El signo de los cuatro·Episodio 09

Sherlock Holmes hace una demostración · I

~8 min · 1664 palabras

Bueno, Watson —dijo Holmes frotándose las manos—, tenemos media hora para nosotros. Aprovechémosla bien. Mi caso, como ya le he dicho, está casi resuelto; pero no debemos pecar de exceso de confianza. Por sencillo que parezca ahora, tal vez haya algo más profundo tras él.

—¡Sencillo! —exclamé.

—Desde luego —dijo con cierto aire de catedrático de clínica dando clase a sus alumnos—. Siéntese ahí en ese rincón, para que sus pisadas no compliquen las cosas. ¡Y ahora, manos a la obra! En primer lugar, ¿cómo entró esta gente y cómo salió? La puerta no se ha abierto desde anoche. ¿Y la ventana? —Llevó la lámpara hasta ella, murmurando sus observaciones en voz alta, aunque dirigiéndose a sí mismo más que a mí—. La ventana está asegurada por dentro. El marco es sólido. No hay bisagras laterales. Abrámosla. No hay canalón cerca. El tejado queda fuera de todo alcance. Y sin embargo, un hombre ha subido por la ventana. Llovió un poco anoche. He aquí la huella de un pie en la tierra del alféizar. Y aquí hay una marca circular de barro, y otra más en el suelo, y otra más junto a la mesa. ¡Mire esto, Watson! Es de veras una demostración preciosa.

Miré los discos redondos y bien definidos de barro. —Esto no es la huella de un pie —dije.

—Es algo mucho más valioso para nosotros. Es la marca de una pata de palo. Vea aquí, en el alféizar, la huella de una bota, una bota pesada de tacón ancho con refuerzo de metal, y al lado la impronta de la pata de madera.

—Es el hombre de la pata de palo.

—En efecto. Pero ha habido alguien más: un aliado sumamente hábil y eficiente. ¿Podría usted escalar ese muro, doctor?

Miré por la ventana abierta. La luna aún brillaba con fuerza sobre aquel ángulo del edificio. Estábamos a unos buenos dieciocho metros del suelo y, mirase donde mirase, no veía punto de apoyo alguno, ni siquiera una hendidura en la fábrica de ladrillo.

—Es absolutamente imposible —respondí.

—Sin ayuda lo es. Pero suponga que tuviese a un amigo aquí arriba que le descolgara esta cuerda tan resistente que veo en el rincón, atando un extremo a este gran gancho de la pared. Entonces creo que, si fuera un hombre ágil, podría encaramarse, con pata de palo y todo. Luego se marcharía, naturalmente, del mismo modo, y su aliado recogería la cuerda, la desataría del gancho, cerraría la ventana, la aseguraría por dentro y escaparía por donde había entrado al principio. Como detalle menor cabe señalar —prosiguió palpando la cuerda— que nuestro amigo de la pata de palo, aunque buen trepador, no era marinero profesional. Sus manos distaban de estar encallecidas. Mi lupa descubre más de una mancha de sangre, en especial hacia el extremo de la cuerda, de donde deduzco que se deslizó hacia abajo con tanta velocidad que se despellejó la mano.

—Todo eso está muy bien —dije—, pero el asunto resulta más ininteligible que nunca. ¿Y ese misterioso cómplice? ¿Cómo entró en la habitación?

—¡Sí, el aliado! —repitió Holmes pensativo—. Hay detalles sumamente interesantes en ese aliado. Eleva este caso por encima de la vulgaridad corriente. Imagino que sienta un precedente insólito en los anales del crimen de este país, aunque se me ocurren casos semejantes en la India y, si no me falla la memoria, en Senegambia.

—¿Cómo entró entonces? —reiteré—. La puerta está cerrada con llave y la ventana es inaccesible. ¿Acaso por la chimenea?

—La rejilla es demasiado pequeña —contestó—. Ya consideré esa posibilidad.

—¿Cómo entonces? —insistí.

—Se niega a aplicar mi máxima —dijo sacudiendo la cabeza—. ¿Cuántas veces le he dicho que, cuando se ha descartado lo imposible, lo que quede, por improbable que parezca, debe de ser la verdad? Sabemos que no entró por la puerta, ni por la ventana, ni por la chimenea. Sabemos también que no pudo estar oculto en la habitación, pues aquí no hay escondite posible. ¿De dónde vino entonces?

—¡Entró por la abertura del techo! —exclamé.

—Por supuesto. Tuvo que ser así. Si tiene la bondad de sostenerme la lámpara, ampliaremos nuestras pesquisas a la estancia de arriba, la cámara secreta donde se halló el tesoro.

Subió los peldaños y, aferrándose a una viga con ambas manos, se aupó hasta el desván. Luego, tendido boca abajo, alargó el brazo para coger la lámpara y la sostuvo mientras yo subía tras él.

El habitáculo en el que nos encontrábamos medía unos tres metros de largo por casi dos de ancho. El suelo lo formaban las vigas maestras, con un fino cañizo y yeso entre medias, de modo que al andar había que pisar de viga en viga. La techumbre se elevaba en vértice, siendo con toda claridad la cubierta interior del verdadero tejado de la casa. No había mueble alguno, y el polvo acumulado durante años cubría espesamente el entarimado.

