Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 14

Capítulo 7 · I

~10 min · 2043 palabras

A mi regreso hallé la siguiente carta de mi padre:

«Mi querido Víctor:

»Habrás aguardado probablemente con impaciencia una carta que fijara la fecha de tu regreso a nuestro lado; y en un principio sentí la tentación de escribirte solo unas breves líneas, limitándome a señalar el día en que te esperaríamos. Mas semejante proceder habría entrañado una piedad cruel y no me atrevo a obrar así. ¿Cuál no sería tu asombro, hijo mío, si aguardando un recibimiento colmado de alegría y ventura, te encontraras, por el contrario, con lágrimas y desolación? ¿Y cómo, Víctor, cómo relatarte nuestro infortunio? La ausencia no habrá podido embotar tu sensibilidad ante nuestros goces y pesares; ¿y cómo habré de infligir semejante herida a mi hijo largo tiempo ausente? Quisiera prepararte para tan aciaga nueva, mas sé que ello es imposible; aun ahora tus ojos recorren la página buscando las palabras que habrán de transmitirte el espantoso suceso.

»¡William ha muerto! Aquel dulce niño, cuyas sonrisas alegraban e inflamaban mi corazón, ¡tan dócil y al mismo tiempo tan alegre! ¡Víctor, lo han asesinado!

»No procuraré consolarte; me limitaré a referirte las circunstancias del hecho.

»El pasado jueves (7 de mayo) salí a pasear por Plainpalais en compañía de mi sobrina y de tus dos hermanos. La tarde era tibia y apacible, y prolongamos la caminata más de lo acostumbrado. Había ya oscurecido antes de que pensáramos en el regreso; y entonces descubrimos que William y Ernest, que se habían adelantado, no aparecían por parte alguna. Nos sentamos, pues, en un banco a esperar su retorno. Poco después se presentó Ernest, preguntando si habíamos visto a su hermano; refirió que había estado jugando con él, que William había echado a correr para ocultarse y que lo había buscado en vano; y que tras aguardar largo tiempo, el niño no había regresado.

»Esta noticia nos alarmó sobremanera y proseguimos su búsqueda hasta cerrada la noche, cuando Elizabeth conjeturó que acaso hubiese regresado a casa. No estaba allí. Volvimos a salir provistos de antorchas, pues no me era posible reposar pensando que mi tierno muchacho se había extraviado y hallábase expuesto a las humedades y al relente nocturno; Elizabeth sufría asimismo indecibles angustias. Hacia las cinco de la madrugada descubrí a mi adorable chiquillo, a quien la víspera había visto lozano y rebosante de salud, tendido en la hierba, lívido e inmóvil: la huella de los dedos del homicida estaba marcada en su cuello.

»Fue trasladado a casa, y la angustia visible en mi semblante traicionó el secreto ante Elizabeth. Deseó con vehemencia contemplar el cadáver. Al principio intenté disuadirla, mas ella porfió; y al penetrar en la estancia donde yacía, examinó presurosa el cuello de la víctima y, juntando las manos, exclamó: «¡Dios mío! ¡He sido yo quien ha asesinado a mi adorado niño!».

»Cayó desvanecida y recobró el sentido con extrema dificultad. Cuando volvió a la vida, fue solo para gemir y anegarse en llanto. Refirióme entonces que aquella misma tarde William le había suplicado que le permitiese lucir una valiosa miniatura que ella guardaba de tu madre. El retrato ha desaparecido y fue sin duda la tentación que impulsó al homicida al crimen. Ninguna pista tenemos de él por el momento, aun cuando nuestros afanes por descubrirlo son incansables; ¡pero nada devolverá la vida a mi adorado William!

»Ven, queridísimo Víctor; solo tú puedes consolar a Elizabeth. Llora sin descanso y se acusa a sí misma injustamente de ser la causa de su muerte; sus palabras me traspasan el corazón. Todos somos desdichados; ¿mas no será esto un motivo más para ti, hijo mío, para regresar y ser nuestro consuelo? ¡Tu amada madre! ¡Ay, Víctor! Doy ahora gracias a Dios de que no haya vivido para presenciar la muerte cruel y miserable de su retoño más tierno.

»Ven, Víctor; mas no abrigando pensamientos de venganza contra el asesino, sino con sentimientos de paz y mansedumbre, que habrán de cauterizar, en vez de emponzoñar, las heridas de nuestras almas. Entra en la casa enlutada, amigo mío, con bondad y ternura para cuantos te aman, y no con odio hacia tus enemigos.

