Capítulo 15 · II
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El invierno avanzó, y una revolución entera de las estaciones se había cumplido desde que desperté a la vida. Mi atención hallábase consagrada por entero en aquella época a mi designio de introducirme en la morada de mis protectores. Fragué muchos proyectos, mas aquel en que al fin me fijé fue penetrar en la choza cuando el anciano ciego se hallase solo. Poseía sagacidad bastante para descubrir que la deformidad antinatural de mi figura era la causa principal del horror de cuantos me habían contemplado. Mi voz, aun siendo áspera, nada tenía de aterradora; juzgué, por tanto, que si en ausencia de sus hijos lograba granjearme la benevolencia y mediación del anciano De Lacey, merced a su influencia podría ser tolerado por mis protectores más jóvenes.
»Un día en que el sol brillaba sobre las hojas rojizas que alfombraban el suelo y derramaba alegría, si bien negaba el calor, Safie, Agatha y Félix partieron para una larga caminata por el campo, y el anciano, a ruego propio, quedóse solo en la cabaña. No bien hubieron partido sus hijos, tomó su guitarra y tocó varias melodías melancólicas y dulces, más dulces y tristes de cuantas jamás le había escuchado tañer. Al principio su semblante iluminóse de placer; mas a medida que proseguía, la gravedad y la pesadumbre sucedieron al gozo; al fin, dejando a un lado el instrumento, quedóse sumido en honda meditación.
»El corazón me latía con violencia; había llegado la hora y el momento de la prueba, que debía colmar mis esperanzas o confirmar mis temores. Los criados habían acudido a una feria vecina. Todo reposaba en silencio dentro y fuera de la choza: la ocasión era inmejorable; y sin embargo, al disponer me a ejecutar mi designio, las fuerzas me abandonaron y caí desplomado al suelo. Me alcé de nuevo y, cobrando toda la entereza de que era capaz, retiré las tablas colocadas ante mi cobertizo para ocultar mi asilo. El aire puro me reanimó y, con redoblada resolución, me aproximé a la puerta de la cabaña.
»Llamé. «¿Quién anda ahí? —preguntó el anciano—. Adelante».
»Entré. «Perdonad esta intrusión —dije—; soy un caminante que precisa de un breve reposo; me haríais un gran favor si me permitieseis permanecer unos minutos ante la lumbre».
»—Pasad —dijo De Lacey—, y procuraré en la medida de mis fuerzas atender a vuestras necesidades; mas por desgracia mis hijos se hallan fuera y, al ser ciego, me temo que me resultará difícil procuraros sustento.
»—No os incomodéis, mi bondadoso huésped; tengo provisiones: solo preciso de calor y descanso.
»Me senté y sobrevino una pausa. Sabía que cada minuto me era precioso, y sin embargo permanecía indeciso sobre el modo de entablar el coloquio, cuando el anciano se dirigió a mí:
»—Por vuestro acento, forastero, deduzco que sois compatriota mío; ¿sois francés?
»—No; mas me eduqué con una familia francesa y solo conozco esa lengua. Me encamino ahora a impetrar el amparo de unos amigos a quienes sinceramente amo y de cuyo favor abrigo algunas esperanzas.
»—¿Son acaso alemanes?
»—No, son franceses. Mas mudemos de plática. Soy un ser desdichado y desamparado; miro a mi alrededor y no tengo deudo ni amigo alguno sobre la faz de la tierra. Esas buenas gentes a las que me dirijo jamás me han visto y poco saben de mí. Estoy lleno de temores, pues si fracaso ante ellas, seré un paria en el mundo para siempre.
»—No desesperéis. Verse sin amigos es ciertamente un grave infortunio; mas los corazones de los hombres, cuando se hallan libres de todo interés mezquino, están llenos de amor fraternal y caridad. Confiad, por tanto, en vuestras esperanzas; y si tales amigos son buenos y amables, no os entreguéis al desánimo.
