Capítulo 19 · I
~8 min · 1589 palabras
Londres fue nuestra primera escala de reposo; determinamos permanecer varios meses en esta populosa y celebrada urbe. Clerval anhelaba el trato de los hombres de talento y genio que florecían por entonces, mas este era para mí un objeto secundario: hallábame consagrado principalmente a los medios de allegar la información indispensable para el cumplimiento de mi promesa, y me valí con presteza de las cartas de presentación que llevaba conmigo, dirigidas a los más distinguidos filósofos naturales.
Si este viaje hubiese acontecido en mis días de estudio y ventura, habríame procurado un deleite inefable. Mas una sombra funesta habíase cernido sobre mi existencia, y solo visitaba a aquellos sabios por las noticias que pudieran dispensarme sobre la materia en que mi interés era tan pavorosamente hondo. La compañía resultábame importuna; a solas podía colmar mi mente con las visiones de la tierra y del firmamento; la voz de Henry me serenaba y podía engañarme a mí mismo con una tregua efímera. Mas los rostros afanados, ajenos y joviales hacían retornar la desesperación a mi corazón. Veía una barrera infranqueable alzada entre mis semejantes y yo: barrera sellada con la sangre de William y Justine, y recordar los sucesos ligados a tales nombres anegaba mi alma en agonía.
Mas en Clerval contemplaba la viva imagen de lo que yo mismo había sido: mostrábase curioso y anhelante de adquirir experiencia e instrucción. La diversidad de costumbres que observaba constituía para él un manantial inagotable de deleite y enseñanza. Perseguía asimismo un objeto largo tiempo acariciado: su designio era visitar la India, en la creencia de que poseía en su conocimiento de sus diversas lenguas, y en las observaciones hechas sobre su sociedad, el medio de auxiliar eficazmente los progresos del comercio y de la colonización europea. Solo en la Gran Bretaña podía adelantar la ejecución de su plan. Hallábase perpetuamente atareado, y el único freno a sus solaces era mi temple sombrío y apesadumbrado. Procuraba disimularlo en la medida de lo posible, a fin de no privarlo de los placeres propios de quien se inicia en un nuevo escenario de la vida, libre de cuidados y de recuerdos amargos. A menudo rehusaba acompañarlo, alegando algún compromiso, para permanecer a solas. Comencé asimismo por aquel tiempo a allegar los materiales necesarios para mi nueva creación, y esto era para mí semejante a la tortura de las gotas de agua que caen de continuo sobre la cabeza: cada pensamiento consagrado a ello era una angustia indecible, y cada palabra que pronunciaba en alusión a tal faena hacía temblar mis labios y palpitar con violencia mi corazón.
Tras permanecer varios meses en Londres, recibimos una carta de un caballero escocés que nos había visitado en Ginebra. Encarecía las bellezas de su patria y nos preguntaba si no constituían aliciente bastante para inducirnos a prolongar nuestro viaje hacia el norte hasta Perth, donde residía. Clerval acogió con vivo entusiasmo semejante invitación, y yo, por más que aborrecía la sociedad, ansiaba contemplar de nuevo montañas, torrentes y cuantas obras admirables la Naturaleza derrama sobre sus moradas predilectas.
Habíamos arribado a Inglaterra a comienzos de octubre, y corrían ya días de febrero. Resolvimos por tanto dar comienzo a nuestro viaje hacia el norte al cabo de un mes más. En esta expedición no teníamos el propósito de seguir el camino real de Edimburgo, sino de visitar Windsor, Oxford, Matlock y los lagos de Cumberland, con la intención de dar remate a esta gira hacia fines de julio. Embalé mis instrumentos químicos y los materiales que había allegado, resuelto a concluir mis afanes en algún rincón apartado de las tierras altas de Escocia.
Abandonamos Londres el 27 de marzo y permanecimos unos días en Windsor, vagando por su hermoso bosque. Era este un cuadro enteramente nuevo para nosotros, hombres de montaña: los robles majestuosos, la abundancia de caza y las manadas de ciervos corpulentos constituían una novedad a nuestros ojos.
De allí proseguimos hacia Oxford. Al penetrar en esta ciudad, nuestros ánimos se colmaron del recuerdo de los sucesos acaecidos en ella más de un siglo y medio antes. Allí había reunido sus huestes Carlos I. Esta ciudad habíale permanecido fiel tras de que la nación entera abandonase su causa para sumarse al estandarte del Parlamento y de la libertad. La memoria de aquel desventurado monarca y de sus leales compañeros —el noble Falkland, el insolente Goring, su reina y su hijo— prestaba un peculiar encanto a cada rincón de la urbe que se presumía que habían habitado. El espíritu de edades pretéritas hallaba morada allí y nos complacía seguir sus huellas. Aun si estos sentimientos no hubiesen hallado semejante satisfacción ideal, el porte mismo de la ciudad poseía belleza sobrada para granjearse nuestra admiración: los colegios son antiguos y pintorescos; las calles, casi magníficas; y el apacible Isis, que discurre a su vera entre prados de exquisito verdor, dilátase en un remanso sereno que refleja su regio conjunto de torres, agujas y cúpulas enclavadas entre árboles centenarios.
