Capítulo 8 · I
~9 min · 1706 palabras
Pasamos unas horas tristes hasta las once, momento en que debía dar comienzo el juicio. Viéndose mi padre y el resto de la familia obligados a comparecer en calidad de testigos, los acompañé al tribunal. A lo largo de toda aquella miserable farsa de justicia padecí un tormento indecible. Iba a decidirse si el fruto de mi curiosidad y de mis artes ilícitas causaría la muerte de dos de mis semejantes: uno, un tierno infante colmado de sonrisas, inocencia y alegría; el otro, una víctima inmolada de modo aún más atroz, con todos los agravantes de la infamia que podían hacer memorable en espanto aquel homicidio. Justine era asimismo una muchacha virtuosa, dotada de cualidades que prometían labrarle una vida dichosa; ahora todo quedaría borrado en una tumba ignominiosa, ¡y yo era la causa! Mil veces antes me habría declarado a mí mismo culpable del crimen imputado a Justine; mas yo me hallaba ausente cuando se cometió, y semejante declaración habría sido juzgada como el desvarío de un demente, sin exculpar en nada a quien padecía por mi culpa.
El semblante de Justine era sereno. Vestía de luto riguroso, y sus facciones, de ordinario atrayentes, se tornaban exquisitamente hermosas por la solemnidad de sus sentimientos. Mostrábase confiada en su inocencia y no temblaba, aun cuando millares de miradas se posaban en ella para execrarla; pues toda la piedad que su hermosura habría despertado en otra circunstancia hallábase desvanecida en el ánimo de los espectadores por la atrocidad del crimen que le atribuían. Estaba tranquila, mas era patente que aquella tranquilidad era forzada; y puesto que su turbación precedente había sido esgrimida como prueba de culpa, procuró templar su espíritu para ofrecer una apariencia de entereza. Al penetrar en la sala, paseó la vista por el recinto y descubrió al punto el lugar donde nos sentábamos. Una lágrima pareció empañar sus ojos al vernos, mas recobróse con presteza, y una mirada de doloroso afecto pareció atestiguar su absoluta inocencia.
Dio comienzo el juicio y, una vez que el fiscal hubo expuesto la acusación, fueron llamados diversos testigos. Varias circunstancias singulares se conjuraban contra ella, de suerte que habrían desconcertado a cualquiera que no albergase, como yo, una prueba tan irrefutable de su inocencia. Había permanecido fuera de casa toda la noche en que se perpetró el crimen y, al despuntar el día, fue vista por una verdulera no lejos del paraje donde más tarde se hallaría el cadáver del niño asesinado. La mujer le preguntó qué hacía allí, pero la muchacha la miró con aire extraño y solo acertó a responder con palabras confusas e ininteligibles. Regresó a la casa hacia las ocho de la mañana, y cuando le preguntaron dónde había pasado la noche, replicó que había andado buscando al pequeño, e inquirió con vehemencia si se sabía algo de él. Al mostrársele el cuerpo cayó en un violento ataque de histeria y guardó cama durante varios días. Se exhibió entonces el retrato que la criada había encontrado en su faltriquera; y cuando Elizabeth, con voz trémula, atestiguó que era el mismo que una hora antes de que el niño desapareciese le había ceñido al cuello, un murmullo de horror e indignación recorrió la sala.
Llamaron a Justine para que presentara su defensa. A medida que el juicio avanzaba, su semblante se había mudado. La sorpresa, el espanto y el desamparo se pintaban con fuerza en él. En ocasiones luchaba por contener las lágrimas, pero al requerírsele que hablara, cobró fuerzas y declaró con voz clara, si bien vacilante.
—Dios sabe —dijo— cuán enteramente inocente soy. Mas no pretendo que mis meras protestas me absuelvan; fundo mi defensa en la exposición llana y sencilla de los hechos aducidos en mi contra, y confío en que la conducta intachable que siempre he observado incline a mis jueces a una interpretación favorable dondequiera que una circunstancia se antoje dudosa o sospechosa.
Refirió entonces que, con el permiso de Elizabeth, había pasado la tarde anterior a la noche del crimen en casa de una tía en Chêne, aldea situada a cerca de una legua de Ginebra. Al regresar, hacia las nueve, se topó con un hombre que le preguntó si había visto al niño extraviado. Alarmada por la noticia, pasó varias horas buscándolo, hasta que las puertas de Ginebra se cerraron y se vio forzada a pasar la noche en el pajar de una cabaña, por no importunar a los moradores, a quienes conocía bien. La mayor parte de la noche la pasó en vela; hacia el amanecer creyó haber dormitado unos minutos; unos pasos la inquietaron y despertó. Era ya el alba y abandonó su refugio para reanudar la búsqueda de mi hermano. Si se había aproximado al paraje donde yacía su cadáver, había sido sin advertirlo. Que se hubiese turbado al ser interrogada por la mujer del mercado no era de extrañar, habiendo pasado la noche en vela y siendo incierta la suerte del pobre William. En cuanto a la miniatura, no podía dar cuenta de ella.
