Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 24

Capítulo 14

~9 min · 1807 palabras

Algún tiempo transcurrió antes de que conociese la historia de mis amigos. Fue una relación que no pudo menos de grabarse hondamente en mi espíritu, al desplegar ante mí una multitud de circunstancias, cada una de ellas apasionante y portentosa para alguien tan enteramente inexperto como yo.

»El nombre del anciano era De Lacey. Descendía de una distinguida familia francesa, país donde había vivido durante largos años en la opulencia, respetado por sus superiores y amado por sus iguales. Su hijo habíase educado en el servicio de las armas de su patria, y Agatha había figurado entre las damas de más encumbrada distinción. Pocos meses antes de mi llegada vivían en una urbe populosa y suntuosa llamada París, rodeados de amigos y en posesión de cuantos goces la virtud, el cultivo del entendimiento y el buen gusto, aunados a una holgada fortuna, pueden procurar.

»El padre de Safie había sido la causa de su ruina. Era un comerciante turco que había residido en París durante largos años, hasta que, por motivos que no alcancé a averiguar, se hizo odioso al gobierno. Fue apresado y arrojado a las mazmorras el mismo día en que Safie arribó desde Constantinopla para reunirse con él. Juzgósele sumariamente y fue sentenciado a muerte. La injusticia de su condena era flagrante; París entero se conmovió de indignación; y juzgóse que su religión y sus cuantiosas riquezas, más que el crimen imputado, habían sido la verdadera causa de su sentencia.

»Félix habíase hallado casualmente presente en el juicio: su horror e indignación fueron incontenibles al escuchar el fallo del tribunal. En aquel instante hizo el solemne juramento de libertarlo y buscó al punto los medios para llevarlo a cabo. Tras muchas tentativas infructuosas para lograr acceso a la prisión, descubrió una ventana fuertemente enrejada en una parte desguarnecida del edificio, que daba luz al calabozo del desdichado mahometano, quien, cargado de cadenas, aguardaba con desesperación la ejecución de tan bárbara condena. Félix acudió a la reja por la noche e hizo saber al cautivo sus intenciones en favor suyo. El turco, asombrado y colmado de júbilo, procuró avivar el celo de su libertador con promesas de mercedes y riquezas. Félix rechazó sus ofertas con desdén; mas al contemplar a la hermosa Safie, a quien se consentía visitar a su padre y quien mediante ademanes expresaba su viva gratitud, el mancebo no pudo menos de reconocer en su fuero interno que el prisionero poseía un tesoro que colmaría con creces sus fatigas y peligros.

»El turco descubrió con presteza la impresión que su hija había obrado en el corazón de Félix y procuró asegurárselo más enteramente para su causa mediante la promesa de otorgarle la mano de la doncella no bien hubiese sido conducido a lugar seguro. Félix era harto pundonoroso para aceptar semejante oferta, mas contemplaba la perspectiva de aquel enlace como la consumación de su ventura.

»Durante los días subsiguientes, mientras se ultimaban los preparativos para la fuga del comerciante, el celo de Félix fue avivado por diversas cartas recibidas de aquella hermosa doncella, quien halló modo de expresar sus pensamientos en la lengua de su amado con ayuda de un anciano criado de su padre que entendía el francés. Dábale en ellas las más rendidas gracias por los servicios prometidos en favor de su progenitor, y al propio tiempo lamentaba con ternura su propio destino.

»Conservo copias de estas cartas, pues me las ingenié, durante mi morada en el cobertizo, para agenciarme útiles de escribir; y las misivas estaban a menudo en manos de Félix o de Agatha. Antes de partir te las entregaré: darán fe de la verdad de mi relato; mas por el momento, declinando ya tanto el sol, solo dispongo de tiempo para repetirte la sustancia de su contenido.

»Refirió Safie que su madre era una cristiana árabe, capturada y reducida a la esclavitud por los turcos; merced a su hermosura, había conquistado el corazón del padre de Safie, quien la tomó por esposa. La joven hablaba en términos encendidos y de vivo entusiasmo de su madre, quien, nacida en libertad, aborrecía la servidumbre a la que habíase visto postergada. Había instruido a su hija en los preceptos de su religión y le había enseñado a aspirar a prendas más altas de entendimiento y a una independencia de espíritu vedadas a las mujeres seguidoras de Mahoma. Aquella dama murió, mas sus lecciones quedaron grabadas de modo indeleble en el ánimo de Safie, a quien causaba horror la perspectiva de regresar a Asia y verse enclaustrada intramuros de un harén, reducida a ocuparse solo en entretenimientos pueriles, harto ajenos al temple de su alma, acostumbrada ya a nobles ideales y a una generosa emulación de la virtud. La perspectiva de desposar a un cristiano y morar en una tierra donde a las mujeres se permitía ocupar un rango en la sociedad resultábale fascinante.

»Llegó el día fijado para la ejecución del turco; mas la víspera por la noche el reo abandonó su prisión y antes del amanecer hallábase a muchas leguas de París. Félix habíase procurado pasaportes a nombre de su padre, de su hermana y de sí mismo. Previamente había comunicado su designio al anciano, quien secundó el ardid abandonando su morada bajo pretexto de un viaje y ocultándose con su hija en un rincón apartado de París.

