Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 12

Capítulo 6 · I

~9 min · 1703 palabras

Clerval puso entonces en mis manos la siguiente misiva. Procedía de mi querida Elizabeth:

«Mi queridísimo primo:

»Has estado enfermo, muy enfermo, y ni siquiera las continuas cartas del bondadoso Henry bastan para tranquilizarme respecto a tu salud. Tienes vedado escribir o sostener la pluma; y sin embargo, una sola línea tuya, querido Víctor, nos es indispensable para apaciguar nuestros temores. Durante largo tiempo he confiado en que cada valija postal traería esas palabras, y mis ruegos han contenido a mi tío de emprender viaje a Ingolstadt. Le he ahorrado los quebrantos y acaso los peligros de tan dilatada travesía; y no obstante, ¡cuántas veces he lamentado no poder realizarla yo misma! Me imagino que el cuidado de tu lecho de dolor habrá recaído en alguna anciana mercenaria, incapaz de adivinar tus deseos ni de atenderlos con la ternura y el celo de tu pobre prima. Mas todo ello ha pasado ya: Clerval nos escribe que en verdad te hallas restablecido. Con ardiente afán espero que confirmes pronto esta nueva de tu puño y letra.

»Ponte bueno y regresa con nosotros. Hallarás un hogar dichoso y apacible, y amigos que te aman con fervor. La salud de tu padre es vigorosa, y solo pide verte y tener la certeza de tu bienestar; ni una sola zozobra turbará entonces su semblante benevolente. ¡Cuánto te complacería advertir los progresos de nuestro Ernest! Cuenta ya dieciséis años y rebosa vivacidad y gallardía. Desea ser un auténtico suizo e ingresar en el servicio extranjero; mas no podemos separarnos de él, al menos hasta que su hermano mayor esté de vuelta entre nosotros. A mi tío no le agrada la idea de una carrera militar en tierras lejanas, pero Ernest jamás poseyó tus facultades de aplicación. Considera el estudio como una odiosa traba; pasa el tiempo al aire libre, trepando por los riscos o remando en el lago. Temo que se convierta en un ocioso a menos que cedamos en este punto y le consintamos abrazar la profesión que ha elegido.

»Pocas novedades, salvo el crecimiento de nuestros queridos pequeños, han acontecido desde que nos dejaste. El lago azul y las montañas coronadas de nieve no cambian jamás; y juzgo que nuestro sosegado hogar y nuestros corazones conformes se rigen por las mismas leyes inmutables. Mis menudas ocupaciones llenan mis horas y me entretienen, y me veo recompensada por cualquier esfuerzo al contemplar a mi alrededor solo semblantes dichosos y bondadosos. Desde tu partida solo una mudanza ha tenido lugar en nuestra modesta casa. ¿Recuerdas en qué trance ingresó Justine Moritz en nuestra familia? Probablemente no; te referiré, pues, su historia en breves palabras. La señora Moritz, su madre, era una viuda con cuatro hijos, de los cuales Justine era la tercera. Esta criatura fue siempre la predilecta de su padre; mas por una extraña perversidad, su madre no podía tolerarla y, tras la muerte de su esposo, la trató con suma dureza. Mi tía reparó en ello y, cuando Justine contaba doce años de edad, persuadió a la madre de que le permitiera venir a vivir a nuestra casa. Las instituciones republicanas de nuestra patria han engendrado costumbres más sencillas y apacibles que las imperantes en las grandes monarquías que nos rodean. De ahí que exista menor distancia entre las diversas clases de sus moradores; y como las clases populares no son tan menesterosas ni tan despreciadas, sus modales resultan más refinados y morales. Un sirviente en Ginebra no significa lo mismo que un sirviente en Francia o en Inglaterra. Justine, recibida así en nuestra familia, aprendió las labores domésticas, condición que en nuestra afortunada patria no entraña ignorancia ni menoscabo alguno para la dignidad humana.

»Justine, recordarás, era una gran favorita tuya; y me acuerdo de que en cierta ocasión señalaste que si te hallabas de mal talante, una sola mirada suya bastaba para disiparlo, por la misma razón que el Ariosto aduce respecto a la hermosura de Angélica: tenía un aire tan franco y risueño. Mi tía le cobró un entrañable apego, merced al cual se vio movida a procurarle una educación superior a la que en un principio proyectara. Tal beneficio fue colmadamente recompensado; Justine fue la criatura más agradecida del mundo: no quiero decir que formulara protestas de devoción, pues jamás oí semejante cosa de sus labios, mas podía leerse en sus ojos que casi adoraba a su bienhechora. Aunque su carácter era jovial y en muchos aspectos desenfadado, prestaba el más celoso cuidado a cada ademán de mi tía. Teníala pordechado de toda excelencia y procuraba imitar su lenguaje y sus modales, de tal suerte que aun ahora me recuerda a menudo a ella.

»Cuando falleció mi queridísima tía, todos nos hallábamos demasiado absortos en nuestro propio dolor para reparar en la pobre Justine, quien la había atendido durante su enfermedad con el afecto más celoso. La desdichada doncella cayó gravísima; mas otras pruebas estaban reservadas para ella.

