El signo de los cuatro·Episodio 07

La tragedia de Pondicherry Lodge · I

~8 min · 1519 palabras

Eran cerca de las once de la noche cuando alcanzamos la etapa final de las andanzas de aquella jornada. Habíamos dejado atrás la niebla húmeda de la gran urbe y la noche se presentaba despejada. Soplaba un viento templado del oeste y nubarrones densos surcaban con lentitud el cielo, asomando de vez en cuando media luna por entre sus claros. Había suficiente visibilidad para distinguir los objetos a cierta distancia, pero Thaddeus Sholto descolgó uno de los faroles laterales del carruaje para iluminarnos mejor el camino.

Pondicherry Lodge se alzaba en una amplia finca cercada por un muro de piedra muy alto rematado con casquetes de vidrio roto. Una puerta angosta guarnecida de hierro constituía el único acceso. En ella llamó nuestro guía con un peculiar redoble semejante al del cartero.

—¿Quién va? —inquirió una voz bronca desde el interior.

—Soy yo, McMurdo. Ya deberías conocer mi llamada a estas alturas.

Oyóse un rezongo y un rechinar y tintineo de llaves. La puerta giró pesadamente y un individuo bajo y ancho de pecho apareció en la abertura, bañando el resplandor amarillento del farol su rostro saliente y sus ojillos desconfiados.

—¿Es usted, señor Thaddeus? ¿Pero quiénes son los otros? El amo no me ha dado órdenes al respecto.

—¿Que no, McMurdo? ¡Me extraña! Anoche advertí a mi hermano de que traería a unos amigos.

—Hoy no ha salido de su cuarto en todo el día, señor Thaddeus, y carezco de instrucciones. Bien sabe usted que debo atenerme a la consigna: a usted puedo franquearle el paso, pero sus amigos tendrán que quedarse donde están.

Aquel era un obstáculo imprevisto. Thaddeus Sholto miró a su alrededor con perplejidad e impotencia. —¡Esto es el colmo, McMurdo! —protestó—. Si yo respondo de ellos, debería bastarte. Además nos acompaña una señorita: no puede quedarse esperando en el camino a estas horas.

—Lo lamento de veras, señor Thaddeus —repuso el portero con terquedad—. Las gentes pueden ser amigas suyas y no serlo del amo. Él me paga bien por cumplir mi obligación y mi obligación cumpliré: no conozco a ninguno de sus acompañantes.

—¡Claro que me conoces, McMurdo! —exclamó afablemente Sherlock Holmes—. No creo que me hayas olvidado: ¿no te acuerdas del aficionado que disputó tres asaltos contigo en el gimnasio de Alison la noche de tu combate benéfico hace cuatro años?

—¡No me diga que es el señor Sherlock Holmes! —rugió el púgil—. ¡Por vida mía! ¿Cómo pude confundirlo? Si en vez de quedarse ahí tan callado hubiese avanzado para encajarme aquel directo cruzado bajo la mandíbula, lo habría reconocido al punto. ¡Ah, es usted un hombre que ha malbaratado sus facultades: bien alto habría podido apuntar si se hubiera consagrado al ring!

—Ya ve, Watson: si todo lo demás me falla, aún me queda abierta una profesión científica —dijo Holmes echándose a reír—. Nuestro amigo no nos dejará a la intemperie ahora, estoy seguro.

—Pasen, caballero, pasen: usted y sus amigos —respondió el guardián—. Lo lamento de veras, señor Thaddeus, pero las órdenes son muy rigurosas: tenía que cerciorarme de quiénes eran sus acompañantes antes de franquearles la entrada.

En el interior, un sendero de grava serpenteaba a través de un terreno desolado hacia una casa maciza, cuadrada y vulgar, sumida por completo en sombras salvo donde un rayo de luna hería una esquina e iluminaba el ventanal de un desván. Las vastas proporciones del inmueble, unidas a su aspecto tétrico y a su silencio sepulcral, helaban la sangre. Hasta el propio Thaddeus Sholto parecía inquieto, y el farol temblaba y castañeteaba en su mano.

—No lo comprendo —murmuró—. Debe de haber algún error: le advertí terminantemente a Bartholomew que vendríamos, y sin embargo no hay luz en su ventana. No sé qué pensar.

—¿Custodia siempre la finca de esta manera? —preguntó Holmes.

—Sí: ha mantenido la costumbre de mi padre. Era el predilecto, como saben, y a veces pienso que mi padre le confió más confidencias que a mí. Aquella ventana de arriba donde da el claro de luna es la de Bartholomew: está bien iluminada, pero no hay luz en su interior, me parece.

—Ninguna —corroboró Holmes—. Pero diviso el destello de una luz en esa ventanita junto a la puerta.

—Ah, ese es el cuarto del ama de llaves: allí suele sentarse la vieja señora Bernstone. Ella sabrá darnos razón de todo. Pero acaso no les importe aguardar aquí un par de minutos, pues si entramos todos de golpe sin previo aviso podría alarmarse. ¡Chist! ¿Qué es eso?

