Capítulo 16 · II
~7 min · 1331 palabras
Continué culebreando por los senderos del bosque hasta alcanzar su confín, bordeado por un río caudaloso y rápido hacia el cual muchos árboles inclinaban sus ramas, ya cuajadas de brotes por la fresca primavera. Aquí me detuve, sin saber con exactitud qué rumbo seguir, cuando escuché el rumor de voces que me indujo a ocultarme bajo la sombra de un ciprés. Apenas me hube emboscado cuando una muchacha cruzó corriendo hacia el paraje donde me ocultaba, riendo como quien huye de alguien por juego. Prosiguió su carrera por la orilla escarpada del río cuando de pronto resbaló y cayó en la impetuosa corriente. Salí precipitado de mi escondite y con ímprobo esfuerzo, habida cuenta de la furia del torrente, la salvé y la arrastré hasta la orilla. Hallábase sin sentido, y me esforzaba por todos los medios a mi alcance por reanimarla cuando me vi interrumpido de improviso por la llegada de un rústico, que era probablemente la persona de quien ella huía jugando. Al verme, abalanzóse sobre mí y, arrancándome a la niña de los brazos, corrió presuroso hacia la espesura del bosque. Lo seguí de cerca, sin saber apenas por qué; mas cuando el hombre me vio aproximarme, encaró una escopeta que portaba hacia mi cuerpo y disparó. Caí derribado al suelo y mi agresor, redoblando la carrera, escapó por la arboleda.
»¡Tal fue, pues, el premio a mi benevolencia! Había salvado a una criatura humana de la muerte y como recompensa me retorcía bajo el dolor atroz de una herida que desgarraba carne y hueso. Los sentimientos de ternura y mansedumbre que había albergado pocos instantes antes trocaronse en furor infernal y rechinar de dientes. Inflamado por el dolor, juré odio y venganza eternos contra la especie humana. Mas la agonía de la herida me venció: mi pulso se detuvo y caí desvanecido.
»Durante varias semanas arrastré una mísera existencia en los bosques, procurando sanar de la herida recibida. La bala había penetrado en mi hombro, y no sabía si había quedado alojada allí o lo había atravesado; en todo caso carecía de medios para extraerla. Mis padecimientos acrecentábanse asimismo por la opresiva conciencia de la injusticia e ingratitud con que me había sido infligida. Mis votos diarios se alzaban clamando venganza: una venganza honda y mortal, la única capaz de compensar los ultrajes y la agonía que había soportado.
»Al cabo de algunas semanas mi herida cicatrizó y proseguí mi camino. Las penalidades que soportaba ya no eran mitigadas por el sol radiante ni por las suaves brisas primaverales: todo regocijo antojábaseme un escarnio que insultaba mi desamparo y me hacía sentir con mayor crudeza que no había nacido para gozar del deleite.
»Mas mis afanes tocaban ya a su fin, y a los dos meses de este suceso alcancé las inmediaciones de Ginebra.
»Era el atardecer cuando arribé, y me retiré a un escondrijo entre los campos que la circundan para meditar sobre el modo en que debía presentarme ante ti. Hallábame abrumado por la fatiga y el hambre, y harto desdichado para recrearme con las tibias auras vespertinas o con la vista del sol poniéndose tras las colosales montañas del Jura.
»En aquel trance un ligero sopor me alivió del tormento de cavilar, el cual se vio turbado por la llegada de un hermoso niño que entró corriendo en el recóndito paraje que yo había elegido, con toda la alegre travesura de la infancia. De pronto, mientras lo contemplaba, asaltóme la idea de que aquella tierna criatura hallábase libre de prejuicios y había vivido harto poco para haber concebido horror hacia la deformidad. Si lograba, por tanto, apoderarme de él y educarlo como a mi compañero y amigo, no me vería tan desolado en esta tierra poblada.
»Impelido por semejante estímulo, así al muchacho al pasar junto a mí y lo atraje hacia mi cuerpo. No bien hubo contemplado mi figura, púsose las manos ante los ojos y profirió un grito estridente; aparté con firmeza sus manos de su rostro y dije: «Niño, ¿qué significa esto? No abrigo propósito de hacerte daño: escúchame».
