Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 30

Capítulo 18 · I

~8 min · 1594 palabras

Día tras día, semana tras semana transcurrían tras mi regreso a Ginebra, y no lograba cobrar el valor necesario para reanudar mi labor. Temía la venganza del demonio burlado, mas era incapaz de sobreponerme a la repugnancia que me inspiraba la tarea que me había sido impuesta. Advertí que no me era dado forjar una hembra sin consagrar de nuevo varios meses a profundos estudios y laboriosas investigaciones. Había sabido de ciertos descubrimientos realizados por un filósofo inglés, cuyo conocimiento resultaba capital para mi éxito, y a veces pensaba en impetrar el consentimiento de mi padre para viajar a Inglaterra con tal propósito; mas me aferraba a cualquier pretexto de dilación y retrocedía ante el primer paso de una empresa cuya imperiosa necesidad comenzaba a antojárseme menos absoluta. Una mudanza real habíase obrado en mí: mi salud, que hasta entonces había declinado, hallábase ahora muy restablecida; y mi ánimo, cuando no se veía oprimido por el recuerdo de mi aciaga promesa, se elevaba en proporción. Mi padre vio este cambio con satisfacción y consagró sus pensamientos al mejor método de erradicar los restos de mi melancolía, la cual volvía por momentos a asaltarme a ráfagas, ensombreciendo con negrura devoradora la claridad incipiente. En tales trances me refugiaba en la más absoluta soledad. Pasaba días enteros solo en el lago en una pequeña barca, contemplando las nubes y escuchando el suave murmurar de las olas, silencioso e indolente. Mas el aire puro y el sol radiante rara vez dejaban de devolverme algún grado de sosiego, y a mi regreso acogía los saludos de mis amigos con una sonrisa más franca y un corazón más animoso.

Fue tras el regreso de una de estas correrías cuando mi padre, llamándome aparte, me habló de este modo:

—Me complace observar, mi querido hijo, que has reanudado tus antiguos pasatiempos y pareces volver a ser tú mismo. Y sin embargo continúas desdichado y rehúyes aún nuestro trato. Durante algún tiempo me perdí en conjeturas sobre la causa de ello, mas ayer me asaltó una idea, y si tiene fundamento, te conjuro a que me la confieses. Guardar reserva sobre un punto semejante no solo sería inútil, sino que acarrearía una triple desgracia sobre todos nosotros.

Temblé violentamente ante este exordio, y mi padre prosiguió:

—Te confieso, hijo mío, que siempre he acariciado la perspectiva de tu matrimonio con nuestra querida Elizabeth como el lazo de nuestra concordia doméstica y el báculo de mis años declinantes. Habéis estado unidos desde vuestra más tierna infancia; estudiasteis juntos y parecías, en temperamento y gustos, enteramente hechos el uno para el otro. Mas tan ciega es la previsión del hombre que lo que juzgué como el mejor auxilio para mi designio acaso lo haya destruido por entero. Acaso la consideres como a una hermana, sin deseo alguno de que se convierta en tu esposa. Más aún: tal vez hayas conocido a otra a quien ames; y juzgándote ligado por el honor a Elizabeth, esta lucha íntima ocasione la acerba aflicción que pareces experimentar.

—Mi querido padre, tranquilizaos. Amo a mi prima tierna y sinceramente. Jamás he conocido a mujer alguna que despierte en mí, como Elizabeth, la más cálida admiración y afecto. Mis futuras esperanzas y proyectos están enteramente ligados a la perspectiva de nuestra unión.

—La expresión de tus sentimientos sobre esta materia, mi querido Víctor, me procura mayor júbilo del que desde hace tiempo he experimentado. Si tal es tu sentir, seremos ciertamente dichosos, por más que los sucesos presentes tiendan un velo de tristeza sobre nosotros. Mas es esta tristeza, que parece haberse adueñado con tanta fuerza de tu espíritu, la que deseo disipar. Dime, por tanto, si tienes inconveniente en que se proceda a la inmediata celebración del matrimonio. Hemos sido desdichados y los acontecimientos recientes nos han apartado de aquella cotidiana serenidad propia de mis años y achaques. Tú eres más joven; y sin embargo no imagino, poseyendo como posees una hacienda desahogada, que un temprano matrimonio pueda estorbar en modo alguno los futuros proyectos de honra y utilidad que hayas concebido. No supongas, empero, que pretendo imponerte la dicha o que una demora por tu parte habría de causarme una honda pesadumbre. Interpreta mis palabras con franqueza y respóndeme, te lo ruego, con confianza y sinceridad.

Escuché a mi padre en silencio y permanecí durante algún tiempo incapaz de articular respuesta alguna. Revolví con rapidez en mi mente una multitud de pensamientos y procuré llegar a una determinación. ¡Ay! Para mí la idea de una unión inmediata con Elizabeth era motivo de horror y consternación. Hallábame ligado por una promesa solemne que no había cumplido aún y que no osaba quebrantar; y de hacerlo, ¡qué cúmulo de desventuras no se cerniría sobre mí y sobre mi desventurada familia! ¿Podía yo entregarme a fiestas nupciales llevando aún este fardo mortal colgado al cuello y doblándome hacia la tierra? Debía cumplir mi compromiso y consentir que el monstruo partiese con su compañera antes de permitirme gozar del deleite de una unión de la que esperaba la paz.