Gocé de este cuadro, y sin embargo mi deleite veíase emponzoñado tanto por la memoria del pasado como por los presentimientos del porvenir. Había nacido para una ventura apacible: en mis años mozos el descontento jamás había visitado mi mente, y si alguna vez era presa del ennui, la vista de lo hermoso en la naturaleza o el estudio de lo sublime en las obras del hombre bastaban siempre para conmover mi pecho e infundir lozanía a mi espíritu. Mas soy un árbol marchito: el rayo ha calado hasta mi alma; y sentí entonces que sobreviviría solo para exhibir lo que presto cesaré de ser: el mísero despojo de una ruina humana, digno de compasión para los otros e insoportable para mí mismo.
Pasamos un tiempo considerable en Oxford, recorriendo sus contornos y procurando identificar cada paraje que guardase relación con la época más conmovedora de la historia de Inglaterra. Nuestras menudas exploraciones veíanse a menudo prolongadas por la continua sucesión de objetos que salían a nuestro paso. Visitamos la tumba del esclarecido Hampden y el campo donde aquel patricio cayó herido de muerte. Por un instante mi espíritu se elevó de sus viles y cobardes temores para contemplar los ideales divinos de libertad y abnegación de los que tales parajes eran memoria y testimonio. Por un instante osé sacudirme las cadenas y mirar en torno a mí con alma libre y altiva; mas el hierro había penetrado hasta la carne y volví a hundirme, trémulo y desesperanzado, en mi mísera condición.
Dejamos Oxford con pesar y nos encaminamos a Matlock, nuestra siguiente escala. La comarca en los contornos de esta villa semejábase en gran medida al paisaje de Suiza; mas todo muéstrase en menor escala y a las colinas verdes fáltales la corona lejana de los blancos Alpes, que escoltan de continuo a las montañas pobladas de pinos de mi suelo natal. Visitamos la maravillosa gruta y los gabinetes de historia natural, donde las curiosidades se hallan dispuestas del mismo modo que en las colecciones de Servox y Chamounix. Este último nombre me hizo estremecer al ser pronunciado por Henry, y me apresuré a abandonar Matlock, paraje al que quedaba asociada aquella escena aterradora.
Desde Derby, prosiguiendo el viaje hacia el norte, pasamos dos meses en Cumberland y Westmorland. Podía casi figurarme entre las montañas helvéticas: los neveros residuales que aún blanqueaban en las faldas septentrionales de los montes, los lagos y el bramar de los arroyos despeñados entre las peñas eran visiones familiares y gratas para mí. Hicimos asimismo algunas amistades que casi lograron engañarme con destellos de ventura. El regocijo de Clerval era proporcionalmente mayor que el mío: su entendimiento expandíase en el trato de hombres de valía y descubría en su propia naturaleza mayores dotes y caudales de los que habría sospechado mientras trataba a sus inferiores. «Podría pasar mi vida entera aquí —me decía—; y entre estas montañas apenas añoraría a Suiza ni al Rin».
Mas comprobó que la vida de un caminante encierra harto dolor en medio de sus goces: sus sentimientos hállanse de continuo en tensión, y cuando comienza a entregarse al sosiego, vese forzado a abandonar aquello sobre lo que reposaba con deleite para salir al paso de novedades que reclaman de nuevo su atención y que a su vez habrá de trocar por otros afanes.
Apenas habíamos recorrido los diversos lagos de Cumberland y Westmorland y cobrado afecto a algunos de sus moradores cuando se aproximó la fecha concertada con nuestro amigo escocés, y los dejamos para proseguir nuestro viaje. Por mi parte no lo sentí: llevaba ya algún tiempo desatendiendo mi promesa y temía los efectos del despecho del demonio. Bien podía haber permanecido en Suiza y descargar su venganza sobre mis deudos. Esta idea me acosaba y atormentaba a cada instante en que habría podido hallar reposo y paz. Aguardaba mis cartas con fiebre e impaciencia: si demoraban, sentíame miserable y presa de mil temores; y cuando llegaban y divisaba la letra de Elizabeth o de mi padre, apenas osaba leerlas para cerciorarme de mi suerte. A veces juzgaba que el demonio me seguía y que aceleraría mi negligencia asesinando a mi compañero. Cuando tales pensamientos se apoderaban de mí, no me apartaba de Henry ni un solo instante, sino que lo seguía como su sombra para guardarlo de la supuesta furia de su destructor. Sentíame como si hubiese perpetrado un crimen colosal cuya conciencia me perseguía: hallábame libre de culpa, mas en verdad había atraído sobre mi cabeza una maldición pavorosa, tan funesta como la del crimen mismo.
Fin del Episodio 32 · de 45
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