Capítulo 8 · II
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Fue este un golpe atroz para la pobre Elizabeth, que había confiado con firmeza en la inocencia de Justine. «¡Ay! —exclamó—. ¿Cómo podré creer de nuevo en la bondad humana? Justine, a quien amaba y apreciaba como a una hermana, ¿cómo pudo fingir aquellas sonrisas de inocencia solo para traicionarnos? Sus ojos mansos parecían incapaces de severidad o engaño alguno, ¡y sin embargo ha cometido un asesinato!»
Poco después supimos que la pobre víctima había manifestado el deseo de ver a mi prima. Mi padre prefería que no acudiese, mas dijo que lo dejaba al juicio y sentir de Elizabeth. «Sí —dijo ella—, iré, aun cuando sea culpable; y tú, Víctor, me acompañarás; no puedo ir sola». La idea de aquella visita era una tortura para mí, pero no pude rehusar.
Entramos en la lóbrega celda y vimos a Justine sentada sobre un montón de paja al fondo del calabozo; tenía las manos aherrojadas y la cabeza apoyada en las rodillas. Se levantó al vernos entrar y, cuando nos dejaron a solas con ella, se arrojó a los pies de Elizabeth, anegada en llanto. Mi prima lloraba también.
—¡Oh, Justine! —dijo—. ¿Por qué me privaste de mi último consuelo? Confiaba en tu inocencia, y aun cuando entonces era muy desdichada, no sufría la angustia que ahora me abruma.
—¿Y vos también creéis que soy tan perversa, tan mala? ¿Os unís asimismo a mis enemigos para aplastarme, para condenarme como a una homicida? —su voz se quebró en sollozos.
—Levántate, pobre muchacha —dijo Elizabeth—; ¿por qué te arrodillas, si eres inocente? No soy tu enemiga; te creía libre de culpa, a despecho de todas las pruebas, hasta que oí que tú misma habías declarado tu crimen. Dices que tal noticia es falsa; ten por seguro, querida Justine, que nada podría haber quebrantado mi fe en ti, salvo tu propia confesión.
—Confesé, sí, mas confesé una falsedad. Confesé para obtener la absolución; pero ahora esa mentira pesa sobre mi corazón con mayor crudeza que todos mis demás pecados. ¡Dios del cielo me perdone! Desde el momento en que fui condenada, mi confesor no ha cesado de hostigarme; me amenazaba y me intimidaba hasta que casi llegué a creerme el monstruo que él decía que era. Me amenazó con la excomunión y el fuego eterno en mis últimos instantes si perseveraba en mi obstinación. Querida señora, no tenía a nadie que me sostuviera; todos me miraban como a una miserable sentenciada a la ignominia y a la perdición. ¿Qué podía hacer? En hora aciaga suscribí una mentira; y solo ahora soy verdaderamente desdichada.
Calló un momento, anegada en llanto, y prosiguió: «Pensaba con horror, dulce señora, que vos creeríais que vuestra Justine, a quien vuestra santa tía tanto había honrado y a quien vos amabais, era capaz de un crimen que solo el demonio mismo pudo haber perpetrado. ¡Querido William! ¡Bendito y dulce niño! Pronto volveré a verte en el cielo, donde todos seremos felices; y ello me consuela al marchar a sufrir el oprobio y la muerte».
—¡Oh, Justine! Perdóname por haber dudado de ti un solo instante. ¿Por qué confesaste? Mas no llores, querida mía. Nada temas. Proclamaré y demostraré tu inocencia. Conmoveré con mis lágrimas y mis súplicas los corazones de piedra de tus enemigos. ¡No morirás! ¡Tú, mi compañera de juegos, mi amiga, mi hermana, perecer en el patíbulo! ¡No! ¡Jamás podría sobrevivir a tan espantosa desventura!
Justine sacudió la cabeza con tristeza. «No temo a la muerte —dijo—; ese pavor ya pasó. Dios sostiene mi debilidad y me concede valor para afrontar lo peor. Dejo un mundo triste y amargo; y si vos me recordáis y pensáis en mí como en una víctima injustamente condenada, me resigno a la suerte que me aguarda. ¡Aprended de mí, querida señora, a someteros con paciencia a los designios del cielo!»