Recordé asimismo la necesidad que se me imponía de viajar a Inglaterra o de entablar una dilatada correspondencia con los filósofos de aquel país cuyos conocimientos y descubrimientos me eran de indispensable auxilio en mi empresa presente. Este último método para obtener los informes deseados resultaba lento y poco satisfactorio; además, sentía una invencible repugnancia ante la idea de consagrarme a mi aborrecible tarea en la casa paterna, en medio del trato familiar con las personas a quienes amaba. Sabía que podían sobrevenir mil funestos accidentes, el menor de los cuales descubriría una historia que helaría de espanto a cuantos me rodeaban. Era consciente asimismo de que a menudo perdería todo dominio sobre mí mismo, toda facultad de disimular las atroces impresiones que se apoderarían de mí durante el curso de mi antinatural ocupación. Debía alejarme de cuanto amaba mientras durasen aquellas faenas. Una vez comenzadas, llegarían presto a término y podría reintegrarme a mi familia en paz y ventura. Cumplida mi promesa, el monstruo partiría para siempre; o bien —así me lo figuraba en mis vanas fantasías— algún accidente sobrevendría entretanto que lo destruyese y pusiese término para siempre a mi servidumbre.

Tales sentimientos dictaron mi respuesta a mi padre. Le manifesté el deseo de visitar Inglaterra, mas disimulando los verdaderos motivos de esta petición, revestí mis anhelos de un pretexto que no despertó sospecha alguna, mientras encarecía mi demanda con una insistencia que fácilmente indujo a mi padre a consentir. Tras tan prolongado período de melancolía absorbente, que semejaba a la locura por su violencia y efectos, se alegró de comprobar que yo era capaz de hallar placer en la idea de un viaje semejante, y confió en que la mudanza de escenarios y la variedad de entretenimientos me habrían devuelto enteramente a mí mismo antes de mi regreso.

La duración de mi ausencia quedó librada a mi propio albedrío: unos meses, o a lo sumo un año, era el lapso contemplado. Una solícita y paternal precaución había tomado para asegurarme un compañero de viaje: sin habérmelo comunicado previamente, había concertado con Elizabeth que Clerval se reuniese conmigo en Estrasburgo. Esto contrariaba la soledad que yo apetecía para llevar a cabo mi tarea; y sin embargo, al comienzo de mi viaje la presencia de mi amigo no podía constituir obstáculo alguno, y en verdad me regocijé de que merced a ella me viese libre de muchas horas de solitaria y enloquecedora cavilación. Más aún: Henry podía interponerse entre mí y las asechanzas de mi enemigo. Si me hallaba solo, ¿no impondría a veces su odiada presencia sobre mí para recordarme mi labor o para contemplar sus progresos?

Rumbo a Inglaterra, pues, me hallaba destinado, y quedó entendido que mi enlace con Elizabeth se verificaría inmediatamente a mi retorno. La avanzada edad de mi padre le hacía en extremo reacio a toda demora. Por mi parte, una sola recompensa me prometía de mis odiados afanes, un solo consuelo a mis inauditos padecimientos: la perspectiva de aquel día en que, emancipado de mi miserable esclavitud, pudiese reclamar la mano de Elizabeth y echar en olvido el pasado en mi unión con ella.

Hice entonces los preparativos para mi viaje, mas un presentimiento me acosaba, colmándome de zozobra y temor. Durante mi ausencia dejaría a los míos en la ignorancia de la existencia de su enemigo e indefensos ante sus ataques, exasperado como bien pudiera hallarse por mi partida. Mas él había prometido seguirme adondequiera que fuese; ¿y no habría de acompañarme a Inglaterra? Esta suposición era espantosa en sí misma, pero reconfortante en la medida en que aseguraba la tranquilidad de mis amigos. Angustiábame la idea de que aconteciese lo contrario; mas a lo largo de todo el período en que fui esclavo de mi criatura me dejé gobernar por los impulsos del momento, y mis sensaciones presentes me indicaban con fuerza que el demonio me seguiría, librando a mi familia del peligro de sus maquinaciones.

Corría la última decena de septiembre cuando volví a abandonar mi patria. El viaje había sido sugerencia mía y Elizabeth por tanto accedió, mas hallábase colmada de inquietud ante la idea de que padeciese, lejos de su lado, los embates de la desdicha y el pesar. Había sido desvelo suyo procurarme un compañero en la persona de Clerval; y sin embargo, un hombre permanece ciego ante mil menudas circunstancias que reclaman la solícita atención de una mujer. Ansiaba rogarme que abreviase mi regreso; mil emociones encontradas la enmudecieron al despedirme con un silencioso y conmovido adiós.

Fin del Episodio 30 · de 45

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Siguiente Episodio 31~6 minCapítulo 18 · II“Poseído de sombrías imaginaciones, crucé por muchos escenarios hermosos y majestuosos, mas mis ojos permanecían fijos y ciegos.”Seguir leyendo
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