—Aquí lo tiene, como ve —dijo Sherlock Holmes apoyando la mano contra la pared inclinada—. Esta es una trampilla que conduce al tejado. Puedo empujarla hacia fuera, y aquí está el tejado mismo, con una suave pendiente. Este fue, pues, el camino por donde entró el Número Uno. Veamos si podemos hallar otros rastros de su individualidad.

Bajó la lámpara hacia el suelo, y al hacerlo vi por segunda vez aquella noche una expresión de asombro y sobresalto cruzar su rostro. Por mi parte, al seguir su mirada, sentí que la piel se me erizaba bajo la ropa. El suelo estaba densamente cubierto por las huellas de un pie desnudo: nítidas, bien definidas, de contornos perfectos, pero que apenas alcanzaban la mitad del tamaño de las de un hombre corriente.

—Holmes —dije en un susurro—, ha sido un niño quien ha cometido semejante atrocidad.

En un instante recuperó la compostura. —Me he quedado atónito por un momento —dijo—, pero la cosa es del todo natural. Me falló la memoria, pues de lo contrario habría debido preverlo. No hay nada más que averiguar aquí. Bajemos.

—¿Cuál es su teoría entonces respecto a esas pisadas? —pregunté con vehemencia en cuanto hubimos regresado a la habitación inferior.

—Mi querido Watson, ensaye usted mismo un poco de análisis —dijo con un deje de impaciencia—. Conoce mis métodos. Aplíquelos, y será muy instructivo comparar nuestros resultados.

—No se me ocurre nada que encaje con todos los hechos —respondí.

—Pronto lo verá con claridad —dijo con desdén—. Creo que no queda nada más de importancia por aquí, pero echaré un vistazo. —Sacó la lupa y una cinta métrica, y se movió con rapidez por la estancia a cuatro patas, midiendo, comparando y examinándolo todo, con su nariz larga y afilada a escasos centímetros de las tablas, y sus ojos redondos brillando hundidos como los de un pájaro. Tan veloces, silenciosos y furtivos eran sus movimientos, semejantes a los de un sabueso adiestrado que sigue un rastro, que no pude evitar pensar en el terrible criminal en que se habría convertido de haber empleado su energía y sagacidad contra la ley en lugar de ponerlas al servicio de su defensa. Mientras buscaba murmuraba para sí, y al fin prorrumpió en un grito triunfal de satisfacción.

—La suerte está de nuestra parte, sin duda —dijo—. Ahora deberíamos tener muy pocas dificultades. El Número Uno ha tenido la desgracia de pisar la creosota. Puede verse el contorno del borde de su menudo pie aquí, al lado de este charco hediondo. La damajuana se rompió, como ve, y el líquido se derramó.

—¿Y entonces? —pregunté.

—Pues que ya lo tenemos, eso es todo —dijo—. Conozco un perro capaz de seguir este rastro hasta el fin del mundo. Si una jauría puede rastrear un arenque arrastrado a través de todo un condado, ¿a qué distancia podrá seguir un sabueso adiestrado un olor tan penetrante como este? Parece un problema de regla de tres. La respuesta debería darnos el... ¡Pero atención! He aquí a los representantes acreditados de la ley.

Pasos pesados y un estruendo de voces resonaron desde abajo, y la puerta del vestíbulo se cerró con un sonoro estrépito.

—Antes de que entren —dijo Holmes—, ponga su mano sobre el brazo de este pobre desgraciado, y aquí sobre su pierna. ¿Qué nota?

—Los músculos están duros como una tabla —respondí.

—En efecto. Se encuentran en un estado de rigidez extrema, que supera con creces el habitual rigor mortis. Si unimos a esto la deformación del rostro, esta sonrisa hipocrática o «risus sardonicus», como la llamaban los antiguos autores, ¿qué conclusión le sugiere?

—Muerte producida por algún potente alcaloide vegetal —contesté—; alguna sustancia semejante a la estricnina que provoca el tétanos.

—Esa fue la idea que se me ocurrió en cuanto vi los músculos tensos del rostro. Al entrar en la habitación busqué al punto la vía por la que el veneno se había introducido en el organismo. Como vio, descubrí una espina clavada o disparada sin gran fuerza en el cuero cabelludo. Observe que la zona golpeada fue la que habría quedado orientada hacia la abertura del techo si el hombre hubiera estado erguido en su sillón. Examine ahora la espina.

La tomé con cautela y la sostuve a la luz de la linterna. Era larga, afilada y negra, con un brillo vidrioso cerca de la punta, como si alguna sustancia gomosa se hubiese secado en ella. El extremo romo había sido recortado y redondeado con un cuchillo.

—¿Es una espina inglesa? —preguntó.

—No, ciertamente no lo es.

—Con todos estos datos debería ser capaz de deducir algo razonable. Pero ahí llegan las fuerzas regulares, de modo que las auxiliares podemos batirnos en retirada.

Mientras hablaba, los pasos que venían aproximándose retumbaron por el pasillo, y un hombre muy corpulento y fornido, vestido de gris, entró pesadamente en la estancia. Tenía el rostro encendido, aspecto sanguíneo y pletórico, con un par de ojos diminutos y chispeantes que miraban con agudeza entre párpados hinchados y bolsas abultadas. Le seguían de cerca un inspector uniformado y el todavía tembloroso Thaddeus Sholto.

Fin del Episodio 9 · de 24

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