Capítulo 11 · I
~8 min · 1632 palabras
Con no poca dificultad logro rememorar la época inicial de mi existencia; todos los sucesos de aquel período se me antojan confusos e indistintos. Una extraña multiplicidad de impresiones se apoderó de mí, y veía, sentía, oía y olía a un mismo tiempo; y transcurrió en verdad un largo lapso antes de que aprendiese a discernir entre las operaciones de mis diversos sentidos. Por grados, recuerdo, una luz más viva hirió mis nervios, de modo que me vi forzado a cerrar los ojos. La oscuridad sobrevino entonces y me causó desasosiego; mas apenas hube sentido esto cuando, al abrir los párpados, según ahora supongo, la claridad volvió a inundarme. Eché a andar y, según creo, descendí; mas pronto advertí una honda mudanza en mis sensaciones. Antes me rodeaban cuerpos oscuros y opacos, impenetrables a mi tacto o a mi vista; mas ahora descubrí que podía vagar en libertad, sin más obstáculos que los que me era dado salvar o esquivar. La luz se tornó cada vez más opresiva para mí, y fatigándome el calor mientras caminaba, busqué un paraje que me brindara sombra. Era este el bosque cercano a Ingolstadt; y allí me tendí junto a un arroyo para reposar de mi fatiga, hasta que comencé a sentirme atormentado por el hambre y la sed. Esto me sacó de mi letargo, y comí algunas bayas que hallé colgadas de los árboles o caídas en la hierba. Apagué mi sed en el arroyo y, tendiéndome de nuevo, fui vencido por el sueño.
»Era de noche cuando desperté; sentía frío asimismo y me hallaba aterrorizado, por instinto, al verme tan desamparado. Antes de abandonar tu estancia, al experimentar frío, me había cubierto con algunas ropas; mas eran insuficientes para preservarme de los relentes nocturnos. Yo era un ser desdichado, miserable e indefenso; nada sabía ni acertaba a distinguir cosa alguna; mas sintiendo que el dolor me cercaba por todas partes, me senté y rompí a llorar.
»Pronto una suave claridad se deslizó por el firmamento y me produjo una sensación de placer. Me puse en pie y contemplé una forma radiante que se alzaba de entre los árboles: la luna. La miré con una suerte de asombro. Avanzaba con lentitud, pero iluminaba mi senda, y volví a salir en busca de bayas. Todavía tenía frío cuando, al pie de uno de los árboles, hallé una capa enorme con la que me envolví, y me senté sobre la tierra. Ninguna idea clara ocupaba mi mente: todo era confusión. Sentía la luz, el hambre, la sed y las tinieblas; innumerables sones zumbaban en mis oídos y por doquier me asaltaban olores diversos; el único objeto que acertaba a distinguir era la luna luminosa, y clavé en ella mis ojos con deleite.
»Varios cambios de día y noche se sucedieron, y el orbe nocturno había menguado en gran medida cuando comencé a distinguir mis sensaciones unas de otras. Poco a poco vi con claridad el arroyo cristalino que apagaba mi sed y los árboles que me cobijaban con su follaje. Sentí gran júbilo al descubrir por vez primera que un son agradable, que a menudo acariciaba mis oídos, brotaba de las gargantas de los pequeños animales alados que solían cruzar la luz ante mis ojos. Comencé asimismo a observar con mayor exactitud las formas que me rodeaban y a percibir los confines de la bóveda resplandeciente que me cubría. A veces procuraba imitar los trinos deleitosos de las aves, mas me era imposible. Otras deseaba expresar mis sensaciones a mi propia manera, pero los sonidos toscos e inarticulados que brotaban de mi pecho me asustaban hasta hacerme enmudecer de nuevo.
»La luna había desaparecido de la noche, y de nuevo, con menguante figura, volvió a mostrarse, mientras yo continuaba en el bosque. Mis sensaciones habiánse tornado ya más claras y mi mente recibía a diario nuevas nociones. Mis ojos acostumbráronse a la luz y a percibir los objetos en sus contornos precisos: distinguí los insectos de las hierbas, y paulatinamente, unas hierbas de otras. Descubrí que el gorrión solo profería notas ásperas, mientras que los cantos del mirlo y del zorzal eran dulces y deleitosos.
»Un día, sintiéndome abrumado por el frío, hallé una hoguera que unos mendigos errantes habían dejado encendida, y me sentí colmado de gozo ante el calor que de ella emanaba. En mi alborozo metí la mano en las brasas vivas, mas la retiré al punto con un grito de dolor. ¡Cuán extraño, pensé, que una misma causa produjese efectos tan contrarios! Examiné los materiales del fuego y, para mi dicha, descubrí que estaban compuestos de leña. Recogí apresuradamente algunas ramas, pero estaban húmedas y no prendían. Afligióme esto y permanecí inmóvil observando la acción del fuego. La leña mojada que había colocado cerca del calor se secó y acabó por inflamarse. Reflexioné sobre ello y, palpando las diversas ramas, descubrí la causa y me afané en allegar una gran provisión de leña, a fin de que se secara y me asegurase abundante fuego. Al caer la noche trayendo consigo el sueño, sentí el más vivo temor de que mi fuego se extinguiese. Lo cubrí con cuidado con ramas secas y hojarasca, y coloqué leños húmedos encima; luego, extendiendo mi capa, me eché en el suelo y me entregué al reposo.