»Félix condujo a los fugitivos a través de Francia rumbo a Lyon y cruzando el monte Cenis hasta Livorno, donde el comerciante resolvió aguardar una coyuntura favorable para pasar a dominios del imperio turco.

»Safie resolvió permanecer junto a su padre hasta el instante de su partida, antes de la cual el turco renovó su solemne promesa de desposarla con su libertador; y Félix permaneció a su lado en espera de aquel acontecimiento, disfrutando entretanto de la compañía de la árabe, quien le manifestaba el más sincero y dulce afecto. Platicaban entre sí por conducto de un intérprete y a veces mediante la elocuencia de las miradas; y Safie cantábale las divinas melodías de su suelo natal.

»El turco consentía en esta intimidad y alentaba las esperanzas de los jóvenes amantes, mientras en su pecho forjaba designios muy diversos. Aborrecía la idea de que su hija se uniese a un cristiano, mas temía el resentimiento de Félix si se mostraba tibio, pues sabía que hallábase aún en poder de su libertador si este decidía entregarlo a las autoridades del Estado italiano en que moraban. Fraguaba mil planes mediante los cuales prolongar el engaño hasta que ya no fuese menester, y llevarse secretamente a su hija consigo al partir. Sus designios se vieron facilitados por las noticias llegadas de París.

»El gobierno de Francia hallábase fieramente irritado por la evasión de su víctima y no perdonó fatiga alguna para descubrir y castigar a su libertador. La conjura de Félix fue presto descubierta, y De Lacey y Agatha fueron arrojados a las mazmorras. La noticia llegó a oídos de Félix y lo arrancó de su ensueño de deleite. Su anciano y ciego padre y su dulce hermana yacían en un calabozo inmundo mientras él gozaba del aire libre y de la compañía de su amada. Esta idea fue un suplicio para su ánimo. Concierto de inmediato con el turco que, si este hallaba una ocasión propicia de fuga antes de que Félix pudiese regresar a Italia, Safie permanecería pupila en un convento de Livorno; y despidiéndose de la hermosa doncella, voló hacia París y se entregó a la venganza de la justicia, con la esperanza de libertar a De Lacey y a Agatha merced a semejante proceder.

»No lo logró. Permanecieron cautivos durante cinco meses antes de que se celebrase el juicio, cuyo fallo los despojó de toda su fortuna y los condenó a destierro perpetuo de su suelo natal.

»Hallaron un mísero asilo en la cabaña de Alemania, donde yo los descubrí. Félix supo presto que el pérfido turco, por quien él y su linaje habían soportado opresión tan inaudita, al descubrir que su libertador hallábase reducido a la pobreza y a la ruina, trocóse en traidor a todo honor y sentimiento noble, y había abandonado Italia con su hija, enviando afrentosamente a Félix una mezquina suma de dinero para auxiliarlo, según decía, en algún plan de futura subsistencia.

»Tales fueron los sucesos que roían el corazón de Félix y lo convertían, cuando lo vi por vez primera, en el más desventurado de su familia. Habría sobrellevado la indigencia, y mientras aquella miseria hubiese sido la prez de su virtud, habríase gloriado en ella; mas la ingratitud del turco y la pérdida de su adorada Safie eran desventuras harto más amargas e irreparables. La llegada de la árabe derramaba ahora nueva vida en su espíritu.

»Cuando llegó a Livorno la noticia de que Félix había sido despojado de sus riquezas y de su rango, el comerciante ordenó a su hija no pensar más en su amante y prepararse a retornar a su suelo nativo. La noble naturaleza de Safie sintióse ultrajada por semejante mandato; procuró razonar con su padre, mas él la abandonó con cólera, reiterando su tiránica orden.

»Pocos días después el turco penetró en el aposento de su hija y le comunicó con premura que tenía motivos fundados para temer que su paradero en Livorno hubiese sido descubierto y que en breve sería entregado al gobierno francés; en consecuencia había fletado una nave para transportarlo a Constantinopla, rumbo a la cual zarparía en pocas horas. Se proponía dejar a su hija al cuidado de un criado de confianza, para que lo siguiese a su conveniencia con la mayor parte de sus caudales, aún no llegados a Livorno.

»Al quedarse sola, Safie meditó en su ánimo la conducta que le cumplía observar en tan grave coyuntura. La morada en Turquía resultábale aborrecible; su religión y sus sentimientos oponíanse por igual a ello. Por algunos papeles de su padre caídos en sus manos supo del destierro de su amante y averiguó el nombre del paraje donde residía. Vaciló algún tiempo, mas al fin forjó su determinación. Tomando consigo algunas joyas de su pertenencia y una suma de dinero, abandonó Italia en compañía de una doncella, natural de Livorno pero conocedora del idioma corriente de Turquía, y partió rumbo a Alemania.

»Arribó sin novedad a una ciudad situada a unas veinte leguas de la cabaña de De Lacey, cuando su acompañante cayó gravemente enferma. Safie la cuidó con la más devota ternura, mas la pobre muchacha murió, y la árabe quedó sola, sin conocer la lengua del país y en la más absoluta ignorancia de las costumbres del mundo. Cayó, empero, en buenas manos: la italiana había mencionado el nombre del pueblo adonde se dirigían, y tras su muerte la mujer de la casa en que se hospedaban se cuidó de que Safie llegara sana y salva a la cabaña de su amado».

Fin del Episodio 24 · de 45

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