»—Son bondadosos: son las criaturas más admirables del orbe; mas por desgracia están prevenidos en mi contra. Albergo nobles disposiciones; mi vida ha sido hasta el presente inofensiva y en alguna medida provechosa; mas un prejuicio funesto ciega sus ojos, y donde debieran ver a un amigo sensible y tierno, solo contemplan a un monstruo aborrecible.
»—Eso es ciertamente una desdicha; mas si sois en verdad irreprochable, ¿no podríais desengañarlos?
»—Me dispongo a acometer semejante empresa; y es por ello por lo que experimento temores tan abrumadores. Amo con ternura a esos amigos; sin que ellos lo supieran he estado durante muchos meses consagrado a menesteres diarios de bondad hacia ellos; mas creen que abrigo el propósito de dañarlos, y es ese prejuicio el que anhelo vencer.
»—¿Dónde residen tales amigos?
»—Cerca de este paraje.
»El anciano guardó silencio un instante y luego prosiguió: «Si me confiáis sin reservas los pormenores de vuestra historia, acaso pueda seros de provecho para desengañarlos. Soy ciego y no puedo juzgar de vuestras facciones, mas hay algo en vuestras palabras que me persuade de vuestra sinceridad. Soy pobre y vivo en el destierro, mas me causará sincero placer ser de alguna utilidad a una criatura humana».
»—¡Hombre admirable! Os doy las gracias y acepto vuestra generosa oferta. Me levantáis del polvo con vuestra piedad; y confío en que, merced a vuestro auxilio, no seré arrojado de la sociedad y compasión de vuestros semejantes.
»—¡Dios no lo permita! Aun cuando fueseis verdaderamente culpable, pues ello solo os arrastraría a la desesperación y no os incitaría a la virtud. Yo también soy desventurado: mi familia y yo hemos sido condenados aun siendo inocentes; juzgad, por tanto, si no he de compadecerme de vuestras desgracias.
»—¿Cómo podré agradeceros, mi mejor y único bienhechor? De vuestros labios he escuchado por vez primera la voz de la bondad dirigida hacia mí; os guardaré eterna gratitud, y vuestra compasión me asegura el éxito ante los amigos a quienes me dispongo a presentarme.
»—¿Podría saber los nombres y la morada de esos amigos?
»Guardé silencio. Este, pensé, era el momento decisivo, que debía arrebatarme la ventura o concedérmela para siempre. Luché en vano por cobrar entereza bastante para responderle, mas el esfuerzo agotó mis escasas fuerzas: caí sobre la silla y prorrumpí en amargos sollozos. En aquel instante escuché los pasos de mis jóvenes protectores. No tenía un segundo que perder: asiéndome de la mano del anciano, exclamé: «¡Ha llegado el momento! ¡Salvadme y amparadme! Vos y vuestra familia sois los amigos a quienes busco. ¡No me abandonéis en la hora de la prueba!»
»—¡Gran Dios! —exclamó el anciano—. ¿Quién sois?
»En aquel instante abrióse la puerta de la cabaña y entraron Félix, Safie y Agatha. ¿Quién podría describir su espanto y consternación al contemplarme? Agatha cayó desvanecida y Safie, incapaz de socorrer a su amiga, huyó despavorida de la choza. Félix se abalanzó hacia mí y, con fuerza sobrehumana, me arrancó de su padre, a cuyas rodillas me hallaba abrazado; en un arrebato de furia me derribó al suelo y me golpeó violentamente con una vara. Habría podido despedazarlo miembro a miembro, como el león desgarra al antílope; mas el corazón desfalleció en mi pecho como herido de mortal pesadumbre, y me contuve. Lo vi a punto de descargar un nuevo golpe cuando, vencido por el dolor y la congoja, abandoné la choza y en medio de la confusión general escapé inadvertido a mi cobertizo».
Fin del Episodio 26 · de 45
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