Capítulo 20 · I
~10 min · 2058 palabras
Hallábame sentado cierta tarde en mi laboratorio: el sol habíase puesto y la luna comenzaba a alzarse del mar; no disponía de luz bastante para mi labor y permanecía ocioso, en una pausa de reflexión sobre si debía abandonar mi trabajo por aquella noche o apresurar su término mediante una asidua y continuada vigilia. Mientras permanecía sentado, asaltóme una sucesión de cavilaciones que me llevaron a considerar las consecuencias de lo que estaba haciendo. Tres años antes habíame consagrado a la misma tarea y había creado a un demonio cuya inaudita crueldad había asolado mi pecho y lo había colmado para siempre del más amargo remordimiento. Disponíame ahora a dar forma a otro ser de cuyas inclinaciones hallábame igualmente en ayunas: bien pudiera tornarse diez mil veces más perversa que su compañero y complacerse, por prurito innato, en el asesinato y la desolación. Él había jurado abandonar las cercanías del hombre y ocultarse en los desiertos, mas ella no; y ella, que según toda probabilidad habría de ser un animal racional y pensante, bien pudiera rehusar someterse a un pacto estipulado con anterioridad a su creación. Podían incluso llegar a aborrecerse mutuamente: la criatura ya viva abominaba de su propia fealdad, ¿y no concebiría acaso un horror mayor al contemplarla ante sus ojos revestida de forma femenina? Ella bien pudiera asimismo apartarse con asco de él para volver la vista hacia la belleza superior del hombre; bien pudiera abandonarlo, y él verse de nuevo solo, exasperado por la afrenta intolerable de ser repudiado por una criatura de su misma especie.
Aun en el caso de que abandonasen Europa y poblasen las soledades del Nuevo Mundo, uno de los primeros frutos de aquellas simpatías de las que el demonio hallábase sediento serían los hijos, y una estirpe de demonios propagaríase sobre la tierra, haciendo de la existencia misma de la especie humana una condición precaria y colmada de terror. ¿Tenía yo derecho, en provecho propio, a infligir semejante plaga a generaciones venideras? Antes me habían conmovido los sofismas del ser al que había dado vida; habíame quedado aturdido por sus satánicas amenazas; mas ahora, por vez primera, la abominación de mi promesa se me descubrió en toda su crudeza: me estremecí al pensar que las edades futuras pudieran maldecirme como a su peste destructora, cuyo egoísmo no había vacilado en comprar su propia tranquilidad al precio, acaso, de la existencia entera del género humano.
Temblé y el corazón desfalleció en mi pecho cuando, alzando la vista, descubrí a la luz de la luna al demonio apostado ante la ventana. Una mueca espantosa arrugaba sus labios mientras me contemplaba allí donde permanecía sentado cumpliendo la labor que me había impuesto. Sí: habíame seguido en mis viajes; habíase demorado en los bosques, ocultado en las cavernas o guarecido en dilatados y yermos brezales; y llegaba ahora a vigilar mis progresos y a exigir el cumplimiento de mi empeño.
Al clavar los ojos en él, su semblante reflejaba el más alto grado de perfidia y malevolencia. Pensé con una suerte de frenesí en mi promesa de forjar a otro ser semejante a él y, trémulo de pasión, despedacé la obra en que me hallaba afanado. El miserable me vio destruir la criatura de cuya existencia dependía su futura ventura, y profiriendo un aullido de desesperación satánica y venganza, se retiró.
Abandoné la estancia y, cerrando con llave la puerta, hice el solemne juramento en mi fuero interno de no reanudar jamás mis labores; y luego, con paso vacilante, me dirigí a mis aposentos. Estaba solo: no había nadie a mi lado que disipase mis tinieblas ni me aliviase de la opresión nauseabunda de los más espantosos desvaríos.
Transcurrieron varias horas y permanecí junto a la ventana contemplando el mar: hallábase casi inmóvil, pues los vientos habían callado y la naturaleza entera reposaba bajo la mirada de la luna serena. Unas pocas barcas pescadoras salpicaban las aguas, y de cuando en cuando la suave brisa traía el rumor de voces de los marineros que se llamaban unos a otros. Sentía el silencio, aun cuando apenas era consciente de su honda gravedad, hasta que mi oído fue sorprendido de pronto por el batir de unos remos cerca de la orilla, y una persona desembarcó junto a mi vivienda.
