descubrí una villa pequeña y limpia provista de un buen fondeadero, en el cual entré con el corazón palpitante de alegría ante mi inesperada salvación.
Mientras me hallaba afanado en asegurar la barca y plegar las velas, varias personas acudieron en tropel hacia el lugar. Parecieron sobremanera asombradas ante mi aspecto; mas en vez de prestarme auxilio alguno, cuchicheaban entre sí acompañándose de ademanes que en cualquier otra ocasión habrían despertado en mí alguna zozobra. Tal como me hallaba, advertí tan solo que hablaban inglés y en consecuencia me dirigí a ellos en aquella lengua: «Mis buenos amigos —dije—, ¿seríais tan amables de decirme el nombre de esta población y hacerme saber dónde me hallo?»
—Presto lo sabréis —repuso un hombre con voz ronca—. Acaso hayáis arribado a un paraje que no resulte muy de vuestro agrado; mas no se os pedirá parecer sobre vuestro alojamiento, os lo aseguro.
Sorprendióme en extremo recibir respuesta tan áspera de labios de un desconocido, y me desconcertó asimismo advertir los ceños adustos y airados de sus compañeros. «¿Por qué me respondéis de modo tan rudo? —repliqué—. A buen seguro no es costumbre entre los ingleses acoger a los extranjeros con semejante desabrimiento».
—Ignoro —dijo el hombre— cuál sea la costumbre de los ingleses; mas es costumbre entre los irlandeses aborrecer a los villanos.
Mientras proseguía este extraño diálogo, advertí que la multitud aumentaba con rapidez. Sus semblantes reflejaban una mezcla de curiosidad e ira que me incomodaba y en cierto modo me alarmaba. Pregunté por el camino hacia la posada, mas nadie respondió. Eché a andar hacia delante y un sordo murmullo se alzó de la multitud mientras me seguían y cercaban, cuando un hombre de mal cariz se me acercó, me puso la mano en el hombro y dijo: «Vamos, señor: debéis acompañarme ante el señor Kirwin para dar cuenta de vos mismo».
—¿Quién es el señor Kirwin? ¿Por qué he de dar cuenta de mí mismo? ¿Acaso no es este un país libre?
—Sí, señor: harto libre para la gente honrada. El señor Kirwin es magistrado y debéis responder por la muerte de un caballero que fue hallado asesinado aquí anoche.
Sobresaltóme semejante respuesta, mas no tardé en recobrarme. Era inocente: ello podría probarse con facilidad; en consecuencia seguí a mi custodio en silencio y fui conducido a una de las mejores casas de la población. Hallábame a punto de desplomarme de fatiga y hambre; mas viéndome rodeado por el gentío, juzgué prudente allegar todas mis fuerzas para que ninguna debilidad física fuese interpretada como temor o conciencia de culpa. ¡Cuán poco sospechaba entonces la calamidad que pocos instantes después debía abatirse sobre mí y extinguir en el horror y la desesperación todo temor a la ignominia o a la muerte!
Debo hacer aquí una pausa, pues requiere de toda mi entereza traer a la memoria, con su debido detalle, el recuerdo de los espantosos acontecimientos que me dispongo a relatar.
Fin del Episodio 35 · de 45
Capítulo 20 · II
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