La historia del hombre calvo · II
~7 min · 1359 palabras
En ese preciso instante una transformación espantosa se operó en su fisonomía: abrió los ojos desmesuradamente, se le desencajó la mandíbula y chilló con un acento que jamás podré olvidar: «¡No lo dejen entrar! ¡Por amor de Cristo, no lo dejen entrar!». Mi hermano y yo nos volvimos hacia la ventana a nuestra espalda, en la que se clavaba su mirada. Un rostro nos contemplaba desde la oscuridad: distinguimos la blancura de su nariz aplastada contra el cristal. Era una cara barbuda, velluda, con ojos crueles y feroces y una expresión de malevolencia concentrada. Nos abalanzamos hacia el ventanal, pero el individuo se había esfumado. Al volver junto a mi padre, la cabeza se le había desplomado sobre el pecho y el pulso había cesado de latir.
—Registramos el jardín aquella noche, pero no hallamos huella alguna del intruso, salvo una pisada solitaria marcada en el arriate justo debajo de la ventana. De no mediar aquel rastro habríamos creído que nuestra imaginación había forjado aquel rostro salvaje. Muy pronto, no obstante, recibimos una prueba aún más contundente de que ciertas fuerzas ocultas operaban a nuestro alrededor. Por la mañana encontramos abierta la ventana del dormitorio de mi padre: sus armarios y cofres habían sido revueltos, y sobre su pecho lucía prendido un jirón de papel en el que figuraban garabateadas estas palabras: «El signo de los cuatro». Qué significaba la frase o quién podía haber sido el visitante nocturno, jamás logramos averiguarlo. Hasta donde alcanzamos a juzgar, nada de valor fue sustraído, si bien todo había sido registrado. Mi hermano y yo asociamos naturalmente aquel insólito percance con el pavor que atormentó a mi padre en vida; pero el hecho sigue envuelto en el más denso misterio para nosotros.
El hombrecillo hizo una pausa para reavivar su narguile y fumó pensativamente unos instantes. Habíamos permanecido absortos escuchando su relato extraordinario. Ante la escueta relación de la muerte de su padre, la señorita Morstan se había puesto lívida y por un momento temí que fuese a desmayarse; se repuso, no obstante, bebiendo un sorbo de agua que le serví discretamente de una garrafa veneciana colocada en una mesita auxiliar. Sherlock Holmes descansaba repantigado en el sillón con expresión abstraída y los párpados caídos sobre sus ojos fulgurantes. Al mirarle no pude por menos de recordar cómo aquella misma tarde se quejaba con amargura de la vulgaridad de la vida: he aquí al menos un enigma que pondría a prueba su perspicacia hasta el límite. El señor Thaddeus Sholto nos miró alternativamente con visible orgullo por la impresión causada por su confidencia, y prosiguió entre bocanadas de su pipa desmesurada.
—Mi hermano y yo —continuó— andábamos, como se imaginarán, excitadísimos respecto al tesoro del que nos había hablado mi padre. Durante semanas y meses cavamos e indagamos por cada rincón del jardín sin descubrir su paradero. Resultaba enloquecedor pensar que el secreto estaba en sus labios en el momento de expirar. Podíamos conjeturar el esplendor de las riquezas perdidas por la sarta que había sacado; sobre esta sarta mi hermano Bartholomew y yo tuvimos ciertas disputas. Las perlas eran a todas luces de enorme valor y él se resistía a desprenderse de ellas, pues, sea dicho entre nosotros, participaba un poco del defecto de mi padre. Temía además que deshacernos de la joya diese pie a habladurías y terminase por acarrearnos complicaciones. Me costó Dios y ayuda convencerlo de que me permitiese averiguar las señas de la señorita Morstan y enviarle una perla suelta a intervalos fijos, para que al menos jamás se viese en la indigencia.
—Fue un pensamiento muy noble —dijo nuestra compañera conmovida—. Demostró usted una generosidad extremada.
