Sherlock Holmes hace una demostración · II
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—¡Vaya asunto! —exclamó con voz ronca y sofocada—. ¡Menudo asunto! Pero ¿quiénes son todos estos? ¡Válgame Dios, si la casa parece una conejera!
—Creo que se acordará de mí, señor Athelney Jones —dijo Holmes con calma.
—¡Pues claro que sí! —dijo con un resoplido—. ¡Es el señor Sherlock Holmes, el teórico! ¡Cómo no recordarle! Jamás olvidaré cómo nos dio una conferencia a todos sobre causas, deducciones y efectos en el caso de las joyas de Bishopgate. Es verdad que nos puso sobre la pista buena; pero reconocerá usted que fue más por pura chiripa que por su buen método.
—Fue una deducción sumamente sencilla.
—¡Vamos, vamos, no sea modesto! Nunca se avergüence de reconocerlo. Pero ¿qué es todo esto? ¡Mal asunto! ¡Muy mal asunto! Aquí hacen falta hechos firmes, no hay sitio para teorías. ¡Qué suerte que estuviera en Norwood por otro caso! Me hallaba en la estación cuando llegó el aviso. ¿De qué cree que ha muerto este hombre?
—Vaya, este apenas es un caso para que yo me ponga a teorizar —dijo Holmes con sequedad.
—No, desde luego. Con todo, no podemos negar que a veces da usted en el clavo. ¡Cielo santo! La puerta estaba cerrada con llave, según entiendo. Joyas por valor de medio millón desaparecidas. ¿Y qué hay de la ventana?
—Cerrada; pero hay pisadas en el alféizar.
—Bueno, bueno, si estaba cerrada las pisadas nada tienen que ver con el asunto. Es de sentido común. El hombre pudo morir de un ataque repentino; pero faltan las joyas. ¡Ja! Tengo una teoría. Estas inspiraciones me vienen a veces. Salgan un momento al pasillo, sargento, y usted también, señor Sholto. Su amigo puede quedarse. ¿Qué le parece esto, Holmes? Sholto estuvo anoche con su hermano, según propia confesión. El hermano murió de un ataque y entonces Sholto se largó con el tesoro. ¿Qué tal?
—Y a continuación el difunto tuvo la delicadeza de levantarse y echar la llave por dentro.
—¡Hum! Ahí hay un fallo. Apliquemos el sentido común. Este Thaddeus Sholto estuvo con su hermano; hubo una disputa; hasta ahí lo sabemos con certeza. El hermano está muerto y las joyas han desaparecido. Eso también lo sabemos. Nadie vio al hermano desde el momento en que Thaddeus lo dejó. La cama no se ha deshecho. Es evidente que Thaddeus se halla en un estado de gran turbación. Su aspecto... bueno, no es precisamente favorable. Ya ve que estoy tejiendo mi red en torno a Thaddeus. El cerco comienza a estrecharse sobre él.
—Todavía no está usted al tanto de todos los hechos —dijo Holmes—. Esta astilla de madera, que tengo sobradas razones para creer envenenada, estaba clavada en el cuero cabelludo del muerto, donde aún puede ver la marca; esta tarjeta, escrita como ve, se hallaba sobre la mesa; y a su lado descansaba este instrumento con cabeza de piedra tan curioso. ¿Cómo encaja todo eso en su teoría?
—La confirma en todos los sentidos —respondió el detective gordo con suficiencia—. La casa está llena de curiosidades de la India. Thaddeus trajo esto arriba, y si esta astilla está envenenada, Thaddeus bien pudo haberla empleado con intenciones asesinas tan fácilmente como cualquier otro. La tarjeta no es más que una farsa, una pista falsa con toda probabilidad. La única pregunta es: ¿cómo huyó? Ah, por supuesto, aquí hay un boquete en el techo. —Con notable agilidad, habida cuenta de su volumen, subió los peldaños y se escurrió hacia el desván, e inmediatamente después oímos su voz triunfal proclamando que había encontrado la trampilla.
—Sabe encontrar cosas —observó Holmes encogiéndose de hombros—. A veces tiene destellos de razón. Il n’y a pas des sots si incommodes que ceux qui ont de l’esprit!
—¡Ya lo ven! —dijo Athelney Jones reapareciendo por la escalera—. Después de todo, los hechos valen más que las meras teorías. Mi opinión sobre el caso queda confirmada. Hay una trampilla que comunica con el tejado y está entreabierta.