Pocos minutos después escuché el crujido de mi puerta, cual si alguien procurase abrirla con sigilo. Temblé de pies a cabeza: tuve el presentimiento de quién era y quise despertar a uno de los campesinos que moraban en una choza no lejos de la mía; mas me vi vencido por aquella sensación de desamparo, tan común en las pesadillas angustiosas, en que se procura en vano huir de un peligro inminente, y quedé clavado en el sitio.
Al poco escuché pasos por el pasillo; la puerta se abrió y el miserable a quien tanto temía apareció en el umbral. Cerrando la puerta tras de sí, se aproximó a mí y dijo con voz ahogada:
—Has destruido la obra comenzada; ¿cuál es tu designio? ¿Osas quebrantar tu promesa? He soportado fatigas y miserias; abandoné Suiza tras de ti; me deslicé a lo largo de las orillas del Rin, entre sus islas de sauces y por las cumbres de sus colinas. He morado largos meses en los brezales de Inglaterra y entre los yermos de Escocia. He padecido un cansancio indecible, frío y hambre; ¿te atreves a destruir mis esperanzas?
—¡Apártate! Rompo mi promesa: jamás forjaré a otro monstruo como tú, tu igual en deformidad y maldad.
—Esclavo, antes me avine a razonar contigo, mas te has mostrado indigno de mi condescendencia. Recuerda que poseo el poder: te crees desdichado, pero puedo hacerte tan miserable que la luz del día te resultará aborrecible. Eres mi creador, pero yo soy tu amo: ¡obedece!
—La hora de mis vacilaciones ha pasado y el término de tu poder ha llegado. Tus amenazas no me moverán a perpetrar una infamia, sino que me afirman en la resolución de no darte una compañera en el delito. ¿Habré de soltar sobre la tierra, a sangre fría, a un demonio cuyo deleite es la muerte y la desolación? ¡Vete! Mi ánimo es inquebrantable y tus palabras solo exasperarán mi cólera.
El monstruo vio mi determinación en mi rostro y rechinó los dientes en la impotencia de su furor. «¿Habrá de hallar cada hombre —exclamó— una compañera para su lecho y cada bestia su pareja, y habré de estar yo solo? Albergaba sentimientos de afecto y fueron pagados con odio y escarnio. ¡Hombre! Podrás odiarme, ¡pero tiembla! Tus horas discurrirán en zozobra y desventura, y pronto caerá el rayo que habrá de arrebatarte tu felicidad para siempre. ¿Habrás de ser dichoso tú mientras yo me arrastro en la sima de mi miseria? Podrás aniquilar mis demás pasiones, mas la venganza me queda: ¡la venganza, en adelante más cara que la luz o el sustento! Acaso muera yo; pero antes tú, mi tirano y verdugo, maldecirás el sol que contempla tu desdicha. Tiembla, pues carezco de temor y por ende soy poderoso: velaré con la astucia de la serpiente para morder con su veneno. ¡Hombre, llorarás amargamente los ultrajes que me infliges!»
—Calla, demonio, y no emponzoñes el aire con esos sones de malevolencia. Ya te he manifestado mi determinación y no soy cobarde para doblarme ante vanas palabras. Déjame: soy inexorable.
—Bien está. Me voy; pero recuerda: estaré contigo la noche de tus bodas.
Me abalancé hacia delante y exclamé: «¡Miserable! Antes de firmar mi sentencia de muerte, cuida de hallarte tú mismo a salvo».
Quise asirlo, mas me esquivó y abandonó la casa con precipitación. En pocos instantes lo vi en su bote, que hendió las aguas con la celeridad de una saeta y pronto se perdió en medio del oleaje.