»Era ya de mañana cuando desperté, y mi primer cuidado fue visitar la hoguera. La descubrí, y una brisa suave la avivó de inmediato en llama viva. Observé asimismo este efecto e ideé un abanico de ramajes que reanimaba las ascuas cuando estaban a punto de apagarse. Al sobrevenir de nuevo la noche comprobé con deleite que el fuego dispensaba luz tanto como calor, y que el hallazgo de este elemento me era en extremo útil en mi sustento, pues advertí que algunos despojos que los caminantes habían dejado estaban asados y sabían mucho más apetitosos que las bayas que cogía de los árboles. Procuré, por tanto, aderezar mi comida del mismo modo, poniéndola sobre las brasas ardientes. Descubrí que las bayas se echaban a perder con esta operación, mas las nueces y las raíces mejoraban sobremanera.
»Con todo, el sustento comenzó a escasear y a menudo pasaba el día entero buscando en vano unas cuantas bellotas para mitigar las punzadas del hambre. Ante semejante penuria resolví abandonar el paraje que hasta entonces había habitado, en busca de otro donde las pocas necesidades que experimentaba se satisficiesen con mayor desahogo. En esta emigración lamenté sobremanera la pérdida del fuego, que había obtenido por ventura y no sabía cómo reproducir. Dediqué varias horas a meditar sobre esta dificultad, pero me vi precisado a desistir de todo intento de proveerme de él; y envolviéndome en mi capa, crucé el bosque en dirección al sol poniente. Pasé tres días en estas andanzas y al fin descubrí campo abierto. Una gran nevada había caído la noche precedente y la campiña mostraba una blancura uniforme; el aspecto era desolador y sentí los pies ateridos por la sustancia fría y húmeda que alfombraba el suelo.
»Eran cerca de las siete de la mañana y ansiaba vivamente obtener abrigo y comida; al fin divisé una pequeña cabaña en una loma, levantada sin duda para comodidad de algún pastor. Era esta una visión nueva para mí, y examiné la fábrica con viva curiosidad. Hallando la puerta abierta, penetré en el aposento. Un anciano se hallaba sentado en él junto al fuego, sobre el cual preparaba su desayuno. Volvió la cabeza al percibir ruido y, al descubrirme, prorrumpió en un grito estridente y, abandonando la choza, echó a correr por los campos con una presteza de la que su cuerpo decrépito apenas parecía capaz. Su estampa, distinta de cuantas había contemplado hasta entonces, y su fuga me sorprendieron en no escasa medida. Mas me hallaba maravillado ante el aspecto de la choza: en ella no podían penetrar la nieve ni la lluvia; el suelo estaba seco; y antojábaseme un refugio tan primoroso y celestial como el Pandemónium debió de parecer a los demonios del infierno tras sus tormentos en el lago de fuego. Devoré con avidez las sobras del desayuno del pastor, consistentes en pan, queso, leche y vino; este último, empero, no me agradó. Luego, rendido de fatiga, me eché sobre un montón de paja y me quedé dormido.
»Era mediodía cuando desperté y, atraído por el calor del sol, que brillaba con fuerza sobre el suelo blanquecino, resolví reanudar mis andanzas; y guardando los restos del desayuno del campesino en un zurrón que encontré, caminé por los campos durante varias horas, hasta que al ponerse el sol arribé a una aldea. ¡Cuán prodigioso me pareció todo! Las chozas, las cabañas más pulcras y las casas señoriales atraían por turnos mi admiración. Las verduras de las huertas, la leche y el queso que veía dispuestos en los ventanucos de algunas casas excitaban mi apetito. Entré en una de las mejores viviendas, mas apenas hube puesto el pie en el umbral cuando los niños rompieron a chillar y una de las mujeres cayó desvanecida. La aldea entera se alborotó: unos huyeron, otros arremetieron contra mí, hasta que, fieramente magullado por piedras y toda suerte de proyectiles arrojadizos, escapé a campo abierto y me refugié, despavorido, en un cobertizo bajo, enteramente desmantelado, que ofrecía un mísero aspecto tras los palacios que había contemplado en la aldea. Aquel cobertizo, con todo, hallábase adosado a una cabaña de aspecto limpio y agradable; mas tras mi reciente y amarga experiencia no osé entrar en ella. Mi refugio estaba construido de tablas, mas era tan bajo que apenas podía permanecer sentado en él. No había tarima sobre la tierra, que formaba el suelo, pero estaba seco; y aun cuando el viento penetraba por innumerables resquicios, lo hallé un grato asilo contra la nieve y la lluvia».
Fin del Episodio 20 · de 45
Capítulo 11 · I
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.