—Fui yo quien la abrió.
—¡Ah, de veras! ¿De modo que se fijó en ella? —Pareció un poco desinflado ante el hallazgo—. Bueno, fuera quien fuese el que la notara, demuestra por dónde escapó nuestro caballero. ¡Inspector!
—¡Sí, señor! —respondió una voz desde el pasillo.
—Pídale al señor Sholto que pase por aquí. Señor Sholto, es mi deber advertirle de que cuanto diga podrá ser utilizado en su contra. Queda arrestado en nombre de la Reina como implicado en la muerte de su hermano.
—¡Ya lo ven! ¿No se lo dije? —gritó el pobre hombrecillo abriendo los brazos y mirándonos alternativamente a uno y a otro.
—No se inquiete por ello, señor Sholto —dijo Holmes—. Creo que puedo comprometerme a librarlo de semejante acusación.
—¡No prometa demasiado, señor teórico, no prometa demasiado! —espetó el detective—. Quizá lo encuentre más difícil de lo que cree.
—No solo voy a exculparlo, señor Jones, sino que le haré entrega gratuita del nombre y la descripción de una de las dos personas que estuvieron en esta habitación anoche. Su nombre, tengo sobradas razones para creerlo, es Jonathan Small. Es un hombre de escasa instrucción, bajo, ágil, sin la pierna derecha y provisto de una pata de madera desgastada por la parte interior. Su bota izquierda tiene una suela basta de puntera cuadrada, con un cerco de hierro en el tacón. Es de mediana edad, muy tostado por el sol, y ha sido presidiario. Estas pocas señas podrán servirle de alguna ayuda, unidas al hecho de que le falta un buen trozo de piel en la palma de la mano. El otro hombre...
—¡Ah! ¿Y el otro hombre? —preguntó Athelney Jones con voz burlona y desdeñosa, aunque no menos impresionado, como pude apreciar con facilidad, por la aplastante precisión de mi compañero.
—Es un individuo sumamente singular —dijo Sherlock Holmes dando media vuelta sobre sus talones—. Espero poder presentárselos a ambos dentro de poco. Una palabra con usted, Watson.
Me llevó hasta el descanso de la escalera. —Este suceso imprevisto —dijo— nos ha hecho perder de vista en cierto modo el verdadero objetivo de nuestro viaje.
—Justo estaba pensando en ello —respondí—. No está bien que la señorita Morstan permanezca en esta casa marcada por la desgracia.
—No. Debe acompañarla usted a su casa. Vive con la señora Cecil Forrester, en Lower Camberwell, de modo que no está muy lejos. Le esperaré aquí si quiere regresar luego en coche. ¿O tal vez esté demasiado fatigado?
—De ningún modo. No creo que pudiera descansar antes de saber más de este fantástico asunto. He conocido el lado áspero de la vida, pero le doy mi palabra de que esta rápida sucesión de extrañas sorpresas durante la noche me ha destemplado por completo los nervios. Sin embargo, me gustaría llegar hasta el final con usted, ahora que hemos llegado tan lejos.
—Su presencia me será de gran utilidad —respondió—. Resolveremos el caso por nuestra cuenta y dejaremos que ese tal Jones se regocije con cualquier desatino que se le ocurra inventar. Cuando haya dejado a la señorita Morstan, desearía que se dirigiese al número 3 de Pinchin Lane, cerca de la orilla del agua, en Lambeth. La tercera casa a mano derecha pertenece a un disecador de pájaros: Sherman es su nombre. Verá una comadreja que sostiene un gazapo en el escaparate. Despierte al viejo Sherman y dígale, con mis atentos saludos, que necesito a Toby de inmediato. Se traerá a Toby en el coche con usted.
—Un perro, supongo.
—Sí, un chucho extravagante con un olfato prodigioso. Preferiría la ayuda de Toby a la de todo el cuerpo de policía de Londres.
—Se lo traeré entonces —dije—. Ya es la una. Debería estar de vuelta antes de las tres si consigo un caballo descansado.
—Y yo —dijo Holmes— veré qué puedo averiguar de la señora Bernstone y del criado indio, que, según me dice el señor Thaddeus, duerme en el desván contiguo. Luego estudiaré los métodos del gran Jones y escucharé sus sarcasmos, que no son precisamente sutiles. «Wir sind gewohnt dass die Menschen verhöhnen was sie nicht verstehen.» Goethe siempre es lapidario.
Fin del Episodio 10 · de 24
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