El hombrecillo agitó la mano con modestia. —Éramos sus albaceas —dijo—. Ese fue el criterio que adopté, aunque mi hermano Bartholomew no lo entendiera del todo así. Nosotros teníamos dinero de sobra y yo no ambicionaba más. Además habría sido de pésimo gusto tratar a una joven de manera tan mezquina: «Le mauvais goût mène au crime». Los franceses tienen una fórmula muy certera para expresar estas cosas. Nuestras discrepancias sobre el particular llegaron a tal punto que juzgué preferible instalarme por mi cuenta: dejé por tanto Pondicherry Lodge, llevándome conmigo al viejo khitmutgar y a Williams. Ayer, sin embargo, supe que había ocurrido un acontecimiento de máxima trascendencia: ¡el tesoro ha sido hallado! Al punto me puse en comunicación con la señorita Morstan, y solo nos resta trasladarnos a Norwood y reclamar nuestra parte. Anoche expuse mi parecer a mi hermano Bartholomew: de suerte que seremos esperados, si no bien recibidos.
El señor Thaddeus Sholto concluyó su relato y permaneció agitándose en su suntuoso diván. Todos guardamos silencio, pensando en el nuevo rumbo que tomaba aquel misterioso asunto. Holmes fue el primero en ponerse en pie.
—Ha procedido usted con rectitud de principio a fin, caballero —declaró—. Acaso podamos corresponderle arrojando alguna luz sobre lo que aún permanece oscuro para usted. Pero, como bien apuntó la señorita Morstan hace un instante, es tarde y convendría despachar el asunto sin demora.
Nuestro nuevo conocido enrolló con parsimonia el tubo de su narguile y sacó de detrás de una cortina un abrigo larguísimo con alamares y cuello y puños de astracán. Se lo abrochó apretadamente, a despecho de lo sofocante de la noche, y completó su atuendo calándose un gorro de piel de conejo con orejeras caídas que le cubrían los oídos, de suerte que nada quedaba visible salvo su rostro móvil y afilado. —Mi salud es harto quebradiza —comentó mientras nos guiaba por el pasillo—. Me veo forzado a vivir como un valetudinario.
Nuestro carruaje aguardaba a la puerta y el plan estaba a todas luces convenido de antemano, pues el cochero arrancó al punto a paso vivo. Thaddeus Sholto charlaba sin descanso con una voz que sobresalía por encima del traqueteo de las ruedas.
—Bartholomew es un sujeto ingenioso —decía—. ¿Cómo creen que dio con el paradero del tesoro? Había llegado a la conclusión de que debía hallarse dentro de la casa: calculó por tanto todo el volumen cúbico del edificio y tomó medidas por doquier, de modo que no quedase un solo palmo sin justificar. Entre otras cosas comprobó que la altura del inmueble era de setenta y cuatro pies, pero al sumar las alturas de todas las habitaciones y computar el grosor de los forjados mediante sondeos, el total no pasaba de setenta pies: faltaban cuatro pies por justificar. Estos solo podían hallarse en lo más alto del edificio. Abrió por consiguiente un butrón en el techo de cañizo y yeso de la habitación más alta, y allí dio, en efecto, con un desván diminuto que había quedado tapiado y del que nadie tenía noticia. En el centro descansaba el cofre del tesoro, apoyado sobre dos vigas. Lo descolgó por el hueco y allí lo tiene. Calcula el valor de las joyas en no menos de medio millón de libras esterlinas.
Ante la mención de semejante suma nos miramos atónitos. La señorita Morstan, de hacer valer sus derechos, pasaría de ser una institutriz menesterosa a la heredera más acaudalada de Inglaterra. Cumplía sin duda a un amigo leal regocijarse ante semejante perspectiva; con vergüenza confieso, sin embargo, que el egoísmo se adueñó de mi alma y sentí que el corazón se me volvía de plomo. Balbuceé unas torpes palabras de felicitación y me quedé cabizbajo y abatido, sordo al parloteo de nuestro nuevo conocido. Era un hipocondríaco empedernido y me daba cuenta vaga de que desgranaba una retahíla interminable de achaques, pidiéndome informes sobre la composición y virtudes de innumerables remedios caseros, algunos de los cuales llevaba consigo en un estuche de cuero en el bolsillo. Confío en que no recuerde las respuestas que le di aquella noche: Holmes afirma haberme oído advertirle contra el grave riesgo de tomar más de dos gotas de aceite de ricino, mientras le recomendaba estricnina en dosis masivas como sedante. Fuese como fuese, experimenté un sincero alivio cuando nuestro carruaje se detuvo en seco y el cochero saltó del pescante para abrirnos la portezuela.
—Esto, señorita Morstan, es Pondicherry Lodge —dijo el señor Thaddeus Sholto al tenderle la mano para descender.
Fin del Episodio 6 · de 24
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