Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 25

Capítulo 15 · I

~9 min · 1790 palabras

Tal era la historia de mis amados labradores. Se grabó profundamente en mí. Merced a los cuadros de vida social que me desplegaba, aprendí a reverenciar sus virtudes y a deplorar los vicios de los hombres.

»Hasta entonces juzgaba el delito como un mal remoto, hallándose la benevolencia y la generosidad de continuo ante mis ojos e incitando en mi pecho el anhelo de convertirme en actor de aquel bullicioso escenario donde tantas admirables prendas eran ejercidas y exhibidas. Mas al dar cuenta de los progresos de mi entendimiento no debo omitir un hecho acaecido a comienzos del mes de agosto del mismo año.

»Una noche, durante mi acostumbrada correría por el bosque vecino, donde recogía mi alimento y acarreaba leña para mis protectores, hallé en el suelo una maleta de cuero que contenía diversas prendas de vestir y algunos libros. Me apoderé con avidez del botín y regresé con él a mi cobertizo. Para ventura mía los libros estaban escritos en la lengua cuyos rudimentos había adquirido en la choza; componíanse de El paraíso perdido, un tomo de las Vidas paralelas de Plutarco y Las cuitas de Werther. La posesión de semejantes tesoros me produjo un deleite inmenso: a partir de entonces estudié de continuo y ejercité mi espíritu con tales historias, mientras mis amigos hallábanse entregados a sus acostumbradas faenas.

»Apenas alcanzo a describirte el efecto de aquellas obras. Despertaron en mí una infinidad de imágenes y sentimientos nuevos que ora me elevaban al éxtasis, ora me hundían en el más negro abatimiento. En Las cuitas de Werther, además del interés de su sencilla y conmovedora trama, tantas opiniones son debatidas y tanta luz se arroja sobre lo que hasta entonces eran para mí materias oscuras, que hallé en ella un manantial inagotable de cavilaciones y asombro. Las costumbres gentiles y domésticas allí descritas, aliadas a sentimientos nobles y afectos desinteresados, cuadraban a las mil maravillas con mi experiencia entre mis protectores y con los anhelos que vivían eternamente en mi pecho. Mas a Werther mismo juzgábalo un ser más divino de cuantos había contemplado o imaginado; su carácter no albergaba doblez y calaba hasta lo hondo. Las disquisiciones sobre la muerte y el suicidio estaban hechas para llenarme de pasmo. No pretendía terciar en la disputa, mas sentíame inclinado hacia las razones del héroe, cuya muerte lloré sin alcanzar a comprenderla del todo.

»A medida que leía, empero, aplicaba mucho de ello a mis propios sentimientos y condición. Hallábame semejante y al mismo tiempo extrañamente diverso de los seres sobre los que leía y de cuyas pláticas era testigo. Sentía piedad por ellos y los comprendía en parte, mas mi entendimiento carecía de guía; de nadie dependía y a nadie me hallaba vinculado. «El camino de mi partida era franco» y nadie habría de lamentar mi aniquilación. Mi figura era espantosa y mi estatura colosal. ¿Qué significaba esto? ¿Quién era yo? ¿Qué era yo? ¿De dónde procedía? ¿Cuál era mi destino? Estas preguntas volvían a asaltarme una y otra vez, mas era incapaz de resolverlas.

»El tomo de las Vidas de Plutarco que poseía contenía las biografías de los primeros fundadores de las repúblicas antiguas. Este libro obró en mí un efecto muy distinto del de las Cuitas de Werther. De los desvaríos de Werther aprendí la desesperanza y la pesadumbre; Plutarco, en cambio, me enseñó pensamientos elevados: me encumbró por encima de la mísera esfera de mis propias cavilaciones para admirar y reverenciar a los héroes de edades pretéritas. Muchas cosas de las que leía rebasaban mi comprensión y experiencia. Tenía una noción muy confusa de los reinos, de las vastas extensiones de tierras, de los ríos caudalosos y de los mares sin riberas. Desconocía por entero las ciudades y las grandes aglomeraciones de hombres. La cabaña de mis protectores había sido la única escuela en que había estudiado la naturaleza humana, mas esta obra me desplegaba nuevos y más colosales escenarios de acción. Leía sobre hombres entregados a los negocios públicos, gobernando o diezmando a sus semejantes. Sentí brotar en mi pecho el más vivo ardor por la virtud y un horror indecible hacia el vicio, en la medida en que alcanzaba a entender el significado de tales términos, relativos como eran, en mi aplicación, al placer y al dolor exclusivamente. Guiado por tales sentimientos, sentíme naturalmente inclinado a admirar a los legisladores pacíficos, Numa, Solón y Licurgo, con preferencia sobre Rómulo y Teseo. La vida patriarcal de mis protectores hizo que tales impresiones arraigasen con firmeza en mi espíritu; acaso si mi primera iniciación en la humanidad se hubiese verificado por conducto de un joven soldado, sediento de gloria y carnicería, me habría visto imbuido de sentimientos muy diversos.

»Mas El paraíso perdido despertó en mí emociones harto más hondas y diversas. Lo leí, como había leído los demás volúmenes caídos en mis manos, cual si fuese una historia verídica. Conmovió en mí todo sentimiento de asombro y reverencia que el cuadro de un Dios omnipotente en guerra con sus criaturas era capaz de suscitar. A menudo relacionaba las diversas situaciones, a medida que su semejanza me impresionaba, con mi propio caso. Como Adán, hallábame aparentemente desprovisto de todo lazo que me uniese a otro ser en la creación; mas su condición difería de la mía en todos los demás aspectos. Él había salido de las manos de Dios como una criatura perfecta, dichosa y colmada de dones, guardada por el especial desvelo de su Creador; concedíaselé conversar con seres de naturaleza superior y aprender de ellos; yo, en cambio, era desdichado, indefenso y solitario. Muchas veces consideré a Satán como el emblema más adecuado a mi condición; pues con frecuencia, como él, al contemplar la ventura de mis protectores, la hiel amarga de la envidia brotaba en mi pecho.