»El niño forcejeó con desesperada violencia. «¡Soltadme! —gritaba—. ¡Monstruo! ¡Miserable engendro deforme! Queréis devorarme y hacerme pedazos. Sois un ogro abominable. ¡Dejadme marchar o se lo diré ahora mismo a mi padre!»
»—Niño, jamás volverás a ver a tu padre: debes venirte conmigo.
»—¡Monstruo horrendo! ¡Soltadme! Mi padre es síndico: es Monsieur Frankenstein... Él os castigará. No os atreveréis a retenerme.
»—¡Frankenstein! Perteneces, pues, a mi enemigo, a aquel a quien he jurado eterna venganza: tú serás mi primera víctima.
»El niño continuó forcejeando y me abrumó con improperios que llevaron la desesperación a mi corazón; le así de la garganta para acallarlo, y en un instante yació sin vida a mis pies.
»Contemplé a mi víctima y mi pecho se ensanchó de triunfo infernal y regocijo; batiendo palmas, exclamé: «¡Yo también puedo sembrar la desolación! Mi enemigo no es invulnerable: esta muerte llevará la desesperación a su alma y mil suplicios más lo atormentarán y destruirán».
»Al clavar los ojos en el niño divisé un objeto brillante sobre su pecho. Lo tomé: era el retrato de una mujer en extremo hermosa. A despecho de mi malevolencia, me ablandó y atrajo. Por unos instantes contemplé con deleite sus ojos oscuros, guarnecidos de tupidas pestañas, y sus labios primorosos; mas pronto mi furia retornó: recordé que me hallaba privado para siempre de los deleites que criaturas tan hermosas podían dispensar, y que aquella cuya imagen contemplaba, de mirarme a mí, habría mudado aquel aire de divina benignidad en una expresión de asco y espanto.
»¿Habrá de maravillarte que tales pensamientos me arrebatasen de ira? Solo me maravilla que en aquel instante, en vez de desahogar mis impresiones en gritos y agonía, no me precipitase entre los hombres para perecer en la tentativa de destruirlos.
»Embargado por semejantes sentimientos abandoné el paraje donde había consumado el crimen y, buscando un asilo más apartado, entré en un pajar que me pareció desierto. Una mujer dormía sobre un montón de paja: era joven, no ciertamente tan hermosa como aquella cuyo retrato sostenía, mas de porte agradable y lozana en la lozanía de la juventud y la salud. «He aquí —pensé— a una de aquellas cuyas sonrisas dispensadoras de dicha son prodigadas a todos menos a mí». Y me incliné entonces sobre ella y susurré: «¡Despierta, hermosa mía! Tu amante está cerca, aquel que daría la vida por obtener una sola mirada de afecto de tus ojos; ¡amada mía, despierta!»
»La durmiente se agitó: un estremecimiento de espanto me recorrió el cuerpo. Si despertase en verdad y me viese, me maldijese y denunciase al homicida... Así obraría a buen seguro si sus ojos cerrados se abriesen y me contemplasen. El pensamiento era demencia: despertó al demonio que anidaba en mí. «No yo, sino ella, habrá de padecer; el homicidio que he cometido porque me hallo despojado para siempre de cuanto ella podría concederme, ella lo expiará. En ella tuvo su origen el crimen: ¡sea para ella el castigo!». Gracias a las lecciones de Félix y a las sanguinarias leyes de los hombres, había aprendido ya a tramar el daño. Me incliné sobre ella y deslicé con tiento el retrato en uno de los pliegues de su vestido. Volvió a moverse y eché a correr.
»Durante algunos días merodeé por el paraje donde tales sucesos se habían desarrollado, deseando unas veces verte, resuelto otras a abandonar el mundo y sus pesares para siempre. Al fin encaminé mis pasos hacia estas montañas y he vagado por sus inmensos repliegues, consumido por una pasión ardiente que solo tú puedes colmar. No podemos separarnos hasta que me hayas prometido acceder a mi demanda. Estoy solo y soy desdichado; el hombre rehúsa todo trato conmigo; mas una criatura tan deforme y horrenda como yo no se negará a unirse a mí. Mi compañera debe ser de la misma especie y participar de mis mismos defectos. A este ser debes darle vida tú».
Fin del Episodio 28 · de 45
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