Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 22

Capítulo 12

~10 min · 2067 palabras

Me eché sobre la paja, mas no pude conciliar el sueño. Pensaba en los sucesos de la jornada. Lo que más vivamente me había impresionado eran los modales gentiles de aquellas gentes, y ansiaba unirme a ellas, mas no me atrevía. Recordaba con harta viveza el trato recibido la noche precedente de manos de los crueles aldeanos, y resolví que, fuese cual fuere la conducta que en lo sucesivo juzgase oportuno observar, por el momento permanecería sosegado en mi cobertizo, observando y procurando descubrir los motivos que gobernaban sus actos.

»Los moradores de la choza se levantaron a la mañana siguiente antes de que saliera el sol. La joven arregló la estancia y preparó la comida, y el mancebo partió tras el primer refrigerio.

»Esta jornada transcurrió según la misma rutina que la precedente. El joven hallábase constantemente ocupado fuera de la casa, y la muchacha entregada a diversas y penosas faenas dentro. El anciano, de quien pronto descubrí que era ciego, ocupaba sus horas de ocio con su instrumento o en contemplación. Nada podía sobrepujar el amor y el respeto que los jóvenes labradores manifestaban hacia su venerable compañero. Cumplían con él cada menudo deber y menester de afecto con ternura infinita, y él los recompensaba con sus dulces y benévolas sonrisas.

»No eran, empero, enteramente felices. El joven y su compañera se apartaban a menudo y parecían llorar. Yo no descubría causa alguna para su aflicción, mas me sentía profundamente conmovido por ella. Si criaturas tan hermosas eran desdichadas, menos extraño resultaba que yo, un ser imperfecto y solitario, fuese miserable. ¿Mas por qué habrían de ser desventuradas aquellas dulces criaturas? Poseían una morada deliciosa —pues tal se me antojaba a mis ojos— y toda suerte de comodidades: tenían lumbre para calentarse cuando sentían frío y sabrosos manjares cuando sentían hambre; vestían ropas excelentes; y, más aún, gozaban de la compañía y de la plática mutua, trocando a diario miradas de cariño y bondad. ¿Qué significaban sus lágrimas? ¿Denotaban en verdad dolor? Al principio fui incapaz de resolver tales enigmas, mas la asidua atención y el transcurso del tiempo me aclararon muchos hechos que en un principio me resultaban indescifrables.

»Transcurrió un lapso considerable antes de que descubriese una de las causas de la pesadumbre de esta amable familia: era la pobreza, y padecían este mal en un grado en extremo angustioso. Su sustento consistía enteramente en las hortalizas de su huerto y en la leche de una vaca, que daba muy poco durante el invierno, cuando sus amos apenas podían allegar alimento para mantenerla. Con frecuencia padecían, según creo, los rigores del hambre con honda crudeza, en particular los dos jóvenes labradores, pues en diversas ocasiones los vi poner comida delante del anciano sin reservarse nada para sí mismos.

»Este rasgo de abnegación me conmovió sensiblemente. Había contraído la costumbre de hurtar por la noche parte de sus provisiones para mi propio consumo; mas al comprobar que con ello infligía dolor a los moradores, me abstuve y me di por satisfecho con las bayas, nueces y raíces que recogía en un bosque cercano.

»Descubrí asimismo otro medio por el cual me era dado aliviar sus afanes. Advertí que el mancebo dedicaba gran parte de cada jornada a acarrear leña para el fuego de la familia, y durante la noche solía tomar sus herramientas, cuyo uso aprendí con presteza, y allegar ante la cabaña leña bastante para el consumo de varios días.

»Recuerdo que la primera vez que así lo hice, la joven, al abrir la puerta por la mañana, pareció sobremanera asombrada al contemplar una gran pila de leña en el exterior. Pronunció algunas palabras en voz alta y se le unió el mancebo, quien manifestó idéntica sorpresa. Observé con deleite que aquel día no acudió al bosque, sino que lo pasó reparando la choza y cultivando la huerta.

