Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 23

Capítulo 13

~10 min · 2066 palabras

Me apresuro ahora a referir la parte más conmovedora de mi relato. Voy a narrar sucesos que me grabaron sentimientos que, de lo que había sido, me han convertido en lo que soy.

»La primavera avanzó con rapidez; el tiempo se tornó apacible y el cielo quedó limpio de nubes. Me maravillaba ver que lo que antes era yermo y tenebroso floreciese ahora con las más hermosas corolas y verdor. Mis sentidos se deleitaban y recreaban con mil aromas exquisitos y mil primores de la vista.

»Aconteció en una de aquellas jornadas en que mis labradores reposaban periódicamente de sus faenas —el anciano tocaba la guitarra y sus hijos lo escuchaban—, cuando advertí que el semblante de Félix mostraba una melancolía indecible; suspiraba con frecuencia, y en una ocasión su padre suspendió la música y conjeturé por sus ademanes que inquiría la causa de la pesadumbre de su hijo. Félix respondió con acento alegre y el anciano se disponía a reanudar su tañido cuando llamaron a la puerta.

»Era una dama a caballo, acompañada por un campesino que le servía de guía. La dama vestía un traje oscuro y cubríase con un tupido velo negro. Agatha le formuló una pregunta, a la que la extranjera solo respondió pronunciando, con dulce acento, el nombre de Félix. Su voz era melodiosa, mas muy distinta de la de mis amigos. Al escuchar aquella palabra, Félix acudió presuroso hacia la dama, quien, al verlo, alzó el velo y descubrió un semblante de angelical hermosura y expresión. Sus cabellos eran de un negro azabache brillante y primorosamente trenzados; sus ojos eran oscuros pero dulces y vivaces; sus facciones guardaban admirable proporción y su tez era de una blancura deslumbrante, teñida cada mejilla de un delicado carmín.

»Félix pareció arrebatado de júbilo al contemplarla; todo rasgo de tristeza se desvaneció de su rostro, que al punto reflejó un grado de éxtasis del que apenas lo habría creído capaz: sus ojos centelleaban y sus mejillas se encendieron de placer; en aquel instante lo juzgué tan hermoso como a la extranjera. Ella pareció conmovida por sentimientos encontrados: enjugándose algunas lágrimas de sus hermosos ojos, tendió la mano a Félix, quien la besó con arrebato y la llamó, según alcancé a distinguir, su dulce árabe. Ella no pareció entender sus palabras, mas sonrió. Él la ayudó a desmontar y, despidiendo al guía, la condujo al interior de la cabaña. Cruzáronse algunas palabras entre él y su padre, y la joven extranjera se arrodilló a los pies del anciano y se disponía a besarle la mano, mas él la levantó y la abrazó con entrañable cariño.

»Pronto advertí que, aun cuando la extranjera profería sonidos articulados y parecía poseer una lengua propia, ni era comprendida por los moradores de la choza ni ella misma los entendía. Hacían muchas señas que yo no alcanzaba a descifrar, mas vi que su presencia derramaba el gozo por la casa, disipando su aflicción como el sol desvanece las nieblas matinales. Félix mostrábase singularmente dichoso y con sonrisas de alborozo daba la bienvenida a su árabe. Agatha, la siempre dulce Agatha, besó las manos de la hermosa extranjera y, señalando a su hermano, hizo ademanes que a mi parecer significaban que él había permanecido sumido en la tristeza hasta su llegada. Transcurrieron así varias horas, mientras ellos manifestaban en sus semblantes un regocijo cuya causa yo no comprendía. Poco después descubrí, por la frecuente repetición de ciertos sonidos que la doncella repetía tras ellos, que procuraba aprender su idioma; y al instante me vino a las mientes la idea de aprovecharme de las mismas enseñanzas con idéntico fin. La extranjera aprendió cerca de veinte palabras en la primera lección: la mayoría, en verdad, eran de las que yo ya había comprendido, mas saqué provecho de las restantes.

»Al caer la noche Agatha y la árabe se retiraron temprano. Al separarse Félix besó la mano de la extranjera y dijo: «Buenas noches, dulce Safie». Permaneció levantado mucho más tiempo platicando con su padre, y por la frecuente repetición de aquel nombre conjeturé que la encantadora huésped era el tema de su coloquio. Ansiaba ardientemente comprenderlos y consagré todas mis facultades a tal propósito, mas lo hallé del todo imposible.

