Capítulo 19 · II
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Visité Edimburgo con ojos y espíritu desvaídos; y sin embargo aquella ciudad habría interesado al ser más desventurado. A Clerval no le agradó tanto como Oxford, pues la antigüedad de esta última cuadraba mejor con sus gustos; mas la hermosura y regularidad de la ciudad nueva de Edimburgo, su romántico castillo y sus contornos, los más deliciosos del mundo —el Arthur’s Seat, la fuente de San Bernardo y las colinas de Pentland—, le compensaron con creces de la mudanza y lo colmaron de júbilo y admiración. Mas yo hallábame impaciente por arribar al término de mi viaje.
Dejamos Edimburgo al cabo de una semana, cruzando por Coupar, Saint Andrews y a lo largo de las márgenes del Tay hasta Perth, donde nuestro amigo nos aguardaba. Mas yo no me hallaba de humor para reír y platicar con extraños ni para amoldarme a sus sentimientos o designios con la afabilidad propia de un huésped; y en consecuencia comuniqué a Clerval mi deseo de recorrer solo Escocia. «Disfruta —le dije— y sea este nuestro punto de reunión. Acaso me ausente un mes o dos; mas no te inquietes por mis movimientos, te lo ruego: déjame entregado a la soledad y a la paz por breve tiempo; y cuando regrese, confío en que será con el corazón más aliviado, más a tono con tu propio temple».
Henry procuró disuadirme, mas viéndome resuelto a semejante designio, depuso sus reparos. Me suplicó que le escribiese con asiduidad. «Antes preferiría acompañarte —dijo— en tus correrías solitarias que permanecer con estas gentes escocesas a quienes no conozco; apresura, pues, amigo mío, tu regreso, para que vuelva a sentirme como en casa, cosa imposible en tu ausencia».
Habiéndome despedido de mi amigo, resolví trasladarme a un paraje apartado de Escocia y concluir mi labor en soledad. No dudaba de que el monstruo me seguía y que se me descubriría cuando hubiese dado término a la faena, a fin de reclamar a su compañera.
Con semejante resolución recorrí las tierras altas del norte y fijé mi elección en una de las más remotas islas Orcadas como escenario de mis afanes. Era un sitio a propósito para tal labor: poco más que un peñasco cuyas altas paredes hallábanse continuamente azotadas por el oleaje. El suelo era estéril, apenas capaz de procurar pasto a unas cuantas vacas míseras y avena para sus moradores, compuestos tan solo por cinco personas cuyos cuerpos descarnados y enjutos daban fe de su miserable sustento. Las verduras y el pan, cuando se permitían tales regalos, e incluso el agua dulce, debían traerse de tierra firme, distante unas cinco millas.
En toda la isla solo se alzaban tres miserables chozas, y una de ellas hallábase deshabitada cuando arribé. La tomé en arriendo. Constaba tan solo de dos estancias, las cuales ostentaban toda la miseria de la indigencia más escuálida: el techado de paja habíase hundido, las paredes carecían de enlucido y la puerta hallábase descolgada de sus goznes. Mandé repararla, compré algunos muebles y tomé posesión: lance que sin duda habría despertado alguna extrañeza de no hallarse todos los sentidos de los labradores embotados por la penuria y la indigencia. En tales circunstancias viví sin ser importunado ni observado, apenas agradecido por las raciones de alimento y ropa que les dispensaba: ¡tanto embota el sufrimiento hasta las más rudas sensaciones del hombre!
En este retiro consagraba las mañanas al trabajo; mas al atardecer, cuando el tiempo lo consentía, paseaba por la playa pedregosa del mar para escuchar las olas bramar y estrellarse a mis pies. Era un cuadro monótono y sin embargo perpetuamente cambiante. Pensaba en Suiza: ¡cuán diversa se mostraba de este paisaje desolado y sobrecogedor! Sus colinas están cubiertas de viñedos y sus cabañas salpican pródigamente las campiñas. Sus hermosos lagos reflejan un firmamento azul y sereno, y cuando se ven agitados por los vientos, su tumulto no es más que el juego de un infante risueño si se lo compara con los bramidos del colosal océano.
De este modo distribuí mis ocupaciones al principio de mi estancia; mas a medida que adelantaba en mi faena, tornábase de día en día más horrible y enojosa para mí. En ocasiones era incapaz de sobreponerme a la repugnancia y pasaba varios días sin entrar en mi laboratorio; otras veces trabajaba día y noche para dar cima a la obra. Era en verdad un proceso inmundo aquel en que me hallaba empeñado. Durante mi primer experimento, una suerte de frenesí entusiasta me había cegado ante el horror de mi ocupación: mi mente hallábase enteramente absorta en la consumación de mi labor y mis ojos cerrábanse a la atrocidad de mis procedimientos. Mas ahora me entregaba a ella a sangre fría, y mi corazón sentía náuseas a menudo ante la obra de mis manos.
En semejante situación, entregado a la ocupación más detestable, sumido en una soledad donde nada podía distraer por un instante mi atención del escenario real en que me hallaba afanado, mi ánimo tornóse vacilante: volvíme inquieto y asustadizo. A cada momento temía toparme con mi perseguidor. A veces permanecía con la vista fija en el suelo, temeroso de alzar los ojos por si tropezaban con el objeto cuya visión tanto pavor me inspiraba. Temía alejarme de la vista de mis semejantes por si hallándome solo él acudía a reclamar a su compañera.
Entretanto proseguía mi trabajo, y mi labor hallábase ya considerablemente adelantada. Contemplaba su término con una esperanza trémula y febril que no osaba poner en tela de juicio, pero que hallábase mezclada con oscuros presentimientos de mal que hacían desfallecer mi corazón en mi pecho.
Fin del Episodio 33 · de 45
Capítulo 19 · II
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