Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 13

Capítulo 6 · II

~5 min · 948 palabras

El señor Krempe no se mostró igualmente dócil; y en mi estado de ánimo de aquel entonces, de una susceptibilidad casi insoportable, sus ásperos y desabridos encomios me causaban aún mayor tormento que la benévola aprobación del señor Waldman. «¡Maldito granuja! —exclamó—. Pues sabrá usted, señor Clerval, que nos ha aventajado a todos. Sí, asómbrese cuanto guste, mas es la pura verdad. Un mocoso que hace apenas unos años creía en Cornelio Agripa con tanta firmeza como en los Evangelios, se ha puesto hoy a la cabeza de la universidad; y si no se le baja pronto los humos, todos quedaremos en ridículo. Sí, sí —prosiguió, al observar mi rostro contraído por el sufrimiento—, el señor Frankenstein es modesto, excelente virtud en un joven. Los jóvenes deben desconfiar de sí mismos, bien lo sabe usted, señor Clerval: yo mismo lo hacía de mozo, mas eso se pasa en muy poco tiempo».

El señor Krempe dio comienzo entonces a un panegírico de sí mismo, lo que felizmente desvió la plática de un asunto que me resultaba en extremo enojoso.

Clerval jamás había comulgado con mis aficiones por las ciencias naturales, y sus inclinaciones literarias diferían por entero de las que me habían absorbido. Había venido a la universidad con el propósito de dominar a la perfección las lenguas orientales, abriéndose así campo para el plan de vida que se había trazado. Resuelto a no abrazar una carrera sin lustre, volvió los ojos hacia Oriente como teatro propicio para su temple aventurero. El persa, el árabe y el sánscrito absorbieron su atención, y me vi fácilmente inducido a emprender idénticos estudios. La ociosidad me había resultado siempre enojosa, y ahora que ansiaba huir de mis propios pensamientos y aborrecía mis antiguos quehaceres, experimenté un gran alivio al convertirme en condiscípulo de mi amigo, hallando no solo provecho sino consuelo en las obras de los orientalistas. No pretendí, como él, un conocimiento crítico de tales dialectos, pues no pensaba hacer de ellos más uso que un solaz pasajero. Leía meramente para desentrañar su sentido, y pagaron con creces mis desvelos. Su melancolía es balsámica y su alegría elevadora, en un grado que jamás experimenté al estudiar a los autores de ningún otro país. Al leer sus escritos, la vida parece consistir en un sol tibio y un jardín de rosas: en las sonrisas y desdenes de una hermosa enemiga y en el fuego que devora el propio pecho. ¡Cuán distinto de la poesía viril y heroica de Grecia y Roma!

El verano transcurrió en tales quehaceres, y mi regreso a Ginebra quedó fijado para finales de otoño; mas habiéndome demorado por diversos azares, sobrevinieron el invierno y las nieves, los caminos se consideraron intransitables y mi viaje hubo de postergarse hasta la primavera venidera. Sentí esta demora con amargura, pues suspiraba por ver mi ciudad natal y a mis amados deudos. Mi vuelta solo se había dilatado tanto por mi resistencia a abandonar a Clerval en una tierra extraña antes de que trabara conocimiento con alguno de sus moradores. El invierno, empero, discurrió con jovialidad; y aunque la primavera se mostró inusitadamente tardía, cuando al fin arribó, su belleza compensó con creces su tardanza.

El mes de mayo había dado ya comienzo y yo aguardaba a diario la carta que debía señalar la fecha precisa de mi partida, cuando Henry propuso una excursión a pie por los alrededores de Ingolstadt, a fin de que me despidiera en persona de la comarca que tan largo tiempo había habitado. Acedí con agrado a semejante propuesta: era afecto al ejercicio y Clerval había sido siempre mi compañero predilecto en las andanzas de esta índole que solía emprender por los parajes de mi patria.

Pasamos una quincena en estas caminatas: mi salud y mis ánimos se hallaban restablecidos de antiguo, y cobraron renovado vigor merced al aire saludable que respiraba, a los gratos lances del camino y a la plática de mi amigo. El estudio me había apartado antes del trato de mis semejantes, volviéndome huraño; mas Clerval despertó los mejores sentimientos de mi pecho: me enseñó de nuevo a amar la faz de la naturaleza y los rostros alegres de los niños. ¡Excelente amigo! ¡Con cuánta sinceridad me amabas y te esforzabas por elevar mi espíritu hasta situarlo al nivel del tuyo propio! Una ambición egoísta me había encogido y marchitado, hasta que tu dulzura y afecto templaron y abrieron mis sentidos; volví a ser aquella criatura venturosa que, pocos años antes, amando y siendo amada por todos, no conocía aflicción ni desvelo alguno. En la dicha, la naturaleza inanimada poseía el don de depararme las más deliciosas sensaciones. Un cielo sereno y los campos verdeantes me llenaban de éxtasis. La estación presente era en verdad divina: las flores primaverales despuntaban en los setos, mientras las del estío asomaban ya en botón. Hallábame libre de los sombríos pensamientos que a lo largo del año precedente habían gravitado sobre mí con pesadumbre invencible, a pesar de mis esfuerzos por sacudírmelos.

Henry se regocijaba con mi jovialidad y participaba sinceramente de mis sentimientos: afanábase por distraerme al propio tiempo que manifestaba las emociones que colmaban su espíritu. Los recursos de su entendimiento en aquella ocasión resultaron verdaderamente pasmosos: su conversación rebosaba fantasía; y muy a menudo, a imitación de los autores persas y árabes, inventaba relatos de prodigiosa invención y ardor. Otras veces recitaba mis poemas predilectos o me incitaba a discusiones que sostenía con gran agudeza.

Regresamos a nuestro colegio un domingo por la tarde: los campesinos danzaban y cuantos topábamos a nuestro paso parecían alegres y dichosos. Mi propio ánimo hallábase encumbrado y avanzaba a saltos, embargado por un júbilo y una alborozo desbordantes.

Fin del Episodio 13 · de 45

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