»Tu amantísimo y afligido padre,

»Alphonse Frankenstein.

»Ginebra, 12 de mayo de 17—».

Clerval, que había observado mi semblante mientras leía la misiva, contempló asombrado el desespero que sucedió al júbilo manifestado al principio al recibir nuevas de los míos. Arrojé la carta sobre la mesa y me cubrí el rostro con las manos.

—Mi querido Frankenstein —exclamó Henry al verme llorar con amargura—, ¿habrás de ser siempre desventurado? Amigo mío, ¿qué ha acaecido?

Le hice señas de que tomara la carta, mientras recorría la estancia de un lado a otro en la más extrema agitación. Lágrimas copiosas brotaron asimismo de los ojos de Clerval al leer la relación de mi desgracia.

—Ningún consuelo puedo ofrecerte, amigo mío —dijo—; tu desastre es irreparable. ¿Qué piensas hacer?

—Partir al instante para Ginebra: acompáñame, Henry, a encargar las postas.

Durante nuestra marcha Clerval intentó pronunciar algunas palabras de consuelo; mas solo acertaba a manifestar su más sincera compasión. «¡Pobre William! —decía—. ¡Dulce y adorada criatura, ya reposa junto a su santa madre! ¿Quién que lo hubiese visto lozano y risueño en su tierna hermosura no habrá de llorar su pérdida prematura? ¡Morir tan miserablemente! ¡Sentir la garra del homicida! ¡Cuánto más monstruoso quien pudo destruir una inocencia tan radiante! ¡Pobre pequeño! Un solo consuelo nos asiste: sus deudos se duelen y lloran, mas él descansa en paz. La congoja ha cesado; sus sufrimientos han concluido para siempre. La tierra cubre su tierna figura y ya no conoce el dolor. No es ya sujeto de compasión: debemos reservarla para sus míseros deudos».

Así hablaba Clerval mientras nos apresurábamos por las calles; aquellas palabras se grabaron en mi memoria y más tarde las recordé en la soledad. Mas en aquel punto, no bien llegaron los caballos, subí a un cabriolé y me despedí de mi amigo.

Mi viaje fue en extremo melancólico. Al principio ansiaba volar, deseoso de consolar a mis amados y doloridos deudos y de acompañarlos en su pena; mas a medida que me aproximaba a mi ciudad natal, acorté el paso. Apenas podía sostener el tropel de emociones que se agolpaban en mi espíritu. Atravesaba parajes familiares a mi juventud, mas que no había contemplado en casi seis años. ¡Cuán mudado podía estar todo en aquel lapso! Un cambio repentino y asolador se había consumado; mas mil menudas circunstancias bien pudieron obrar paulatinamente otras mudanzas que, aun verificadas con mayor sosiego, no por ello dejaban de ser decisivas. El pavor se apoderó de mí: no osaba avanzar, temeroso de mil males innominados que me hacían temblar, aun siendo incapaz de definirlos.

Permanecí dos días en Lausana en este angustioso estado de ánimo. Contemplaba el lago: las aguas estaban serenas; todo en torno respiraba calma, y las montañas nevadas, «los palacios de la naturaleza», no habían cambiado. Poco a poco aquel paisaje calmo y celestial me devolvió la serenidad y proseguí mi viaje rumbo a Ginebra.

El camino bordeaba el lago, que se estrechaba a medida que me acercaba a mi ciudad natal. Divisaba con mayor nitidez las oscuras laderas del Jura y la brillante cumbre del Mont Blanc. Lloré como un niño. «¡Montañas queridas! ¡Hermoso lago mío! ¿Cómo dais la bienvenida a vuestro errante caminante? Vuestras cumbres están despejadas; el cielo y el lago son azules y apacibles. ¿Acaso esto pronostica paz, o se mofa de mi desventura?»

Temo, amigo mío, hacerme prolijo al demorarme en estas circunstancias preliminares; mas fueron jornadas de dicha relativa y pienso en ellas con placer. ¡Patria mía, adorada patria mía! ¿Quién sino un hijo de tu suelo puede referir el deleite experimentado al contemplar de nuevo tus arroyos, tus montañas y, más que nada, tu encantador lago?

