Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 15

Capítulo 7 · II

~7 min · 1420 palabras

Nadie puede concebir la angustia que padecí durante el resto de la noche, que pasé, aterido y calado, al raso. Mas no reparaba en la intemperie: mi imaginación hallábase ocupada en escenas de horror y desesperación. Consideraba al ser que había arrojado entre los hombres y dotado de la voluntad y el poder de consumar horrendos designios, semejante al que acababa de perpetrar, casi en la condición de mi propio vampiro, de mi propio espíritu arrojado de la tumba y forzado a destruir cuanto me era entrañable.

Despuntó el día y encaminé mis pasos hacia la ciudad. Las puertas estaban abiertas y me apresuré a marchar a casa de mi padre. Mi primer propósito fue revelar cuanto sabía del asesino e iniciar al punto su persecución. Mas me detuve a reflexionar en la historia que me disponía a relatar. Un ser al que yo mismo había dado forma y dotado de vida me había salido al paso a medianoche entre los precipicios de una montaña inaccesible. Recordé asimismo la fiebre nerviosa de que había sido presa justo en los días de mi creación, circunstancia que prestaría un cariz de desvarío a una narración de por sí tan inverosímil. Bien sabía yo que si otro cualquiera me hubiese comunicado semejante relato, lo habría tenido por los desatinos de la locura. Además, la extraña naturaleza de aquella bestia eludiría toda persecución, aun cuando lograse crédito suficiente para persuadir a mis parientes a emprenderla. ¿Y de qué serviría perseguirlo? ¿Quién osaría detener a una criatura capaz de escalar las laderas cortadas a pico del monte Salêve? Tales reflexiones me determinaron, y resolví guardar silencio.

Eran cerca de las cinco de la madrugada cuando entré en la casa paterna. Dije a los criados que no turbasen a la familia y me dirigí a la biblioteca a aguardar la hora habitual en que solían levantarse.

Seis años habían transcurrido, semejantes a un ensueño salvo por una huella indeleble, y me hallaba en el mismo sitio donde había abrazado por última vez a mi padre antes de mi partida hacia Ingolstadt. ¡Amado y venerable padre! Todavía lo conservaba. Contemplé el retrato de mi madre, situado sobre la repisa de la chimenea. Era un cuadro de tema histórico, pintado a ruego de mi padre, que representaba a Caroline Beaufort en un rapto de dolorosa desesperación, arrodillada junto al féretro de su difunto padre. Su ropaje era campesino y sus mejillas estaban pálidas; mas resplandecía en ella un aire de dignidad y hermosura que apenas consentía el sentimiento de la compasión. Debajo colgaba una miniatura de William; y las lágrimas fluyeron de mis ojos al mirarla. Hallábame en este trance cuando entró Ernest: habíame oído llegar y se apresuró a darme la bienvenida: «¡Bienvenido, queridísimo Víctor! —dijo—. ¡Ah! ¡Ojalá hubieses llegado hace tres meses, y nos habrías encontrado a todos gozosos y felices! Llegas ahora a compartir una desgracia que nada puede mitigar; mas tu presencia reanimará, confío, a nuestro padre, que parece sucumbir bajo el peso del infortunio; y tus ruegos inducirán a la pobre Elizabeth a deponer sus vanos y atormentadores remordimientos... ¡Pobre William! ¡Era nuestro deleite y nuestro orgullo!»

Lágrimas incontenibles brotaron de los ojos de mi hermano; un estremecimiento de agonía mortal me recorrió el cuerpo. Antes solo había imaginado la desolación de mi hogar desierto; la realidad caía ahora sobre mí como un desastre nuevo y no menos espantoso. Procuré serenar a Ernest; inquirí con más detalle sobre mi padre, y mencioné entonces a mi prima.

—Ella, más que nadie —dijo Ernest—, precisa de consuelo; se acusa a sí misma de haber causado la muerte de mi hermano, y ello la sume en la más honda desdicha. Mas desde que descubrieron al asesino...

—¡El asesino descubierto! ¡Santo Dios! ¿Cómo puede ser? ¿Quién osó perseguirlo? Es imposible: tanto valdría intentar dar alcance a los vientos o aprisionar un torrente montano con una brizna de paja. Yo lo vi también: ¡anoche andaba suelto!

—No sé qué quieres decir —repuso mi hermano con acento de extrañeza—; mas para nosotros el descubrimiento consuma nuestra desdicha. Nadie quería creerlo al principio; y aun ahora Elizabeth rehúsa convencerse, a despecho de todas las pruebas. En verdad, ¿quién daría crédito a que Justine Moritz, tan dulce y devota de toda la familia, pudiera tornarse de pronto capaz de un crimen tan espantoso, tan horrendo?