»Poco a poco hice un descubrimiento de momento aún más trascendental. Descubrí que aquellas personas poseían un método para comunicarse sus experiencias y sentimientos mutuos mediante sonidos articulados. Advertí que las palabras que pronunciaban producían a veces placer o dolor, sonrisas o tristeza, en el ánimo y semblante de quienes las escuchaban. Era esta en verdad una ciencia divina, y ansié con vehemencia familiarizarme con ella. Mas salí derrotado en cuantos empeños puse con tal fin. Su pronunciación era rápida, y no teniendo las palabras que proferían relación visible alguna con los objetos palpables, me resultaba imposible hallar indicio alguno que me descifrase el misterio de su correspondencia. Merced a una asidua aplicación, empero, y tras haber permanecido en mi cobertizo durante el espacio de varias revoluciones de la luna, descubrí los nombres asignados a algunos de los objetos más usuales de la conversación; aprendí y apliqué las palabras fuego, leche, pan y leña. Aprendí asimismo los nombres de los moradores de la choza. El joven y su compañera tenían cada uno diversos nombres, mas el anciano solo tenía uno, que era padre. A la muchacha la llamaban hermana o Agatha, y al mancebo Félix, hermano o hijo. No puedo describir el gozo que experimenté cuando comprendí las ideas inherentes a cada uno de aquellos sonidos y fui capaz de pronunciarlos. Distinguí varias otras palabras sin alcanzar todavía a comprenderlas o aplicarlas, tales como bueno, queridísimo, desdichado.

»Pasé el invierno de este modo. Los modales afectuosos y la hermosura de los labradores me los hacían entrañables en grado sumo; cuando ellos estaban tristes, me sentía abatido; cuando se regocijaban, compartía sus alegrías. Pocos seres humanos veía además de ellos, y si algún otro acertaba a entrar en la cabaña, sus modales ásperos y su porte tosco solo servían para realzar a mis ojos las prendas superiores de mis amigos. El anciano procuraba a menudo, según alcanzaba a advertir, animar a sus hijos, pues comprobé que a veces los llamaba así, a sacudirse la melancolía. Les hablaba con tono alegre y con una expresión de bondad que me causaba deleite incluso a mí. Agatha lo escuchaba con respeto; a veces sus ojos se anegaban en lágrimas que procuraba enjugar a hurtadillas; mas por lo común hallaba que su semblante y su voz se tornaban más vivos tras escuchar las exhortaciones de su padre. No acontecía así con Félix. Era siempre el más apesadumbrado del grupo, y aun para mis sentidos inexpertos, parecía haber padecido con mayor crudeza que sus compañeros. Mas si su semblante era más triste, su acento era más dulce que el de su hermana, en particular cuando se dirigía al anciano.

»Podría referir innumerables pormenores que, aun menudos, revelaban la noble condición de aquellos amables moradores. En medio de la pobreza y la escasez, Félix llevaba con placer a su hermana la primera florecilla blanca que asomaba bajo el manto de nieve. Temprano por la mañana, antes de que ella despertase, apartaba la nieve que obstruía el camino hacia la lechería, sacaba agua del pozo y traía leña del cobertizo, donde, para su perpetuo asombro, hallaba sus provisiones siempre repuestas por una mano invisible. Durante el día trabajaba a veces, según creo, para un labrador vecino, pues a menudo salía y no regresaba hasta la hora de la comida, sin traer consigo leña alguna. Otras veces trabajaba en la huerta; mas como poco había que hacer en la estación de las heladas, leía en voz alta para el anciano y para Agatha.

»Esta lectura me había desconcertado sobremanera al principio; mas poco a poco descubrí que profería muchos de los mismos sonidos cuando leía que cuando hablaba. Conjeturé, por ende, que hallaba sobre el papel signos del lenguaje que él comprendía, y ansié ardientemente comprenderlos yo también; mas ¿cómo habría de ser posible cuando ni siquiera entendía los sonidos de los que aquellos signos eran cifra? Progresé, no obstante, de modo sensible en esta ciencia, si bien no lo bastante para seguir conversación alguna, a despecho de que consagraba toda mi atención al empeño; pues advertí con facilidad que, aun cuando ansiaba vivamente darme a conocer a los labradores, no debía tentar la prueba hasta haberme adueñado por completo de su lengua, conocimiento que acaso me permitiese hacerles pasar por alto la fealdad de mi figura, de la cual el constante contraste ofrecido ante mis ojos me había hecho ya cabalmente consciente.

