Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 27

Capítulo 16 · I

~9 min · 1783 palabras

«¡Maldito, maldito creador! ¿Por qué viví? ¿Por qué en aquel instante no apagué la chispa de existencia que con tanta liviandad me habías otorgado? No lo sé: la desesperación no se había adueñado todavía de mí; mis sentimientos eran de furor y de venganza. Con deleite habría arrasado la choza y a sus moradores, saciándome con sus alaridos y su desventura.

»Al cerrar la noche abandoné mi asilo y vagué por el bosque; y ahora, libre ya del temor de ser descubierto, desahogué mi dolor en aullidos aterradores. Era semejante a una bestia salvaje que hubiera roto las redes, destruyendo los obstáculos que me salían al paso y cruzando la espesura con la ligereza de un ciervo. ¡Oh, qué noche tan atroz pasé! Las estrellas heladas brillaban como mofándose de mí, y los árboles desnudos agitaban sus ramas sobre mi cabeza; de cuando en cuando la dulce voz de un pájaro resonaba en medio del silencio universal. Todos, salvo yo, hallábanse en reposo o gozaban de ventura; yo, a semejanza del archidemonio, llevaba un infierno en mis entrañas y, viéndome privado de toda simpatía, ansiaba descuajar los árboles, sembrar el estrago y la destrucción en torno a mí, y sentarme luego a gozar de las ruinas.

»Mas era este un paroxismo que no podía durar: sentíme rendido por el exceso de fatiga física y caí sobre la hierba húmeda, presa de la postración y el desamparo. No había nadie entre los millares de hombres existentes que se compadeciese de mí o me auxiliase; ¿y habría de guardar yo sentimientos de bondad hacia mis enemigos? No: a partir de aquel instante declaré guerra a muerte contra la especie entera, y más que a nadie, contra aquel que me había dado el ser y me había arrojado a semejante e insoportable desdicha.

»Salió el sol; escuché las voces de hombres y comprendí que me era imposible regresar a mi cobertizo durante el día. En consecuencia me oculté en una espesura de matorrales, resuelto a consagrar las horas siguientes a meditar sobre mi situación.

»La risueña luz del sol y el aire puro del día me devolvieron algún grado de serenidad; y al considerar lo acaecido en la cabaña, no pude menos de juzgar que había sido harto precipitado en mis conclusiones. Había obrado ciertamente con imprudencia. Era patente que mi coloquio había interesado al padre en mi favor, y había sido una insensatez exponer mi figura al espanto de sus hijos. Debí haber familiarizado al anciano De Lacey con mi presencia y poco a poco haberme dado a conocer al resto de la familia, una vez que estuviesen preparados para mi llegada. Mas no juzgué mis yerros irreparables, y tras madura reflexión resolví regresar a la cabaña, buscar al anciano y, merced a mis razones, ganármelo para mi causa.

»Tales pensamientos me serenaron, y por la tarde me rendí a un sueño profundo; mas la fiebre de mi sangre no consintió que fuese visitado por ensueños apacibles. La escena horrenda del día precedente se representaba de continuo ante mis ojos: las mujeres huyendo y el enfurecido Félix arrancándome de los pies de su padre. Desperté exhausto y, advirtiendo que era ya noche cerrada, salí a gatas de mi escondite y fui en busca de comida.

»Saciada el hambre, encaminé mis pasos hacia la senda conocida que conducía a la cabaña. Todo reposaba allí en paz. Me deslicé en mi cobertizo y aguardé en silencio la hora acostumbrada en que la familia solía levantarse. Pasó aquella hora, el sol se remontó en el cielo, mas los moradores no aparecían. Temblé con violencia, temiendo alguna desgracia tremenda. El interior de la choza estaba a oscuras y no escuché rumor alguno; no alcanzo a describir la agonía de aquella incertidumbre.

»Al poco pasaron dos campesinos; mas deteniéndose cerca de la cabaña, trabaron conversación gesticulando con vehemencia; mas no comprendí lo que decían, pues hablaban la lengua del país, diversa de la de mis protectores. Poco después, empero, Félix se aproximó en compañía de otro hombre; sorprendióme esto, pues sabía que no había salido de la cabaña aquella mañana, y aguardé con zozobra a averiguar por su plática el significado de aquellas señales insólitas.

»—¿Habéis considerado —díjole su acompañante— que os veréis obligado a pagar tres meses de alquiler y a perder los frutos de vuestra huerta? No deseo aprovecharme indebidamente y os ruego por tanto que os toméis unos días para meditar vuestra resolución.

»—Es del todo inútil —repuso Félix—: jamás podremos habitar de nuevo vuestra cabaña. La vida de mi padre corre el más inminente peligro a consecuencia del suceso espantoso que os he referido. Mi esposa y mi hermana jamás se recobrarán del horror. Os suplico que no razonéis más conmigo: tomad posesión de vuestro inmueble y dejadme huir de este sitio.

»Félix temblaba violentamente al decir esto. Él y su compañero penetraron en la choza, donde permanecieron unos minutos, y luego partieron. Jamás volví a contemplar a miembro alguno de la familia De Lacey.