—¡Justine Moritz! Pobre, desdichada muchacha, ¿es ella la acusada? ¡Pero es un error! Todos lo saben; nadie lo cree en verdad, ¿no es así, Ernest?

—Nadie lo creyó al principio; mas salieron a la luz diversas circunstancias que casi nos han forzado el convencimiento; y su propia turbación ha sido tal que añade a las pruebas materiales un peso que, me temo, no deja resquicio a la duda. Mas hoy será juzgada, y entonces lo sabrás todo.

Refirióme entonces que, la mañana en que se descubrió el asesinato del pobre William, Justine cayó enferma y permaneció en cama durante varios días. En aquel intervalo, una de las criadas, al examinar la ropa que la muchacha había llevado la noche del crimen, descubrió en su faltriquera el retrato de mi madre, juzgado como el móvil del homicida. La sirvienta lo mostró al punto a otra de las criadas, y ambas, sin decir palabra a la familia, acudieron ante un magistrado; por su deposición, Justine fue apresada. Al ser interrogada sobre el hecho, la pobre doncella confirmó en gran medida las sospechas por su extremada turbación y desasosiego.

Era esta una historia extraña, mas no conmovió mi fe; y repliqué con vehemencia: «Todos os equivocáis: yo conozco al verdadero asesino. Justine, la pobre y bondadosa Justine, es inocente».

En aquel instante entró mi padre. Vi la tristeza profundamente grabada en sus facciones, mas procuró acogerme con jovialidad; y tras intercambiar nuestro fúnebre saludo, habría mudado de plática para apartarla de nuestro desastre, de no haber exclamado Ernest: «¡Santo Dios, padre! Víctor dice que sabe quién fue el asesino del pobre William».

—Nosotros también lo sabemos, por desgracia —repuso mi padre—; pues en verdad habría preferido permanecer en la ignorancia para siempre antes que descubrir tanta depravación e ingratitud en alguien a quien estimaba en tanto precio.

—Mi querido padre, os equivocáis: Justine es inocente.

—Si lo es, no quiera Dios que padezca como culpable. Hoy será sometida a juicio, y confío, confío de corazón en que será absuelta.

Estas palabras me serenaron. Hallábame firmemente convencido en mi fuero interno de que Justine, y en verdad cualquier ser humano, era inocente de semejante muerte. No temía, por tanto, que pudiese aducirse prueba circunstancial bastante para condenarla. Mi historia no era propia para divulgarla en público: su pasmoso horror sería tenido por demencia por el vulgo. ¿Acaso existía alguien, fuera de mí, su creador, que diese crédito, a menos de que sus sentidos lo convencieran, a la existencia del monumento vivo de soberbia y temeraria ignorancia que yo había soltado sobre el orbe?

Pronto se nos unió Elizabeth. El tiempo la había transformado desde la última vez que la contemplara: habíala dotado de una hermosura que sobrepujaba los primores de sus años de niñez. Había en ella la misma ingenuidad, la misma vivacidad, aliada ahora a una expresión más henchida de sensibilidad e inteligencia. Me acogió con el más entrañable afecto. «Tu llegada, mi querido primo —dijo—, me colma de esperanza. Acaso descubras algún medio para justificar a mi pobre e inocente Justine. ¡Ay! ¿Quién se halla a salvo si ella resulta condenada por un crimen? Confío en su inocencia con tanta certeza como en la mía propia. Nuestro infortunio es doblemente acerbo: no solo hemos perdido a aquel adorado pequeño, sino que esta desdichada doncella, a quien amo con sincero afecto, se verá arrebatada por una suerte todavía peor. Si es condenada, jamás volveré a conocer la dicha. Mas no lo será, estoy segura de que no lo será; y entonces seré feliz de nuevo, aun tras la triste muerte de mi pequeño William».

—Es inocente, mi Elizabeth —dije—, y así habrá de probarse; nada temas y conforta tu espíritu en la seguridad de su absolución.

—¡Cuán bondadoso y generoso eres! Todos los demás creen en su culpa, y eso me destrozaba el corazón, pues sé que es imposible; y ver a todos prevenidos de modo tan implacable me dejaba sumida en el desespero —rompió a llorar.

—Queridísima sobrina —dijo mi padre—, seca tus lágrimas. Si es, como crees, inocente, confía en la rectitud de nuestras leyes y en la diligencia con que evitaré la menor sombra de parcialidad.

Fin del Episodio 15 · de 45

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