»Uno a uno, sus hermanos y su hermana fueron muriendo; y la madre, con la sola excepción de su desatendida hija, quedó privada de prole. La conciencia de aquella mujer se vio turbada; comenzó a creer que la muerte de sus predilectos constituía un castigo del cielo para purgar su injusto desapego. Pertenecía a la Iglesia católica romana, y creo que su confesor confirmó el recelo que abrigaba. Por ende, pocos meses después de tu partida hacia Ingolstadt, Justine fue llamada al hogar por su arrepentida madre. ¡Pobre muchacha! Lloró al abandonar nuestra casa; hallábase muy mudada desde la muerte de mi tía; el pesar había conferido una dulzura y una apacible suavidad a sus modales, antes caracterizados por la vivacidad. Ni la estancia en casa materna era de naturaleza propicia para devolverle la alegría. La desdichada mujer mostrábase en extremo voluble en su penitencia. Unas veces suplicaba a Justine que le perdonara su aspereza, mas con harta mayor frecuencia la acusaba de haber provocado la muerte de sus hermanos. El perpetuo desasosiego arrojó al cabo a la señora Moritz a una tisis que al principio acrecentó su acritud, mas hoy descansa ya en paz para siempre. Murió al sobrevenir los primeros rigores del frío, al comenzar este último invierno. Justine acaba de regresar con nosotros; y te aseguro que la quiero entrañablemente. Es despejada, dulce y en extremo graciosa; como te mencioné antes, su porte y su expresión me recuerdan de continuo a mi querida tía.

»Debo decirte asimismo unas palabras, mi querido primo, acerca del pequeño y adorable William. ¡Ojalá pudieses verlo! Es muy alto para su edad, con unos ojos azules vivaces y risueños, pestañas oscuras y cabellos rizados. Cuando sonríe, asoman dos graciosos hoyuelos en sus mejillas, sonrosadas de salud. Ha tenido ya una o dos noviecitas, pero Louisa Biron es su preferida, una encantadora chiquilla de cinco años.

»Y ahora, querido Víctor, imagino que desearás que te participe algunos chismes sobre las buenas gentes de Ginebra. La bella señorita Mansfield ha recibido ya las felicitaciones por su próximo enlace con un joven inglés, John Melbourne. Su hermana fea, Manon, desposó al acaudalado banquero señor Duvillard el pasado otoño. Tu camarada predilecto de la escuela, Louis Manoir, ha padecido no pocos reveses desde la marcha de Clerval de Ginebra. Mas ha recobrado ya el ánimo, y aseguran que se halla a punto de casarse con una francesa vivaz y hermosa, la señora Tavernier. Es viuda y bastante más entrada en años que Manoir; mas goza de general admiración y es bienquista de todos.

»Me he animado escribiéndote, querido primo; mas mi zozobra renace al dar término a estas líneas. Escribe, queridísimo Víctor: una línea, una sola palabra será una bendición para nosotros. Diez mil gracias a Henry por su bondad, su afecto y sus muchas cartas; le guardamos sincera gratitud. ¡Adiós, primo mío! ¡Cuídate mucho y, te lo suplico, escribe!

»Elizabeth Lavenza.

»Ginebra, 18 de marzo de 17—».

«¡Querida, queridísima Elizabeth! —exclamé al concluir la lectura de su carta—. Escribiré al instante para librarlos de la inquietud que sin duda experimentan». Escribí, y semejante esfuerzo me fatigó en demasía; mas mi convalecencia había dado comienzo y progresaba con regularidad. En el lapso de otra quincena me vi en sazón de abandonar mi aposento.

Uno de mis primeros deberes tras mi restablecimiento consistió en presentar a Clerval a los diversos catedráticos de la universidad. Al hacerlo, hube de arrostrar una ruda prueba, harto poco adecuada para las llagas que mi espíritu arrastraba. Desde aquella noche fatal, término de mis afanes y comienzo de mis desventuras, había cobrado una aversión violenta incluso al mero vocablo de filosofía natural. Cuando por lo demás me hallaba ya bien recuperado de salud, la vista de un instrumento químico renovaba toda la agonía de mis crisis nerviosas. Henry reparó en ello y apartó todos mis aparejos de mi vista. Me mudó asimismo de habitación, al advertir que había cobrado horror a la estancia que antes fuera mi laboratorio. Mas tales desvelos de Clerval resultaron vanos al visitar a los profesores. El señor Waldman me infligió un auténtico martirio al alabar con afecto y ardor los pasmosos progresos que yo había conquistado en las ciencias. Pronto advirtió que el tema me desazonaba; mas sin sospechar la verdadera causa, atribuyó mi turbación a la modestia y mudó la plática de mis adelantos hacia la ciencia en sí, con el evidente afán de hacerme hablar. ¿Qué podía hacer yo? Su propósito era agradar, y me atormentaba. Sentía como si fuese disponiendo ante mis ojos, uno a uno, los instrumentos destinados más tarde a infligirme una muerte lenta y atroz. Retorcíame bajo sus palabras, mas no osaba revelar el dolor que me embargaba. Clerval, cuyos ojos y sensibilidad eran siempre perspicaces para discernir las impresiones ajenas, desvió la conversación alegando en disculpa su ignorancia absoluta, y la plática tomó un sesgo más general. Di gracias a mi amigo desde el fondo de mi corazón, mas guardé silencio. Vi con claridad que se hallaba asombrado, mas jamás intentó arrancarme mi secreto; y aunque lo amaba con una mezcla de ternura y reverencia que no conocía límites, jamás pude determinarme a confiarle aquel suceso tan presente en mi memoria, temeroso de que referirlo a otro solo sirviese para grabarlo con mayor hondura.

Fin del Episodio 12 · de 45

Capítulo 6 · I

Siguiente Episodio 13~5 minCapítulo 6 · II“Sí, sí —prosiguió, al observar mi rostro contraído por el sufrimiento—, el señor Frankenstein es modesto, excelente virtud en un joven.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.