Alzó el farol y su mano tembló de tal suerte que los círculos de luz oscilaron y vacilaron a nuestro alrededor. La señorita Morstan me cogió de la muñeca y todos nos quedamos con el corazón en un puño, aguzando el oído. Desde aquella gran mole sombría resonó en el silencio nocturno el más lastimero y acongojado de los sonidos: el llanto agudo y quejumbroso de una mujer aterrada.

—Es la señora Bernstone —dijo Sholto—. Es la única mujer que hay en la casa. Aguarden aquí: volveré enseguida. —Corrió hacia la puerta y llamó con su golpeteo característico. Vimos a una anciana corpulenta franquearle el paso y estremecerse de contento al divisarlo.

—¡Ay, señor Thaddeus, qué alegría que haya venido! ¡Qué dicha que esté aquí, señor Thaddeus! —Oímos sus repetidas muestras de júbilo hasta que la puerta se cerró y su voz se apagó en un rumor sordo y monótono.

Nuestro guía nos había dejado el farol. Holmes lo movió lentamente en derredor, escudriñando con atención la fachada del edificio y los grandes montículos de escombros que atestaban el terreno. La señorita Morstan y yo permanecíamos juntos, con su mano entre la mía. Cosa sutil y milagrosa es el amor: allí nos encontrábamos dos seres que jamás se habían visto antes de aquel día, entre quienes no se había cruzado una sola palabra ni mirada de afecto, y sin embargo en aquella hora de tribulación nuestras manos se buscaron instintivamente. He cavilado después sobre ello con asombro, pero en aquel instante me pareció lo más natural acudir a ella de tal suerte y, como a menudo me ha confesado, brotó también en ella el impulso de buscar en mí amparo y consuelo. Así permanecimos cogidos de la mano, como dos niños, reinando la paz en nuestras almas a despecho de las tinieblas que nos cercaban.

—¡Qué lugar tan insólito! —comentó ella, mirando en torno.

—Parece como si hubiesen soltado a todos los topos de Inglaterra en este terreno —respondí—. Vi algo parecido en la ladera de una colina cerca de Ballarat, donde habían estado trabajando los buscadores de oro.

—Y por idéntica causa —terció Holmes—. Estas son las huellas de los buscadores del tesoro. Recuerde que se pasaron seis años rastreándolo: no es de extrañar que la finca parezca una cantera de grava.

En ese momento la puerta de la vivienda se abrió de par en par y Thaddeus Sholto salió corriendo con los brazos extendidos y el espanto pintado en los ojos.

—¡Algo le pasa a Bartholomew! —gritó—. ¡Tengo miedo! Mis nervios no pueden resistirlo. —En verdad sollozaba casi de terror, y su rostro débil y desencajado, asomando entre el cuello de astracán, tenía la desvalida expresión suplicante de un niño aterrado.

—Entremos en la casa —ordenó Holmes con acento seco y resuelto.

—¡Sí, por favor! —suplicó Thaddeus Sholto—. Realmente no me siento con ánimos de dar instrucciones.

Lo seguimos todos al aposento del ama de llaves, situado a la izquierda del pasillo. La anciana caminaba arriba y abajo con aire asustado y las manos inquietas, pero la presencia de la señorita Morstan pareció apaciguarla.

—¡Dios bendiga su hermoso rostro sereno! —exclamó con un sollozo histérico—. Me hace bien verla. ¡Ay, qué dura prueba he pasado hoy!

Nuestra compañera le palmeó la mano marchita y encallecida por las faenas, murmurando unas cuantas palabras de bondadoso consuelo femenino que devolvieron el color a las mejillas desvaídas de la mujer.

—El amo se ha encerrado por dentro y no me responde —explicó—. Todo el día he aguardado noticias suyas, pues a menudo le gusta estar solo; pero hace una hora temí que algo marchase mal, de suerte que subí y miré por el ojo de la cerradura. Debe usted subir, señor Thaddeus: tiene que subir a verlo por sí mismo. Llevo diez largos años viendo al señor Bartholomew Sholto en la dicha y en la aflicción, pero jamás lo vi con una cara semejante a la que tiene ahora.

Sherlock Holmes cogió el farol y se puso a la cabeza, pues a Thaddeus Sholto le castañeteaban los dientes en la boca. Tan quebrantado se hallaba que hube de pasarle el brazo por debajo del suyo al subir la escalera, pues las rodillas se le doblaban. Dos veces mientras ascendíamos Holmes sacó su lupa del bolsillo y examinó con minuciosidad ciertas marcas que a mí me parecieron meras manchas informes de polvo sobre el esterado de fibra de coco que cubría los peldaños. Avanzaba despacio de escalón en escalón, sosteniendo la lámpara y lanzando miradas penetrantes a izquierda y derecha. La señorita Morstan había permanecido abajo acompañando a la atemorizada ama de llaves.

Fin del Episodio 7 · de 24

La tragedia de Pondicherry Lodge · I

Siguiente Episodio 8~5 minLa tragedia de Pondicherry Lodge · II“—Hay algo diabólico en esto, Watson —dijo, más conmovido de lo que jamás le había visto.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.