»A la mañana siguiente Félix salió a sus faenas, y una vez concluidas las ocupaciones ordinarias de Agatha, la árabe se sentó a los pies del anciano y, tomando la guitarra de este, tocó algunas melodías tan arrobadoramente hermosas que al punto hicieron brotar de mis ojos lágrimas de dolor y deleite. Cantó, y su voz discurrió en una rica cadencia, elevándose o desvaneciéndose como la de un ruiseñor en la espesura.

»Cuando hubo terminado, entregó el instrumento a Agatha, quien al principio rehusó. Tocó luego una tonada sencilla y su voz la acompañó con dulces acentos, mas muy ajenos a las maravillosas notas de la extranjera. El anciano parecía extasiado y pronunció algunas palabras que Agatha procuró explicar a Safie, y con las que parecía desear manifestar que su música le había deparado el más vivo deleite.

»Las jornadas transcurrían ahora tan apacibles como antes, con la sola mudanza de que el gozo había ocupado el lugar de la tristeza en los semblantes de mis amigos. Safie mostrábase siempre alegre y feliz; ella y yo progresamos con rapidez en el conocimiento del idioma, de suerte que en dos meses comencé a comprender la mayor parte de las palabras pronunciadas por mis protectores.

»Entretanto la tierra ennegrecida habíase cubierto de verdor y las lomas verdes salpicábanse de innumerables flores, gratas al olfato y a la vista, semejantes a estrellas de pálido fulgor en los sotos alumbrados por la luna; el sol calentaba más, las noches eran serenas y templadas, y mis correrías nocturnas constituían un deleite indecible para mí, si bien se veían acortadas por la tardía puesta y el temprano amanecer del sol, pues jamás me aventuraba fuera durante el día, temeroso de recibir el mismo trato que había padecido en la primera aldea donde entré.

»Mis jornadas transcurrían en atenta vigilia, a fin de dominar más prestamente la lengua; y puedo vanagloriarme de haber progresado con mayor rapidez que la árabe, quien entendía muy poco y se expresaba con acento entrecortado, mientras que yo comprendía y podía imitar casi cuantas palabras se pronunciaban.

»Al tiempo que mejoraba en el habla, aprendí asimismo la ciencia de las letras según era enseñada a la extranjera, y esto me abrió un dilatado horizonte de asombro y fascinación.

»El libro en el que Félix instruía a Safie era Las ruinas de Palmira de Volney. Yo no habría alcanzado a comprender el sentido de esta obra si Félix, al leerla, no hubiese ofrecido pormenorizadas explicaciones. Había elegido este libro, según dijo, porque el estilo declamatorio hallábase concebido a imitación de los autores orientales. Merced a esta lectura obtuve un conocimiento somero de la historia y una visión de los diversos imperios existentes en el orbe; me procuró nociones sobre las costumbres, gobiernos y religiones de las diferentes naciones de la tierra. Oí hablar de los asiáticos indolentes, del genio prodigioso y la actividad intelectual de los griegos, de las guerras y virtudes portentosas de los primeros romanos, de su ulterior decadencia, del ocaso de aquel colosal imperio, de la caballería, del cristianismo y de los reyes. Oí hablar del descubrimiento del hemisferio americano y lloré con Safie sobre el aciago destino de sus moradores primitivos.

»Estas admirables narraciones despertaron en mí extraños sentimientos. ¿Era el hombre en verdad tan poderoso, virtuoso y grandioso a un tiempo, y a la vez tan vil y perverso? Antojábaseme en ocasiones un mero vástago del principio del mal, y en otras cuanto de más noble y divino cabe concebir. Ser un varón grande y virtuoso se me figuraba el más alto honor que puede caber a un ser sensible; ser vil y depravado, como tantos de los que la historia guarda memoria, antojábaseme la más honda degradación, un estado más abyecto que el del topo ciego o el gusano inofensivo. Durante largo tiempo no acerté a concebir cómo un hombre podía lanzarse a asesinar a su semejante, ni siquiera por qué existían leyes y gobiernos; mas al escuchar los pormenores de la maldad y del derramamiento de sangre, cesó mi asombro y volví la espalda con náusea y repugnancia.