Todo quedó de nuevo en silencio, mas sus palabras resonaban en mis oídos. Ardía en cólera por perseguir al asesino de mi tranquilidad y despeñarlo en el océano. Recorrí mi estancia de un lado a otro, con paso apresurado y convulso, mientras mi imaginación forjaba mil visiones para atormentarme y punzarme. ¿Por qué no lo había seguido para trabarme con él en lid mortal? Mas le había consentido partir y habíase encaminado hacia tierra firme. Me estremecí al pensar quién podría ser la siguiente víctima inmolada a su insaciable venganza. Y volví a recordar sus palabras: «Estaré contigo la noche de tus bodas». Aquel era, pues, el plazo señalado para la consumación de mi destino. En aquella hora moriría, saciando y extinguiendo a un tiempo su odio. Semejante perspectiva no me infundía miedo; mas al pensar en mi adorada Elizabeth, en sus lágrimas y en su dolor sin fin cuando hallase a su amado arrancado tan bárbaramente de su lado, lágrimas —las primeras derramadas en muchos meses— brotaron de mis ojos y resolví no sucumbir ante mi enemigo sin una enconada resistencia.
Transcurrió la noche y el sol se alzó del océano; mis sentimientos tornáronse más serenos, si cabe llamar serenidad a la sima en que la violencia del furor se sumerge en la desesperación. Abandoné la choza, escenario horrendo de la disputa de la víspera, y caminé por la orilla del mar, al que casi consideraba una barrera insalvable entre mis semejantes y yo; más aún: asaltóme el anhelo de que tal fuese en verdad. Deseaba pasar mi vida entera en aquel peñasco estéril, penosamente, bien es verdad, pero sin verme turbado por nuevas sacudidas de desventura. Si regresaba, era para ser sacrificado o para ver expirar a aquellos a quienes más amaba bajo la garra del demonio que yo mismo había creado.
Vagaba por la isla como un espectro sin reposo, separado de cuanto amaba y desdichado en semejante separación. Al llegar el mediodía y alzarse el sol en el cenit, me eché sobre la hierba y fui vencido por un sueño profundo. Había permanecido en vela la noche entera: tenía los nervios excitados y los ojos enrojecidos por la vigilia y la congoja. El sopor en que caí me confortó; y al despertar sentí de nuevo como si perteneciese a la especie humana y comencé a meditar sobre lo acaecido con mayor sosiego; con todo, las palabras del demonio resonaban en mis oídos como un doblar fúnebre: antojábanseme un ensueño, pero claras y opresivas como la realidad misma.
El sol hallábase ya muy declinado y continuaba yo sentado en la playa, satisfaciendo mi apetito, ya voraz, con una torta de avena, cuando vi arribar una barca pescadora cerca de mí y uno de los hombres me entregó un paquete: contenía cartas de Ginebra y una de Clerval suplicándome que me reuniese con él. Decíame que consumía el tiempo estérilmente en aquel paraje; que cartas recibidas de los amigos hechos en Londres urgían su regreso para ultimar las negociaciones emprendidas para su expedición a la India. No podía demorar por más tiempo su partida; mas como su viaje a Londres podía verse seguido, antes incluso de lo previsto, por su larga travesía, me rogaba que le dispensase cuanto trato pudiese concederle. Suplicábame, por tanto, que abandonase mi isla solitaria y saliese a su encuentro en Perth, a fin de emprender juntos la marcha hacia el sur. Esta misiva me devolvió en cierto modo a la vida y resolví abandonar la isla al cabo de dos días.
Antes de mi partida, empero, quedaba una tarea que cumplir y ante la cual me estremecía al reflexionar: debía embalar mis instrumentos químicos, y con tal propósito precisaba entrar en el aposento que había sido escenario de mi odiosa labor, y manejar aquellos utensilios cuya sola vista me producía náuseas. A la mañana siguiente, al rayar el alba, cobré valor suficiente y abrí la puerta de mi laboratorio. Los restos de la criatura informe que había destruido yacían esparcidos por el suelo, y sentí casi como si hubiese desgarrado la carne viva de un ser humano. Me detuve a recobrar la serenidad y penetré en la estancia. Con mano trémula saqué los instrumentos de la habitación; mas recapacité en que no debía dejar allí los despojos de mi obra, expuestos al horror y a las sospechas de los campesinos; y en consecuencia los deposité en un cesto con gran cantidad de piedras y, guardándolo, resolví arrojarlo al mar aquella misma noche; y entretanto permanecí sentado en la playa, ocupado en limpiar y disponer mis aparatos químicos.
Fin del Episodio 34 · de 45
Capítulo 20 · I
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