Durante este coloquio me había retirado a un rincón de la celda, donde pudiera ocultar la horrenda angustia que me embargaba. ¡Desesperación! ¿Quién osaba hablar de tal cosa? La pobre víctima, que al día siguiente debía franquear el temible umbral entre la vida y la muerte, no padecía, como yo, una agonía tan honda y lacerante. Rechiné los dientes, profiriendo un gemido que brotaba de lo más íntimo de mi alma. Justine se sobresaltó. Al advertir quién era, se acercó a mí y dijo: «Querido señor, sois muy bondadoso al visitarme; vos, al menos, no me creéis culpable, ¿verdad?»
No pude responder. «No, Justine —dijo Elizabeth—; él está más convencido de tu inocencia de lo que yo estuve, pues aun al oír que habías confesado, rehusó creerlo».
—Se lo agradezco en el alma. En estos momentos postreros siento la más viva gratitud hacia cuantos piensan en mí con piedad. ¡Cuán dulce es el afecto ajeno para una criatura tan desventurada como yo! Alivia más de la mitad de mi infortunio, y siento que podré morir en paz ahora que vos y vuestro primo reconocéis mi inocencia.
Así procuraba la pobre mártir consolar a los demás y a sí misma. Alcanzó en verdad la resignación que anhelaba. Mas yo, el verdadero homicida, sentía viva en mi pecho la carcoma inmortal que no admitía esperanza ni consuelo alguno. Elizabeth lloraba también y se consumía de pena, pero el suyo era el pesar de la inocencia, semejante a la nube que cruza ante la luna hermosa y por un instante oculta su brillo sin empañarlo. La angustia y el desespero habían calado hasta la médula de mi corazón; llevaba en mis entrañas un infierno que nada podía extinguir. Permanecimos varias horas junto a Justine, y con gran trabajo logró Elizabeth arrancarse de su lado. «¡Ojalá muriese contigo! —exclamó entre sollozos—. ¡No puedo vivir en este mundo de miserias!»
Justine adoptó un aire sereno, mientras reprimía con esfuerzo sus amargas lágrimas. Abrazó a Elizabeth y dijo con la voz entrecortada por la emoción: «Adiós, dulce señora, queridísima Elizabeth, amada y única amiga mía; ¡quiera el cielo en su bondad bendeciros y guardaros! ¡Sea esta la última desdicha que sufráis en la vida! Vivid, sed feliz y conceded la dicha a los demás».
Y al día siguiente Justine murió. La desgarradora elocuencia de Elizabeth no bastó para desviar a los jueces de su inquebrantable convicción sobre la culpabilidad de la santa víctima. Mis apasionados y vehementes alegatos fueron desoídos. Y al recibir sus frías respuestas y escuchar los razonamientos duros e insensibles de aquellos hombres, el testimonio que me disponía a ofrecer murió en mis labios. Podía hacerme pasar por un demente, mas no revocar la sentencia dictada contra mi desventurada víctima. ¡Pereció en el patíbulo como una asesina!
De los suplicios de mi propio pecho volví los ojos para contemplar el dolor mudo y desgarrador de mi Elizabeth. ¡Esto también era obra mía! Y el desamparo de mi padre y la desolación de aquel hogar poco ha tan risueño: ¡todo era fruto de mis manos tres veces malditas! Lloráis, infelices; ¡pero no son estas vuestras últimas lágrimas! ¡De nuevo habréis de entonar el planto fúnebre y el eco de vuestros lamentos volverá a resonar una y otra vez! Frankenstein, vuestro hijo, vuestro deudo, vuestro antiguo y amado amigo; aquel que daría hasta la última gota de su sangre por vosotros, aquel que no conoce deleite ni dicha sino en el reflejo de vuestros queridos semblantes, aquel que colmaría el aire de bendiciones y consagraría su existencia a serviros: él os ordena llorar, verter raudales de lágrimas; colmado de ventura más allá de sus esperanzas si con ello se aplaca el hado inexorable y la destrucción se detiene antes de que el reposo de la tumba suceda a vuestros acerbos tormentos.
Así hablaba mi alma profética mientras, desgarrado por el remordimiento, el espanto y la desesperación, veía a quienes amaba derramar vano llanto sobre las tumbas de William y Justine, las primeras e inocentes víctimas de mis artes profanas.
Fin del Episodio 17 · de 45
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