»Cada coloquio de los moradores me abría nuevos portentos. Al escuchar las lecciones que Félix prodigaba a la árabe, me fue explicado el extraño sistema de la sociedad humana. Oí hablar de la división de la propiedad, de inmensas riquezas y mísera indigencia, del rango, del linaje y de la nobleza de sangre.

»Aquellas palabras me llevaron a volver los ojos hacia mí mismo. Supe que los bienes más estimados por tus semejantes eran un linaje ilustre e intachable unido a la opulencia. Un hombre podía granjearse respeto poseyendo tan solo una de estas ventajas; mas desprovisto de ambas era considerado, salvo en contadísimas excepciones, como un vagabundo y un esclavo, sentenciado a agotar sus fuerzas en provecho de unos pocos elegidos. ¿Y qué era yo? De mi creación y de mi creador ignorábalo todo de modo absoluto; mas sabía que no poseía dinero, ni amigos, ni propiedad de especie alguna. Hallábame, además, dotado de una figura horriblemente deforme y repugnante; ni siquiera pertenecía a la misma naturaleza del hombre. Era más ágil que ellos y podía subsistir con una dieta más tosca; soportaba los rigores del calor y del frío con menor daño para mi cuerpo; mi estatura sobrepujaba con mucho la suya. Al mirar en torno a mí no veía ni oía hablar de nadie semejante a mí. ¿Era yo acaso un monstruo, un baldón sobre la tierra, de quien todos los hombres huían y a quien todos repudiaban?

»No puedo describirte la agonía que estas reflexiones me infligían; procuraba disiparlas, mas el dolor no hacía sino acrecentarse con el saber. ¡Ojalá hubiese permanecido para siempre en mi bosque natal, sin conocer ni sentir más allá de las sensaciones del hambre, la sed y el calor!

»¡De qué extraña naturaleza es el conocimiento! Se adhiere al entendimiento una vez que ha hecho presa en él como el liquen a la peña. Deseaba a veces sacudirme todo pensamiento y sentimiento, mas supe que solo existía un medio para vencer la sensación de dolor, y era la muerte: estado al que temía y que sin embargo no comprendía. Admiraba la virtud y los sentimientos nobles y amaba los modales tiernos y las prendas amables de mis labradores; mas hallábame excluido de todo trato con ellos, salvo merced a los medios que obtenía a hurtadillas, sin ser visto ni conocido, medios que antes bien acrecentaban que satisfacían mi anhelo de convertirme en uno de mis semejantes. Las dulces palabras de Agatha y las sonrisas animadas de la encantadora árabe no eran para mí. Las suaves amonestaciones del anciano y la viva conversación del querido Félix no eran para mí. ¡Miserable, desventurado engendro!

»Otras lecciones se grabaron en mí con mayor hondura todavía. Oí hablar de la diferencia de los sexos y del nacimiento y crianza de los niños; de cómo el padre se embelesa con las sonrisas del infante y con las ocurrencias vivaces del muchacho; de cómo la vida y los desvelos de la madre hállanse consagrados al precioso retoño; de cómo el entendimiento de la juventud se expande y adquiere conocimientos; del hermano, de la hermana y de cuantos vínculos diversos unen a los seres humanos en afectos mutuos.

»¿Mas dónde estaban mis deudos y mis amigos? Ningún padre había velado mis primeros días, ninguna madre me había bendecido con sonrisas y caricias; o si lo habían hecho, toda mi vida pretérita no era más que un borrón, un vacío ciego en el que nada acertaba a distinguir. Desde mis primeros recuerdos había sido tal como entonces era en estatura y proporciones. Jamás había contemplado a un ser que se me asemejase o que reclamase trato alguno conmigo. ¿Qué era yo? La pregunta volvía a asaltarme, para recibir solo gemidos por respuesta.

»Pronto te explicaré a qué pararon tales sentimientos; mas permíteme ahora volver a los moradores de la cabaña, cuya historia despertó en mí sentimientos tan encontrados de indignación, deleite y asombro, los cuales vinieron todos a rematar en un redoblado amor y veneración hacia mis protectores (pues así me complacía en llamarlos, en un inocente y semidoloroso autoengaño)».

Fin del Episodio 23 · de 45

Capítulo 13

Siguiente Episodio 24~9 minCapítulo 14“El turco, asombrado y colmado de júbilo, procuró avivar el celo de su libertador con promesas de mercedes y riquezas.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.