La tragedia de Pondicherry Lodge · II
~5 min · 995 palabras
El tercer tramo de escalera remataba en un pasillo recto de cierta longitud, con un gran tapiz indio a la derecha y tres puertas a la izquierda. Holmes avanzó por él con idéntica lentitud metódica, mientras nosotros le seguíamos pegados a sus talones, proyectándose nuestras largas sombras negras a lo largo del corredor. La tercera puerta era la que buscábamos. Holmes llamó sin obtener respuesta, intentando luego girar el pomo para forzar la entrada. Hallábase cerrada por dentro, sin embargo, y asegurada por un cerrojo ancho y macizo, según pudimos comprobar al acercar el farol. Al estar la llave echada, el orificio no quedaba obturado del todo. Sherlock Holmes se inclinó hacia él e inmediatamente se incorporó conteniendo la respiración con un jadeo repentino.
—Hay algo diabólico en esto, Watson —dijo, más conmovido de lo que jamás le había visto—. ¿Qué opina usted de esto?
Me asomé al ojo de la cerradura y retrocedí horrorizado. El resplandor lunar inundaba la estancia, bañándola con una claridad turbia y vacilante. Mirándome fijamente y suspendido, por así decirlo, en el aire —pues todo lo inferior permanecía en sombras— colgaba un rostro: el mismísimo rostro de nuestro compañero Thaddeus. Se advertía la misma cabeza alta y reluciente, la misma orla circular de pelo rojizo y la misma tez cadavérica. Las facciones, no obstante, estaban crispadas en una mueca espantosa, una sonrisa fija y antinatural que en aquella estancia silenciosa y alumbrada por la luna crispaba los nervios más que cualquier contorsión o ceño adusto. Tan idéntico era aquel semblante al de nuestro menudo amigo que volví la cabeza hacia él para cerciorarme de que en verdad se hallaba a nuestro lado; recordé entonces que nos había advertido de que su hermano y él eran gemelos.
—¡Esto es espantoso! —le dije a Holmes—. ¿Qué debemos hacer?
—Hay que derribar la puerta —respondió, y abalanzándose contra ella descargó todo su peso sobre la cerradura. Crujió y gimió la madera, pero no cedió. Nos arrojamos los dos juntos una vez más y esta vez cedió con un chasquido repentino, encontrándonos de pronto dentro del aposento de Bartholomew Sholto.
Parecía acondicionado como laboratorio químico. Una doble hilera de frascos con tapón esmerilado se alineaba sobre la pared opuesta a la puerta, y la mesa aparecía cubierta de mecheros Bunsen, tubos de ensayo y retortas. En los rincones descansaban damajuanas de ácido en cestos de mimbre: una de ellas parecía gotear o haberse roto, pues un reguero de líquido negruzco rezumaba por el suelo y el ambiente estaba cargado de un olor penetrante parecido al del alquitrán. Una escalera de mano se alzaba a un lado de la habitación, en mitad de un revoltijo de cañizo y yeso, y sobre ella se abría en el techo un boquete lo bastante amplio para dar paso a un hombre. Al pie de la escalera yacía arrojado descuidadamente un grueso rollo de cuerda.
Junto a la mesa, en un sillón de madera, el dueño de la casa se hallaba desplomado sobre sí mismo, con la cabeza ladeada hacia el hombro izquierdo y aquella mueca espectral e indescifrable grabada en su semblante. Estaba rígido y frío, llevando muerto a todas luces muchas horas. Se me antojó que no solo sus facciones sino todos sus miembros se hallaban contraídos y torcidos de la forma más inverosímil. Cerca de su mano, sobre la mesa, reposaba un instrumento insólito: una maza de madera morena y recia con una cabeza de piedra semejante a un martillo, rudamente amarrada con cordel bramante. A su lado había una cuartilla desgarrada con ciertas palabras garabateadas. Holmes le echó una ojeada y me la tendió.
—Mire —dijo con un arqueo elocuente de cejas.
A la luz del farol leí, con un escalofrío de horror: «El signo de los cuatro».
—¡Por amor de Dios! ¿Qué significa todo esto? —inquirí.
—Significa un asesinato —respondió inclinándose sobre el cadáver—. ¡Ah, me lo figuraba! ¡Mire aquí! —Señaló lo que parecía una espina larga y oscura clavada en la piel justo encima de la oreja.
—Parece una espina —observé.
—Es una espina. Puede extraerla, pero con sumo cuidado, pues está envenenada.
La ainsi entre el índice y el pulgar. Se desprendió de la piel con tanta facilidad que apenas dejó rastro tras de sí: una diminuta mota de sangre señalaba el punto de punción.
—Todo esto es un misterio indescifrable para mí —dije—. Se oscurece en vez de aclararse.
—Al contrario —repuso él—; se despeja a cada instante. Solo requiero unos cuantos eslabones sueltos para armar un caso perfectamente trabado.
Casi habíamos olvidado la presencia de nuestro acompañante desde que penetramos en la estancia. Aún permanecía en el umbral, personificación viva del pavor, retorciéndose las manos y gimoteando para sus adentros. De pronto, sin embargo, prorrumpió en un alarido agudo y lastimero.
—¡El tesoro ha desaparecido! —chilló—. ¡Le han robado el tesoro! Ahí está el hueco por el que lo descolgamos: ¡yo mismo le ayudé a bajarlo! ¡Fui la última persona que lo vio con vida! Lo dejé aquí anoche y le oí echar la llave a la puerta mientras yo bajaba las escaleras.
—¿A qué hora fue eso?
—Eran las diez en punto. Y ahora está muerto y llamarán a la policía y sospecharán que he tomado parte en esto... ¡Sí, estoy seguro de que sospecharán de mí! Pero ustedes no lo creerán, ¿verdad, caballeros? ¡Seguro que no pensarán que he sido yo! ¿Acaso los habría traído aquí de haber sido el culpable? ¡Dios mío, Dios mío: sé que voy a volverme loco! —Agitaba los brazos y pateaba el suelo presa de una especie de frenesí convulsivo.
—No tiene motivo de temor, señor Sholto —dijo Holmes afablemente, posándole la mano en el hombro—. Siga mi consejo: baje en el carruaje a la comisaría y ponga el asunto en conocimiento de la policía, ofreciéndoles su entera cooperación. Nosotros le aguardaremos aquí hasta su regreso.
El hombrecillo obedeció con ademán sonámbulo y le oímos bajar la escalera dando traspiés en la oscuridad.
Fin del Episodio 8 · de 24
La tragedia de Pondicherry Lodge · II
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