La exposición del caso
~9 min · 1756 palabras
La señorita Morstan entró en la habitación con paso firme y aparente compostura. Era una joven rubia, menuda, primorosa, con las manos enguantadas y vestida con el gusto más exquisito. Había, no obstante, en su atuendo una sencillez y modestia que sugerían recursos limitados. El vestido era de un gris beige apagado, sin adornos ni encajes, y llevaba un turbante menudo del mismo tono, aliviado tan solo por el leve detalle de una pluma blanca en un costado. Su rostro carecía de la regularidad de facciones y de la hermosura de tez que suelen cautivar, pero su expresión era dulce y afable, y sus grandes ojos azules revelaban una singular elevación espiritual y simpatía. En mi trato con mujeres, que se extiende a numerosos países y tres continentes, jamás contemplé un semblante que prometiera con mayor elocuencia un carácter delicado y sensible. No pude dejar de advertir que, al tomar asiento en la silla que le ofreció Sherlock Holmes, el labio le tembló, la mano se le estremeció y dio muestras inequívocas de una intensa agitación interior.
—He acudido a usted, señor Holmes —comenzó—, porque en cierta ocasión ayudó a mi protectora, la señora Cecil Forrester, a desentrañar una enojosa complicación doméstica. Quedó hondamente impresionada por su bondad y pericia.
—La señora Cecil Forrester —repitió él con aire pensativo—. Creo haberle prestado un leve servicio. El asunto, empero, según recuerdo, era harto sencillo.
—Ella no lo consideró así. Pero al menos no podrá decir lo mismo del mío: apenas puedo concebir nada más extraño ni enteramente inexplicable que la situación en que me hallo.
Holmes se frotó las manos y sus ojos chispearon. Se inclinó hacia adelante en el sillón con expresión de intensa concentración en sus facciones afiladas y aguileñas. —Exponga su caso —dijo con tono vivo y profesional.
Comprendí que mi presencia resultaba embarazosa. —Me permitirá usted, sin duda, que me retire —dije levantándome de la silla.
Para mi asombro, la joven alzó su mano enguantada para retenerme. —Si su amigo tuviese la bondad de quedarse —dijo—, podría prestarme un auxilio inapreciable.
Volví a sentarme en mi asiento.
—En pocas palabras —prosiguió—, los hechos son los siguientes. Mi padre era oficial en un regimiento de la India y me envió a Inglaterra cuando yo era apenas una niña. Mi madre había fallecido y carecía de parientes en este país. Fui internada, no obstante, en un confortable colegio de Edimburgo, donde permanecí hasta los diecisiete años. En 1878 mi padre, que era capitán decano de su regimiento, obtuvo un permiso de doce meses y regresó a la patria. Me telegrafió desde Londres comunicándome su llegada y rogándome que acudiese de inmediato, señalando el Hotel Langham como su paradero. Su mensaje, según recuerdo, rebosaba de ternura y cariño. Al llegar a Londres me dirigí al hotel, donde me informaron de que el capitán Morstan se hospedaba allí, pero que había salido la noche anterior y aún no había regresado. Aguardé todo el día sin noticias suyas. Esa noche, por consejo del director del establecimiento, acudí a la policía y al día siguiente insertamos anuncios en todos los periódicos. Nuestras pesquisas resultaron infructuosas y desde aquel día hasta hoy jamás ha vuelto a saberse una palabra de mi desventurado padre. Regresaba a la patria con el corazón henchido de esperanza, en busca de sosiego y afecto, y en su lugar... —Se llevó la mano a la garganta y un sollozo ahogado truncó sus palabras.
—¿La fecha? —inquirió Holmes, abriendo su cuaderno de notas.
—Desapareció el 3 de diciembre de 1878... hace casi diez años.
—¿Y su equipaje?
—Quedó en el hotel. No contenía nada que ofreciese una pista: ropas, libros y un número considerable de curiosidades de las islas Andamán. Había sido uno de los oficiales al mando de la guardia penal en aquel archipiélago.
—¿Tenía amistades en la ciudad?
—Solo una que sepamos: el mayor Sholto, de su propio regimiento, el 34.º de Infantería de Bombay. El mayor se había retirado poco antes y residía en Upper Norwood. Nos pusimos en contacto con él, naturalmente, pero ni siquiera sabía que su compañero de armas estuviese en Inglaterra.
—Un caso singular —observó Holmes.
—Todavía no le he referido la circunstancia más insólita. Hace unos seis años —para ser exactos, el 4 de mayo de 1882— apareció un anuncio en el Times solicitando las señas de la señorita Mary Morstan y manifestando que le convendría manifestarse. No figuraba nombre ni dirección al pie. Por aquel entonces yo acababa de entrar como institutriz en casa de la señora Cecil Forrester. Siguiendo su consejo publiqué mis señas en la sección correspondiente. El mismo día me llegó por correo una cajita de cartón a mi nombre, descubriendo en su interior una perla gruesa y deslumbrante. No contenía nota alguna. Desde entonces, cada año en idéntica fecha, he recibido una cajita idéntica con una perla semejante, sin la menor pista sobre el remitente. Un perito las ha examinado dictaminando que pertenecen a una variedad rarísima y de considerable valor. Ustedes mismos pueden comprobar lo hermosas que son. —Abrió al decir esto un estuche plano y me mostró seis de las perlas más primorosas que jamás había visto.
—Su relato es en extremo interesante —declaró Sherlock Holmes—. ¿Le ha acaecido algo más?
—Sí, y nada menos que hoy mismo. Por eso he acudido a usted. Esta mañana recibí esta carta, que acaso tenga la bondad de leer.