Con todo, a medida que me acercaba a mi hogar, el dolor y el pavor volvieron a adueñarse de mí. La noche cerró asimismo a mi alrededor; y cuando apenas lograba vislumbrar las oscuras montañas, mi ánimo se ensombreció todavía más. El cuadro antojábaseme un vasto y tenebroso escenario de perdición, y presentí oscuramente que estaba predestinado a convertirme en el más miserable de los seres humanos. ¡Ay! Profeticé con verdad, y solo erré en una circunstancia: que en toda la desdicha que imaginaba y temía, no acerté a concebir la centésima parte de la angustia que estaba llamado a padecer.

Cerrada la noche llegué a las inmediaciones de Ginebra; las puertas de la ciudad estaban ya clausuradas y me vi forzado a pernoctar en Sécheron, una aldea situada a media legua de la urbe. El cielo estaba sereno; y como era incapaz de reposar, resolví visitar el paraje donde mi pobre William había sido asesinado. No pudiendo atravesar la ciudad, me vi precisado a cruzar el lago en una barca para llegar a Plainpalais. Durante esta breve navegación vi los relámpagos juguetear sobre la cima del Mont Blanc trazando las figuras más hermosas. La tempestad parecía aproximarse con presteza y, al desembarcar, ascendí por una colina baja para contemplar su avance. Avanzaba en verdad; el firmamento se nubló y pronto sentí caer la lluvia lentamente en gruesos goterones, mas su violencia arreció con presteza.

Me levanté de mi asiento y eché a andar, aun cuando las tinieblas y la tormenta aumentaban por momentos y el trueno estallaba con fragor pavoroso sobre mi cabeza. El eco resonaba en el Salêve, en el Jura y en los Alpes de Saboya; relámpagos vivísimos deslumbraban mis ojos, encendiendo el lago hasta hacerlo semejante a una inmensa sábana de fuego; luego, por un instante, todo quedaba sumido en una oscuridad de pez, hasta que la vista se recobraba del fogonazo precedente. La tormenta, como acontece a menudo en Suiza, estallaba a un tiempo en diversos cuadrantes del cielo. La tempestad más violenta pendía exactamente al norte de la ciudad, sobre la lengua de agua que se extiende entre el promontorio de Belrive y la aldea de Coppet. Otra tormenta iluminaba el Jura con pálidos relámpagos, y otra más oscurecía y a trechos descubría el Môle, montaña picuda que se alza al este del lago.

Mientras contemplaba la tempestad, tan hermosa y a la vez tan terrorífica, erraba con paso apresurado. Esta noble contienda en el firmamento encumbraba mis ánimos; junté las manos y exclamé en voz alta: «¡William, dulce ángel! ¡He aquí tus funerales, he aquí tu treno!». Al pronunciar estas palabras, divisé en la penumbra una figura que se deslizaba tras un soto de árboles cercano; me quedé inmóvil, mirando con fijeza: no podía engañarme. Un fogonazo iluminó el bulto y descubrió con nitidez su silueta ante mis ojos: su gigantesca estatura y la deformidad de su estampa, más horrenda que cuanto atañe a la especie humana, me advirtieron al instante de que era el engendro, el vil demonio al que yo había concedido la vida. ¿Qué hacía allí? ¿Podía ser acaso —me estremecí ante la idea— el asesino de mi hermano? No bien semejante sospecha cruzó mi magín, quedé convencido de su verdad; mis dientes castañetearon y me vi forzado a apoyarme contra un árbol para no desplomarme. La figura pasó velozmente junto a mí y la perdí en la oscuridad. Nada con figura humana pudo haber destruido a aquel hermoso niño. ¡Él era el asesino! No podía albergar la menor duda. La mera presencia de la idea constituía prueba irrebatible del hecho. Pensé en perseguir al demonio; mas habría sido vano empeño, pues otro relámpago me lo descubrió encaramado entre los riscos de la escarpada y casi perpendicular subida del monte Salêve, cerro que limita Plainpalais por el sur. Pronto alcanzó la cumbre y desapareció.

Permanecí inmóvil. El trueno cesó, pero la lluvia continuó cayendo y el escenario quedó envuelto en tinieblas impenetrables. Revolví en mi mente los sucesos que hasta entonces había procurado echar en olvido: el encadenamiento entero de mis desvelos hacia la creación; la aparición de la obra de mis propias manos junto a mi lecho; su huida. Dos años habían transcurrido casi desde la noche en que cobró vida por vez primera; ¿y era este su primer crimen? ¡Ay! Había arrojado al mundo a un engendro depravado, cuyo deleite era la carnicería y la desdicha: ¿no había asesinado acaso a mi hermano?

Fin del Episodio 14 · de 45

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