»Permanecí el resto de la jornada en mi cobertizo en un estado de absoluta y estúpida desesperación. Mis protectores habían partido y habían roto el único lazo que me unía al mundo. Por vez primera los sentimientos de odio y venganza colmaron mi pecho, y no procuré refrenarlos, sino que, dejándome arrastrar por la corriente, consagré mi espíritu al daño y a la muerte. Al pensar en mis amigos, en la dulce voz de De Lacey, en los ojos mansos de Agatha y en la exquisita hermosura de la árabe, tales pensamientos se desvanecían y un raudal de lágrimas me procuraba algún alivio. Mas al recapacitar de nuevo en que me habían despreciado y abandonado, volvía la ira, un furor ciego de cólera; e incapaz de hacer daño a ser humano alguno, volví mi saña contra los objetos inanimados. Al avanzar la noche coloqué abundantes materias combustibles alrededor de la cabaña y, tras haber destruido todo vestigio de cultivo en la huerta, aguardé con forzada impaciencia hasta que la luna se hubo puesto para dar comienzo a mis operaciones.

»Al entrar la noche levantóse un viento impetuoso de los bosques que disipó con presteza las nubes que remoloneaban en el cielo; la racha desgajaba los árboles como un colosal alud y produjo en mi ánimo una suerte de frenesí que rebasó todo límite de la razón. Prendí fuego a una rama seca de árbol y bailé con furia en torno a la cabaña condenada, con los ojos fijos en el horizonte occidental, cuyo confín la luna casi rozaba. Ocultóse al fin parte de su disco y agité mi antorcha; se puso enteramente y, profiriendo un grito salvaje, prendí fuego a la paja, al brezo y a la maleza que había allegado. El viento avivó las llamas y la cabaña quedó envuelta con rapidez en un mar de fuego que se aferraba a las maderas y las lamía con lenguas bífidas y asoladoras.

»No bien quedé convencido de que ningún socorro podía salvar parte alguna de la morada, abandoné el escenario y busqué asilo en los bosques.

»Y ahora, con el ancho mundo ante mí, ¿hacia dónde habría de encaminar mis pasos? Resolví huir lejos del escenario de mis desdichas; mas para mí, odiado y despreciado, cualquier comarca debía ser igualmente abominable. Al fin cruzó por mi mente tu recuerdo. Había sabido por tus papeles que tú eras mi padre, mi creador; ¿y a quién podía acudir con más propiedad que a aquel que me había dado la vida? Entre las enseñanzas que Félix había impartido a Safie no se había omitido la geografía; merced a ellas había aprendido la situación respectiva de las diversas naciones de la tierra. Habías mencionado a Ginebra como el nombre de tu ciudad natal, y hacia aquel punto resolví dirigirme.

»Mas ¿cómo orientarme? Sabía que debía viajar en dirección sudoccidental para alcanzar mi destino, mas el sol era mi único guía. Ignoraba los nombres de las ciudades por las que debía cruzar ni podía pedir razón a criatura humana alguna; mas no me entregué a la desesperanza. Solo de ti podía aguardar socorro, aun cuando hacia ti no abrigaba otro sentimiento que el del odio. ¡Creador desalmado e insensible! Me habías dotado de entendimiento y pasiones para luego arrojarme al mundo como objeto de escarnio y horror para los hombres. Mas solo sobre ti tenía derecho alguno a impetrar piedad y desagravio, y de ti resolví recabar aquella justicia que en vano procuré obtener de cualquier otro ser que llevase figura humana.

»Mi viaje fue largo y las penalidades que soporté, indecibles. Corrían fines de otoño cuando abandoné la comarca donde tanto tiempo había morado. Viajaba únicamente de noche, temeroso de toparme con el rostro de un ser humano. La naturaleza declinaba en torno a mí y el sol perdió su calor; la lluvia y la nieve arreciaban sobre mi cabeza; los ríos caudalosos se helaron; la faz de la tierra mostrábase dura, yerta y desnuda, y no hallaba cobijo alguno. ¡Oh, tierra! ¡Cuántas veces no imprequé maldiciones sobre la causa de mi existencia! La mansedumbre de mi condición había huido y cuanto en mí alentaba habíase trocado en hiel y amargura. Cuanto más me aproximaba a tu morada, más hondamente sentía inflamarse en mi pecho el espíritu de la venganza. Caía la nieve y las aguas se cuajaban, mas yo no reposaba. Algunos incidentes me orientaban aquí y allá, y poseía un mapa de la región; mas a menudo me extraviaba lejos de la senda. La agonía de mis sentimientos no me consentía tregua alguna; ningún suceso acaecía del cual mi furor y mi desventura no extrajesen nuevo pábulo; mas una circunstancia ocurrida al arribar a los confines de Suiza, cuando el sol había recobrado su calor y la tierra tornaba a mostrarse verde, confirmó de modo singular la amargura y el horror de mis sentimientos.

»Descansaba de ordinario durante el día y caminaba solo cuando la noche me ponía a salvo de la vista de los hombres. Una mañana, empero, hallando que mi senda discurría a través de un bosque tupido, me aventuré a proseguir mi marcha tras la salida del sol; la jornada, que era una de las primeras de la primavera, me reconfortó incluso a mí por la belleza de su luz y la tibieza del aire. Sentí revivir en mi pecho emociones de ternura y placer que largo tiempo parecían haber muerto. Sobrecogido por la novedad de tales impresiones, me dejé llevar por ellas y, olvidando mi soledad y mi deformidad, osé considerarme feliz. Dulces lágrimas volvieron a humedecer mis mejillas y alcé incluso mis ojos arrasados en llanto con gratitud hacia el sol bendito, que derramaba tal júbilo sobre mí».

Fin del Episodio 27 · de 45

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