»Otra circunstancia confirmó y arraigó tales sentimientos. Poco después de mi llegada al cobertizo descubrí unos papeles en la faltriquera del traje que había tomado de tu laboratorio. Al principio los había desatendido, mas ahora que me era dado descifrar los caracteres con que estaban escritos, comencé a estudiarlos con asiduidad. Era tu diario de los cuatro meses que precedieron a mi creación. Describías con minuciosidad en aquellas páginas cada paso que dabas en el progreso de tu obra; esta relación hallábase mezclada con noticias de sucesos domésticos. Recordarás sin duda tales papeles: aquí están. En ellos se consigna cuanto guarda relación con mi execrable origen; se ofrece a la vista el pormenor entero de aquella serie de repugnantes circunstancias que lo produjeron; y se traza la más prolija descripción de mi odiosa y repugnante figura, en un lenguaje que pintaba tus propios horrores y hacía los míos indelebles. Sentí náuseas al leerlo. «¡Maldito sea el día en que recibí la vida! —exclamé en mi agonía—. ¡Creador abominable! ¿Por qué forjaste un monstruo tan horrendo que hasta tú mismo te apartaste de mí con asco? Dios en su piedad creó al hombre hermoso y atrayente, a su propia imagen y semejanza; mas mi figura es un trasunto inmundo de la tuya, más horrenda aún por su propio parecido. Satán tenía a sus compañeros, demonios semejantes a él, para admirarlo y alentarlo; ¡pero yo estoy solo y aborrecido!»

»Eran estas las reflexiones de mis horas de desamparo y soledad; mas al contemplar las virtudes de los moradores de la choza, sus amables y benévolas disposiciones, me persuadí de que cuando llegasen a conocer mi admiración por sus prendas se compadecerían de mí y pasarían por alto mi deformidad corporal. ¿Cómo habrían de apartar de su puerta a quien, por monstruoso que fuese, imploraba su piedad y amistad? Resolví al menos no desesperar, sino prepararme por todos los medios para una entrevista con ellos que habría de decidir mi destino. Aplacé esta tentativa durante varios meses todavía, pues la importancia concedida a su éxito me infundía el pavor de un fracaso. Además, comprobé que mi entendimiento progresaba tanto con la experiencia diaria que no quise emprender la prueba hasta que unos meses más hubiesen acrecentado mi discreción.

»Entre tanto verificáronse diversas mudanzas en la cabaña. La presencia de Safie derramaba la ventura entre sus moradores, y comprobé asimismo que reinaba allí un mayor grado de holgura. Félix y Agatha pasaban más tiempo en solaces y pláticas, y se veían auxiliados en sus labores por criados. No parecían ricos, mas se mostraban contentos y felices; sus sentimientos eran serenos y apacibles, mientras los míos tornábanse de día en día más tempestuosos. El acrecentamiento del saber solo me descubría con mayor claridad cuán miserable paria era yo. Abrigaba esperanzas, es verdad; mas se desvanecían al contemplar mi figura reflejada en el agua o mi sombra a la luz de la luna, mudables y frágiles como aquella imagen y aquella sombra inconstantes.

»Procuré ahogar tales temores y pertrecharme para la prueba a la que había resuelto someterme en pocos meses; y a veces dejaba a mis pensamientos, libres del freno de la razón, vagar por los prados del Paraíso, y osaba soñar con amables y dulces criaturas que se compadecían de mis cuitas y disipaban mis tinieblas; sus celestiales semblantes sonreían con miradas de consuelo. Mas todo era un ensueño; ninguna Eva mitigaba mis pesares ni compartía mis pensamientos: estaba solo. Recordaba la súplica de Adán a su Creador; mas ¿dónde estaba el mío? Me había abandonado, y en la amargura de mi corazón lo maldije.

»El otoño transcurrió de este modo. Vi con sorpresa y dolor decaer y caer las hojas, y a la naturaleza revestirse de nuevo de aquel aspecto yermo e inhóspito que ofrecía cuando contemplé por vez primera los bosques y la hermosa luna. Mas no me arredraba la crudeza de la intemperie: hallábame mejor dotado por mi conformación para soportar el frío que el calor. Mis mayores deleites habían sido la contemplación de las flores, las aves y las galas risueñas del estío; cuando estas me abandonaron, volví los ojos con redoblada atención hacia los moradores de la cabaña. Su dicha no decrecía con la ausencia del verano. Amábanse y compadecíanse mutuamente; y sus alegrías, dependiendo unos de otros, no se veían turbadas por los azares que acaecían en torno a ellos. Cuanto más los observaba, mayor se hacía mi anhelo de impetrar su amparo y bondad; mi corazón ardía en deseos de ser conocido y amado por aquellas amables criaturas: ver sus dulces miradas posarse sobre mí con cariño era el término supremo de mi ambición. No osaba pensar que me rechazasen con desdén y espanto. Jamás despedían al menesteroso que se detenía ante su umbral. Yo pedía, bien es verdad, tesoros más altos que un poco de sustento o cobijo: requería bondad y simpatía; mas no me juzgaba enteramente indigno de alcanzarlas».

Fin del Episodio 25 · de 45

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