—Gracias —dijo Holmes—. También el sobre, por favor. Matasellos: Londres S.W. Fecha: 7 de julio. ¡Hum! Huella de un pulgar en la esquina... probablemente del cartero. Papel de primera calidad; sobres a seis peniques el paquete: hombre cuidadoso con su correspondencia. Sin remite. «Hállese junto a la tercera columna a la izquierda en la entrada del Teatro Lyceum esta noche a las siete en punto. Si desconfía, traiga dos amigos. Ha sido usted víctima de una injusticia y se le hará justicia. No traiga policías; si lo hace, todo resultará en vano. Su amigo desconocido». Pues bien: en verdad es un misterio primoroso. ¿Qué se propone hacer, señorita Morstan?
—Eso es exactamente lo que deseaba consultarle.
—En tal caso acudiremos sin vacilar. Usted, yo y... sí, el doctor Watson es el hombre indicado. Su corresponsal habla de dos amigos: él y yo hemos trabajado juntos en otras ocasiones.
—¿Pero querrá acompañarnos? —preguntó ella con tono suplicante en la mirada y la voz.
—Me sentiré orgulloso y dichoso —respondí con fervor— si puedo serle de alguna utilidad.
—Son ustedes muy amables —repuso—. Llevo una existencia muy retirada y carezco de amigos a quienes recurrir. Si me presento aquí a las seis bastará, supongo.
—No debe retrasarse ni un minuto —advirtió Holmes—. Queda un detalle, no obstante: ¿es esta letra idéntica a la que figuraba en los envíos de las perlas?
—Aquí los traigo —respondió ella, extrayendo media docena de recortes de papel.
—Es usted ciertamente una cliente modelo: posee una certera intuición. Veamos. —Desplegó las notas sobre la mesa y lanzó rápidas ojeadas de una a otra—. Son letras disimuladas, salvo la carta —dictaminó al poco tiempo—, pero no cabe duda sobre su autoría. Fíjese en cómo brota esa irreprimible e griega y observe el trazo curvo de la s final. Proceden sin duda de la misma mano. No quisiera alimentar vanas esperanzas, señorita Morstan, pero ¿guarda esta caligrafía algún parecido con la de su padre?
—Ninguno en absoluto.
—Me figuraba que diría eso. La esperaremos aquí a las seis en punto. Permítame conservar estos papeles: examinaré el asunto antes de esa hora. Apenas son las tres y media. Au revoir, entonces.
—Au revoir —dijo nuestra visitante, y tras dirigirnos una mirada dulce y afectuosa, se guardó el estuche de perlas en el pecho y salió presurosa. De pie junto a la ventana la contemplé alejarse con paso vivo calle abajo, hasta que el turbante gris y la pluma blanca se convirtieron en una mota insignificante entre el sombrío gentío.
—¡Qué mujer tan atrayente! —exclamé volviéndome hacia mi camarada.
Había encendido de nuevo su pipa y descansaba repantigado con los ojos entornados. —¿De veras? —dijo con languidez—. No me había fijado.
—¡Es usted un verdadero autómata, una máquina de calcular! —protesté—. Hay momentos en que resulta positivamente inhumano.
Sonrió con dulzura. —Es de capital importancia —dijo— no consentir que el juicio se vea enturbiado por impresiones personales. Un cliente es para mí una mera unidad, un factor en un problema. Las emociones resultan antagónicas al raciocinio lúcido. Le aseguro que la mujer más seductora que conocí fue ahorcada por envenenar a tres criaturas para cobrar su seguro, y el hombre más repelente que frecuento es un filántropo que ha consagrado cerca de un cuarto de millón a los menesterosos de Londres.
—En este caso, no obstante...
—Jamás hago excepciones: la excepción desmiente la regla. ¿Ha tenido ocasión de estudiar el carácter a través de la caligrafía? ¿Qué deduce del garabato de este individuo?
—Es legible y regular —respondí—. Propia de un hombre de negocios con cierta firmeza de carácter.
Holmes meneó la cabeza. —Mire los trazos largos —dijo—: apenas sobresalen de la línea común. Esa d podría ser una a, y esa l una e. Los hombres de temple siempre diferencian sus trazos largos, por ilegible que sea su letra. Hay vacilación en sus k y orgullo en sus mayúsculas. Voy a salir ahora; tengo que realizar unas cuantas consultas. Le recomiendo este libro, uno de los más notables jamás escritos: «El martirio del hombre», de Winwood Reade. Estaré de vuelta dentro de una hora.
Me quedé sentado junto a la ventana con el volumen en la mano, pero mis pensamientos andaban muy lejos de las audaces especulaciones del autor. Mi imaginación discurría en torno a nuestra reciente visitante: sus sonrisas, el timbre cálido y profundo de su voz, el singular misterio que envolvía su existencia. Si tenía diecisiete años al desaparecer su padre, debía de contar ahora con veintisiete: una edad deliciosa en la que la juventud ha perdido su timidez y ha cobrado el aplomo de la experiencia. Así permanecí sumido en mis ensueños, hasta que acudieron a mi mente ideas tan peligrosas que me apresuré a acudir a mi pupitre para zambullirme de lleno en el último tratado de patología. ¿Quién era yo, un cirujano del ejército con una pierna maltrecha y una cuenta corriente aún más endeble, para atreverme a soñar con semejantes venturas? Ella era una unidad, un factor... nada más. Si mi porvenir se presentaba oscuro, más valía afrontarlo con entereza viril que pretender iluminarlo con fuegos fatuos de la imaginación.
Fin del Episodio 3 · de 24
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