»Había admirado la perfecta figura de mis labradores: su gracia, su hermosura y sus delicadas tez; ¡mas cuál no fue mi espanto cuando contemplé mi propia estampa en un charco transparente! Al principio retrocedí aterrado, incapaz de creer que fuese en verdad yo mismo el reflejado en aquel espejo de agua; y cuando quedé plenamente convencido de que era en realidad el monstruo que soy, fui presa de las más amargas impresiones de desamparo y mortificación. ¡Ay! Aún no conocía por entero las fatales consecuencias de semejante y miserable deformidad.

»A medida que el sol cobraba más fuerza y los días se hacían más largos, la nieve se desvaneció y contemplé los árboles desnudos y la tierra renegrida. A partir de entonces Félix estuvo más ocupado, y los indicios desgarradores de la inminente hambruna desaparecieron. Su sustento, como más tarde comprobé, era frugal, mas saludable; y obtenían de él provisión bastante. Diversas especies de plantas brotaron en la huerta, a las que prodigaron sus cuidados; y estas señales de desahogo se acrecentaban de día en día con el avance de la estación.

»El anciano, apoyado en el brazo de su hijo, salía a pasear cada mediodía cuando no llovía, como supe que llamaban al caer del agua de los cielos. Esto acontecía a menudo, pero un viento recio secaba con presteza el suelo y la estación tornóse mucho más apacible de lo que había sido.

»El orden de mi vida en el cobertizo era uniforme. Durante la mañana observaba los movimientos de los moradores, y cuando se dispersaban en sus diversas faenas, yo dormía; el resto del día lo pasaba atisbando a mis amigos. Cuando se habían retirado a reposar, si había luna o la noche era estrellada, salía a los bosques y recogía mi propio sustento y combustible para la cabaña. A mi regreso, cuantas veces era menester, despejaba su senda de la nieve y cumplía aquellas faenas que había visto hacer a Félix. Supe más tarde que aquellas labores, cumplidas por mano invisible, los maravillaban en extremo; y una o dos veces los oí proferir en tales ocasiones las palabras buen espíritu, prodigioso; mas por entonces no alcanzaba a entender el significado de semejantes expresiones.

»Mis pensamientos se tornaron más vivos y ansié descubrir los móviles y sentimientos de aquellas admirables criaturas; sentía curiosidad por saber por qué Félix parecía tan desdichado y Agatha tan triste. Imaginaba —¡necio de mí!— que acaso estuviese en mi mano restituir la dicha a tan beneméritas gentes. Cuando dormía o me hallaba ausente, las figuras del venerable padre ciego, de la dulce Agatha y del noble Félix flotaban ante mis ojos. Los juzgaba como a seres superiores que habrían de ser los árbitros de mi destino por venir. Forjaba en mi imaginación mil escenas en que me presentaba ante ellos y concebía su acogida: figurábame que se sentirían espantados al principio, hasta que, merced a mis modales dóciles y a mis palabras conciliadoras, ganaría primero su favor y más tarde su cariño.

»Tales pensamientos me infundían aliento y me movían a aplicarme con redoblado afán al aprendizaje del lenguaje. Mis órganos eran ásperos, mas dóciles; y aun cuando mi voz distaba mucho de la suave melodía de sus acentos, pronunciaba las palabras que entendía con tolerable soltura. Era yo como el asno de la fábula ante el falderillo; mas a buen seguro el noble asno, cuyas intenciones eran afectuosas, por toscos que fuesen sus modales, merecía mejor suerte que palos y execraciones.

»Los chubascos bienhechores y el calor vivificante de la primavera mudaron grandemente el aspecto de la tierra. Los hombres, que antes de este cambio parecían hallarse ocultos en cavernas, se dispersaban ahora por los campos entregados a diversas faenas de labranza. Las aves cantaban con notas más joviales y las hojas comenzaban a brotar en los árboles. ¡Dichosa, bienhadada tierra! Morada digna de los dioses que, poco tiempo atrás, mostrábase yerta, húmeda e insalubre. Mi espíritu se enalteció ante el porte hechicero de la naturaleza: el pasado quedó borrado de mi memoria, el presente se mostraba sereno y el porvenir aparecía dorado por vivos rayos de esperanza y presentimientos de júbilo».

Fin del Episodio 22 · de 45

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