Capítulo 11 · II
~6 min · 1206 palabras
Aquí, pues, me guarecí y me eché en el suelo, dichoso de haber hallado un amparo, por miserable que fuese, contra la inclemencia del tiempo y más aún contra la crueldad del hombre. No bien despuntó la mañana salí a gatas de mi perrera para examinar la cabaña contigua y descubrir si podía permanecer en la morada que había hallado. Hallábase adosada a la parte posterior de la vivienda y cercada, en los costados expuestos, por una pocilga y un charco de agua clara. Una de las partes estaba abierta y por ella me había deslizado; mas ahora cubrí con piedras y maderos toda hendidura por la que pudiesen verme, pero de suerte que me fuese fácil moverlos a conveniencia para salir; toda la luz de que gozaba entraba por la pocilga, y ello me bastaba.
»Habiendo dispuesto así mi morada y alfombrándola con paja limpia, me recogí en ella, pues divisé la figura de un hombre a lo lejos y recordaba con sobrada viveza el trato recibido la noche precedente para fiarme de su poder. Antes, empero, me había provisto para el sustento de la jornada con una hogaza de pan moreno que hurté y con una vasija con la que podía beber con mayor comodidad que con la mano del agua pura que manaba junto a mi retiro. El suelo hallábase algo elevado, de suerte que se mantenía enteramente seco, y por su proximidad a la chimenea de la choza resultaba razonablemente templado.
»Provisto de tal guisa, resolví avecindarme en aquel tugurio hasta que sobreviniese algún acontecimiento que mudase mi determinación. Era en verdad un paraíso comparado con el bosque inhóspito, mi morada anterior, con sus ramas goteantes de lluvia y su suelo enfangado. Comí mi desayuno con deleite y me disponía a retirar un madero para proveerme de un poco de agua cuando escuché unos pasos y, atisbando por una rendija pequeña, vi a una joven que pasaba ante mi cobertizo con un balde sobre la cabeza. La muchacha era joven y de modales gentiles, muy ajena a lo que más tarde he visto en campesinas y mozas de labranza. Vestía, empero, con suma pobreza, no siendo su atuendo más que una saya basta de paño azul y una almilla de lienzo; llevaba sus cabellos rubios trenzados mas sin adorno alguno: parecía paciente a la vez que melancólica. La perdí de vista, y al cabo de un cuarto de hora regresó portando el cubo, mediado ya de leche. Mientras caminaba, visiblemente abrumada por el peso, salió a su encuentro un mancebo cuyo semblante denotaba una pesadumbre todavía más honda. Pronunciando unas pocas palabras con aire doliente, le quitó el cubo de la cabeza y lo llevó él mismo a la cabaña. Ella lo siguió y desaparecieron ambos de mi vista. Poco después vi de nuevo al joven cruzar el campo tras la cabaña provisto de algunas herramientas; y la muchacha hallábase asimismo afanada, ya en la casa, ya en el corral.
»Al examinar mi retiro descubrí que una de las ventanas de la cabaña había ocupado antiguamente parte de él, mas los vanos habían sido cegados con madera. En una de las tablas había una rendija diminuta, casi imperceptible, a través de la cual alcanzaba a penetrar la vista. Por aquella hendidura se divisaba una pequeña estancia, enjalbegada y limpia, mas casi desprovista de mobiliario. En un rincón, cerca de un fuego humilde, hallábase sentado un anciano que apoyaba la cabeza en las manos con ademán desconsolado. La joven hallábase afanada en ordenar la estancia; mas al poco sacó algo de un cajón para ocuparse las manos y se sentó junto al anciano, quien, tomando un instrumento, comenzó a tocar y a arrancar de él sonidos más dulces que el canto del zorzal o del ruiseñor. Era una estampa hermosa, aun para mí, pobre miserable que jamás había contemplado belleza alguna en el mundo. Los cabellos plateados y el semblante bondadoso del anciano despertaron mi reverencia, mientras que los modales tiernos de la muchacha atrajeron mi afecto. Tocaba una melodía dulce y melancólica que advertí que hacía brotar lágrimas de los ojos de su amable compañera, de lo cual el anciano no se percató hasta que la oyó sollozar; pronunció entonces unas pocas palabras y la hermosa doncella, dejando su labor, se arrodilló a sus plantas. Él la levantó y le sonrió con tal bondad y ternura que experimenté sensaciones de una índole singular y arrolladora: eran una mezcla de dolor y deleite como jamás había sentido por el frío o el hambre, el calor o el alimento; y me aparté del ventanuco, incapaz de sobrellevar tales emociones.
»Poco después regresó el joven portando una carga de leña a hombros. La doncella salió a recibirlo a la puerta, ayudóle a aliviarse del fardo y, llevando algunos leños al aposento, los arrimó a la lumbre; luego ella y el mancebo se apartaron a un rincón de la cabaña y él le mostró una hogaza grande y un pedazo de queso. Pareció ella complacida y salió a la huerta por algunas raíces y hierbas, que echó en agua y puso a la lumbre. Prosiguió luego sus faenas, mientras el joven fue al huerto y se mostró afanado en cavar y arrancar raíces. Tras ocuparse en esto cerca de una hora, la muchacha se unió a él y penetraron juntos en la cabaña.
»El anciano había permanecido pensativo entretanto; mas ante la presencia de sus compañeros adoptó un aire más jovial y se sentaron a comer. La colación se despachó con presteza. La joven volvió a afanarse en el arreglo de la casa; el anciano paseó unos minutos al sol ante la choza, apoyado en el brazo del mancebo. Nada podía sobrepujar en hermosura el contraste entre aquellas dos excelentes criaturas. El uno era anciano, de cabellos de plata y un semblante que irradiaba benevolencia y amor; el más joven era de figura esbelta y agraciada, y sus facciones estaban modeladas con la más perfecta simetría, si bien sus ojos y ademán denotaban la más honda tristeza y desánimo. El anciano regresó a la choza y el joven, con herramientas diversas de las que había empleado por la mañana, encaminó sus pasos a través de los campos.
»La noche cerró presto; mas para mi mayor asombro descubrí que los moradores de la cabaña tenían un medio de prolongar la claridad mediante el uso de velas, y me llenó de júbilo comprobar que la puesta del sol no ponía término al deleite que me producía observar a mis vecinos humanos. Al anochecer la muchacha y su compañero hallábanse entregados a diversas faenas que yo no alcanzaba a comprender; y el anciano tomó de nuevo el instrumento que producía aquellos sones divinos que me habían embelesado por la mañana. No bien hubo concluido, el joven comenzó, no a tocar, sino a emitir sonidos monótonos que no se asemejaban a la armonía del instrumento del anciano ni a los cantos de las aves; más tarde supe que leía en voz alta, pero por entonces nada sabía yo de la ciencia de las palabras ni de las letras.
»La familia, tras haber permanecido ocupada de este modo durante algún tiempo, apagó las luces y se retiró, según conjeturé, a reposar».
Fin del Episodio 21 · de 45
Capítulo 11 · II
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