Capítulo 18 · II
~6 min · 1183 palabras
Me arrojé en el carruaje que debía alejarme, sin saber apenas adónde me dirigía y despreocupado de cuanto acaecía a mi alrededor. Solo me acordé —y fue con amargo dolor como recapacité en ello— de ordenar que mis instrumentos químicos fuesen embalados para llevarlos conmigo. Poseído de sombrías imaginaciones, crucé por muchos escenarios hermosos y majestuosos, mas mis ojos permanecían fijos y ciegos. Solo acertaba a pensar en el término de mi viaje y en la labor que debía ocuparme mientras durase.
Tras algunos días pasados en indolente desgana, durante los cuales recorrí muchas leguas, arribé a Estrasburgo, donde aguardé dos días a Clerval. Llegó al fin. ¡Ay, cuán grande era el contraste entre nosotros! Él hallábase vivo para cada nuevo paisaje, dichoso al contemplar las bellezas del sol poniente y aún más feliz al verlo alzarse para inaugurar un nuevo día. Me señalaba los cambiantes matices de la campiña y las trazas del firmamento. «¡Esto es vivir! —exclamaba—. ¡Ahora gozo de la existencia! Pero tú, mi querido Frankenstein, ¿por qué estás tan abatido y melancólico?». En verdad, hallábame absorto en pensamientos tétricos y no veía la caída de la estrella vespertina ni la dorada alborada reflejada en el Rin. Y tú, amigo mío, te deleitarías harto más con el diario de Clerval, que observaba los parajes con ojos de sentimiento y placer, que escuchando mis cavilaciones: yo, un miserable desventurado, acosado por una maldición que me cerraba toda senda al goce.
Habíamos convenido en descender el Rin en barca desde Estrasburgo hasta Rotterdam, desde donde podríamos embarcarnos rumbo a Londres. Durante esta navegación cruzamos muchas islas pobladas de sauces y vimos diversas y hermosas ciudades. Permanecimos un día en Mannheim y, al quinto de nuestra partida de Estrasburgo, arribamos a Maguncia. El curso del Rin aguas abajo de Maguncia se torna mucho más pintoresco. El río desciende con rapidez y serpentea entre colinas no muy altas pero escarpadas y de hermosas formas. Vimos muchos castillos en ruinas erguidos al borde de precipicios, rodeados de bosques oscuros, encumbrados e inaccesibles. Esta parte del Rin ofrece en verdad un paisaje singularmente variado: en un paraje se contemplan colinas fragosas y ruinas de fortalezas dominando simas tremendas, con el oscuro Rin bramando al pie; y a la vuelta repentina de un promontorio, viñedos lozanos con laderas verdes, un río sinuoso y ciudades populosas llenan la escena.
Viajábamos en la época de la vendimia y escuchábamos los cantares de los labriegos mientras nos deslizábamos corriente abajo. Incluso yo, abatido de ánimo y con el espíritu continuamente turbado por sombríos pensamientos, sentí deleite. Me tendía en el fondo de la barca y, al contemplar el cielo azul y despejado, parecía beber una serenidad que desde hacía mucho me era ajena. Y si tales eran mis sensaciones, ¿quién acertará a describir las de Henry? Sentíase como transportado al País de las Hadas y gozaba de una dicha rara vez concedida al hombre. «He visto —decía— los paisajes más hermosos de mi patria; he visitado los lagos de Lucerna y Uri, donde las montañas nevadas descienden casi a pico sobre el agua, proyectando sombras negras e impenetrables que prestarían un aspecto lúgubres y fúnebre al paraje de no ser por las islas verdísimas que recrean la vista con su risueño aspecto; he visto este lago embravecido por la tempestad, cuando el viento levantaba torbellinos de agua y ofrecía una imagen de lo que debe de ser una tromba marina en el gran océano; y las olas batiendo con furor la falda del monte donde el sacerdote y su amada fueron sepultados por un alud y donde aún se dice que sus voces moribundas se escuchan en las pausas del viento nocturno; he visto las montañas de Valais y del Pays de Vaud; mas esta tierra, Víctor, me place más que todos aquellos prodigios. Las montañas de Suiza son más majestuosas y extrañas, mas hay un encanto en las orillas de este río divino que jamás he visto igualado. Mira ese castillo suspendido sobre aquel risco; y aquel otro en la isla, casi oculto entre la fronda de aquellos hermosos árboles; y ahora esa cuadrilla de vendimiadores que sale de entre sus viñas; y aquella aldea medio escondida en el seno de la montaña... ¡Oh! A buen seguro el genio que habita y vela por este paraje posee un alma más en armonía con el hombre que los que amontonan los glaciares o se retiran a los picos inaccesibles de los montes de nuestra patria».
¡Clerval! ¡Amado amigo! Aun ahora me deleita consignar tus palabras y demorarme en los elogios que tan cumplidamente mereces. Era una criatura forjada en «la poesía misma de la naturaleza». Su imaginación desbordante y entusiasta hallábase templada por la delicadeza de su corazón. Su alma rebosaba de afectos fervientes, y su amistad era de aquella índole devota y maravillosa que los espíritus mundanos nos enseñan a buscar solo en la fantasía. Mas ni siquiera los afectos humanos bastaban para colmar su espíritu ardiente: el espectáculo de la naturaleza externa, que otros contemplan solo con admiración, él lo amaba con pasión:
—El salto de agua rumoroso perseguíalo cual pasión: la roca erguida, el monte y el bosque hondo y umbroso, sus colores y sus formas eran para él entonces un apetito, un sentimiento y un amor que no precisaba de encanto más remoto prestado por la idea, ni de interés alguno que no brotase de los ojos.
[Tintern Abbey, de Wordsworth.]
¿Y dónde existe él ahora? ¿Se ha perdido para siempre este ser dulce y adorable? ¿Ha perecido este espíritu tan colmado de ideas, de fantasías magníficas y radiantes que formaban un mundo cuya existencia dependía de la vida de su artífice? ¿Acaso solo vive ya en mi memoria? No, no es así: tu figura tan divinamente labrada y radiante de hermosura se ha marchitado, mas tu espíritu visita y consuela todavía a tu desventurado amigo.
Perdona este arrebato de dolor: estas palabras vanas no son sino un mezquino tributo a la incomparable valía de Henry, mas sosiegan mi corazón, desbordado por la angustia que su recuerdo suscita. Proseguiré mi relato.
Más allá de Colonia descendimos a las llanuras de Holanda; y resolvimos hacer en posta el resto de nuestro camino, pues el viento era contrario y la corriente del río resultaba harto mansa para auxiliarnos.
Nuestro viaje perdió aquí el interés derivado de los hermosos paisajes, mas arribamos en pocos días a Rotterdam, desde donde nos hicimos a la mar rumbo a Inglaterra. Fue en una mañana despejada, en los últimos días de diciembre, cuando divisé por vez primera los blancos acantilados de la Gran Bretaña. Las riberas del Támesis ofrecían un nuevo cuadro: eran llanas mas fértiles, y casi cada población hallábase señalada por el recuerdo de algún suceso histórico. Vimos el fuerte de Tilbury y recordamos la Armada Invencible; Gravesend, Woolwich y Greenwich: lugares de los que había oído hablar incluso en mi patria.
Al fin divisamos los innumerables campanarios de Londres, con la catedral de San Pablo descollando sobre todos ellos, y la Torre, famosa en los anales de la historia inglesa.
Fin del Episodio 31 · de 45
Capítulo 18 · II
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.