—Sé —prosiguió la desdichada víctima— cuán penosa e inexorablemente pesa en mi contra esta sola circunstancia, mas no me es posible explicarla; y tras manifestar mi absoluta ignorancia, solo me resta conjeturar sobre el modo en que pudo haber ido a parar a mi faltriquera. Mas también aquí me veo atada. Creo no tener enemigo alguno en la tierra, y nadie, a buen seguro, habría sido tan perverso como para perderme por capricho. ¿Acaso la colocó allí el asesino? No imagino qué ocasión se le presentó para ello; y de haberla tenido, ¿por qué habría de hurtar la joya para desprenderse de ella tan pronto?
—Encomiendo mi causa a la rectitud de mis jueces, mas no vislumbro motivo alguno de esperanza. Ruego que se me permita presentar algunos testigos sobre mi conducta, y si su testimonio no sobrepuja mi supuesta culpa, habré de ser condenada, aun cuando empeñaría mi salvación eterna en la verdad de mi inocencia.
Comparecieron varios testigos que la conocían desde hacía largos años y hablaron bien de ella; mas el temor y el horror al crimen del que la juzgaban culpable los tornaba pusilánimes y renuentes a declarar con firmeza. Elizabeth vio fallar a la acusada este postrer recurso, sus excelentes prendas y su conducta intachable, y, aun violentamente agitada, solicitó permiso para dirigirse al tribunal.
—Soy —dijo— la prima del desdichado niño asesinado, o más bien su hermana, pues fui educada por sus padres y he vivido con ellos desde antes de su nacimiento. Acaso se juzgue impropio de mí comparecer en esta ocasión; mas al ver a una semejante a punto de perecer por la cobardía de sus supuestos amigos, deseo que se me conceda la palabra para manifestar lo que sé de su carácter. Conozco íntimamente a la acusada. He vivido bajo el mismo techo que ella, en una ocasión durante cinco años y en otra durante casi dos. A lo largo de todo aquel tiempo se me mostró como la más bondadosa y tierna de las criaturas humanas. Cuidó a mi tía, Madame Frankenstein, en su última enfermedad con el mayor desvelo y cariño, y más tarde atendió a su propia madre durante una penosa dolencia, de un modo que despertó la admiración de cuantos la conocieron; tras lo cual regresó a casa de mi tío, donde era amada por toda la familia. Sentía un profundo apego por el niño que ahora ha muerto y se conducía con él como la más tierna de las madres. Por mi parte, no vacilo en declarar que, a despecho de cuantas pruebas se han presentado contra ella, creo firmemente en su entera inocencia. Ninguna tentación tenía para cometer semejante atrocidad; y en cuanto a la joya en que se funda la principal sospecha, de habérmela pedido se la habría entregado de buen grado, en tan alta estima y aprecio la tengo.
Un murmullo de aprobación siguió al ruego sencillo y elocuente de Elizabeth; mas fue despertado por su generosa intercesión, y no en favor de la pobre Justine, sobre quien la indignación pública volvió a recaer con redoblada saña, acusándola de la más negra ingratitud. Ella misma lloraba mientras Elizabeth hablaba, mas no respondió palabra. Mi propia agitación y angustia fueron indecibles durante todo el juicio. Creía en su inocencia; la sabía cierta. ¿Podía el demonio que había asesinado a mi hermano —de lo cual no dudaba un solo instante— haber entregado además a la inocente a la muerte y la ignominia por puro regocijo infernal? No me era posible soportar el horror de mi situación; y al advertir que el clamor popular y los semblantes de los jueces ya habían sentenciado a mi desdichada víctima, salí precipitadamente de la sala, presa de la desesperación. Los suplicios de la acusada no igualaban a los míos: a ella la sostenía la inocencia; a mí me desgarraban las garras del remordimiento, que rehusaban soltar su presa.
Pasé una noche de amargura sin consuelo. Por la mañana acudí al tribunal; tenía los labios y la garganta abrasados. No me atrevía a formular la pregunta fatal; mas me conocían, y el alguacil adivinó el motivo de mi presencia. Las habas habían sido arrojadas: eran todas negras y Justine estaba condenada.
No pretendo describir lo que sentí en aquel instante. Antes había experimentado impresiones de espanto y me he esforzado en conferirles palabras adecuadas; mas no hay lenguaje capaz de transmitir la agonía y la náusea del alma que entonces padecí. El hombre con quien hablaba añadió que Justine ya había confesado su crimen. «Apenas se precisaba de semejante prueba en caso tan flagrante —observó—, mas me alegro de ello; en verdad, a ninguno de nuestros jueces agrada condenar a un reo sobre la sola base de indicios, por concluyentes que parezcan».
Era esta una noticia extraña e imprevista; ¿qué significaba? ¿Acaso me habían engañado mis propios ojos? ¿Y me hallaba verdaderamente tan loco como el mundo entero me juzgaría si revelase el objeto de mis sospechas? Me apresuré a regresar a casa, donde Elizabeth aguardaba impaciente el resultado.
—Prima mía —repliqué—, el fallo ha sido el que era de esperar: los jueces prefieren que diez inocentes perezcan antes que un culpable escape a la pena. Mas ella ha confesado.
Fin del Episodio 16 · de 45
Capítulo 8 · I
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